viernes, 7 de mayo de 2021

Episodio 42, El barrio Morazán que viví

 

He vuelto al Barrio Morazán, esta vez con la reconstrucción de la memoria a través de la oralidad que permite mi podcast, con la construcción de temporabilidad que permite la técnica de llenar con sonidos aquello que aparece oníricamente y que jamás imaginamos que vuelva. Un testimonio de mi infancia en el barrio más populoso y antiguo de Tegucigalpa.

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viernes, 30 de abril de 2021

Episodio 41, La Grande Bellezza


Aprovechando la motivación que causa el desastre de la belleza -porque también existe ese desastre- les comparto aquí la reseña que escribiera para la gran película de Sorentino, La grande Bellezza, acompañado de un pequeño fragmento a Memorias de Adriano, de Yourcenar.

 https://drive.google.com/file/d/1a2kMnZc0k8xC8yQ_LxYVtju0Vut-epPc/view?usp=sharing

jueves, 22 de abril de 2021

Episodio 40, Diego Navas en la fragua del rock hondureño


 La voz ya legendaria del rock hondureño, Diego Navas, de la banda Delirium, nos ofrece esta entrevista en el marco del lanzamiento de su producción como solista, Interdimensional. Celebramos, entonces, con buen rock, esta plática que inaugura el segundo winal (rueda calendárica maya) de mi podcast, el episodio número 40.

https://drive.google.com/file/d/1XAf9bKhP8wdkvgE0VPnwaS4VBN3rqYsC/view?usp=sharing

martes, 20 de abril de 2021

Dos poemas a la antigua China - Fabricio Estrada


 

Sobre la eterna juventud del correo imperial chino

 

En su búsqueda de inmortalidad

Quin Shi Huang Di escribió miles de cartas

urgiendo noticias a sus funcionarios.

¿Han encontrado el elixir

revisaron bajo cada río de mercurio

quedarán hojas de bambú suficientes

para enviar más y más cartas a los cuatro rincones del cielo?

Entre el ansioso emperador

y las excusas de los angustiados funcionarios

se desecaron lagos

se clasificaron plantas

cada hierba de los desiertos occidentales fue exprimida

pero el filtro hacia lo inmortal

jamás pudo encontrarse.

 

Hoy solo restan guerreros de terracota

y un excelente y aún operativo sistema de correos

regentado por el Partido del Pueblo.

 

El secreto de la vida eterna

debe estar en una carta extraviada

y jamás devuelta a su divina majestad.




Petición del bibliotecario de Xi’An a Qin Shi Huang

 

Y si te dijera

que mis libros

intactos y estoicos en los estantes

son los cientos de guerreros

dispuestos a acompañarme en mi tumba

                                                  sin límites

 

¿Me dejarías morir

                                                  

 

                                                    leyendo?


F.E.

 


viernes, 16 de abril de 2021

Episodio 39, Renacimiento, los cinco sentidos de un imperio estético


 Intrigado por la repetición de temas entre los grandes maestros del Quattrocento, decidí hacer una investigación sobre la dialéctica que fundamentó a una de las épocas de mayor esplendor del humanismo. Di con cinco claves que se cohesionan en otras cinco claves y estas en otras cinco claves... los invito a ser parte de esta grande belleza.

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miércoles, 14 de abril de 2021

La Alhambra, Tegucigalpa, ensayo de Jorge Alberto Amaya

 El doctor en Historia hondureño Jorge Amaya, ha escrito este detallado ensayo sobre el barrio La Leona y el emblemático edificio que le dio nombre a una de las zonas alemanas más impactantes de Honduras, La Alhambra, en Tegucigalpa. Particularmente, tengo siempre la imagen de esta bella zona de la capital, no dejo de habitarla así como la habité en el 2014, al vivir una temporada en los apartamentos Schultz. Por otra parte, en uno de los edificios de apartamentos, los Hasbun, sigue viviendo mi hijo Esteban, así que es parte indisoluble de mi ser: calles, parque, vista, silencio, domingos, paseos, nostalgia. Diría acaso que mi ser memorioso creyó siempre que Tegucigalpa se resumía en La Leona.

