domingo, 5 de abril de 2020

El múltiple espejo de la otredad - Fabricio Estrada


'Trobador', ca. 1972. Fondazione Giorgio e Isa de Chirico, Roma © Giorgio de Chirico, VEGAP, Barcelona, 2017 

La necesidad de estudiar lo humano desde la perspectiva del otro, ha sido, desde la antigüedad, un eje vital en todos los precursores de la antropología. Con la misma intensidad del primer asombro ante el descubrimiento de la otredad, el esfuerzo por separar la mirada que, intensamente, tendemos a dirigir siempre hacia nosotros mismos[1], ha sido una de las tareas más urgentes que se han propuesto los primeros etnógrafos, los unos sin tener una idea clara de lo que estaban describiendo y, los otros, muy conscientes de que su descripción de lo descubierto sería el balance de poder o de prestigio cultural de su nación o reino de origen.
En este ensayo abordaré, en breves fragmentos, la forma descriptiva que hicieron de su choque con otra realidad tres precursores de la antropología y de la etnografía, esforzándome en mostrar el cómo su identidad cultural de procedencia marcó el entendimiento y el mundo referencial de la cultura con que se encontraron, revelando que su abordaje fue más una metódica comparación con su propia cultura -casi fixista en una narrativa cercana al ventriloquismo colonial[2]- que una fascinación por los valores nuevos encontrados. Para ello, traeré a colación a Heródoto, en su libro Historia, a Cristóbal Colón y su Diario de A Bordo, y a la extensa relación de Álvar Núñez cabeza de Vaca en Naufragios.
Desde el aparentemente incansable pero vasto Heródoto, pasando por calculado y contenido diario de Colón, hasta el enfebrecido y desesperado recuento de Cabeza de Vaca en Naufragios, nos encontramos ante el múltiple espejo humano que construyó la idea de, más de lo que somos, lo que es el otro.

Heródoto, la Historia como un escudo

La mirada de Heródoto[3] está signada por la ciudad griega, que en sí misma era el mundo contenido y en orden dentro de sus murallas como escudos. Era el Estado y era la Polis a la vez, el mecanismo social concreto trazado por calles que conducían hacia el ágora y desde donde la voz de sus líderes, en resonancia radial, desplegaban el cosmos del saber y de la autoridad. Más allá de sus murallas estaban los caminos que, como venas, enlazaban con otras racionales polis con las que competía en forma pacífica o bélica pero siempre en un juego de valores culturales consensuados por una sola matriz simbólica. La conquista del otro no significaba entonces la destrucción de la civilización, era tan solo definir la hegemonía o el liderazgo del mundo griego. Esto es vital de entender para cuando Heródoto comienza a valorar lo observado en un definitivo punto de vista de alejamiento que Todorov llamará plano praxeológico, aunque Heródoto provenga de un mundo simbólico donde la mitología regla la moral de los ciudadanos. No obstante, Heródoto eleva el tono despectivo, de franca superioridad, para describir el imaginario de los pueblos que va conociendo:

“Dejo correr la historia que se cuenta acerca de Ábaris, según la cual era hiperbóreo y recorrió toda la tierra con una flecha clavada y sin comer. Si hay unos hombres hiperbóreos hay también otros situados en el extremo sur. Yo me mondo de risa cuando veo cuántos han trazado ya los circuitos de la tierra ¡Nadie los ha dibujado de manera razonable[4]! Representan el Océano fluyendo alrededor de la tierra, la cual es circular, como si estuviera hecha a golpe de compás, y otorgan las mismas dimensiones a Asia que a Europa.”
La burla que aparece aquí sin ningún tapujo es profundamente irónica ya que el mismo Heródoto, a lo largo de su obra, va recordando al lector que su propia voz puede ser digresión u otra ficción más para intentar atrapar lo incomprensible, y así lo dice en el siguiente fragmento, cuando intenta definir las dimensiones de las tierras que hoy serían Irak e Irán:

“Esta es una de las dos penínsulas; la segunda empieza en el país de los persas y se extiende en dirección al mar Rojo, desde Persia hasta Asiria y desde Asiria hasta la Arabia. De todos modos, termina (no es que termine, termina solo por convención de los hombres) en el golfo de Arabia…”[5]

A pesar de que su insoslayable cultura griega llega a prejuiciarlo respecto a los pueblos descritos, Herodóto, humanista en toda regla, se concentra también en explicar las variantes humanas en términos muy humanos, así como lo refieren Erickson y Murphy[6].
Por ello, no se contiene al momento de describir la ritualidad en torno al parto de la tribu de los getas, derivación de los tracios que habitaron el norte del Danubio, una ritualidad que, descrita tal como él lo hace, nos hace sentir presentes en ese círculo íntimo al que él debió tener acceso. Y digo que él debió estar presente porque el cuadro que nos ofrece es vívido e impregnado de una sensibilidad subjetiva que va más allá de la descripción de una costumbre. Heródoto tuvo que sentir la humanidad compartida e invariablemente cerca de los getas[7]:

“Los usos de los getas, que creen en la inmortalidad, ya los he explicado. Las costumbres de los trausos coinciden exactamente con las de los demás tracios, pero en lo que se refiere al nacimiento y a la muerte he aquí como se comportan: los parientes se sientan alrededor del recién nacido y se lamentan por todos los males que deberá soportar, puesto que ha nacido: enumeran todos, absolutamente todos los dolores humanos. Pero sepultan bajo tierra, con bromas y alegría, al que ha muerto, advierten de los males de que ahora, vivo ya en una felicidad eterna, se ve libre.”

