martes, 18 de julio de 2017

Los niños cardinales de Medellín - FIPM 2017



Los niños de la Escuela San Isidro de I.E. Gilberto Alzate Avendaño de Medellín son una rosa náutica. Abren y cierran portales en los cuatro puntos cardinales de Colombia. Pertenecen al Proyecto Gulliver sumado al esfuerzo del Festival Internacional de Medellín. Estoy junto a Hugo Rivella, poeta argentino, y Catalina Gutiérrez, artista del hip-hop de medallo. Hacen una declaración de paz como un ritual antes de que iniciemos las lecturas. Todos a la vez, giran y toman posición hacia el oriente.

Oriente: Saludamos el nacimiento del sol de nuestros derechos fundamentales, como:
Derecho a la vida digna y en paz
Derecho al buen trato
Derecho a la alimentación
Derecho a la educación digna
Derecho a ser respetado y reconocido
Derecho a la verdad de nuestra historia y a la libre expresión
Derecho a la dignidad de nuestros maestros”

Y yo, entonces, aparezco en el oriente llanero colombiano, en Arauquita. Voy con el poeta cubano Eduard Encina, sobrevolamos los llanos inundados por el Arauca vibrador, el mismo que le toma una hora en atravesar Colombia hasta llegar a Venezuela y luego retorna en el tiempo como un reto a Cronos -como así me lo dice Pavel Rodríguez entre guitarra y arpa- los inmensos territorios, los infinitos territorios que cruzaron los gitanos de Cien Años de Soledad luego de arrebatarle los misterios a los magos de Babilonia. Serpentea el río y, desbordado, se mete a nuestros ojos, a una velocidad asombrosa vamos y nos preguntamos qué tan lejos estamos de Medellín. No sé -me dice Eduard-, yo solo salí del hotel y ya estábamos aquí. Decido no decirle que todo es causa y efecto de los niños cardinales, no quiero decirle tampoco que vamos ya a pasos gigantescos, como Gulliver mismo, entrando a una de las zonas más dolorosas de la guerra colombiana. En nuestros ojos entran los 250 mil km cuadrados de la región. Esa guerra que ya tiene horizonte. Esa guerra que ya se acaba. Una hembra chigüiro -capibara- se asoma con sus crías al lado de la carretera que bordea la inundación del día, nos husmea desde el cuaternario; una boa se desenrosca como lo hacen los pozos petroleros que van anunciando que lo que se gana con la paz se oscurece con el petróleo. Avisan las torres petroleras, como faros siniestros que succionan luz negra para esparcirla al aire de la nueva historia que comienza. Es la frontera con Venezuela y somos recibidos por el Colectivo Medio Pan y Un Libro, los esforzadísimos gestores culturales que, en medio de la nueva realidad que traen los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el Estado, se han propuesto darle a Arauquita no migajas, sino pan recién horneado y el saber de la poesía. Hay arpa llanera, concierto de bandolones, danza colorida y relato cantado a la antigua forma. Al finalizar la lectura hablamos con el colectivo completo. Intercambiamos experiencias y yo pregunto por el danto, me pregunto -es mejor decirlo-, si los dantos no se comieron los sueños completos con su hambre onírica insaciable.

Nos piden que los acompañemos a un recorrido por los murales que nos han dedicado y es así que, Eduard y yo, nos vemos pintados en cuatro paredes de Arauquita, junto a palabras bellas escritas por el joven poeta Diego Aldana Perez, nuestros rostros en el extremo oriente del llano. Estamos mudos. No sabemos qué decir. Los almendros cubren la noche y solo alcanzo a ver, desde la ventanilla del carro, la silueta de cuatro indígenas tinigua, quizá fantasmas del viejo genocidio. Apenas logro distinguir sus colores. Se quedan. Se quedan en Arauquita.
De pronto, los niños de la San Isidro han girado hacia el occidente.

“Occidente: Es donde nos preparamos para un nuevo amanecer. Occidente será el símbolo del reposo de las tareas del día, para renovarse y continuar en la construcción de memoria, vida y comunidad”

 Aparezco sentado al lado de Gary Geddes, poeta canadiense y junto a María Tabares y Martín Cruz, poetas colombianos. Catalina Gutiérrez y sus compañeros del hip-hop cantan la dureza y las tornamesas giran en el lenguaje más cercano a la pulsación de una generación que se vio envuelta en la locura. Estamos en el Asentamiento de desplazados la Cruz y La Honda. Abajo está Medellín con toda su pujanza y sus innumerables edificios de ladrillo. Aquí, en la Comuna 3, casi a 2400 metros sobre el nivel del mar, el aire escasea para mis pulmones. Compartimos el sancocho más alegre, los grandes calderos hierven y nos vamos pasando los platos entre bromas y la mirada que más va sintiendo el paisaje: es la mirada del poeta fariano Martín Cruz. Él es uno de los más de 6 mil combatientes de las FARC-EP que firmaron la paz y que entregaron sus armas. Pertenece al Mecanismo de Monitoreo y Verificación de los acuerdos alcanzados hasta el momento. Su mirada recorre la precariedad y la abigarrada acumulación de marginamiento en las laderas, ese laberinto hirviente que sube y sube hasta donde estamos. “Qué pena iniciar con estas palabras -dice cuando le toca su turno de leer- pero, nací en el monte y he luchado por una Colombia justa toda mi vida, y aquí, al mirar la situación de estas comunas, me doy cuenta de que volvimos al mismo punto de partida, y ahora, desde la paz y las ideas, debemos cambiar esto”. Ya en la conferencia de prensa que inauguró el 27 FIPM había sido enfático: “Hemos hecho nuestra parte y el Estado de Colombia está haciendo la suya. Ahora que entregamos las armas solo nos quedamos con el arma de la palabra, con el diálogo”. Nos acompañan dos miembros de la seguridad proveída por el estado colombiano. Dos jóvenes silenciosos como las márgenes de un río contenido que sabe bien lo que pasa cuando se desborda. Están ahí, al lado de sus recientes enemigos a muerte y ahora los conducen hacia este acto de poesía. Inescrutables, asisten y les comparto la sal para la sopa, una sal con la que podríamos hacer una estatua para la Sodoma y Gomorra del pasado.

