jueves, 3 de julio de 2014

Historias descalzas


En Los Brujos de Ilamatepeque (la excelente y dura novela del hondureño Ramón Amaya Amador) uno de los ricos del pueblo se ofende porque un campesino que luchó junto al General Francisco Morazán decide ponerse zapatos y salir a pasear con ellos a través de la plaza. El rico lo toma como un insulto y los demás, indígenas en su gran mayoría que nunca se calzaron, entienden que lo que está haciendo Cipriano Cano es una afrenta revolucionaria, un reto hacia ellos mismos, una enorme grieta en  la pirámide social del siglo XIX hondureño. Al final, Cipriano y su hermano Doroteo son fusilados tomando como uno de los argumentos de sedición ese gesto de orgullo de calzarse de igual a igual con los patrones. ¿Los patrones? Sí, los patrones sociales y los patrones que daban empleos de miseria y oscurantismo.


Los jugadores de la selección de fútbol de La India de 1948 jugaron descalzos en Wembley durante los Juegos Olímpicos y quisieron hacerlo en el Mundial Brasil 1950. No se los permitieron ni aún se pusieran doble vendaje en los tobillos y ni aún con el susto que le metieron a los franceses en esos JJOO (Francia les ganó 2-1, a duras penas). ¿Por qué los dejaron jugar así en 1948 y en 1950 no? La primera fue una sorpresa exótica, entretenida, de bienvenida condescendiente a la vida de "las naciones" a una India de reciente independencia; la segunda -según la reacción de los patrones culturales occidentales coloniales- una insolencia.

Durante mi primaria en Sabanagrande, la gran mayoría de compañeros que venían de las aldeas eran descalzos. Era tan natural verlos con su uniforme limpio azul y blanco e ignorar, a la vez, que existía una cultura de aceptación de las carencias. No recuerdo hasta cuándo dejaron de ir "chuñas" (descalzos), pero lo cierto es que la mayoría de ellos no culminaron el sexto grado. ¿Qué había de natural en verlos así? La vieja costumbre colonial de prohibir que los indios se calzaran había trocado a una burla natural porque ir descalzo era signo de "retraso" social. Si bien no habían fusilamientos para el que lograba "el ascenso" de calzarse, quedaba el estigma de que provenía de familia "chuña" y que si alguna vez mostraba en público signos de orgullo le sería recordado sin contemplaciones su procedencia, sus caminos, la forma abierta de sus dedos, los tobillos llenos de polvo, las uñas reventadas cuando se atrevían a jugar de igual a igual en las potras.

Ahora, de regreso a condiciones económicas feudales-coloniales, aquella burbuja de bonanza que permitió a muchas familias superar la condición de extrema pobreza se ha reventado. Si bien el calzado abunda gracias a las cientos de tiendas de zapatos usados que han democratizado los caminos, cuando un político vernáculo recuerda en sus manifestaciones electorales que él "fue chuña", logra una precisa carga de profundidad en la memoria reciente de las masas, se vuelve "parte de" la ciudadanía de segunda (simbiosis del fetiche mercancía-valor) que busca ser de primera en la nacionalidad impostada por los patrones políticos. 


F.E.