Sin embargo, y de manera inmediata a esta estampa de universal humanismo, Heródoto corta de tajo el espejismo en el que por breves minutos ha deseado llevarnos -o quizá sea su propio lamento- y nos da esta muestra de brutalidad patriarcal entre los que habitan más allá de los crestoneos, de la misma matriz cultural tracia, en un manifiesto indudable de su espanto civilizado que pone límites entre los griegos y la barbarie amenazante que acecha al norte de su civilización:

“Pero las gentes que viven al norte de los crestoneos he aquí lo que hacen: cada uno tiene muchas mujeres. A la muerte de uno de ellos estalla entre las mujeres una gran disputa, y sus amigos hacen un gran esfuerzo para determinar cuál de aquellas mujeres fue más querida por el difunto. A aquella que le resulta asignada la preferencia y se lleva el premio, hombres y mujeres la llenan de elogios, y los parientes más próximos la llevan como víctima al sepulcro. La sacrifican y entierran junto a su marido. Las demás esposas lo tienen por un gran infortunio, porque para ellas es la mayor afrenta.”

El “Pero” con que Heródoto inicia este párrafo es la síntesis y el filo de su escudo cultural y, no hay duda, de que es el mismo que utiliza para las demás descripciones en los otros territorios que va narrando, definiendo a la vez, el punto de vista central que todo el mundo occidental, desde entonces y hasta la fecha, heredaría y generalizaría del pensamiento griego respecto a la otredad. Como dice el historiador Serge Gruzinski, por lo general lo exótico designa lo que está en otra parte, lo lejano, lo no occidental.

Cristóbal Colón, la tercera persona de la singular conquista

Cuando la deriva de los vientos alisios hicieron que Colón[8] se encontrara ante la más improbable de sus búsquedas, el viejo mundo occidental se topó de pronto ante algo tan enorme en posibilidades y consecuencias que el tono narrativo utilizado por Cristóbal Colón en su Diario de a bordo fue la mejor elección para disimular su perplejidad. Como afirma Erikson, “La conquista de América contribuyó a una verdadera revolución entre los intelectuales de Europa. No solo provocaría un pensamiento nuevo sobre las diferencias culturales, sino que pronto estaría claro que un continente entero había sido descubierto ¡y la Biblia nunca lo había mencionado!”.
Los estudios psicológicos respecto al uso de la tercera persona[9] nos dicen que esta opción descriptiva ayuda a controlar mejor las emociones y que a la vez “establece cierta distancia psicológica de sus propias experiencias”. En sí mismo, Colón encarnó entonces los cálculos y distanciamientos del equilibrio políticamente comedido de lo que sucedería a partir de su llegada a las Bahamas: Europa tardaría treinta años en admitir de que la España de los reyes católicos había encontrado un nuevo mundo. La prudencia ameritaba dilatar el asombro hacia todo lo que viniera de la sorprendente España de la reconquista, sobre todo en una Europa plagada de conflictos que no quería una superpotencia como la española prestigiándose, a trompicones, pero inexorable[10], de manera desproporcionada.

Escribir en tercera persona, le permitió a Colón distanciarse de todo exceso llevado a cabo en nombre de los reyes de Castilla, excesos que lo harían tomar posesión de territorios que bajo ningún punto de vista podría reclamar para sí ningún conquistador sin antes haber peleado por ellos. Y ese es el caso: Colón toma como nueva tierra para España un continente que ni siquiera había reaccionado. En pocas palabras: conquistó durante el brevísimo pestañeo que dio la fascinación de su llegada entre los nativos. Y lo hizo improvisando:

“Habiendo todos dado gracias a Nuestro Señor, arrodillados en tierra y besándola con lágrimas de alegría por la inmensa gracia que les había hecho, el Almirante se levantó y puso a la isla el nombre de San Salvador. Después, con la solemnidad y palabra que se requerían, tomó posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos, estando presente mucha gente de la tierra que allí se había reunido. Acto seguido, los cristianos le recibieron por su Almirante y Visorey, y le juraron obediencia, como a quien que representaba la persona de Su alteza, con tanta alegría y placer como era justo que tuvieran con tal victoria, pidiéndole todos perdón de las ofensas que por miedo e inconstancia le habían hecho[11]

La perplejidad fue seguramente del tamaño del Mar Océano, y en ambas orillas, tanto los reyes católicos como el cacique que se acercó a la playa para presenciar el arribo junto a su pueblo, solo alcanzaron a confirmar que el acto teatral que Colón y sus marinos realizaron, estaba en toda regla de acuerdo a lo que se requería para no ofender a los poderes que le darían privilegios y riquezas a partir de entonces, y por supuesto la teatralidad desconcertante ante una población que los españoles despreciaron desde el mismo momento que vieron desnudos.

