lunes, 4 de mayo de 2026

Posteguillo y dos crucificciones

 


Por estos días me encuentro en olena lectura de "Maldita Roma", de Santiago Posteguillo, la segunda entrega de su trilogía sobre el ascenso al pider de Julio César que inició con "Roma soy yo". Me gusta Posteguillo por su capacidad de crear una estructura de serie stream, con sus respectivas suspensiones y escenas adelantadas. En esto sigue fielmente el consejo de Kurt Vonnegut sobre aquello de adelantar sin temor situaciones que preparan la imaginación del lector y lo animan a continuar porque lo que viene, viene muecho mejor.

Contrario a la densidad de Collen McCullough en su saga sobre la República romana -El primer hombre de Roma, La corona de hierba, Favoritos de la fortuna, César, Las mujeres de César y El caballo de octubre-, Posteguillo ofrece cierta ligereza que se agradece para quitarse el peso de que estamos leyendo una enciclopedia en forma de novela histórica, y realza, con una intensidad que se queda marcada, los diferentes discursos, alegatas y arengas que los diferentes líderes romanos dijeron en su momento de poder, sobretodo concentrándose en César, por supuesto. Su capacidad de recrear los matices psicológicos y el impacto de esas palabras que la historia convirtió en mármol es realmente emocionante, muy vívido.

En "Maldita Roma" aparece la rebelión de Espartaco, a marcha rápida pero bien entrelazada como correlato. Posteguillo apunta bien a lo trascendental que fue para César esta rebelión y la de Sertorio en Hispania, mostrando el doble eje de una guerra civil y una guerra servil que sinultáneamente le ayudó a César a regresar a la Roma de la que fue expulsado por Sila. Todo va encajando entre poderosas escenas de combate que Posteguillo ya desplegó en la trilogía sobre Escipión el Africano. Y entre tanta triplex aecis (la formación de tres lineas de toda legión que entraba en batalla) me deslumbró una revelación respecto a la rebelión de los esclavos.

Posteguillo insiste en definir en Espartaco la esencia de la liberación de la humillación humana, más que de la esclavitud. Su intento de salir de la península itálica, sugiere, es la demostración de que el tracio Espartaco no buscaba cambiar el sistema esclavista de la sociedad romana, sino que su motivación era irse lo más lejos y lo más pronto de ese infierno. Que miles de esclavos se sumaran no fue por causa de una convocatoria que saliera de sus labios, sino que fue una exigencia del ejemplo de libertad absoluta ganada por las armas y con destino en el horizonte, del mar o de la Galia transalpina. Su ejército llega a tener 150,000 combatientes y aún así no se propone conquitar la ciudad de Roma, lo que lo hace vagar como otro Aníbal por la península, buscando cómo romper las fronteras de la maldita Roma. 

Todos conocemos su final, pero lo que pocos escritores de novela histórica resaltan, al contrario de Posteguillo, es que el Senado se vio obligado a suspender todo conflicto civil e, incluso la guerra en oriente contra Mitrídates, para hacer acopio de todas las legiones y fuerzas navales disponibles, incluido perdonar a César e incluirlo como tribuno bajo el mando de Craso.

Las cruces que se extendieron por toda la Vía Apia con sus miles de esclavos crucificados -niños y adultos- fue el final temporal de redención que no buscó su reino dentro del sistema sino que fuera de sus fronteras. Espartaco desapareció. No fue crucificado. Más de cien años después, otro crucifixión si tuvo rostro, torturado y nombre: Yoshua de Galilea. Y la conmoción que debió cundir entre todos los esclavos tras el final atroz de la rebelión de Espartaco, debió sublimarse con la promesa de otro reino, esta vez sin ubicación en un territorio o provincia, sino que en el ámbito del espíritu.  La memoria de Espartaco continuaba fresca, muy fresca, y el evangelio proliferó de inmediato tras la crucificción del apóstol Pedro en el Campo Marte. Tanto para César como para los apóstoles, Espartaco fue la utopía concreta sobre la cual pusieron su primera piedra, con la excepción de que la redención de los esclavos cristianos sí alcanzó a proponer el cambio político de la estructura del Estado romano. Y lo logró.

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