viernes, 18 de abril de 2014

Sombras que se alargan

Nada es igual a aquella primera impresión que me dio la enorme cruz pintada de verde cobalto en Sabanagrande, pero cierta cadencia me llevó a percibir la gravedad de todo viernes santo. Una muchedumbre rezagada que prefiere este turismo de una sola tarde y que, al parecer, se vuelve cada vez más masivo y digno de múltiples selfies.

Dos veces hice ruta al sauna, porque sauna fue Tegucigalpa el día entero. Un borrachito, sentado a las puertas de un mesón en Los Dolores gritaba a los cuatro vientos que él había comido de toda la basura que la gente botaba, que él si podía hablar de lo que era comer mierda. El taxista que lo escuchaba adormilado se puso a sintonizar la radio y el viacrucis y una que otra paloma se atrevió a cruzar la calle de una acera a otra. El sol fundía el pavimento y éste adquiría la consistencia de un río plomizo. Vi a muchas parejas tomándose selfies junto a los santos sin importarles cómo harían para etiquetar luego al santo. Vi la maraña de cables, multitudes fascinadas por el vacío pero llenando ese vacío de algo parecido a la gratitud. Nunca había hecho este recorrido por un día que siempre aparté para ver a Ben Hur en su batalla naval, pero hoy, de la mano de Esteban y Bárbara me dejé llevar a esa otra vibración imposible de evadir y que, de lo místico y sublime, deja muy poco, aunque la fiesta aparente arrancar y elevarse pero que apenas llega a ser un entretenimiento y no profunda mezcla de búsquedas y encuentros.

De todas formas ahí estaba el color, y la tarde deliciosa lejos del mar y sus hoteles llenos de cucarachas alborotadas. Estaba la ciudad vacía más allá del montaje de la tradición, y caminar esos suburbios desolados como que llena, como que es la ciudad que siempre esperamos: hecha para nosotros y las sombras que se alargan.