“Como gente llena de la primera simplicidad, iban todos desnudos, como nacieron, y también una mujer que allí estaba no vestía de otra manera[12].”

La primera simplicidad a la que se refiere Colón la explica Nielsen de la siguiente manera: Durante la edad media los filósofos asumieron que Dios había creado el mundo de una vez y para todos, dando a sus habitantes la particular naturaleza que habían mantenido hasta entonces. Ahora (durante la conquista de América) se estaba volviendo posible preguntarse si los nativos americanos representaban un estadio temprano en el desarrollo de la humanidad… Montaigne invocó le bon sauvage, “el buen salvaje”, una idea que asumió bondades inherentes entre los apátridas…”
Este encuentro descrito por Colón no fue el único que sucedió en tercera persona. En el pestañeo que sucedió mientras los nativos observaban la toma de posesión de sus tierras, en su psiquis debió imperar -especulo- la forma oral y en la tercera persona del plural en que se contaba todo entre la cultura indígena sin escritura: “Y toda la gente del pueblo estaba ahí, viendo a los dioses vestidos y con barba, y no podía creerlo”. Me atrevo a especular con este posible pensamiento en tercera persona del plural desde el lado indígena porque la forma de representación que ahí sucedía sobrepasaba la realidad del yo presente continuum indígena y, el trauma que vino a continuación en la memoria de todos los pueblos violentados y brutalizados, tuvo que haber dado una narrativa oral ahora perdida en su mayoría, pero que en las crónicas del mexica Fernando De Alva Ixtlixochitl sigue subsistiendo; porque al hablar del cómo eran los toltecas, en su conjunto y en el tiempo que los españoles identificaron como el tiempo de todos los indios, Ixtlixochitl está hablando de sí mismo, de su identidad, en un guiño idiográfico a sus congéneres, ahora en pleno sincretismo religioso:

“Estos tultecas eran grandes artífices de todas las artes mecánicas: edificaron muy grandes e insignes ciudades, como fueron Tolan, Teotihuacán, Chololan, Tolatzinco y otras muchas, como parece por las grandes ruinas de ellas. Su vestuario era unas túnicas largas a manera de los ropones que usan los japoneses, y por calzado traían unas sandalias, y usaban sombreros hechos de pala o de palma. Eran pocos guerreros, aunque muy republicanos; y eran grandes idólatras…”

Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el regreso a la estatura de ser humano

La situación de indefensión vivida por Álvar Núñez Cabeza de Vaca y sus compañeros españoles naufragados en la costa de la actual Florida, contrasta con la de los vencedores tercios de la corona de Castilla que se impusieron en Europa y, en igual, pero de diferente forma, en Tenochtitlán. El orgulloso espíritu de cuerpo ostentado en verso por un soldado anónimo que participó en la marcha hacia Viena en 1530 (Carlos V envió los tercios ante la amenaza otomana) y citado por el hispanista Henry Kamen, nos dice: “Españoles, españoles/ ¡Qué a todos os han temor![13]. Y es que la indefensión pone en la realidad más terrorífica a todo explorador de Terra nondum cognita, lo ubica en su auténtica estatura y le da estatura a quien se le enfrenta como amenaza y en medio de la incapacidad de responder. Así, Cabeza de Vaca describe a los nativos habitantes que prácticamente les dieron cacería y luego esclavitud:

“Cuantos indios vimos de la Florida aquí, todos son flecheros y como son tan crescidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parescen gigantes. Es gente á maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza…”[14]

Esta aceptación de las fuerzas de los nativos contrasta con las hechas por Fray Ramón Pané, desde una posición de fuerza propia, además de la tolerancia y de la recepción crédula que recibió por parte de los arahuacos (taínos):

“Pero con otros hay necesidad de fuerza y de ingenio, porque no todos somos de una misma naturaleza. Como aquellos tuvieron buen principio y mejor fin, habrá otros que comenzarán bien (su cristianización) y se reirán después de lo que se les ha enseñado; con los cuales hay necesidad de fuerza y castigo”[15].

Hay un pasaje desconcertante y dispuesto a la especulación en Naufragios en cuanto a lo que debieron sentir los nativos ante la desgracia del naufragio:

“Los indios, al ver el desastre que nos había venido y el desastre en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hobieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y esto les duró más de media hora; y cierto ver que estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía cresciese más la pasión y la consideración de nuestra desdicha” (Cabeza de Vaca, pag. 57).

El espejo de piedad y conmiseración que los nativos les ofrecieron hizo a los españoles dimensionar la desolación del momento en toda su magnitud, sí, pero ¿fue conmiseración y auténtico dolor lo mostrado por los indígenas o fue decepción? ¿Decepción de ver a sus temidos dioses vencidos por los elementos que se suponía podían dominar? ¿O fue un dolor genuinamente humano construido también por una cultura donde la piedad era eje moral? Lo otro siempre es un poder en tensión que hala de extremos opuestos. En ese cable se fija lo humano, sus distancias e inevitables cercanías, sus fuerzas y debilidades, los dioses comunes o los demonios de la extrañeza.


