domingo, 22 de diciembre de 2013

Palabras a Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito

Las palabras a continuación, son las que ofrecí en la presentación del nuevo poemario de Carlos Ordóñez, el jueves pasado, evento celebrado en el CCET.

De izq. a der.: Santos Arzú Quioto, Carlos Ordóñez, Fabricio Estrada, Pavel Núñez.

Al fin conozco a alguien con quien viajar al verdadero sur. Un poeta que ha encontrado los signos de esa desolación hondureña que baja hasta el Pacífico, se hunde en él y crea un lenguaje submarino.
Al fin, por lo tanto, conozco Orocuina -marchita ocarina perdida entre viejos tesoros- y su melodía no es dulce más allá de los silbidos que producen los tallos tiernos al reventar, abrasados por el fuego.

Cuando Carlos me pidió acompañarle esta noche no había leído los textos que ahora, ya reunidos, adquieren el nombre de Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito, pero sentí que toda esa paciencia y meticulosidad de Carlos sólo podía dar como producto un poemario de este nivel, con toda la estructura que le da a la poesía el salto hacia la literatura.
Cuando Willian Faulkner comenzó a trepanar en el sur profundo estadounidense, muy pocos le dieron crédito al tomar como crisol y arquetipo una zona geográfica alejada de los centros neurálgicos de la modernidad y su oro resplandeciente. Sin embargo, fue en Faulkner donde esa nación encontró su abisal humanidad y sus entrañas descubiertas. Así en Carlos y su poemario Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito, el lenguaje calca ese otro fantasma que Juan Rulfo quiso llamar Comala pero que Carlos identifica con Orocuina y los ojos de sus antepasados, unos ojos que se han quemado por una luz más intensa que el sol sureño: la palabra, la palabra poética que desnuda la pobreza y sublima el pavor al olvido.

He leído Disturbio en el fragmento 119 de Heráclito como una delicada conversación entre presencias dentro de una zona geográfica que avanza, como todo desierto, sílaba a sílaba, guijarro a guijarro hasta cubrir todos los puntos cardinales del verdadero país que somos: el país de la ausencia.

El sur profundo de lo que somos ya tiene quién nos lleve de la mano hasta sus jícaras deslumbrantes.

"Estas cosas se saben ciertas, movimientos celestes, aspas de niebla en el raíl del recuerdo, láminas de viento que siegan la orfandad. He aquí la esclavitud, sus fístulas en las superficies de la sed, la más callada invocación al barro. Esto es lo sagrado, un don, tesitura del habla que predica el polvo de la edad. La belleza es el sueño de una tarde, el sur, donde descansan los hombres que liban las colmenas de lo invisible".

Fabricio Estrada
19-12-13