jueves, 7 de enero de 2021

El Barrio Morazán que viví

La casa se me aparece en sueños desde que dejé de escuchar el silbido del viento en su techo. Horas y días asomándome a ese balcón con mis primos Alexis, Ricardo y Chepe (en la foto aparece Tita y Normi, Ricardo y Alexis sobre el mismo balcón). Desde él veíamos a la doña de los alborotos abriendo su tesoro apretado en miel y blancura. Recuerdo las canciones que llegaban desde el primer piso, de la radio de tía Gloria: Laura Branigan, París Latino, KC Sunshine Band y el anuncio de Totos Pizza. ¿Siempre hubo frío en el barrio o era el frío de la ausencia de Gali Galeano? Tegucigalpa zumbaba en el hastío ochentero alrededor de las dos de la tarde y se llenaba del olor a café molido que se expandía desde la fábrica de Café Maya en el Guacerique. Una mañana salimos a ver la huída de varios estudiantes que iban a ser reclutados, saltaron por el murito hacia la quebrada La Orejona como si fuera la escena final en Escape de Sobibor. Los soldados no dejaron de disparar. "La plaza" debía hacerse vivo o muerto. Es lo que aprendí desde muy temprano: el país era troglodita pero Chepe, mi primo, estaba prendido imitando a Michael Jackson y regresaba a la casa, luego, de la escapada del siglo, bailando Beat it, chasqueando los dedos: "así dejé a esos chepos basuras, Taco Baca". En otra mañana, mis primos fueron testigos, desde el mismo ángulo, de un asesinato en la casa del frente. Una mujer fue apuñalada por su "marido" y salió a morir a la acera. Un par de años después, vivió en ella Marisela, Ana y Norman. Subíamos al ático del segundo piso y nunca olvido cómo silbaba el viento, cómo olía a moho y cómo adquiría peso la presencia que ahí sentí, entre los gatos y las tablas clavadas caprichosamente. El mosaico de adoquines se colocó en 1983 y, desde entonces, el viejo Chevy rosado de don Tito se vio más lustroso, más cincuentero que nunca. Cuando la calle del barrio era de tierra fue solo un mastodonte de sueño, como ahora que lo recuerdo. Estoy hablando de la prehistoria del barrio Morazán. Todo era rosado en ese tiempo: la casa misma era de ese color, como la piedra de cantera característica que se veía en los mejores edificio de Tegus. Cuando la sueño, la casa me sueña traslúcido, como los muñequitos de cristal que perdí en sus rincones, los mismos en los que me perdía viendo sus entrañas de hielo, su laberinto de burbujas microscópicas. Quizá la casa siempre estuvo dentro de uno de esos muñequitos, como castillo de pecera, como artefacto onírico.



El círculo es de llamas en mi memoria: un enorme incendio  hizo escombros la fábrica del barrio. Los vecinos de aquel entonces recuerdan esa noche como el fin del mundo, uno muy privado y limitado a nuestro horror. Las llamas pudieron arrasar con el mesón donde estaban todos los amiguitos y quizá extenderse como borracho encandilado por las casas de madera vestidas de carcoma. Cuando leí "Estambul", de Orhan Pamuk, me sorprendió de que en realidad estuviera describiendo al barrio Morazán: los tejados, las fachadas de madera, los callejones misteriosos, el mismo ritmo de las potras barriales. La madera desapareció, hasta la carpintería color... rosado... frente al parqueo del Estadio, ahí donde se volaban barriletes en noviembre y el lugar donde se intalaban los circos gigantecos del Fuentes Gasca y los juegos mecánicos Play Land Park. Varias veces nos colamos en el Estadio cuando abría los portones al medio tiempo (el Galatasaray  del barrio Morazán era el Motagua), y cómo no, también cuando la selección mundialista de España 82 llegó subida sobre una rastra y se aprovechó a quemar un monigote de Gastón Pérez, el árbitro chileno que le regaló el penal a Yugoslavia "para descalificarnos". También entramos al Tiburcio Carías Andino para escuchar a Nikki Cruz y todo su testimonio ya escrito en su libro "La Cruz y el Puñal". Toda la tribuna de sol norte hasta los topes, toda la luna llena con la boca abierta de ver en vivo y en carne y hueso al protagonista de Jesucristo Superestrella que acompañaba a Nikki, ya converso y nada rockero. Nunca hubo mayor cantidad de biblitas azulitas en las casas del barrio.