[1] Thomas Hobbes hizo hincapié no en una tendencia natural por parte de los humanos a formar sociedades, sino más bien en una tendencia natural hacia el interés propio. El creía que esta tendencia debía ser controlada y que, los seres humanos racionales, reconocen que deben someterse a la autoridad para lograr la paz y seguridad. (e.g. 1973 (1651)
[2] ” El ventriloquismo colonial secuestra la agency de sujetos otrificados y su voz solo existe a través de la voz de otros” (Méndez Torres, 2011)
[3] “Nació hacia el año 484” dice Pánfila, erudita que trabajó en Roma en la época del emperador Nerón, y murió alrededor del 430 antes de la Era Común, según Michael Grant en The ancients historians, Duckworth, 1995, pag. 23
[4] “El primero que intentó representar el mundo conocido fue el presocrático Anaximandro de Mileto, seguido en su intento por Hecateo de Mileto y otros.Pero ya Homero, en el conocido Escudo de Aquiles, Iliada, XVIII, traza una representación circular del mundo, rodeado efectivamente por el océano.” (Nota del traductor, Manuel Balasch, Historia, Heródoto, Libro IV, Melpómene, Cátedra Letras Universales, 2002, pag. 406)
[5] Historia, Heródoto, Libro IV, Melpómene, 2002, España, Cátedra Letras Universales, pag. 407
[6] Una historia de la teoría antropológica, Paul A.Erickson & Liam D. Murphy, University fo Toronto Press, Higher Education Division, Quinta edición, 2016
[7] Libro V, Terpsícore, El logos tracio (3-10)
[8] Nacido en 1451, en Génova, Italia.
[10] “Casi sesenta años de la expedición de Colón, un historiador oficial, López de Gómara, afirmaba que el descubrimiento de las Indias era el más grande evento desde la creación del mundo, aparte de la encarnación y muerte de aquel que lo creó.” Imperio, La forja de España como potencia mundial, Henry Kamen, Editorial Santillana, Punto de Lectura, España, 2004
[11] Diario de a bordo, Cristóbal Colón, Edición de Christian Duverger, 2016, España, Taurus Historia, Penguin Random House Grupo Editorial.
[12] Diario de a bordo, Capítulo XXIV. De la índole y costumbre de aquella gente, y de lo que el almirante vio en la isla.
[13] Kamen, Henry, 2004, Imperio, La forja de España como potencia mundial, España, Editorial Santillana, Punto de lectura, pag. 126
[14] Cabeza de Vaca, Álvar Núñez, 1982, Naufragios, Ediciones Orbis, España, pag. 32
[15] Pané, Fray Ramón, 1974, Relación acerca de las antigüedades de los indios, México, Siglo Veintiuno Editorial, pag. 48

sábado, 4 de abril de 2020

Del último festival de poesía en el mundo

Foto: Fabricio Estrada

Han sonado cohetes en Pugnado Adentro. Primero aguzar el oído ¿se escucha el chisporroteo de los fuegos artificiales o el fondo resonante del metal? Chisporroteo. Son fuegos artificiales en medio de la urbanización que parece el set de una filmación abandonada. Es de noche, llueve. Alguien manda una señal de que siguen vivos en casa. El día ha estado tan soleado y las calles siguen tan vacías. Los paradójico son los intermitentes carros con sus parlantes con reguetón a todo volumen. ¿Esta es la banda sonora elegida para el fin del mundo? Debo decir entonces que hay un buen set abandonado y que quizá fue el que utilizaron para el primer gran video de Calle 13. Atrévete te, salte del closed, destápate quítate el esmalte. El árbol de los cohetes se va haciendo bosque, pero yo quisiera ver uno así prendido toda la noche y que incluso saliendo el sol fuera más amarillo que él. Sus raíces serían invisibles, como las multitudes que ahora se pasean en sueños.

Sueño con multitudes, incluso en conciertos donde alguien canta y es famoso y no tose ni estornuda. Hace casi un mes ya que caminábamos por la Zarandí en la Ciudad Vieja de Montevideo. La medianoche nos puso al frente un Uruguay diferente. Martín Barea Mattos nos acababa de dar el abrazo de despedida luego de la lectura de Marcela en el último día del Mundial Poético 2020, y parecía que sí, parecía que ese era momento delicado de ahí en adelante. Atravesaríamos dos aeropuertos internacionales y cenaríamos con el cariño de Katia Malo y Moisés Pascual, ambos de un corazón más grande que la emergencia por Covid 19, nos reciben en su casa en Panamá para que no durmiéramos en el aeropuerto, de la misma forma que Linda Rosa hace un voto de confianza a todos los orishás de las antillas para ir por nosotros a nuestra llegada a Puerto Rico... Ha quedado atrás La Rambla y la polifonía, la entrevista a la que Pablovski nos ha llevado casi como en medio de una alarma en un cuartel de bomberos... nos deslizamos con Eduard Escoffet, Iris Alejandra y yo hacia Radio Océano, atravesando bulevares, subiendo de rodillas los túmulos, cruzando campos de flores que pisoteamos sin cuidado con tal de llegar a la hora en punto.

