martes, 8 de abril de 2014

Bifronte Jano


Fabricio y los cuadernos de la cárcel.

Yo siempre lo conocí poeta, desde antes de Casa Tomada, desde antes de Paradiso, desde antes de Sabanagrande, desde antes de conocerlo.

Habla y hace poesía, toma fotos y captura las palabras de la imagen, al igual que Rubén Izaguirre, ha sido parte de la poesía joven que nació adulta en una tierra donde las palabras son fantasmas que penan.

Los viejos poetas tuvieron que tragar amargo, las vacas sagradas del parnaso tuvieron que mugir de otra manera, los estafadores del verbo y los amigos de las musas ajenas tuvieron que asimilarlo como compañero de viaje. Ninguna palabra quedó a salvo y ninguna calle se ha fugado de su inventario poético.

Se que muchos quisieran juzgarlo como a Gramsci y susurrarle al juez la necesidad imperiosa de que esa mente no funcione en los próximos 20 años, pero se jodieron, la poesía de Fabricio, el que vino del sur, el que toma fotos en blanco y negro, vino para sembrarse, crecer y dar fruto.

Yeco.

viernes, 4 de abril de 2014

Yeco, un recorrido

 Poeta Karen Valladares

 Fotógrafo Délmer Membreño

 Poeta e Intérprete Venus Mejía

 Fotógrafa Heleci Ramírez

 Actor Jorge Osorto

 Escritor Eduardo Bahr

 Músico Alex Palencia

 Músico Camilo Corea

 Actor Leonardo Montes de Oca


Director y actor Mario Jaén

La primera cámara que tuve fue una k1000, realicé miles de disparos con ella y los fallé casi todos, el desenfoque era la regla de mi vida, y la sobre y la subexposición eran los sinos de mi amarga vida. Fotografié con la culpa del tiempo inútil a cuanta alma complaciente estuviera a tiro pero sus imágenes esquivas y delgadas evitaban casi siempre el obturador de mi cámara.

Por aquellos años, escuchaba la fama de Arturo Sosa, de Miguel Reyes, Max Hernández, Evaristo López y muchos otros héroes y villanos que se escapan a mi memoria, no entendía la maldita luz, y no es que la entienda ahora, como fluye, como se corre entre los dedos, como se hunde en un remolino demente en el centro de los ojos. Lo que si sabia es que me maravillaban los santos malditos y benditos de Arturo y el egoísmo gráfico de Miguel con sus bodegones de pieles desnudas.

Después fue Marvin Martínez y esa serpiente volando sobre la cabeza y luego Fabricio Estrada con ese inventario de la ruina que yo jamás podría hacer.

Hace muchas tardes, en un café, hablaba maravillado de una fotografía de Arturo, las nubes se extendían como un velo mortuorio sobre la tierra y montañas aéreas sobresalían como islas misteriosas donde Swiff podría encontrar enanos y tesoros piratas.

-Pero Arturo es un golpista- me replicaron ácremente, yo me di cuenta que aquel sagrado "Relámpago" me había indigestado la existencia, me paré y le dije: -puede ser, pero eran montañas que navegaban por el cielo y eso lo hace mejor que vos, yo y tu puta madre juntos -.

Un día de un mes inexplicable, llegué a su estudio, estaba haciendo fotos con una 120, con maestría y soberbia la hacía sonar y yo sólo miraba culpable por desear algo así, era imposible para alguien cuyo pedigree puede localizarse entre los mecánicos del Patria Maratón, le pregunté que cámara me recomendaba para trabajar la fotografía, y en lugar de desanimarme, por piedad profesional, me atiborró de nombres misteriosos que sonaban como rusos.

-Maestro-, le digo cada vez que lo miro, pero jamás me ha enseñado nada, nunca me ha mostrado los misterios de la luz, ni las revelaciones de la ebriedad, siempre supe que enseñaba en un reino lejano y que no había forma de poseer sus secretos.

Es el amigo que más me ha mentido y al que más he esperado, sólo las matemáticas misteriosas de la coincidencia nos acercan por breves momentos, de todas formas tengo que agradecerle las dos cátedras magistrales que me dió, un rostro de una virgen bañado por una suave luz y unas montañas que cruzan un mar de nubes. Son mis fronteras de la imagen y todavía lucho a diafragma partido por superarlas.

Gracias Maestro.