El mesón. El laberinto de madera en el que se escuchaban las mejores risas y regaños de las doñitas entre las palmadas a la masa de maíz para las tortillas. Doña Santos fue y sigue siendo una de ellas, la mamá de Carlitos y Chito donde íbamos por las tortillas y a jugar con las bolitas de masa que ella nos daba para "echar un par" al fogón. Chito ya salía con Chepe a las fiestas en el Centro Social Universitario y a las refriegas de Los Phantom, La Latina, La Mao Mao y La Siripuri con sus chacos Bruce Lee y los velocímetros vistos en The Warriors. Nosotros apenas alcanzábamos a llegar a la esquina del chino a ver los veleros Old Spice anclados en la vitrina o a presenciar la final de lucha más esperada de Titanes en el Ring: Martín Karalagián vs. La imbatible, la única Momia Blanca. Al ver que yo permanecía hechizado por un velero en miniatura que acompañaba a los perfumes, Alexis me hizo un juramento solemne que aún no me cumple: Fabri, cuando sea grande y trabaje yo le voy a regalar ese barquito. Hace unos meses vi cruzar un velero real frente al Morro de San Juan y escribí un poema para Alexis, reclamándole, claro. La piedra de ese muro es inolvidable: por ahí era donde nos asomábamos y por ahí mismo se escapaban Ricardo y Alexis. Allá al fondo, como visto por una cerradura, la casa de dos pisos de un niño que se llamaba Roberto, creo, y que nunca jugaba con nosotros porque no le daban permiso. Por años lo relacioné con Kiko, el de El Chavo de Ocho.

 Al final de la calle empinada sigue estando la iglesia San Martín de Porres, donde mi abuela decía que Dios nunca tuvo "casa tan moderna". Y es que la iglesia parece diseñada por Niemeyer como una especie de nacimiento con el cerro Juana Laínez de fondo. Nunca tuvo otro nombre el cerro: se llama como lo llaman. A mitad de la calle, en esa casa de tres puertas, vivió una muchachita que traía loco a Alexis. Al frente se "parquiaban" los camiones de "la jura" durante los reclutamientos forzozos, ya que media cuadra arriba estaba el billar hirviendo de chavos en edad de ser reclutados. Así que la calle era mitad ilusión y mitad tenebrosa. El tráfico de busitos del transporte público era ensordecedor a las 5 de la tarde, tanto como la alarma de las doce del mediodía que los bomberos hacían sonar siete cuadras en dirección al estadio. Era entonces como una guerra con bombardeo y llamas invisibles.


A tres casas de ese grafiti estaba el centro evangélico donde tía Gloria me llevó de vez en cuando. Cantaban bonito, y a mí me gustaba que tenían muchas revistas para hojear, incluidas de ovnis, que eran el furor en ese entonces de 1983. A la altura del carro estacionado que se ve a la izquierda pudo quedar una cruz de madera con mi nombre. No se lo dije a nadie, pero un bus por poco me mata cuando crucé de manera imprudente la calle. Mi vida hubiera durado 9 años y la última mirada que me dieran sería la de los dos focos delanteros de un Rosmo anaranjado ruta Lomas-Torocagua. Una cuadra más abajo, en diagonal a la casa de la brujita vivía y vive el poeta Edgardo Florián. Por alguna razón, la canción de Aniceto Molina representaba para mí el límite del barrio en dirección a la PC: en la curva, antes del puente, sigue en pie una casa con un portón de hierro. Su pasillo es estrecho y abre a un patio interior. Yo le tenía miedo con solo verlo: en la esquina de la vieja barriada, dicen que vive que vive una brujita, y yo quisiera que me saliera a mí...