Han sonado cuetes. Le quito la h y la o. Cuetes a lo mesoamericano, llenos de espirales en el cielo, como aquellos fuegos de la feria de la Candelaria donde uno quedaba con la tristeza más extraña al dejar de explotar la ristra. Recuerdo el humo. Dormía con ese olor a pólvora. El humo. El coronavirus resultó el código fibonacci mismo y no para de multiplicarse. Vimos tres ciudades vacías. Un canal trans oceánico en trance de cerrarse como un alvéolo en los pulmones acuosos del mundo de  hoy. Leímos en el último festival de poesía de la tierra antes de instalarse este interfase llamado "cuarentena", y fue aspirar menta, fue retomar la musicalidad del fonema y el retorno a la oralidad más posapocalíptica, la oralidad que se necesitará para subirse al carro modificado con el guitarrista de Mad Max y leer junto a él un palimpsesto antidiluviano de cuando la poesía reunía más de 50 personas en un solo lugar y después se bailaba funk y se volvía a leer hasta que el mar de La Plata deba la alquimia de un oro solar pleno, Spléndido.

Creo estar viendo los fuegos artificiales desde el balcón del Hotel Spléndido. El mate aún me mantiene alterado y el portugués alucinado. Hace seis años estuvimos en medio de la poesía árabe con todas sus florituras dentro de Costa Rica, y ahora fuimos hasta el Uruguay para saber la ruta de la música de origen y eso lo atesoramos, Pedros, Telmas, Amoras, Marcelos, Raisas, atesorarlo así como el vaivén del Uruguay, del Chile tremendo de Mario y el hip hop del Cabildo, las palabras asincopadas de Leoncé, el silencio de Alejandro, las bellas del Slam Minas RJ.  ¿Fuimos fantasmas del Spléndido y aún continuamos tecleando en esas teclas de huesos de sus rincones?

Javier y Maca han retomado la plática. Aún el mundo no se vacía. Ambos han estado en Centroamérica, pero solo Maca ha llegado a Puerto Rico. Con eso basta para sacar el sextante y recordar, medir las distancias, olvidarnos de los presagios que ya cruzan en los cruceros que llegan o se marchan del puerto para dar el viaje de los desprecios. Puerto Montt, Valparaíso, Manta, Panamá, todos negaron arribo al crucero que estuvo un día antes de nuestra llegada a Montevideo. Vimos sus turistas, todos jubilados del primer mundo, ignorando que el mundo podría estar acabado a su regreso. Te lo cuento a vos, Thomaz, porque esta es una plática de fantasmas y de espíritus de indios acompañándonos. Fuimos los fantasmas del Spléndido y los habitantes de la última gesta poética en boga. Martín ya se cansó y le pide a Javier que le haga barra. Así es que Corina ya inició su inolvidable poesía coral y la francesa ya nos contó lo del esqueleto inuit luminoso sobre el cuerpo presente y risueño de don Benedetti ¿no es así, Alfonso?

Suben los cuetes. Aquí todo es silencio. Nadie asoma la nariz más que para jugar una ruleta muy rusa con el miedo. Nosotros no tuvimos miedo, ¿oíste Luis Márcelo Pérez? Nosotros quisimos abrir frecuencias que ni el virus más invasivo frenara. Llevamos cuatro botellas de vino y muchas medias lunas con panceta. Ya nos comimos la res en el Mercado del Puerto, Nos comimos hasta sus sueños y la res soñaba hatos completos como un concierto de Zitarrosa resucitando. Nos regresamos. Ya vimos hasta dónde llegará la inundación que está bien marcada el en el Edificio Salvo, Guille... El mar llegará hasta los alto relieves de pulpos y caballitos de mar, le completará la pirámide trunca al catafalco de Artigas ¿verdad, Ariel? ¿Seguís corriendo por La Rambla? ¿Seguís mandándonos fotos de las sombras que pasan más aprisa que nunca? Esa era la marea lenta, Diana, la que completa el poema.

Que toquen la milonga más uruguaya. Pero yo solo quiero ver bailar multitudes.

F.E.



martes, 31 de marzo de 2020

Revista de Poesía, Libros Latinoamericanos, Chile, me publica



El poeta chileno Giovanni Alexis Astengo me contactó hace unos meses para esta publicación que ahora s concreta, cuando menos esperaba, en medio del frenón global por el coronavirus. Ya el mismo Giovanni Astengo dudaba de que se pudiera pero su editor general, Máximo Gonzáles Saez y su colaborador principal, Leo Lobos, han hecho lo impensable. Más que agradecido y admirado por su empuje. 



¿Cuáles son los derroteros de tu poesía?

