martes, 7 de junio de 2016

Chuck Norris vs el Comunismo, la insurrección doblada por Irina Nistor




Hay memorias banales. Sí. Por lo general el pasado está hecho de banalidades y no de hechos épicos. Lo épico que se quede por ahí, en los intentos de la Enciclopedia, que bien se leen y lo dejan a uno con una sensación de que estamos desperdiciando el tiempo, como Trajano ante el Mar Muerto, llorando polillas y páginas de historia ya amarillentas. Puse Netflix y comencé esa dura prueba de escarbar estratos para dar con una joyita. Están bien las comedias, las series (he visto ya unas respetables) pero lo que yo buscaba era la joyita imprevista, como cuando Oscar Borge me mandó el link de Ha vuelto, de David Wnendt. Caí entonces al título más random de las listas, y me decidí a verla porque tenía necesidad de ver algo banal y random, sí señor.

Chuck Norris Vs. Communism (Video killed the red star), lo leyó bien, Chuck Norris contra el Comunismo de Illinca Calugareanu. ¿Qué resultó? Pues he visto una fabulosa historia digna de una película… oh, lo siento, pero sucede que llegué a dudar de estar mirando una película, como en
Ha vuelto, o si en efecto se trataba de documental histórico o de una parodia o de un eco híbrido al grito que venía de los inicios de mi adolescencia. Resulta que veo, tras bambalinas, la historia de Rumanía en una de esas aristas que determinaron sutilmente la caída del tirano y odiado Ceaucescu (interpretación tomada directamente de los doblajes de Hollywood), aquel dictador que fue fusilado en Bucarest durante la revolución que puso fin al Estado comunista rumano en 1989. Ante las primeras muestras del derrumbe, el régimen de Ceaucescu se endurece y se vuelve más represivo que nunca. La Dirección de Censura vigila cada cinta que se exhibe y corta a discreción todo aquello que muestra a occidente como próspero. Aquí, la prosperidad en su significado de consumo bien pudo titular a la película Ceaucescu Vs. Consumism, pero dejémoslo así. Todo pareciera que el docu-film va a mostrarme cómo era de difícil conseguir ver películas occidentales en Rumanía, pero la magia comienza cuando el sentido central se muestra con todo aquello que el humor eslavo es capaz de dar: esta es la historia del cómo una especialista en doblaje llamada Irina Nistor es contratada por un misterioso contrabandista de películas en formato VHS, y del cómo su voz -ella doblaba todos los personajes, invariablemente- se convirtió en una forma de resistencia al volverse masivo el contrabando y la piratería de películas como McQuade-el lobo solitario, Rambo, American Ninja, El último tango en París, Footloose, Top Gun, Volver al futuro, etc.

La sórdida alegría de los primeros espectadores, la tensión por la inminente llegada de la policía secreta, los testimonios de quienes vieron a escondidas esas cintas, la decisión de Irina de continuar doblando en clandestinidad, todo eso me regala una tragicomedia deliciosa y sorprendente que me hace preguntarme ahora sobre la diferencia entre lo que yo vivía en la misma época y bajo otros cercos mediáticos dentro de la cortina colorida de las barras y las estrellas. Porque al contrario de lo que pasaba a lxs jóvenes en Rumanía dentro de la Cortina de Hierro, la avalancha de películas de acción y la subsiguiente piratería fue total, ideológicamente similar pero, en este lado de la vida en un satélite, con implicaciones enormes. Recuerdo una noticia en la sección de Sociales de un diario capitalino: la reciente promoción de agentes de policía recibió como premio de graduación una visita al cine Clámer para ver Cobra, la violentísima cinta en estreno de Stallone, en 1986.


Durante un par de años, existieron en Sabanagrande tres o cuatro casas de amistades o familiares que habían logrado conseguirse un reproductor Betamax. En la casa de los Silva-Rivera, Sergio y Lizeth me invitaban junto a varios más para que viéramos Los Goonies. La vimos unas treinta veces porque era la única que quedaba. Sergio, quien ahora es sacerdote católico, me esperaba en la esquina y me decía: ¿adiviná cuál veremos hoy? Los Goonies, por supuesto; pero todo eso cambió cuando los primos Chíe y Coco Rivera idearon alquilar películas en Láser Vision (de las únicas dos casas de alquiler de videos en todo Tegucigalpa) y exhibirlas en el nuevo formato VHS que habían traído de Estados Unidos. Exhibirlas, pero cobrando, claro, a cincuenta centavos de lempira los niños y a un lempira los adultos. Creo que así sucedió en muchísimas partes de Honduras durante aquel año de 1987. Al ver Chuck Norris Vs. El Comunismo me vi de nuevo en aquella casona del barrio El Tule, alelado ante Conan el bárbaro, Perdidos en Acción, Delta Force, Rocky… pero sin miedo alguno a que irrumpieran policías censores, al contrario, resguardados por ellos mismos que eran el público especializado en toda película de balas y bombazos, corrigiendo a los legos en armas con un tipo de comentario que iba en este tono: no, no seás sonso, esa es una M-60, yo la disparé en el curso que nos vinieron a dar los Boinas verdes al Primer Batallón… mirá que pinta la Makarov de ese ruso, yo me quiero conseguir una en la frontera con Nicaragua, dicen que los Contras casi las regalan por cincuenta pesos… Yo apenas les prestaba atención, no quería interpretar o traducir la realidad en ese tiempo. Al igual que Irina Nistor al final del docu, cuando se le pregunta el por qué decidió seguir doblando a pesar de todo el riego que corría, confieso: yo solo quería ver películas.


No queda más que recomendarles este docu-film, para entendernos un poco más, quizá, como termina siendo nuestra misma historia una vez que finaliza Sugar man de Malik Bendjelloul, Malena de Tornatore, El Divino Ned de Kirk Jones o El lado oscuro del corazón de Subiela. El cine es esto esencialmente, aquello que te dice cualquiera cuando quiere contarte todo lo que ha pasado en la vida: mirando hacia el horizonte y con un dejo de alarde triste o vanidoso te dice “ay, si yo le contara… con mi vida bien pueden hacer una película”.
F.E.