La esquina de la escuela Manuel Bonilla (antes República de México). El enjambre y los campanazos. Sus aulas estrechas y su patio interior como un juego de damero. También ahí se dieron reuiniones y películas sobre ovnis y de Jesús caminando sobre el agua. En esa aviesa esquina estaba la rejilla de una alcantarilla donde una tarde se me cayó un avión de palillas que hice y pinté de blanco y azul celeste. Tía Gloria me llevaba a la universidad y yo la esperaba en los pasillos escuchando el silbido del viento (Tegus silbaba mucho aquellos días), creando rutas de vuelo con mi avión. De vez en cuando me escapaba al museo de ciencias naturales del edificio CB a ver los animales disecados. Aun me mira el venado decapitado, el ocelote con ojos de maule, el pobre puma universitario congelado en el tiempo. El asunto es que al lado de esa rejilla tía se detuvo a comprar pupusas y a mí se me cayó el avión. Ahí estuvo en el fondo. Veía su alas que decían Tan-Sahsa escritas con la peor letra que un escolar pudo hacer. Arriba sonaban las turbinas, los aviones reales parecían la banda sonora de todas las despedidas en Fellini.

Complejo deportivo La Isla, años 80


La entrada al barrio. Lo que ahora parece estar bajo las condiciones de una guerra civil sin barricadas era antes un barrio lleno de vida y colorido. Lo nuevo prometía estar siempre nuevo y doña Cristy vendía sorpresitas a granel en su pulpería de madera color... rosado, sí, ahí justo donde se aprecia la casa más alta. A dos casas hacia abajo estaba la casita donde vivió mi madre. Tenía una pila macabra en la que por poco se ahoga mi hermano Leonardo Arturo a los tres meses de edad. Siempre que pasaba por ella me daba escalofrío.. En esa casa leí mi primer comics, un Flash a todo color que mi madre me regaló. Frente al carro amarillo escuché por primera vez las más impresionantes "malas palabras" dichas por un niño en medio de un insulto a otro. Cuando regresaba a Sabanagrande lo contaba, porque nunca imaginé que al insulto hijodelagranputa se le pudiera potenciar con un "voscabezadepijahijodelamilpipiriputa"... no estoy muy seguro, pero ese trabalenguas sórdido tuvo algo que ver con la curiosidad que empecé a tener hacia las palabras y su potencia. Frente al siguiente carro estacionado mi tío Filito (Filadelfo) hizo estallar el mayor mortero de despedida de año que jamás se hubiera escuchado en la zona entera. Algunos juraron que fue más fuerte que el estallido de la cohetería en el parqueo del Estadio, que por ese entonces era la medida para imaginar cómo sonaba la guerra en las fronteras con Nicaragua y El Salvador.
El punto donde estalló el mundo era el lugar de la potra y la acera desde donde Alexis se cayó fracturándose la clavícula -si no me equivoco yo lo seguía queriéndole quitar unos confites-, algo que hasta doña Toribia lamentó, ofreciendo una breve tregua en su delicado oficio de rajarnos las pelotas de plástico que caían en su casa. También fue ahí que presencié la primera antiregla deportiva más brutal: "vaya pues -dijo Marcos a todos los chavos- cinco minutos de carne y hueso". Lo que ahí comenzó fue el absurdo más salvaje: patadas, mordidas, codazos y un gol hecho quebrándole los dientes al portero. Hasta mi tío Filo reía y entonces yo reí también porque tío Filo era el entrenador y organizador del equipo del barrio: el abigarrado y enjundioso Schalke 04, terror del campo Satélite y del campo de La Isla. Lo mejor de mis vacaciones en Tegus era ir a La Isla, a sus piscinas y a sus tacos de vendedor ambulante, de queso espolvoreado y rociados con salsa dulce de tomate. Mientras el Schalke 04 desataba a Moncho Pedoloco -el mejor volante que se perdió cualquier equipo de la liga nacional- nosotros nos sumergíamos jugando al Seaview y su Viaje al fondo del mar. Olíamos a cloro por días. Una corrección de enfoque: desde la perspectiva de la foto en mi memoria, los edificios al fondo parecen cosa de ciencia ficción. y si lo miramos bien, lo que ahí se siente es una mirada inquietantemente fija entre el barrio y el espejismo de las Lomas del Guijarro.