Quiero agradecerte este espacio, Giovanni, porque en gran parte la apertura que me brindás representa algo muy puntual para lo que voy buscando en mi poesía: nuevas vías de diálogo, intercambio de razones o coincidencias. Llevo tres años fuera de Honduras y te escribo desde Puerto Rico, donde ahora resido, y al ver hacia mi reciente pasado entiendo que mis textos han sido una especie de cartografía marítima antigua donde los espacios no conocidos se interpretaban con seres fantásticos o nombres sugerentes de un vacío portentoso. Hago esta analogía por lo mucho que da de contraste respecto a la tierra e imaginación de procedencia el llegar a tierra incógnita. Mi poesía -si la he logrado- significó un confín y ahora le pruebo lejanías desde otra orilla, la escucho desde el caracol que esperaba respuesta del otro que le pone su oído desde otra playa, me permito indagar su alcance. No hay portento ni nada que se le parezca en saberse lejos de Honduras, pero sí alcanzo a observar con más nitidez los puertos de llegada y partida de mis poemarios.

De alguna forma u otra, se nos ha hecho creer en la conquista de la universalidad y resulta que en la poesía lo específicamente local -el arraigo, lo telúrico-es lo que da acento y personalidad a tus evocaciones. Saberse parte de una voz específica y reconocerlo es como poner una tilde en la palabra Latinoamérica. Justo al centro, como la misma Honduras. Comencé a publicar en 1998, formando parte de una heterogénea y hermosa generación que estaba recibiendo la energía directa de los grandes maestros de la poesía hondureña y estábamos consientes de la responsabilidad con la palabra conquistada por ellos y ellas. Creo que mantenemos esa conciencia y entendemos que ahora es más que urgente crear para que esa Honduras que la actual dictadura evoca no sea la última palabra en nuestra historia. Así como salen miles en las caravanas hacia México y Estados Unidos, así nuestra poesía en su necesidad de darle unidad a eso que parece fragmentarse, y creo que solo un ludismo superior al lamento acostumbrado podrá estar a la altura de lo que aprendimos a trasladar textualmente.

¿Cómo vislumbras la poesía actual centroamericana?

El istmo centroamericano está en capacidad de dar un ismo más a las corrientes poéticas de Iberoamérica, y lo digo por el contundente fervor de sus más altas representaciones hoy por hoy. La brutalidad de las contradicciones sociopolíticas que hemos estado viviendo ha sabido sublimarse en expresión poética, es decir, los y las poetas centroamericanas pueden plantarse donde sea y decir algo como lo siguiente: he aquí la prueba de que la poesía resiste en medio de las sombras más abyectas.

¿La responsabilidad de ser un "Novísimo"?

Creo que mi época de novísimo ya pasó, aunque el desconocimiento mutuo que provoca el cerco cultural de la mass media global nos ponga a todos en posición de inéditos. Por eso vuelvo a la analogía con los mapas marítimos antiguos, porque seguimos, a pesar de todo lo aparente, siendo antípodas dentro de la misma Latinoamérica física y dentro de la propia dimensión del idioma. Y por supuesto, hay una responsabilidad de ser siempre inédito antes de ser leído al cruzar las fronteras: la responsabilidad de ser siempre tan fresco e irreverente como un novísimo.

Qué fronteras tiene lo que se mueve
                                    lo que vuelve
nada
                                lo que se marcha
nada
lo que se mueve y lleva las fronteras a cuestas
                                 lo que se agolpa
lo que empuja                             nada
frontera que tiene ojos
boca y latidos
que comen paisajes que come maizales
que comen sangre
con el otro estomago del hambre descrita
                                                en los manuales
del inversor del funcionario del policía del sacerdote apaciguador
los otros ojos del desvelo porque mañana se debe el impuesto de guerra
y hasta el voto y las patadas de la tropa frenética
                                                                     llevan
hasta el peluche que calma a la hija
                 la nana-himno silbada con la boca seca
las cornucopias mal atornilladas y sus frutos pútridos
la lluvia a la que disparan los soldados borrachos
                    van moviéndose como cardumen alevoso
para romper todas las redes con sus vocablos de pájaro nuevo
con su nube de comic sobre sus cabezas
para escribirles para colorear para imaginar
                                                      lo que dicen
mientras rompen cada pluma de aduana
y se beben de un solo trago el bloque de nieve de una bandera
que se derrite
que se vuelve abrigo en los desiertos
venda para torniquete luego de la mordida infecta de la bestia
cuando solo se ofrece la chaqueta de bronce de los próceres
la ostia solar en el horizonte de la misa
las ciudades que de lejos son cajas de munición
                                                  cajas de muertos
               cajas para meter la ropa en la mudanza
                            para acunar al pequeño Moisés
que no avanzará ni cuatro metros sobre el río
y que habrá que buscar entre el plástico del golfo
                                                                      llevan
todas las fronteras desmanteladas
y donde se detienen
fundan un país fácil de invadir
siempre con un nombre diferente con un rostro diferente
que se agolpa como un caballo hecho de pasaportes vencidos
de mochilas de tambos de agua de latas de sardina
y ni Casandra ni Lacoonte
ni Moctezuma
ni Elempira que jura por cada venado que salta como presagio
ni la baraja de la santera
por más qué se revuelva al derecho y al revés
sabrán que se hizo de pronto tanta gente desaparecida
que fue noticia hoy
y que mañana andará invisible entre el Arizona
y los bosques más fríos de Vermont.



