lunes, 23 de marzo de 2020

Imaginar que el cuerpo es el mar, la interseccionalidad infinita


¿Cómo se imagina el mar desde una cultura que habita el interior montañoso de un país? ¿Cuántas suposiciones, prejuicios, fantasías se construyen sobre las personas que habitan a la orilla del mar? El poeta hondureño, Jaime Fontana, nacido en el centro montañoso del suroccidente hondureño, evocaba el encuentro entre mar y montaña utilizando la fórmula del amor galante del siglo XVI español. En sus versos, el encuentro, se describe así:

¡Ah el amor que se tuesta sobre los litorales
y los besos piratas, sabrosos como el mal!
Nuestro amor es marino, y hoy viene hasta la tierra,
hasta la arisca entraña del pinar…[1]

En estos versos, la sensualidad de la vida en las costas contrasta abismalmente con el carácter arisco de lxs habitantes de las sierras del país, en su mayoría de etnia lenca[2] y, salvando las distancias entre una clase de análisis literario -al cual, y a propósito, he invadido su ámbito- esta introducción me sirve para darle paso a una experiencia de interseccionalidad que conocí de cerca en Honduras.

 Sucedió en las montañas del departamento de La Paz, en el 2012. La poeta Mayra Oyuela tenía a cargo un taller de formación política dirigido a mujeres lencas ejecutado por CDM, Centro de Derecho de Mujeres-Honduras. El proyecto se llamó “A todxs nos cambia conocer el mar”. Mayra se planteó para llevar a cabo el proceso una metodología lúdica consistente en imaginar el mar. La pregunta que condujo el taller era ¿Cuántas conocen el mar? El mar tenía -conceptualmente- todas las posibilidades de un prisma, podía ser la libertad de imaginar, la libertad de mar, la libertad de ser y autodeterminarse. La respuesta fue unánime: ninguna de las mujeres participantes conocía el mar, a duras penas, conocían la cabecera departamental dado sus capacidades económicas y a su sujeción al hombre como creador de la ruta seguida dentro de casa y fuera de ella. Terminado los dos días de taller, el tercer día significó todo lo que les preparaba el mismo: al tercer día se les llevó a conocer el mar en la ciudad de Tela, departamento de Atlántida.

Aquello fue mágico.

 Hay un registro de fotos que revelan en su más pura alegría al grupo de mujeres que por primera vez miraban la inmensidad más allá de lo que imaginaron: eran sus cuerpos los que ahora entendían, era el saltar sobre las olas, sumergirse, reír sin parar, tomarse de las manos y entrar juntas. Esencialmente, lo que sucedió, fue que las talleristas rompieron con “la política semiótica de la representación”[3]. Y aquí fue donde se dio el choque con la interseccionalidad[4].

A su regreso a las comunidades de origen, fueron recibidas por unos esposos en franca hostilidad y dentro de un peligroso umbral de violencia. En los dos días que ellas conocieron el mar, ellos “se adentraron” en lo más profundo de su machismo patriarcal y llegaron a la conclusión de que sus mujeres se habían ido a gozar del libertinaje asociado a la costa caribe, pero, sobre todo, a las costumbres negras que les habían hecho trenzas garífunas en la playa. Todo lo que asociaron, en la forma que ellos imaginaron el mar -al que tampoco conocían-, fue bajo el influjo en que, dentro de Honduras, se conoce todavía a los garífunas y la vida costeña:  gente disoluta que vive solo para bailar y gozar de la sensualidad. En su mentalidad de alto arraigo colonial, su trabajo en el campo, arrancándole el sustento a la tierra de sol a sol, se oponía a la facilidad de vida con que los videos musicales presentan siempre a los garífunas: remando suavemente y pescando todos los frutos del mar que llegan rebosantes a sus redes y, a la vez, bailando sin cesar. Las leyendas urbanas suelen permear con más profundidad en la mentalidad rural cuando toda la idea de un país se ha volcado a crear un marco referencial turístico.

El miedo de los hombres también contenía un enorme grado de frustración de clase que el patriarcado de élite exacerbaba: los “indios” desentonan en las playas, así que el mestizo de ciudad es el que se convierte en el dandy del verano que va en busca de experiencias sexuales, buscando en el intento acercarse a la proverbial sexualidad de los negros que son el fetiche supuesto de las mujeres mestizas. ¿Quién afirma toda esta sin razón? Sin duda alguna el “ventriloquismo colonial” del que habla Méndez Torres[5], que en el ámbito hondureño funciona a través de los videos musicales del ritmo punta[6], siempre mostrando a los cantantes como donjuanes imposibles de resistir y a las bailarinas negras en minifaldas de escándalo humillando con sus movimientos a “los indios duros[7]” que se atreven a subir a bailar con ellas en los escenarios.