N.Y.

miércoles, 2 de abril de 2014

Apología del poder - Byron Mejía, Honduras

Tomo la tierra que ha sido arrasada. Los huesos calcinados del presente. La estructura se ha desplegado y caben en ella todos los muertos negados, los estragados sobre las aceras, sobre la materia cavernosa de nuestras altamiras más profundas. Aquí está el espíritu que ronda la masacre, el zeigeist hórrido que se trasvasa sobre los materiales del espíritu creador, sin poder contenerse bajo ningún planteamiento aséptico. No hay ruta en el trazo más que aquella mixtura que avanza sobre el lienzo como el rastro de un cuerpo llevado por los talones. ¿Dónde estás, tierra mía, sino en las cenizas que Byron Mejía ha mezclado con los cuerpos enredados de la masacre? ¿Dónde, mi paisaje más prístino, el más bucólico, el más destrozado en las portadas cotidianas de los que, saciados de sangre, siguen desmembrando nuestra memoria? Se despliega la estructura. Tomo la tierra y los muñones 
del carbón más mío. Pinto con vos, Byron, mi máscara.

Fabricio Estrada






Tristeza organdí - Fotos Chaliobala

Esta serie la tomé a principios del año pasado. Quería acercarme a esa antigüedad que somos siempre y que la foto en blanco y negro revela al instante, sin cortapisas, sin dilataciones. Somos antiguos, esa es la cosa. Parte de la serie fue expuesta en el MIN durante la expo colectiva Cine Zero.








martes, 1 de abril de 2014

Espejo

Ahora he regresado.

Sé cómo fue esa patria que fue todo y mucho menos que ahora. Todo fue ese mundo de leer sin ninguna tregua, meterme a fondo en esos mundos que están entre el tiempo y los libros.
Ahora comprendo que he regresado como del exilio y el país me sabe extraño, palpable pero alejado.
Mi hermano ha sido encerrado en esa otra forma de vivir dentro de Honduras y no sé cómo aguantará tanta libertad tanto encierro.

Ahora he regresado y sé que mi hermano está detrás del muro, porque ahora entiendo, perfectamente, que delante de todos ha existido siempre ese muro desde el cual nos hablamos a golpecitos o, lo que es más duro, que caminamos paralelos a un laberinto de espejos.

lunes, 24 de marzo de 2014

Spinoza born to kill

Los Espinoza están en guerra. Su país no se llama Honduras, se llama Espinoza y también tiene himno, escudo, árbol nacional y todo. Tiene hasta un venado cola blanca de mascota y una flor casi extinta en el ojal, una frágil Brassavola.

Los Espinoza nunca han pulido más lentes que los de sus mirillas telescópicas y les importa un bledo que, en otro mundo, existiera Baruch rumiando galimatías filosóficas. Ellos están hartos y se llevaron a otros hartos tras ellos. El ejército los sigue a través de las montañas de San Luis Comayagua y de Esquías. Los Spinoza meditan en sus cuevas. Saben dónde quedaban las playas del cretácico Mar de Esquías y se dan un baño de 26 millones de soles acumulados. Hacen castillos de arena con la punta de sus fusiles y se entrenan contra el hastío de saberse perseguidos por todo un ejército de pijiabolos.

En el Estado Mayor Conjunto (vacío), los tratan como forajidos, pero se dan cuenta, perfectamente, que   si no ha ocurrido una revolución ideológicamente articulada es porque la revolución natural de los excluidos y ninguneados, ya viene ocurriendo día a día, de la manera más anárquica -y más preocupante aún-, de la manera más natural y atroz.

F.E.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Tocó pegó





Me piden una reseña curricular y no se me ocurre más que esto:


Fabricio Estrada
1974

Soy Escritor, la poesía me enseñó la síntesis y en las agencias me dijeron que la poesía también cabía en ellas, así que me subí al tren. Inicié como asistente de producción, guionista y luego -desde aquel 1996- comencé en el intento de sacarle chispazos memorables a la oscuridad de ciertos copys alrededor de todo tipo de marcas y -¡milagrosa publicidad!- de todo tipo de políticos. He realizado story lines para Radio y TV como un poseso y, de paso, los he producido; he recorrido todos los reinos de la conceptualización creativa dentro de Satchi & Satchi, Young & Rubican, In house Alcaldía de Tegucigalpa, Leo Burnett, BBDO, TBWA y ahora en Grupo Tribu. Al séptimo día -como después de una 3-60 intenso- miro haca atrás, repaso los copys, y no me satisfago. ¡A crear entonces!​ -me digo- "ah, vaya pues, mandamos tres propuestas entonces"- me responden.

lunes, 17 de marzo de 2014

Celofán Street




Frente al banco la colmena (lo nombro como lo veo, muy cercano a lo que debió ser el principio del lenguaje en el símil), está el viejo busto del pompeyano (por igual, lo nombro por lo que me dice su forma). El busto es macabro, dejémonos de vueltas: empotrado sobre su pedestal tiene los brazos en actitud de contracción muscular, levemente alzados, como si estuviera carbonizado por algún tipo de piroplasma de hastío.
Lo dejo atrás y comienzan las torres, resplandecientes, recién estrenadas. Los empleados subimos a ellas y veo en los rostros de Tegucigalpa, la costumbre ya asumida de trabajar a más de 15 pisos sobre el suelo. El ascensor y el ascenso, los ventanales y el paisaje panorámico, el ascensor y el ascenso, la plaza abierta para recibir al “nuevo empleado”, el ascensor con su gente pegada a sus celulares, el nuevo antifaz, el que oculta la mirada y evita el cruce incómodo en la estrechez.