Bartolomé de las Casas dixit

Y viendo desde los aviones las sombras que las nubes
proyectaban sobre el Caribe
confundiéronse los imbéciles tomándolas por islas;
y a ellas fueron con todos sus perros de batalla
y los perros solazábanse
y es cosa que no hay infierno para tanto desvarío
pero a mordida furiosa despedazaban la espuma en las playas
y se hartaban archipiélagos de sombra.

II

Si escarbo bajo las nubes
¿qué país encontraré?
¿un país que en las minas está buscando otro país?
Hago un mapa como el trabajo manual de la escuela
recolecto algodón silvestre
aquellos copos que confundía con nidos de araña
pero no alcanzo a cubrir la tierra
aquí y allá un valle arrasado
y muchas montañas que empiezan a calcinarse
¿Cómo harías esta exposición, hijo?
¿Le dirías a la profesora que la humareda es otro cielo?
¿Le dirías que en las zonas oscuras
habitaron los tristes desnudos?
Vamos al bosque que talaron para sembrar zarzaparrilla,
escarbemos juntos, cortemos algodones
y de alguna forma
comencemos a domesticar las arañas.

viernes, 27 de marzo de 2020

Las Crónicas del capitán Snorkel, 12


El crucero MS Zaandam


Por esta vez
de lo humano
no partirá ningún barco
de los barcos no bajará ningún humano
por esta vez
el mar está enfermo y no gusta

agoniza

Pide permiso un Mar Muerto
que atraviesa en deriva
el Canal de Panamá



F.E.

lunes, 23 de marzo de 2020

Imaginar que el cuerpo es el mar, la interseccionalidad infinita


¿Cómo se imagina el mar desde una cultura que habita el interior montañoso de un país? ¿Cuántas suposiciones, prejuicios, fantasías se construyen sobre las personas que habitan a la orilla del mar? El poeta hondureño, Jaime Fontana, nacido en el centro montañoso del suroccidente hondureño, evocaba el encuentro entre mar y montaña utilizando la fórmula del amor galante del siglo XVI español. En sus versos, el encuentro, se describe así:

¡Ah el amor que se tuesta sobre los litorales
y los besos piratas, sabrosos como el mal!
Nuestro amor es marino, y hoy viene hasta la tierra,
hasta la arisca entraña del pinar…[1]

En estos versos, la sensualidad de la vida en las costas contrasta abismalmente con el carácter arisco de lxs habitantes de las sierras del país, en su mayoría de etnia lenca[2] y, salvando las distancias entre una clase de análisis literario -al cual, y a propósito, he invadido su ámbito- esta introducción me sirve para darle paso a una experiencia de interseccionalidad que conocí de cerca en Honduras.

 Sucedió en las montañas del departamento de La Paz, en el 2012. La poeta Mayra Oyuela tenía a cargo un taller de formación política dirigido a mujeres lencas ejecutado por CDM, Centro de Derecho de Mujeres-Honduras. El proyecto se llamó “A todxs nos cambia conocer el mar”. Mayra se planteó para llevar a cabo el proceso una metodología lúdica consistente en imaginar el mar. La pregunta que condujo el taller era ¿Cuántas conocen el mar? El mar tenía -conceptualmente- todas las posibilidades de un prisma, podía ser la libertad de imaginar, la libertad de mar, la libertad de ser y autodeterminarse. La respuesta fue unánime: ninguna de las mujeres participantes conocía el mar, a duras penas, conocían la cabecera departamental dado sus capacidades económicas y a su sujeción al hombre como creador de la ruta seguida dentro de casa y fuera de ella. Terminado los dos días de taller, el tercer día significó todo lo que les preparaba el mismo: al tercer día se les llevó a conocer el mar en la ciudad de Tela, departamento de Atlántida.

Aquello fue mágico.

 Hay un registro de fotos que revelan en su más pura alegría al grupo de mujeres que por primera vez miraban la inmensidad más allá de lo que imaginaron: eran sus cuerpos los que ahora entendían, era el saltar sobre las olas, sumergirse, reír sin parar, tomarse de las manos y entrar juntas. Esencialmente, lo que sucedió, fue que las talleristas rompieron con “la política semiótica de la representación”[3]. Y aquí fue donde se dio el choque con la interseccionalidad[4].

A su regreso a las comunidades de origen, fueron recibidas por unos esposos en franca hostilidad y dentro de un peligroso umbral de violencia. En los dos días que ellas conocieron el mar, ellos “se adentraron” en lo más profundo de su machismo patriarcal y llegaron a la conclusión de que sus mujeres se habían ido a gozar del libertinaje asociado a la costa caribe, pero, sobre todo, a las costumbres negras que les habían hecho trenzas garífunas en la playa. Todo lo que asociaron, en la forma que ellos imaginaron el mar -al que tampoco conocían-, fue bajo el influjo en que, dentro de Honduras, se conoce todavía a los garífunas y la vida costeña:  gente disoluta que vive solo para bailar y gozar de la sensualidad. En su mentalidad de alto arraigo colonial, su trabajo en el campo, arrancándole el sustento a la tierra de sol a sol, se oponía a la facilidad de vida con que los videos musicales presentan siempre a los garífunas: remando suavemente y pescando todos los frutos del mar que llegan rebosantes a sus redes y, a la vez, bailando sin cesar. Las leyendas urbanas suelen permear con más profundidad en la mentalidad rural cuando toda la idea de un país se ha volcado a crear un marco referencial turístico.

