martes, 20 de junio de 2017

La imago lectura

Foto: Fabricio Estrada


No puedo estar más sincerado por estos días.Vengo releyendo poemarios y leyendo nuevos en esa lectura que hoy por hoy salta del texto a la vida personal del poetariado. Se trata, ahora, de una lectura que incluye lo cool que se es en imágenes íntimas donde, a pechos descubiertos, lxs poetas se muestran como publicidad de ropa interior Calvin Klein o como amigos de un un club posmo en permanentes vacaciones. Esa lectura de irreverencias es más una transcripción de diarios personales sobreexpuestos en espera de que los grandes académicos o los simples lectores "entiendan-comprendan" las fibras más irrelevantes que hacen escribir al autor del selfie. Quizá, en el fondo -quien hace uso de esta otra escritura- se lamenta lo triste que fue la vida de Rilke sin fans en vivo y en directo o lo bien que hubiera sobrellevado sus soledades Kafka al tener un Facebook o un Twitter a mano.

Sin más: si no se lee de esta manera no se entienden los exabruptos de los textos publicados, el desdén por la belleza o los códigos entre amigos que son la verdadera razón de muchísimas publicaciones. Primero se va en manadas, se discute sobre la insuficiencia mental de tal poeta que se atrevió a decir que la poesía es el acontecimiento, no es la descripción de un acontecimiento*, luego se lee en lecturas para sí mismos en una letanía fúnebre inaguantable, casi terapia grupal, luego se intercambian direcciones con el cumplido de por medio en busca de una promesa de publicación que al final es como una especie de diagnóstico clínico que receta más selfies y más vacaciones en festivales. Y claro, estando así el cardumen, las verdaderas anémonas fascinantes, los y las grandes poetas invitadas a los eventos, quedan reducidos a momias del museo de la poesía a la que se rodea para, en grupo, of course, tomarse la selfie y exclamar woooow, no me lo puedo creer! aquí con el gran o la gran...

Hay que aprenderse esa lectura de referencias cool en el circuito de la palabra, casi como lectura arqueológica que va de la fascinación de haber desenredado primero el jeroglífico y después la decepción de que el símbolo revelado solo definía la acción de marinar la carne asada para un banquete. ¿Hasta dónde se seguirán desnudando dentro de la poesía imago-referencial de estos días? ¿Hasta el ombligo? ¿Cuándo descifraremos esa codificación incontinente entre amistades?

F.E.




* Robert Lowell

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