 La escuela Manuel Bonilla que recuerdo estuvo pintada durante décadas en un color verde plomo que la hacía parecer una inmensa estación de la FUSEP (Fuerza de Seguridad Pública). Su energía era tétrica, como si la misma estatua de Manuel Bonilla impartiera clases de educación cívica a la medianoche.


Esta esquina era la barbería. Cuando estaba en Sabanagrande y escuchaba el programa radial "Platicando con mi barbero", imaginaba que era desde esa barbería que se producía, y de hecho, el barbero siempre tenía un viejo aparato de transistores encendid y sintonizado en Radio América. Al parecer le gustaba escuchar a rosuco decir que Honduras era un oasis de la democracia centroamericana y a la vez escuchar las amenazas de álvarez martínez de invadir Nicaragua y extirpar a todos los comunistas del país. El barbero vestía de estricta cubayera blanca y coleccionaba la revista La Pura Verdad, la misma que coleccionaba Franovski en Sabanagrande. "Leela -me dijo una vez Fran Rivera Franovski- porque en ella se detalla la conspiración mundial". Esa fue mi sorpresa al verla en la barbería. El barbero me vio fijamente a los ojos cuando le dije que ya la había leído. "Esas cosas no son para cipotes" me dijo en un gruñido. Cuando salía de ahí con "el vuelto que sobraba" me iba directo a comprar con Alexis y Ricardo coyoles en miel. La casa de "la señora de los coyoles" estaba en un callejón, al pie de la cuesta que bajaba hacia la otra calle que conectaba al barrio con el Guadalupe. Su casita era de madera pintada de verde y había que sumergirse en un callejón de tierra que nos llevaba hacia otra época. Viendo la película de Samy Kafati, "Mi amigo Angel" supe que ese era el tiempo en que estaba suspendida aquella casa a la que teníamos que ir con una taza de plástico. Dos coyoles sumergidos en miel semi quemada: 5 centavos. Al final de esa cuesta también hubo un solar baldío donde jugábamos. En esos juegos vi a la niña más bonita del barrio. Se llamaba Diana y recuerdo sus ojos claros y su pelo corto completamente liso cayéndole sobre la frente. Se fue para Estados Unidos y allá tuvo un trágico final a manos de su "marido gringo". Al conocer su destino la he imaginado queriendo que no salga de ese solar lleno de hierba alta y que nos siga buscando mientras se escucha y se huele la pólvora de aquel diciembre.

Pintadas de rojo, las tablas del Mercadito Popular eran el corazón comercial de la zona. "La Popular" era la dirección referencial para todo. Consistía en un solo piso que rebosaba de frutas y cajas o bidones de manteca que se vendía envuelta en papel estraza. Los sacos llenos de frijoles y arroz eran una muralla que daba hacia la calle. "Próxima en La Popular" se gritaba en el bus y el cobrador repetía "próxima en La Popular voo, bajan bajan... Hospital Escuela, Emisoras Unidas, Plaza, Kenide... súbale súbale". Ese era el canto que escuchábamos con mi abuela cuando íbamos llegando al barrio, directo desde el Mercado Colón, donde nos dejaba el bus que venía del sur, ahí, arribita de La Atómica. Al abrirse la puerta verde de la vieja casa de dos pisos, al abrazar a mi mamá o a mi tía o a tío y luego subir sus gradas de madera en busca de los muñequitos de plástico transparente que había dejado escondidos desde la última vez, entraba a unos años muy parecidos a este 2021, en el que estoy seguro que la soñaré de nuevo, dirigiéndome al balcón para sentir el silbido de aquel viento frío y su olor a café molido. Pero a veces no la sueño así: la mayoría de las veces se incendia. 

F.E.




NOTA: LE AGRADEZCO ENORMEMENTE A CARLOS PALMA ZERÓN (CARLITOS) POR HABERME ENVIADO LAS FOTOS QUE LE PEDÍ Y ASÍ CONSTRUIR JUNTOS LA MEMORIA COMPARTIDA.