El miedo de los hombres también contenía un enorme grado de frustración de clase que el patriarcado de élite exacerbaba: los “indios” desentonan en las playas, así que el mestizo de ciudad es el que se convierte en el dandy del verano que va en busca de experiencias sexuales, buscando en el intento acercarse a la proverbial sexualidad de los negros que son el fetiche supuesto de las mujeres mestizas. ¿Quién afirma toda esta sin razón? Sin duda alguna el “ventriloquismo colonial” del que habla Méndez Torres[5], que en el ámbito hondureño funciona a través de los videos musicales del ritmo punta[6], siempre mostrando a los cantantes como donjuanes imposibles de resistir y a las bailarinas negras en minifaldas de escándalo humillando con sus movimientos a “los indios duros[7]” que se atreven a subir a bailar con ellas en los escenarios.

Hasta aquí las frustraciones anquilosadas de los hombres, pero ¿Cuál fue la respuesta de las mujeres que regresaron del mar? La respuesta fue exactamente igual que cuando pusieron los pies en las playas y sintieron lo concreto de una inmensidad incuestionable -llena de misterio e infinitud, en contraste con la estrechez de horizonte de las montañas y su patriarcalmente reglada vida campesina- rodeando sus cuerpos: rieron, se tomaron las manos en una cadena irrompible y afrontaron lo desconocido de una situación cultural inédita en sus vidas. En otras palabras, se articularon, así como Haraway nos dice: “Articular significa alcanzar términos de acuerdo, unir cosas espeluznantes, arriesgadas, cosas contingentes”, porque espeluznante fue que una de las mujeres que regresó del mar fuese golpeada por su enajenado esposo porque se fue sin su permiso, siendo de inmediato acuerpada por sus compañeras, sí, compañeras, porque a partir de ese momento habían trascendido de la fascinación a la revelación política, y desde ahí a la responsabilidad de las unas con las otras, algo que quizá sintieron de inmediato al entrar al mar y su vastedad, un elemento tan antiguo y vasto como el violento patriarcado que impera en Honduras. 

Así lo detalla el sociólogo costarricense Guillermo Acuña: “(en Honduras) La violencia de género es una epidemia ya: entre 2013 y 2017 hubo 2,300 casos de femicidios. Sólo 29 fueron investigados y apenas uno obtuvo procesamiento y condena. Por ello, según un estudio de campo levantado por COLEF en la frontera entre México y Estados Unidos, cerca de una cuarta parte de las personas que se movilizaron en las coyunturas de finales del año 2018, son mujeres hondureñas”.[8]

Las fotos del registro de este proyecto se perdieron en un reseteo involuntario de la computadora en que la poeta Mayra Oyuela las había guardado, pero en ellas no figuraban las de las muchachas garífunas haciendo las trenzas típicas en la cabellera de las mujeres lencas, igual de jóvenes que ellas; tampoco estaba el momento en que embotellaban agua de mar en envases plásticos de Coca cola para “llevarse el mar para la aldea”. También llevaron arena y caracolas, y quizá los caminos secretos que las garífunas les estaban confiando en las trenzas de sus pelos para que dieran con su propio quilombo, ya bailadas por el mar, ya reídas, ya dueñas en su cuerpo de una sensación superior.

¡El amor tuyo y mío
no puede aclimatarse en el pinar!
Le digo adiós. No vive de néctar y resinas
el amor que es oriundo del alga y de la sal.
¡Cómo quieres que viva si las aves marinas
caen muertas el día que se alejan del mar!



[1] Fontana, Jaime, 1972, Color Naval y otros poemas, del poema Canción marina en el pinar.
[2] Los Lencas son un grupo étnico mesoamericano ligado a la cultura maya. Ocupo diversas aéreas de lo que hoy en día se conoce como Honduras y El Salvador; durante la conquista española, los lencas organizaron una guerra de resistencia que duro cerca de diez años y que termino con la muerte del cacique Lempira. La dinastía lenca, sin embargo, nunca abdico y su linaje, según la tradición oral, se remonta a tiempos remotos. Su lengua es considerada muerta.
[3] Haraway, 1999
[4] “La interseccionalidad es práxis crítica de la desigualdad social y el poder, una inversión en la racionalidad codependiente del contexto social, la justicia social y la complejidad”. Collins y Bilge.
[5] “Se secuestra la agency de sujetos otrificados y su voz solo existe a través de la voz de otros”. Méndez Torres, 2011
[6] La punta es una forma de danza y música propia de la etnia garífuna en sus celebraciones y ... bailar, es decir las puntas de los pies. No obstante, la palabra punta parece ser la latinización de bunda, un antiguo ritmo de África Occidental.
[7] Hondureñismo: sin ritmo corporal.
[8] Acuña, Guillermo (2019). Déjennos pasar, Migraciones y transhumancias en Centroamérica, (1ª Edición), Madrid, Amargord Ediciones