Atrás quedó el parque central y sus pelotones de policías municipales, el hartazgo de los titulares en todos lo diarios con sus desplegados pegados en las esquinas, goteando sangre. Venecia quiere la independencia, Crimea quiere la anexión, Cataluña quiere la independencia, Honduras quiere la dependencia… tin Marín de dos pinwe… todo mundo se apresura para llegar temprano a lo que no produce nada más que una sensación de picazón en las manos, como cuando alguien dice “hey, ¡te pica la palma de la mano! ¡Tendrás dinero hoy!”, y habrá dinero, tal vez, pero solo en la película Wall Street Wolf, y habrá discurso de motivación, pero sólo en Wall Street Wolf… no se necesita mayor discurso, el verano está que calcina hasta los bustos de los más emblemáticos desconocidos.

Desde este piso 15 se ven los muñequitos de la maqueta, muy bien alineados: el carrito de cartón, la personita de cartón, la fuente de papel celofán. Torre 1 y Torre 2. Ningún avión a la vista. Ninguna toba incendiaria. Sólo el piroplasma del tiempo muerto.

viernes, 14 de marzo de 2014

miércoles, 12 de marzo de 2014

Personajes de Acción de Darvin Rodríguez: El ascenso del nuevo orden simbólico - Fabricio Estrada



“A nadie le interesaba hasta que me puse la máscara” (Bane en Batman – Dark Knigth Rises)


La historieta no tiene fin. La historia sí.

La historieta se agranda hasta romper su espacio, tensiona a los personajes y los hace entrar en acción dentro de una épica anónima que transita, día a día, entre nosotros. Aquí no hay heroísmo en defensa de la sociedad, no están los bomberos que sirvieron de portada a la Time Magazine, ni los soldados de Policarpo Paz desfilando en el estadio nacional en aquella lejana derrota de 1969. En la historieta que somos, Darvin Rodríguez habla con los únicos códigos con que la hondureñidad es capaz de establecer diálogo: el fragmento o, lo que sería igual, desde los restos de otras torres, de otras guerras que se vinieron abajo en silencio, bajo el sol abrasivo, bajo la carga doméstica, bajo el papel del artista.


Lichtenstein, el maistro albañil llegado de los cerros que circundan los Altos del Mogote, de la Divino Paraíso, de la Villafranca, Juan Alberto Lichtenstein, entonces,  hace la mezcla de todas las rabias y levanta la semiótica que todo muro pone entre nosotros desde que Roberto Sosa y Pink Floyd lo cantaran. No se trata de elegir qué casa o edificio construirán los equilibristas de los andamios, se trata de moverse rápido, sin vértigos de ninguna clase y sin la clase visionada por la dialéctica. Se trata de repellar sobre la formica del mundo segmentado y llevar la apretada hebilla de la faja hasta el último agujero del hambre.


Cuando Darvin Rodríguez me habló del espejismo, pensé inmediatamente en el folclor impuesto como identidad. “Lo bucólico es lo urbano” –me dijo, y así habrá que transarlo, trazarlo o tacharlo –le respondí- recordar con otra memoria, revelar que desde los campos bananeros un Prometeo Alvarado cualquiera, robó la luz en racimos para iluminar con dolor esta república bananera enclavada en los confines del olvido.

Aquí no hay más heroísmo que el de la supervivencia y sin embargo, nadie se fatiga, nadie se humilla. Los personajes, luego de la primera impresión, se revelan colosos en el acto de poner en pie la realidad, con toda la fibra de sus cuerpos en tensión extrema, como las vigas de acero de una construcción sometida a la intemperie. La construcción es la mole del capital y el capital retuerce el cuerpo físico, pone a prueba la “resistencia de los materiales” bajo todo tipo de clima, sin retóricas ni mediatización alguna: está la gran moneda del sol, supurante  y habrá que resistirlo; están las piedras que mellan los machetes y habrá que resistirlas. ¿Hay otra forma de entenderlo? ¿Necesitamos de un grupo focal para consumir el nuevo realismo o quizá un guión que se debe ilustrar para conjuntar los cuadros de la mirada que lo edita todo, que lo reduce todo, que lo aísla todo?



Todo héroe está solo y se sacrifica por la soledad definitiva. Toda heroína vence la humillación, se echa a cuestas el mundo, anima el ánime de la transculturización impuesta, se pone el antifaz del anonimato –marcada sombra de los ojos- y sale a vencer en lo que nunca será victoria, ni portada, ni secuela. Vencerá –como pudo decirlo Unamuno- pero nadie lo publicará.




Fabricio Estrada
Marzo, 2014