sábado, 23 de mayo de 2020

Benjamín Chávez - Bolivia


Foto: Revista Altazor


Hay un nexo directo entre el gran Jaime Saenz y Benjamín, al menos así lo percibo yo desde que conocí la revista Mariposa Mundial y antes de ella, la poesía de Benjamín. Desde que supe que Benjamín era uno de los editores de tan bella ventana a Bolivia, leí lo que iba saliendo y circulando en las redes de este poeta que ahora es amigo y que conocí hasta el año pasado en el Festival Internacional de Poesía en Puerto Rico. Ese silencio despacioso -si me protejo de decirlo con una de sus evocaciones- es el mismo de su fino sentido del humor y su gran personalidad en el texto. Así es Benjamín como ser humano: si habla es porque frente a él ha visto el renglón donde cruzará hacia uno con tranquilidad. Uno lo ve avanzar por ese mar lineal o ese hilo que es la respiración en las alturas de Bolivia y su memoria. Y viene sonriente, sin pértigas, como la gran poesía que escribe. Así como deben vivirse las palabras en La Paz de Saenz.

La débil música de las suaves cosas


En la alta noche
la débil música de las suaves cosas.
Mientras el sueño consuma la quietud
Las torres callan
Los motivos de su altura.
Cada instante se estremece
y lo quedo nos habla con una voz más íntima.
No son las cosas que no tendremos nunca
Son las que están
Las que estuvieron siempre
Y hoy
complicidad contenida
nos susurran
una familiaridad irresuelta.





Tortuga


Contemplo el paso de las horas
sin ferocidad ni resignación.
Las vidas de los hombres
perdidas o no
me tienen sin cuidado.
El planeta se apoya en mi espalda,
mi lentitud es un premio.





Ceremonial de kiwi


En la certera devastación de la lluvia
lento y rumoroso el tiempo
agonía de la pretensión
canta el impío kiwi.
Solo
en la íntima maraña lobular
vaivenes de ritmo confuso
encañonado recuerdo
alas transparentes.
Ascensos truncados, trastocados
maroma oscura
forcejeo constante.
En la intermitencia de la vida
la salvedad
lo inocuo
se estremece el kiwi
el decantado.




Sobreviviente

Existen por supuesto el fervor
la acometida,
el rugir de la última carga
desesperada
H. D.


A lomo de cañón cabizbajo
en su jaula de tosco hierro,
prisionera de guerra
la plancha de carbón del regimiento
recorre el desangrado campo de batalla.
Enumera con horror
los uniformes en los que
extenuó su diligencia maternal.
Ya no podría
después de lo vivido
ya no
acicalar la formación cubierta de gloria
ni ninguna otra.





Relación nominal de bajas


Mesas vacías.
La barra atiborrada de vasos exhaustos.
Cubos de agua con detergente
balbuceando protestas trasnochadas.
Sillas durmiendo la mona
cansado campamento de refugiados.
El frío por las rendijas de la puerta.
Solitario el barman
con su solitario café y rubios infinitos
medita,
compasivo
las exaltadas vidas,
las derrochadas muertes
de la noche que acaba.
Sin novedad, concluye
desmantelado altar de los desvelos
la rutina del bar
a las seis de la mañana.





Primer apunte


Un haz de luz por la mañana, dádiva de la habitación
comparte su gracia como un mendrugo de pan.
En él me froto los ojos
mientras el taciturno aliento del goce abandona
el encierro —(en sí, yerro el deambular por los días desplegados).

Testimonio de la frustración y el equívoco
los emborronados papeles que el sol amarilla.

Ala perpendicular de la ventana
acoge los desvelos con oreja de caracol y receptáculo.
Hace siglos perdida, la alquimia del remanso
encabalga el horizonte transido
y las armas diminutas, de juguete
asoman por los bolsillos de mi único pantalón
de domingo
ese con el que un día cualquiera
tendré que salir a guerrear.





Novela negra, rosa


Menciono dinero al mencionar fantasía.
Las visiones que arranco a esos papelitos
inevitablemente me dibujan
una sonrisa estúpida
y plegan mi lengua sobre sí misma
hasta el fondo —pozo verde de abyecciones
donde el silencio es
un terremoto desplazado
un pedazo de ladrillo caliente
una boca herida que deberá cumplir promesas
porque somos abundantes en lo incierto, amor.