Hasta aquí las frustraciones anquilosadas de los hombres, pero ¿Cuál fue la respuesta de las mujeres que regresaron del mar? La respuesta fue exactamente igual que cuando pusieron los pies en las playas y sintieron lo concreto de una inmensidad incuestionable -llena de misterio e infinitud, en contraste con la estrechez de horizonte de las montañas y su patriarcalmente reglada vida campesina- rodeando sus cuerpos: rieron, se tomaron las manos en una cadena irrompible y afrontaron lo desconocido de una situación cultural inédita en sus vidas. En otras palabras, se articularon, así como Haraway nos dice: “Articular significa alcanzar términos de acuerdo, unir cosas espeluznantes, arriesgadas, cosas contingentes”, porque espeluznante fue que una de las mujeres que regresó del mar fuese golpeada por su enajenado esposo porque se fue sin su permiso, siendo de inmediato acuerpada por sus compañeras, sí, compañeras, porque a partir de ese momento habían trascendido de la fascinación a la revelación política, y desde ahí a la responsabilidad de las unas con las otras, algo que quizá sintieron de inmediato al entrar al mar y su vastedad, un elemento tan antiguo y vasto como el violento patriarcado que impera en Honduras. 

Así lo detalla el sociólogo costarricense Guillermo Acuña: “(en Honduras) La violencia de género es una epidemia ya: entre 2013 y 2017 hubo 2,300 casos de femicidios. Sólo 29 fueron investigados y apenas uno obtuvo procesamiento y condena. Por ello, según un estudio de campo levantado por COLEF en la frontera entre México y Estados Unidos, cerca de una cuarta parte de las personas que se movilizaron en las coyunturas de finales del año 2018, son mujeres hondureñas”.[8]

Las fotos del registro de este proyecto se perdieron en un reseteo involuntario de la computadora en que la poeta Mayra Oyuela las había guardado, pero en ellas no figuraban las de las muchachas garífunas haciendo las trenzas típicas en la cabellera de las mujeres lencas, igual de jóvenes que ellas; tampoco estaba el momento en que embotellaban agua de mar en envases plásticos de Coca cola para “llevarse el mar para la aldea”. También llevaron arena y caracolas, y quizá los caminos secretos que las garífunas les estaban confiando en las trenzas de sus pelos para que dieran con su propio quilombo, ya bailadas por el mar, ya reídas, ya dueñas en su cuerpo de una sensación superior.

¡El amor tuyo y mío
no puede aclimatarse en el pinar!
Le digo adiós. No vive de néctar y resinas
el amor que es oriundo del alga y de la sal.
¡Cómo quieres que viva si las aves marinas
caen muertas el día que se alejan del mar!



[1] Fontana, Jaime, 1972, Color Naval y otros poemas, del poema Canción marina en el pinar.
[2] Los Lencas son un grupo étnico mesoamericano ligado a la cultura maya. Ocupo diversas aéreas de lo que hoy en día se conoce como Honduras y El Salvador; durante la conquista española, los lencas organizaron una guerra de resistencia que duro cerca de diez años y que termino con la muerte del cacique Lempira. La dinastía lenca, sin embargo, nunca abdico y su linaje, según la tradición oral, se remonta a tiempos remotos. Su lengua es considerada muerta.
[3] Haraway, 1999
[4] “La interseccionalidad es práxis crítica de la desigualdad social y el poder, una inversión en la racionalidad codependiente del contexto social, la justicia social y la complejidad”. Collins y Bilge.
[5] “Se secuestra la agency de sujetos otrificados y su voz solo existe a través de la voz de otros”. Méndez Torres, 2011
[6] La punta es una forma de danza y música propia de la etnia garífuna en sus celebraciones y ... bailar, es decir las puntas de los pies. No obstante, la palabra punta parece ser la latinización de bunda, un antiguo ritmo de África Occidental.
[7] Hondureñismo: sin ritmo corporal.
[8] Acuña, Guillermo (2019). Déjennos pasar, Migraciones y transhumancias en Centroamérica, (1ª Edición), Madrid, Amargord Ediciones

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