jueves, 19 de febrero de 2015

El Dios de Víctor y otras herejías, de Óscar Estrada


Lo que uno deduce a primera vista es que para Óscar Estrada la mayor herejía de la Historia (dicho sea sin resabios moralistas) es la guerra. “La guerra vuelve locos a los hombres (…) “Mi padre estuvo en la montonera con Ponciano Leiva y cuando regresó parecía un animal” (…) “La guerra destruye también a los hombres buenos”. Son fragmentos de diálogos entresacados del cuento emblemático que da título al libro de este joven escritor hondureño, quien se autodefine como guionista, novelista y abogado. De hecho, estudió en la Escuela Internacional de Cine y TV de la Habana, Cuba, y en 2012 publicó su primera novela, Invisibles. No estamos, pues, ante un neófito, lo cual queda demostrado en esta colección de cuentos, El Dios de Víctor y otras herejías, donde deja plasmada su pericia en el manejo de los recursos propios del género narrativo.
Cuento tras cuento (nueve en total) Estrada se adentra en un mundo diverso, violento y no menos desolado que bien pudiera ser este país. Los personajes –sus habitantes- somos en realidad nosotros mismos, todos signados por cierta sensación de vacío existencial, de incertidumbre y de calamidad, así se llamen Víctor, Juan, Isaac, Clementina, Óscar Estrada o Nicanor. Entre todos ellos quizá sea Víctor el que más tenazmente encarna un estereotipo de cierto sobreviviente que a diario vemos deambular a nuestro rededor y que desconocemos si regresa de la muerte o va hacia ella. “Siempre fue así (Víctor) , independiente, estepario. Los últimos días de su vida, los vivió en un cuartito de concreto, con una cama sin colchoneta y un petate que olía a viejo, a cartón con calcetín y sudor”, santo y seña todo eso de la desolación y la impotencia a las que puede estar condenado un ser humano de estas latitudes: “El mundo es una noche vacía”, concluye amargamente.
Hay otros cuentos en este libro, como “El jardín de Clementina”. “La vida es esto” –para sólo mencionar los que a mí más me gustan- donde los personajes y las situaciones se funden y se confunden en forma dramática, dando paso a una atmósfera menos atosigante o tal vez menos cruel que la recreada en “El Dios de Víctor”, “El infierno de Juan” o en “Paternidad”.
Se trata, en suma, de un libro que se deja leer, en el que esos personajes y esas situaciones son visibles y reconocibles a simple vista, como no puede ser de otro modo tratándose de un narrador con formación cinematográfica.
Este es el único trabajo suyo que conozco, pero aun así me atrevería a considerarlo desde ya como uno de los autores representativos de la literatura hondureña de hoy. Queda, por supuesto, mucho camino por delante, y eso él lo sabe mejor que yo.
Por Rigoberto Paredes
Tegucigalpa, diciembre de 2014