lunes, 7 de marzo de 2011

Sabanagrande: please don´t go

Bajo al empedrado y automáticamente el aire se llena del zumbido de los chiquirines. La foto saldrá quemada cuando junto a Esteban seamos silueta en la tarde. Necho está en la misma esquina y sabe que he vuelto. De lejos levanta la mano a modo de saludo y sin embargo, el gesto me devuelve un faro que vi caer estremecido por olas en blanco y negro, allá, por 1984.

La misma música y las puertas cerradas. No está el circo pero un parlante azul cobalto ha soportado 25 años en el mismo lugar y aún Please don´t go es el hit de temporada. Sabanagrande cada cuatro meses, Sabanagrande en cada giro de la noria. Soy ese hilo sanguíneo en retroceso hasta la misma hoja en que García Márquez explicó lo latinoamericano.

Esteban se guía por mis recuerdos y de tanto en tanto se siente perdido. Uno de mis recuerdos parecía sueño: la vaca se resistía a entrar al rastro y yo le torcía le cola hasta quebrársela. Así se apresuró buscando un dolor menos agudo. La tibieza de la sangre cayendo despacio daba sueño a todos, hipnosis, rito. Rafael el de Elvira vuelve a saciarse del mismo cuenco rebosante de sangre caliente, nos mira a los ojos y dice "tómenla calientita para que vaya con la misma temperatura de su sangre y así se hagan más fuertes."

El acre olor del burril hace de incienso de todas las tardes juntas. Burril y ocote rajado, burril y polvo de estante, burril y aserrín con chapas de cerveza en el piso, burril y alcohol de octavo, burril y sudor de las yeguas bajo los sacos de cuero. Todo es acre y aquí vuelve. Incluso el agua vieja de los pozos malacates, mezcla de verde y troncos podridos.

Hemos visitado fantasmas pero no encontramos los guacales matrushkas dispuestos en tachuelas de menos a mayor. El guacal más grande era impresionante porque uno se retaba a llenarlo de agua y bebérselo sin respirar. El guacal entonces era respiración, la medida de los pulmones o de la gula de frescura. Luego, jamás imaginábamos que las hamacas desaparecerían.
Bajo al empedrado entonces, y automáticamente, los chiquirines estallan en lamentos, salutaciones, zumbidos.