 

Episodio 25, Bitácora del párvulo

Foto: Fitzcarraldo

El por qué este podcast se llama así, una bienvenida al 2021, arrancando con las esencialidades de mi poesía: un barco en medio de la carretera, el circo sin techo, el neumático bajo el diluvio y el Yellow Submarine como grito de guerra en medio de todas las guerras.


 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Episodio 24: El 2020 se despide cantando


No hay otra forma. Con Esteban nos despedimos del 2020 en un mano a mano de gustos musicales, un repaso a los ritmos que escuhamos en el confinamiento, además de una reflexión sobre ello, en plática DJ... y con una canción final que produje estos días, por pura complascencia caprichosa de agarrar la guitarra y rockear. Muchas gracias a los que comenzaron a seguirme en esta aventura de mi Bitácora del Párvulo en podcast.


 https://drive.google.com/file/d/1WYklSNxgI_T4cLxaiNAkFmmZ6x_ME2GV/view?usp=sharing

sábado, 26 de diciembre de 2020

Episodio 23: Únanlo todo con el rock de Centroamérica

 


Quizá el brazo centroamericano del rock está demasiado extendido y no estamos en el centro de un continente. Quizá el centro sea otra cosa y sea invisible, pero en Rompan todo, el documental del rock en Netflix, simplemente borraron una región donde la contracultura ha existido -y en medio de un infierno- según el concepto que propone el documental ¿o el elemento político de cambio social con ayuda del rock solo ha sido un gancho de mercadeo para hacernos ver la serie? Centroamérica existe en la escena, y con Manuel Almeida, catedrático y podcaster puertorriqueño de Las Cosas de Losky nos vamos de lleno a dar nuestra opinión.


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Cartonera Tica



El pasado 28 de noviembre, la Cartonera Tica presentó una colección de poesía latinoamericana en la que participé con la fotografía de sus portadas. Para mí ha sido feliz que Diego Mora, poeta tico que dirige esta editorial independiente costarricense, tuviera la confianza en mis imágenes y, aún más feliz que las imágenes hayan encontrado su nicho exacto, su función representativa. La poeta hondureña Karen Valladares está incluida con su poemario "Toca mi cuerpo".




 

Honduras: Mary Lester y su viaje al país, Rafael Murillo Selva

 

MARY LESTER Y SU VIAJE POR LAS HONDURAS HACE 140 AÑOS[1]

Una sombra de asombro cerró los ojos de Mary Lester cuando encima de su mula, terminó de abarcar la miseria del puerto. ¡Se lo había imaginado diferente!

Y es que cuando los cascos de las bestias se hundían en el fango, o levantaban polvo en la tierra reseca o se abrían camino en la maraña, en todas partes, por donde pasaba, desde Amapala hasta San Pedro Sula “la soltera” (Así se hacía llamar) observó cómo los macilentos y famélicos rostros de las gentes con la sola mención de dos nombres prodigiosos se transformaban e irradiaban una luz como solo sabe dibujarla la esperanza. Esas palabras “mágicas” se llamaban Puerto Cortés y el Ferrocarril Interoceánico.

 Se decían maravillas: Despegue hacia mejores tiempos, puerta dorada por donde entraría la riqueza. La fama del puerto y su ferrocarril trepaba hasta las crestas peladas de los cerros de tierra adentro. Para el pueblo hondureño ese riel milagroso que uniría los mares era la buena nueva que Dios enviaba al mundo con el nombre de Progreso. Al pueblo catracho, “el pueblo más macho” le tocaba también su partecita en ese gran “Proyecto Nacional”

Cuando se aseguraba que el préstamo estaba por llegar, que lo del proyecto era una realidad y que ya muy pronto... prontito el tren pasaría al lado de casas y de tierras, a los ingleses y al gobierno ya que esta vez, (era casi seguro) la pobreza se alejaría para siempre y con ello la derrota de un mundo ermitaño y pobre cuya semblanza tenía más parecido a la muerte que a la vida. La soltera acabó por consentir que vientos mejores se avecinaban para esta tierra que estaba recorriendo y que había anidado en su corazón.