Las fotografías que acompañan el ensayo de Jorge Amaya son estremecedoras. Me pregunto: ¿cómo me hubiera sido posible salir de Honduras de haberse mantenido esas imágenes de urbanidad tan hermosa y humanas? Al verlas, siento lo mismo que cuando entro al Viejo San Juan, una especie de levitación fantasmal, un deseo irreprimible de volver, de volver y volver.


 1) Introducción. La Reforma Liberal: la invención de una “nueva capital” y del primer barrio burgués y cosmopolita de la ciudad

La orientación liberal y progresista de los representantes del poder central que en 1876 tomaron el poder y desencadenaron el proceso histórico conocido como “La Reforma Liberal” de Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa repercutió directamente en la creación de nuevos paisajes y funciones urbanas en Tegucigalpa. El modelo urbano de la ciudad instaurado por los españoles fue poco a poco, pero irreversiblemente puesto en cuestión. Para entender lo anterior, debemos situarnos en el contexto político de fines del siglo XIX en Honduras. En 1876 la administración del país es ejercida por partidarios de ideologías liberales, que preconizan la modernización de las estructuras políticas, económicas y sociales del país. Bajo la divisa «Orden, Paz y Progreso» se lanza una serie de transformaciones estructurales en el plano político y socioeconómico conocidas como la Reforma Liberal.
La ciudad es para los reformadores, la imagen primera del nuevo orden. Y el nuevo orden es ante todo moderno. Efectivamente, en el plano ideológico y político, la arquitectura y el urbanismo jugaron un rol esencial. Sirvieron para expresar la ideología positivista, manifiesta en todo el continente y Honduras no fue la excepción, a través de la construcción de obras públicas monumentales y de edificios de estilo neoclásico (en anteposición al barroco característico de los tiempos coloniales), en lo que denominamos como la “arquitectura republicana”. Este esfuerzo por la monumentalidad buscaba dar una imagen de prosperidad y progreso, frente a una realidad de gente pobre y oligarquías mediocres .
De este modo, el traslado de la capital desde Comayagua a Tegucigalpa, representaba un desafío para los reformadores, porque en esencia, a pesar que la vieja Villa de San Miguel del Tegucigalpa tenía cierta reputación en la provincia, aún no tenía las condiciones e infraestructura necesaria para convertirse en capital del Estado, de modo que tanto Soto como su primo Ramón Rosa tuvieron prácticamente que “inventar” una nueva capital.
Llegó así el año de 1880 y en el gobierno del presidente Marco Aurelio Soto, un 30 de octubre, tomó la decisión de trasladar para siempre la capital de Honduras de Comayagua a Tegucigalpa. El Dr. Soto Martínez, por razones económicas o sociales, levantó sus bártulos y se trasladó a su ciudad natal, terminando así con aquel antagonismo entre ambas ciudades que perjudicó mucho el inicio histórico de la era republicana en nuestro país.
En un antiguo inmueble de esquina sobre la Calle del Comercio que pertenecía al complejo de edificios de los frailes mercedarios y que también fue propiedad del general Morazán, al final de la Cuesta del Río, al costado sur de la Plaza de La Merced, el mandatario instaló su despacho, las oficinas del Secretario General Dr. Ramón Rosa, la sala de sesiones del Congreso y las oficinas de su exigua estructura ministerial, y en la parte superior de la segunda planta instaló su residencia temporal.
Luego, en 1883 al llegar al poder el general Luis Bográn Baraona, la casa de gobierno fue remodelada, se construyeron adicionales para que el Congreso Nacional tuviera más espacio y se amplió el área destinada a la Guardia de Honor que después pasó a ser la Escuela de Cabos y Sargentos. Más tarde, en 1919, el arquitecto Augusto Bressanni se construyó la monumental Casa Presidencial a una cuadra hacia el oeste.
