viernes, 15 de mayo de 2015

Homero Aridjis - Breve viaje por un pequeño rostro.



La buena muchacha creía que la vida era una calle
abierta, un semáforo en siga, un salón de baile y una
cuerda floja, que podían estirarse hasta lo máximo con
resultados inequívocos.

La buena muchacha se llamaba Paloma.
Tenía ojos verdes y venía de Río.

A los quince años conoció el amor, mirándolo pasma-
da desde abajo, como si aleteara con ojos nerviosos en
el cielo nublado de septiembre y en el coloreado silencio
de los montes.
La buena muchacha pisó el éxtasis y la repetición del
éxtasis.
Deambuló en paraísos carnales y en postraciones alco-
hólicas o mágicas.
Pensaba que el amor era la cópula del desgaire, en
férreos brazos de suburbio y en sofocantes músculos de
atleta.
Y el amor la ocultó bajo los puentes, la tomó de la
mano y la escondió en las alcobas.
Y era diferente, y lo sentía infinito.
La buena muchacha vivía sola, y pisaba sola en las
tardes el crepúsculo en las calles.
Llevaba pantalones negros, y en lugar de blusa un
pañuelo rojo.
Creía que la noche era un caballo loco de negras
decisiones.
Y habitaba de pronto las prendas de sus hombres, y
los obligaba a ponerse sus vestidos. Y hacía el amor de
otra manera.
Pero sólo eran contrarios jugueteos, coherencias de
otro orden.
En el fondo sentía que el mundo y los cuerpos eran
superficies agotables, y sólo la imaginación para vivirlos
podía disfrutarlos y saberlos.
Y rememoraba, dulce y relajada, el curso reciente del
abrazo.
Creía que los instantes eran monedas en el aire, y
sólo el convivirse construía un pasado meritorio, y sólo
la irrupción en otro ser nos afirmaba.
Había encontrado un modo de coexistir con sus deseos,
acorde con un pretérito presente y con una cadena im-
penetrable de sueños por usarse.
La buena muchacha tenía minutos redondos como se-
nos, colores tan blandos como muslos, y furias tan reales
como furias.
Sus ojos eran tan sólo resplandor telúrico.
La buena muchacha era deseada en cualquiera  de sus
gestos, en cualquiera de sus posiciones; sus miradas eran
calientes movimientos y actos de soslayo.
Tenía una manera voluptuosa de sentarse y un dejo
de algo al caminar. Su mohín de fastidio era perfecto
por lo obsceno.
La buena muchacha sabía amar, sobria, borracha, y ya
sobre cenizas.
Era un corpóreo leño de fuego inextinguible.
Sabía amar.

Y se fue del mundo
con la imagen quemada entre colillas y el sueño des-
pierto entre las sábanas,
con la mejilla izquierda arañada por un filo de arma
y las manos buscando la luz bajo la puerta.
Y no fue superfluo el titubeo, sino un tiempo curvado
en su sentido, en la emoción de alguien.
Porque la buena muchacha sabía amar.
En lentos paisajes como tumbas, eslabonadamente y
sobre higos, en segundos tan largos como un fruto cayen-
do y en ojos que hielan la poesía.
La buena muchacha sabía amar en un doble estallido
de bestias que sollozan.

H.A.


Tomado de ECO, Revista de la cultura de occidente, agosto-septiembre, octubre 1964, 52/54, Tomo IX, 4-5-6. Buchholz, Bogotá, Colombia.