Pero ahora que llegaba al puerto, una corriente de rabia cimbró su menudo cuerpo de maestra. Sus ojos no podían creer lo que miraban: chatarra amontonada, montañas de hierro en el muelle y en las calles, se asaban lenta pero seguramente bajo un sol que achicharraba. El milagroso riel, el ferrocarril interoceánico, dormían una siesta interminable. Pero no solo el hierro, la ciudad entera, al ritmo de un bostezo, se hundía entre el polvo y los pantanos. Eso era Honduras, el gobierno de Honduras, pensó Mary Lester. Este siempre quebrado país es un oasis para ladrones. Un ejército de buitres, prestamistas, ministros, licitadores, contadores y funcionarios de todas las calañas habían devorado casi la totalidad de los cinco millones, novecientos noventa y ocho mil libras esterlinas del crédito pedido a los banqueros de Londres y París. La construcción no podía continuarse y una deuda enorme, lastimaría como un fardo las espaldas de las gentes durante casi un siglo.

Sacudida todavía por la rabia, “la soltera” recordó los rostros buenos y sencillos que había encontrado en su dura travesía y pensó que una cólera más fuerte que la suya algún día les tendría que llegar. Para ese entonces cuando buscaba desde Puerto Cortés la manera de embarcarse hacia su lejana Irlanda, corría en el calendario el año de 1881.

 



[1] Texto inédito escrito en 1979.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Episodio 22: La generación cambiante ante el urgente cambio

 

Una reflexión sobre la adaptación a los formatos digitales y a lo adelantado que ya iba la generación actual en el giro que el confinamiento ha impuesto a la sociedad digitalizada. Me acompaña en este podcast el historiador hondureño Edgar Soriano.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Ser - Fabricio Estrada, relato

 

                                                                     Foto: Fabricio Estrada


Ser

 

La necesidad es insoportable. La Piedra. Tiene que ir adonde está la piedra. Busca el martillo y algo parecido a un cincel. Pedazo de hierro. Tosco, migaja de antiguas minerías. Servirá. La piedra despunta roma y lo llama. Sube corriendo hacia la pequeña colina en medio de la urbanización y llega resollando frente a ella. Al primer martillazo espanta a los niños que elevan barriletes en la cima. Segundo martillazo y los barriletes se alejan sin sus niños. Tercer martillazo y muchas horas después, astillada la noche y la piedra de la piedra surge la forma de un rostro humano gritando. Quijada abierta, se traga cada martillazo y surge bello y terrible, el grito. Mudo, el grito.

Baja sudoroso y los vecinos siguen sus pasos a prudente distancia. Toda la noche los martillazos. Cualquiera haría de su rostro un pedazo de piedra para picar, destrozar, derribar lo humano de su gesto embrutecido. Se desploma en el sillón, cierra los ojos y de nuevo siente que mira hacia afuera. Un árbol de tallo grueso. La respiración empieza a tensarlo como vela en una balsa hecha de los restos de naufragio. Toma un hacha y siente del árbol, por primera vez, toda su exigencia de ser cortado. Corre hacia él. Mientras avanza ve las nubes, y desea alas para llegar a ellas y amasarlas. Alcanza a ver el río atravesando la colonia, allá abajo, puentes y grandes postes y cables. Mis tendones, piensa. Mis costillas. Sigue corriendo y los vecinos lo ven pasar con su hacha apuntando al centro del tronco. El primer hachazo. El segundo. Las primeras llamadas a la policía. El tercer hachazo y la hora siguiente haciendo un arco limpio en su espalda brillosa. Debe respirar y continuar luego de aguantarse todo lo que ve en la tierra. Quiere tener más de dos brazos y manos, escarbar, buscar el agua, moldear, hacer todos los objetos del barro pegajoso. Cántaros, ollas, estatuillas, una máscara para dormir tras ella. La tierra, ay, la tierra que se ofrece. Está muy agotado, pero ahora falta lo último. Otro hachazo y ofrece la primera idea de un hueco. Astilla por astilla se abre paso hacia la forma de un espacio exacto donde cabe de cuerpo entero. Mira a todos. Desde las puertas de sus casas murmuran y se van ocultando al ser vistos. Sus ojos empujan, remachan, hunden hacia las sombras sus presencias. Sombras. Ausencias -piensa-. Nunca estarán. Serán. Solo eso. Regresa a casa, toma el libro que lleva leyendo y releyendo una semana entera y con él llega al hueco del árbol derribado. Entra en el hueco y coloca sobre su pecho el libro abierto. La frase subrayada. Quiere dormir antes de pasar a la siguiente página. Antes de ver el mar y querer destrozarlo y abrirlo en canal. Dar un paso adentro de él. Correr dentro de él. Desecar el Pacífico.