Pero lo más importante estaba por venir. Los reformadores tenían que acometer la construcción de grandes obras de infraestructura, y a ese fin, lo que hicieron fue contratar por primera vez a un “Arquitecto de Estado”, el arquitecto Emilio Montessi.
El arquitecto y artista italiano Emilio Montessi fue el encargado de crear la imagen del nuevo orden de la Reforma Liberal. Entre sus obras gubernamentales de infraestructura destacan el Cementerio General, la antigua Penitenciaría Central y el antiguo “Hospital General de la República” (hoy Museo MIN). Adicionalmente, en la esfera privada también fue constructor de otras obras, como el “Paseo Gutemberg o Guanacaste”, así como el bellísimo edificio de estilo neoclásico del ya desaparecido Banco de Honduras frente a la Plaza Morazán, comisionado por el magnate don Santos Soto y por la empresa estadounidense “Rosario Mining Company”, posteriormente arrendado por el gobierno hondureño para alojar las oficinas del “Correo Nacional” y otras dependencias públicas. Lamentablemente, la bella estructura fue demolida en los años setenta.
En suma, en este periodo conocido como la “era liberal” (más o menos entre 1876 y 1950), se instaló en Tegucigalpa -la nueva capital- la “arquitectura republicana”, a través de las estéticas vanguardistas, especialmente a través de las corrientes neoclásica, del historicismo y las llamadas “Avant Garde” .
Asimismo, dichas “Avant Garde” se instauran en el país -tanto en la arquitectura, pintura, escultura y literatura-, mediante diferentes acciones en la nueva capital, como ser la consolidación de una “clase letrada”, y por medio de otras instancias, como ser la creación de espacios culturales como teatros, “Academias Científico-Literarias”, archivos, bibliotecas, academias de arte; también, fueron arribando artistas europeos (especialmente italianos y españoles) quienes introdujeron el arte y tendencias modernas, y paralelamente varios jóvenes artistas fueron a estudiar a Europa y luego regresaron y se convirtieron en la primera generación vanguardista hondureña. De este modo, el arte moderno fue penetrando en Honduras a través varios estilos como aglutinados en el “Art Nuoveau”, pero en el caso de Tegucigalpa se instauran especialmente la arquitectura neoclásica, y en menor medida la arquitectura historicista y el “Art deco”.
El crecimiento y expansión urbana -a pesar de la inestabilidad política-, asentó una sensibilidad moderna y liberal, propiciando la introducción de modas, estilos, gustos y costumbres modernas, que eran imitadas por la oligarquía criolla tegucigalpense heredera de la época colonial (entre otros los de familias de prosapias coloniales: los Midence, Soto, Fiallos, Agurcia, Lozano, Lardizabal, Durón, Callejas entre otros), instalando una praxis social y cultural similar a la de la “Belle époque” francesa.
“Belle Époque” (en español: Época bella) es una expresión nacida antes de la “Primera Guerra Mundial” para designar el periodo de la historia europea comprendido entre 1871 y el estallido de dicho conflicto en 1914. Esta designación respondía en parte a una realidad recién descubierta que imponía nuevos valores a las sociedades europeas (expansión del Imperialismo, fomento del capitalismo y la industrialización, enorme fe en la ciencia y el progreso como benefactores de la humanidad); también describe una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaba la tecnología influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado), y también este nombre responde en parte a una visión nostálgica que tendía a “embellecer” el pasado europeo anterior a 1914 como un paraíso perdido tras el salvaje trauma de la Primera Guerra Mundial .