Baja a toda velocidad la buseta y deja atrás la madeja del Proyecto Tejiendo los hilos de la memoria, quienes han organizado la lectura y actividades. Caemos, no bajamos, caemos como un bólido María Tabares, Juan -el amigo coordinador- y yo. Los grupos de muchachos que bailan reagguetton no se apartan, la gente que come en las aceras tampoco. Todo es tan estrecho como un tobogán de arcilla y cables. Aparezco en las afueras del Teatro Pablo Tobón Uribe. Es de noche ya y el conversatorio Construyendo el país soñado inicia. A mi lado está la asombrosa Gunnara Jamioy de la nación Iku-Kamentsa-Colombia y el tremendo cantautor de rock alternativo chileno, Chinoy. Otra mano teje, y este hilo ahora es de algodón, nieve, Andes-Pensamiento y del río Gualcarque. Hablo sobre Berta Cáceres. ¿Qué otro país desearía soñar y construir sino el soñado por Bertita? ¿Si he sentido como míos los ritmos musicales de Colombia por qué no me ha de pertenecer el Río Magdalena? ¿Por qué no debería pertenecerles a los colombianos el Río Gualcarque y los ritmos lencas y garífunas de Honduras? ¡Alerta, alerta! ¡Ya no hay tiempo! Repito la advertencia que sembró con su asesinato Berta Cáceres en la hondureñidad y el mundo, la misma advertencia que puede resonar al fondo de toda firma bien intencionada.
Los niños han girado su rostro hacia el norte.

“El Norte: es nuestra misión que consiste en lograr un país más justo para todos. Que construyamos el país soñado. Mirando hacia nuestro norte, hacemos homenaje a los niños del presente, porque construirán un futuro en paz, perdón y justicia. Hacia ese norte avanzamos con el amor, para la reconciliación.”

La Universidad de Medellín nos espera a Tom Schulz (Alemania), Abhay K. (India), Lucía Parias (Colombia)y a mí. La serena distribución de los espacios universitarios, su verdor, le abren paso a una gran escultura de una pareja prometeica. Llevo mi bandera azul turquesa, la misma que junto a un grupo de compañeros en Honduras hemos decido impulsar para desnudar la apropiación de colores que el partido de la actual dictadura cívico-militar hondureña ha impuesto sobre la bandera nacional. El azul turquesa original en lugar de la azul profundo de la dictadura de décadas y de la bandera del partido de gobierno. Colores libertarios aplastando símbolos de enajenación, la misma que dirige el militarista juan orlando Hernández, causante de tanto dolor y latrocinio. Dedico mi lectura, por igual, al Puerto Rico Libre y pienso en Iris Alejandra -quien me hizo la bandera con sus propias manos- como por igual en las tantas hermanas y tantos hermanos boricuas que deberían estar en el festival representando a Borinquen, la misma Borinquen que siempre le ha pertenecido a Latinoamérica.

Para finalizar, los niños han girado hacia el sur.

“El sur: Es el símbolo de la esperanza de América Latina. El Sur de América floreciendo para una nueva vida.”

Hugo está conmovido por semejante ritual. Me cuenta, con ojos a punto de las lágrimas, que fue maestro durante años y que todo aquello le recuerda la esperanza que siempre guardó a la hora de enseñar en su natal Salta, Argentina. Una vez que finalizan sus palabras, a los niños se les entrega una banderita blanca y una semilla de maíz que deben ir a sembrar al huerto escolar y, al sembrarla, abren el último portal. Aparezco en un bus que se dirige a la cordillera, bordeando abismos y gargantas alucinantes. Llegamos a Santa Bárbara, balcón de los bellos paisajes, Camila Charry (Colombia), Marcia Mogro (Bolivia), Peter Laugesen (Dinamarca) y yo. La panorámica es sobrecogedora desde el agreste y primoroso pueblo, una altura que en los días claros ofrece la vista diáfana del Nevado del Ruiz -el ancestral Cumanday- y muchas de las ciudades del valle. Luego, todo se fragmenta: voy en avión y casi toco la cordillera nevada, voy hacia el dolor más profundo en el Museo de la Memoria, voy en la madrugada y atravieso Bogotá, voy a 120 km por hora y atravesando ciénagas fronterizas de nuevo, voy hacia la Plaza El Periodista y giro en el salón de salsa como si estuviera en Puerto Rico… Y sí, aquí estoy de nuevo, y también en Honduras, y también en Colombia. La rosa náutica da vueltas y no hay polo ni polarización humana que la dañe, porque desde la poesía que todos los invitados hicimos en el 27 Festival Internacional de Poesía de Medellín aprendimos a saber que la única dirección posible es aquella que se escribe y orienta con la brújula del corazón.


Y sí, Fernando, Luis, Gabriel, Gloria: La muerte -orientándonos así- no tendrá dominio… y tampoco los dantos vendrán a comernos el sueño.

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