Muchacha dormida en la mesa de un bar


Ella es una estatua de hielo caliente
tiene alas de seda petrificada
y es una estatua de hielo caliente.

Su aliento es un abismo elevado
y los puentes tendidos flotan a la deriva
en una danza de cuerpos impalpables.

Polvo de azúcar es lo que respira
y ese aire torrencial de diminutos cristales afilados
sostiene su perfil, las torres infinitas
el caer de las piedras al agua
como corchos de champaña.

Ríos turquesa acicalan los vientos
y las hojas se arremolinan
bajo su vuelo de niña distraída.

En un reino así
una rendija de escarcha
convida
la mirada conmovida de los otros.

La niebla no existe
el frío es un capricho de la niñez
y el cielo
bordado a mano sobre la tierra
se ensucia
se lava
y se seca.





Pólvora mojada


Un instante a solas y ya garabateo versos.
La respiración agitada,
saltos de mata por palabras enmarañadas
o la visión parcelada del explorador que se desliza sigiloso
a ras del suelo
intentando no ahuyentar.

Pobre aventura de la dicción y el grafito
a menudo olvidamos que
la caligrafía es un arte mayor y queda la fauna librada a su suerte.





Poema final para una antología


Frente a mí
hay un libro abierto
una mujer
el eco de una guerra cíclica
una bandera transplantada
la llamada de la línea del horizonte
un cielo generoso
el camino al centro del bosque.
Miles de músicos tocando inagotables
una triunfal sinfonía inmensa o
la íntima música que me levanta cada día.

Algunas muy pocas
certezas para un débil soplo,
que generalmente pastan libres
fuera de mi vista
en el inmenso prado de todas las cosas.
Y los poemas como mares
o como granos de arena y pedrería celeste.

Frente a mí también hay
el bullicio de los amigos
ciertas tardes llenas de sol
de ciudades
            colinas
                        rostros
la contemplación reflejada en los estanques de la memoria.

El caminar de gente que no conozco
algo que se dicen, un gesto que los muestra dignos.
Y no por último,
algunas dudas
perdidas en el fondo de un baúl trajinado.

Un mirar de frente a los hombres
y otra certeza ésta del corazón
apaciblemente recostada a los pies de mi cama:
El mundo es un sitio para amar.





Benjamín Chávez
(Santa Cruz, Bolivia, 1971)
Premio Nacional de Poesía, 2006. Ha obtenido también los premios Luis Mendizábal (Oruro, 1994) y Edmundo Camargo (Cochabamba, 2013). Ha publicado los libros de poemas: Prehistorias del androide (1994), Con la misma tijera (1999), Santo sin devoción (2000), Y allá en lo alto un pedazo de cielo (2003), Extramuros (2004), Pequeña librería de viejo (2006), Las invasiones perdidas (2012) y El libro entre los árboles (2013), además de las antologías de su poesía Manual de contemplación (Antología personal, La Paz, 2009); Arte menor (Monterrey, México, 2014), Cierta perspectiva de eternidad (Buenos Aires, 2018) y Sueños ajenos (San Juan, Puerto Rico, 2019).
Como parte de un equipo de 3 cronistas y 3 fotógrafos, obtuvo el Premio Internacional de Crónica Periodística Elizabeth Neuffer, 2011. Ha publicado una novela La indiferencia de los patos, (2015), una recopilación de columnas periodístico-literarias Los trabajos y los días (2017) y un libro de artículos Hibridismo: Vislumbres del Carnaval de Oruro (2019).
Compilaciones y Antologías: Cambio climático. Panorama de la joven poesía boliviana (2009) en coautoría con Juan Carlos Ramiro Quiroga y Jessica Freudenthal. Seis poetas bolivianos. Muestra de poesía boliviana actual (2016). Letras orureñas. Diccionario de autores orureños (2016) en coautoría con Carlos Condarco y Martín Zelaya. La música y el viento. Antología de la poesía en Oruro (2017). El contagio del fuego. Poesía alemana y boliviana actual (2018) en coautoría con Timo Berger.

Es director del Festival Internacional de Poesía de Bolivia, co-editor de la revista de literatura La Mariposa Mundial y director del suplemento cultural El Duende.


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