La tendencia general en la gente de esta época -tanto en Europa como en América Latina- era optimista y ambiciosa respecto al porvenir, gracias a las innovaciones tecnológicas que se difundieron masivamente. La filosofía del “positivismo” (que defendía la fe en la ciencia) y el “cientifismo” (que proclamaba que la ciencia lo explicaba todo) se impusieron como paradigmas y ganaron adeptos entre la intelectualidad de la época y en general en la nueva sociedad. La “Belle Époque” se hizo notar sobre todo en la arquitectura de los bulevares de las capitales europeas, en los cafés y los cabarés; en los museos, talleres y galerías de arte; en las salas de conciertos y en los salones frecuentados especialmente por la burguesía y las ascendentes clases medias.
Por su parte, esta “Belle époque” estuvo acompañada también por la difusión de las “Avant-garde” o “vanguardias” (desde entonces, ese término en francés se empezó a referir a las personas o a las obras que son experimentales o innovadoras), en particular en lo que respecta al arte, la cultura, la política, filosofía y la literatura. La noción de la existencia del vanguardismo es considerado por algunos como una característica del modernismo; de hecho, gran parte de los artistas del siglo XX -desde el “dadaísmo”, hasta los artistas posmodernos como los “poetas del lenguaje”- se alinearon con el movimiento “Avant-garde”.
Surgieron diferentes “ismos” (cubismo, surrealismo, dadaísmo, ultraísmo, constructivismo), que se convirtieron en corrientes vanguardistas diversas y con diferentes fundamentos estéticos, aunque con un denominador común: ser experimentales, innovadoras y de cierto modo transgresoras. Estos “ismos” surgieron también como una propuesta artística y estética contraria a las corrientes artísticas “clásicas o academicistas”, y propusieron innovaciones radicales de contenido, lenguaje y actitud vital y creativa.
Es en este contexto de transición del siglo XIX al siglo XX y de la llegada de los atisbos de la Modernidad y la “Belle Epoque” a Centroamérica, que se da la llegada a Honduras de un regular grupo de artistas, profesionales y científicos europeos (alemanes, italianos, franceses, ingleses y españoles especialmente), quienes empezaron a incursionar en estas actividades de expansión y desarrollo artístico y urbanístico impulsado por las políticas reformistas. Quizá los más emblemáticos fueron los artistas italianos Emilio Montessi, Augusto Bressanni, Alberto Bellucci, el español don Cristóbal Prats y el alemán don Gustavo Adolfo Walther.
Éste último -el doctor Gustavo Walther, a quien sus íntimos llamaban “El Colochón”- arribado a finales del siglo XIX, trabó amistad con el presidente Manuel Bonilla, de quien se convirtió en médico de cabecera. Pronto adquirió terrenos en la zona conocida como “La Leona”, y empezó a edificar un conjunto de casas que son quizá las más emblemáticas de la zona, conocidas como “La Alhambra” y “Trocadero”, frente a las cuales se construyó poco más tarde en 1915 el “Parque La Leona o Manuel Bonilla”, suya supervisión y construcción e encargó al arquitecto italiano don Augusto Bressanni. En derredor de sus callejones y empinadas cuestas, otras familias extranjeras y de la élite criolla comenzaron a edificar sus residencias y palacetes, como los Cornelsen, los Clamer, Schultz, Bellucci, Miller, etcétera .
El diseño de los edificios residenciales ideados por el Dr. Walther rompió con la tradición arquitectónica heredada por Tegucigalpa en la época colonial -donde imperaban los diseños de casas de estilo andaluz, con paredes frontales tapizadas de ventanales amplios con verjas de hierro, así como patios interiores ajardinados y amplios corredores- y en su lugar, Walther empezó a crear casas con estilos historicistas de la Europa central, como por ejemplo diseños de palacetes o bien casas de hasta cuatro o cinco pisos como la que ideó para “La Alhambra”, algo que era inusual para la Tegucigalpa de la época. Así, prontamente otros artistas y empresarios que fueron ingresando a la élite criolla por vía de matrimonios, empezaron a construir sus casas en derredor de la zona, con lo cual se fue ampliando lo que a partir de entonces se llamó como “Barrio Berlín” y luego “Barrio la Leona”. El nombre de “Berlín” deriva porque los principales inmigrantes alemanes se asentaron en la zona, así como las embajadas de varios países europeos. De esta manera, nació lo que nosotros consideramos como “el primer barrio burgués y cosmopolita” de la capital hondureña.