Alguien se atreve y se asoma al hueco donde duerme. Lee con el rostro flácido. El libro es de un tal Heidegger -alcanza a medio gritar. ¿La frase? “Ser es explotar en el universo”.


F.E.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Episodio 21: Una conversación en ciencia ficción

 

En estos días en que simpáticos monolitos aparecen por todo el planeta, traigo a mi podcast el chat-adaptación que hiciera para 2001 Odisea Espacial y Farenheit 451, un epílogo que publiqué en Blancas Piranas, en el 2011. Escuchemos a Arthur C. Clark y a Ray Bradbury en esta imaginaria conversa en la que colaboración especial de André Marcel, amigo boricua.

https://drive.google.com/file/d/1VwHpkxuGqDxgzFbk--UuepVntD3rNfhc/view?usp=sharing

domingo, 6 de diciembre de 2020

Carta abierta a Maradona de un guanaco - Antonio Cienfuegos

 Les comparto un sentido homenaje del escritor México-salvadoreño Antonio Cienfuegos. Hablado así, como al lado del asado, en el patio y viendo el partido del Boca contra el River, o aquel partido de México 86.

https://carajo.cl/carta-abierta-a-maradona-de-un-guanaco/

Episodio 20: Honduras, en la lista de espera


 Desde la lectura de Akropolis, de Valerio Massimo Manfredi, hago un contraste con la experiencia de desesperanza vivida actualmente en Honduras y, también, hago una pequeña crónica sobre mi propia experiencia en el 2012 -cuando fui candidato en las elecciones primarias para mi municipio- cuando yo les preguntaba a los campesinos ¿qué es Honduras para usted?

viernes, 27 de noviembre de 2020

Episodio 19: Copán en el lenguaje del tiempo


Dos historias que se unen: un encuentro inusitado en Puerto Rico, una pequeña piedra que le da un significado intemporal a Copán.



 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Episodio 18: Iota en Honduras, Las voces bajo el agua, entrevistas

 


A través de las voces de artistas y comunicadores , Honduras muestra el entramado de la tragedia, tanto como del evento natural como de la brutalidad sociaopolítica donde han impactado los doble huracanes Eta-Iota. Nos acompañan: Hermes Reyes (actor, procurador de derechos humanos, Tegucigalpa- Valle de Sula), Néstor Ulloa (Poeta, Ojos de Agua, Comayagua), Javier Espinal (Muralista, actor, La Arada, Santa Bárbara-Tegucigalpa), Wilfredo Godoy (Periodista, Productor de radio, Sabanagrande) y Óscar Deigonet (Maestro, Cantautor y poeta, Villanueva-Cortés)

viernes, 13 de noviembre de 2020

Atardecer en Pugnado




 

Eta como imagen total

Foto anónima circulando en Facebook

 La imagen desoladora de esta señora anónima de Choloma, Cortés (norte de Honduras) puede resumir las condiciones no del trauma provocado por Eta en Honduras, si no del trauma perenne al que han llevado a miles de ancianx las políticas totalitarias y clasistas. La habitación está desnuda y revuelta, el limo cubre el piso; los pocos enseres destruidos y amontonados, pero en medio de todo esto la postura digna y vulnerable de la anciana, casi de martirio en espera de ser consumado, despojada de cualquier indicio de reclamo, solo ella ante las fauces leoninas del abandono estatal.

