lunes, 3 de agosto de 2015

La fiesta hacia adentro - Fotos: Fabricio Estrada

En base a la vibración van a encender un fuego –me dije-. La casa vibra como un panal en la frecuencia que se emite el calor que se necesita y, si  el calor desciende, habrá que ir por él afuera, donde está el aguardiente, regresar con los dedos encendidos y hacer la fogata de la música alrededor de la cual bailarán todos en silencio, apretados.
Estas fueron mis primeras impresiones al llegar a la fiesta del bautizo de la nieta de Gissel, en la aldea de San Patricio, Sabanagrande. Tenía el nuevo lente .50 mm para estrenar y las ganas enormes de llevar a mi hijo a una caminata nocturna hacia la aldea, con los amigos de toda la vida. Llevaba a Esteban. Sería su iniciación en algo que es profunda tradición y que aún convoca, muy lejos de la pre-fabricación de discomóviles que llegan al pueblo, muy lejos de lo que parece estandarizado por las cadenas radiales y su enajenante programación musical. 





Nos vamos camino al cementerio y lo único que cambia es, que en lugar de focos de baterías, lo que nos ilumina el camino son los celulares. El resto de cosas sigue en su orden: las sombras de las tumbas, las piedras ferrosas sueltas y los viejos santuarios donde bajábamos a jugar en la ruta del río y sus pozas.

Hay ansiedad porque no se deja escuchar la fiesta. Son las nueve de la noche y, cuando ya llevamos un kilómetro y medio en el laberinto, nos llega de pronto el ritmo monocorde de las cuerdas y ese canto que no se distingue del cantado en las viejas romerías que llegaban a las ferias. Sin perder el tiempo, entramos –a otros tiempos- a la pequeña casa donde han dejado libre la sala para que toque el conjunto. No hay mejor definición que conjunto para este tipo de agrupación musical, sí, aquí la música se hace simultáneamente a otra cosa con un fin común, y a duras penas se distingue un instrumento de otro hasta que uno se acerca al círculo de protección del fuego y se da cuenta que la llama pulsa, casi en su entera forma, desde el bajo.






Contrario a la música garífuna donde el tambor es el que marca y orquesta y la agrupación de músicos y cantantes se despliega en abanico hacia los presentes, en el conjunto de cuerda del sur de Honduras –en su manifestación más atávica, al menos, la que yo volví a presenciar- los protagonistas se cierran en círculo apretado en torno al bajo, el violín,  la tumba, la guitarra y la caña (dos latas soldadas con maicillo en su interior que hacen las veces de maracas pero en forma única y tubular). Es decir, se organiza la fiesta en torno a dos formaciones cerradas: la de los músicos y la de los que bailan, y cada una es independiente de la otra y crea, durante toda la noche, una dinámica aparentemente inconexa, pues los músicos están en su mundo y casi se podría decir que hacen la música para su propio provecho. 






Otra de las características reside en que los músicos van entrando y saliendo del círculo en un relevo continuo marcado por la ingestión del guaro (aguardiente); es así que el próximo bajista bien puede estar calentándose entre los que están en el patio o los que están bailando, lo que a primera vista parece ser una cantera inagotable de músicos dispuestos a que el fuego no se apague. Las canciones van cantándose a intervalos de tres una vez que se ponen de acuerdo cuál tocarán, y es en ese momento, el de ponerse de acuerdo, donde se manifiesta la mística del baile, porque las canciones que vienen se dicen en murmullos, entre ellos y casi al oído mientras afinan y encienden cigarros, en un siseo que también trata de guardarse hasta el estallido mismo del ensamble y las armonías. Alejo Carpentier, en su novela Los pasos perdidos, puede ayudarme con mayor exactitud para explicar este instante esencial y previo al baile:

Hay un silencio ritual, preparador del ensalmo, que lleva la expectación de los que esperan a su colmo. Y en la gran selva que se llena de espantos nocturnos, surge la Palabra. Una Palabra que ya es más que palabra.



Comienza entonces a bailarse el secreto, porque secreto es lo que se dice aprovechando la cercanía y la estrechez, secreto es la mano que pocos ven bajando por la espalda de la muchacha y afianzando la cintura incluso más abajo. El baile está contando un secreto –me diría al oído Diane Arbus- y los niños, subidos a las ventanas, metidos entre las piernas de los ya mareados bailarines, husmeando entre las cortinas, asisten a la primera visión del celo y su ritual, con ojos de azoro y nerviosismo pre-adolescente.










Yo, en cambio, he visto cómo la palabra emprendía su camino hacia el canto, sin llegar a él; he visto como la repetición de un mismo monosílabo originaba un ritmo cierto; he visto en el juego de la voz real y de la voz fingida que obligaba al ensalmador a alternar dos alturas de tono, cómo podía originarse un tema musical de una práctica extramusical.
Carpentier sigue asistiéndome mientras trato de no intimidar demasiado con la cámara. Me pego al conjunto y veo los rostros del sincretismo más delirante, el cimarronaje que hizo de la polka este espacio único enclavado en las montañas del sur hondureño.






Los antiguos esclavos que huyeron o fueron deslumbrados por una libertad imprevista y que ahora habitan y se multiplican en el silencio, en los campeonatos de fútbol, en las filas de la Policía Nacional o del Ejército. De una costa a otra supieron hacerse libres, pienso, llegaron negros y al cruzar el territorio hacia el sur, el país y la historia filtró su sangre. Lo que se canta de frente al mar y con hondo grito en la costa norte aquí, en la costa sur, se canta hacia adentro, hacia las sombras, de espalda al viento para que éste no venga y apague la llama de su esencialidad.




Que siga el baile, entonces, decimos mientras nos retiramos con Fidel, Winga, Pavón, Saúl, Andrecito, Jovel, Lupita, Allan y Esteban, que ya conoció que al final de todo camino en la noche hay siempre una aldea con una fiesta a espaldas del tiempo.