lunes, 18 de abril de 2016

María Rubio, mi abuela, a sus 24 años

El niño que sostiene es Jochito, el segundo de sus hijos, quien muriera luego que la silla voladora (juego mecánico de las ferias patronales) se soltara y diera contra la pared de una casa en el centro de Sabanagrande. Fue una terrible tragedia. Jochito no murió al instante sino que regresó por su propio pie a casa. No dijo nada, tenía ocho años (en la foto tendría unos dos) y se acostó. En la noche se quejó y ya no pudo ocultarlo ante la preocupación de mi abuela. La fiebre lo hizo hablar y a la mañana siguiente fue traído a Tegucigalpa pero no aguantó el viaje. La foto siempre me ha causado un dolor extraño por su lejanía, como el de ver un pez hermoso que salió un momento a la superficie y luego muere en el fondo de una pecera. 

Tenía 24 años mi abuela, a pocos años de haberse graduado de maestra en la Escuela Normal de Señoritas. Conservo una biblia que ella misma me regaló y dedicó con la misma letra que aparece al reverso de la fotografía. Pienso que aún a sus 102 años es capaz de escribir así, aunque sea en un mesmerismo tremendo jamás descrito en ningún cuento de Poe, pero que siempre sabré mio.