Cuando vi la foto me vi ante muchas casas que conocí durante toda mi vida en Honduras y casi escuché la frase más triste que puede expresar un anciano: "¿Y qué se le va a hacer?". Me pregunto por qué no sienten lo mismo que yo los secuestradores del país, por qué han considerado esta alevosa forma de humillación como única forma de darle paisaje a su política de aprovechamiento. Las cifras de damnificados rondan en más de millón y medio de personas, pero la realidad es que el Covid-19 tenía preparado ya más millones de seres humanos dentro de Honduras en situación de calamidad doméstica. 

Este tipo de santidad me perturba. O es la clave de conversiones religiosas masivas o es la clave para la creación de la santidad del que da todo de su vida por una revolución. Cualquier reflexión intermedia es limo, otra lenta inundación en la casa de esta sufrida anciana hondureña.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Episodio 17: Pleités o el inicio del sueño


El cine ambulante que llegaba a Sabanagrande forma parte de la historia del cine en Honduras también, tiene nombre y también muchas memorias para recordarlo.


 https://drive.google.com/file/d/1FrJeri8CGewKGWs85Tn7HeGPkPiUCC2T/view?usp=sharing

domingo, 8 de noviembre de 2020

Episodio 16: Podcast, Las voces bajo el agua, Huracán Eta en Honduras

Desde el mismo pálpito de la tragedia, algunas de las voces hondureñas que nos pueden dar una impresión sensible de la tragedia que está sucediendo en Honduras. Entrevista a : Lety Elvir, Johny Anderson, Óscar Esquivel, Óscar Deigonet, Rubén Izaguirre, Edgar Soriano, Tomás Rodríguez y Héctor Efrén Flores.


Solidaridad con Honduras

jueves, 5 de noviembre de 2020

Episodio 15: El Regimiento Fijo de Puerto Rico, entrevista, podcast


 En este episodio escucharán la primera parte de la entrevista que le realizara a las organizadoras del Regimiento Fijo de Puerto Rico, una recreación histórica de los vestidos y uniformes coloniales en los días en que los ingleses asediaron San Juan, en 1797. Para cerrar, el poeta Roberto Net, poeta puertorriqueño siempre innovador y experimental.

https://drive.google.com/file/d/1Zdh86nTLDJS89C5mAECkDuUA0DhJ3Px6/view?usp=sharing

lunes, 2 de noviembre de 2020

Regimiento fijo de Puerto Rico, recreación, fotos

Tomé estas fotos el pasado 24 de octubre gracias a la invitación que mi cuñada Laura Maldonado nos hiciera. Ella se ha integrado a la Asociación de recreación del Regimiento fijo de Puerto Rico que tiene sus sede en el Museo Casa Blanca, en el Viejo San Juan, y en ella no solo se hace la puesta en escena de lo que fuera la orgullosa unidad que defendió San Juan del ataque inglés en 1797, sino que también se recibe un taller sobre la moda y el textil que se utilizó en el Puerto Rico del siglo XVIII.

Tuve oportunidad también de realizar una extensa entrevista que estaré posteando -primera parte- en mi podcast este jueves 5 de noviembre, en su episodio 15.
Debo decir que esta es la segunda sorpresa que llevo en Puerto Rico en cuanto a recreación histórica se refiere, ya que la primera fue hace tres años en la magnífica recreación de Semana Santa que se hace en Arecibo, con vestuarios excelentes de legionarios romanos, sin embargo, esta recreación del Regimiento Fijo me ha dejado satisfecho en mi curiosidad de conocer de primera mano el cómo era la indumentaria colonial española, y más que eso, cómo el escenario del Viejo San Juan en conjunto sigue teniendo la sensación de máquina del tiempo donde aún vibra el espectro de España con más resonancias de las que somos capaces de aceptar. Y precisamente, la aceptación de la hispanofilia como una expresión de resistencia ante la invasión estadounidense es algo que las mismas autoridades de Washington nunca pedieron erradicar, llegando incluso a alentar ese sentimiento como una forma subrepticia de transculturalidad que sirviera al modelo de blanqueamiento que esperaban para Puerto Rico.
En esto aún hay mucha tela que cortar y ya existen estudios muy bien argumentados sobre el proceso intercolonial, por el momento, estas son las imágenes que aún subsisten en el orgullo de una nación que quiérase o no es heredera de todas las contradicciones de la historia en toda América.