2) La “Belle Epoque” y el surgimiento del primer Barrio burgués y cosmopolita de Tegucigalpa: el Barrio y Parque La Leona
En los años en torno al Centenario de Independencia, es decir en la segunda década del siglo XX, la llamada “Belle Epoque”, se acentuaron los proyectos de renovación urbanística en toda Centroamérica, como resultado del auge de las economías capitalistas del café y del banano. Se generó una ampliación urbanística con el fin de construir nuevos espacios residenciales para la nueva burguesías en ascenso, así como barrios y colonias para la naciente clase media y también barrios populares para las clases obreras que migraban a las ciudades incipientemente. De este modo, los gobiernos centrales y municipales –así como arquitectos, ingenieros y empresarios locales y extranjeros- se dieron a la tarea de acometer construcciones urbanísticas y arquitectónicas como nuevos parques, monumentos y nuevos emplazamientos escultóricos en las ciudades de toda la región. De ese modo se erigieron efigies en bronce y mármol de los héroes nacionales que hasta entonces no contaban con sus respectivos homenajes, y Honduras no fue la excepción a la regla. Siguiendo con la tradición heredada de la Reforma Liberal, los gobiernos que le sucedieron continuaron con la apertura de parques, calles y avenidas en Tegucigalpa, así como el emplazamiento de nuevas estatuas, como producto de una creciente tendencia a la urbanización y el desarrollo de la ciudad.
Tras el fin del periodo constitucional de Marco Aurelio Soto, el nuevo gobierno de Luis Bográn (1883-18891) creó el “Parque Bográn” (con el tiempo convertido en “Parque La Concordia”), en el Barrio Abajo de Tegucigalpa, en honor al señor presidente de la República Don Luis Bográn; dicho parque comenzó a construirse en 1883, el cual según el diario “La Época” de 1936 había quedado inconcluso, sumándole a eso el típico abandono de estos espacios por parte de las autoridades, lo llevaran a un periodo de decadencia y total abandono. Hasta que fue reconstruido en “Parque La Concordia”.
A la postre el “Parque Bográn” sería demolido en 1935, en la administración de Tiburcio Carias Andino, quien daría paso a la construcción de un nuevo parque, de una tendencia “neo-indigenista” de connotación Maya, dicha obra estuvo a cargo del ingeniero paisajista de origen mexicano Augusto Morales y Sánchez, y fue inaugurado el 15 de marzo de 1939, en el día del natalicio del presidente Carias Andino , con el nombre de “Jardín Maya de la Concordia”. Se dotó el parque con puentes, estanques, recodos etcétera, convirtiéndose en el paseo favorito de los capitalinos.
La obra arquitectónica y escultórica elaborada por el arquitecto Morales y Sánchez en el “Parque La Concordia” representó la elaboración de una “síntesis” de la cultura Maya, pues se tomaron elementos arquitectónicos y escultóricos de varias ciudades-estado de dicha civilización.
En cuanto a su nombre “La Concordia”, al parecer este fue sugerido por el poeta y escritor Carlos Izaguirre, quien en un artículo publicado en el diario “La Época” al referirse a la obra en marcha indicó: “que el ambiente de paz que se vivía al no existir la guerras fratricidas, el pueblo Hondureño disfrutaba de un ambiente de armonía y concordia nacional por lo que el nuevo jardín debía llamarse de esa forma, sugerencia tomada por el edil capitalino José Tomas Quiñones, cuya institución a cargo era la responsable de la obra” .
Bajo estos mismos parámetros arquitectónicos “neo-mayas” se construyó el parque las “Naciones Unidas” en el cerro del Picacho. Cabe resaltar que para entonces predominaba en la elite nacional un imaginario de apego y pertenecía a la cultura Maya .
Sin embargo, hay que comentar que lo más importante para los fines de nuestra conferencia sobre la historia de los inicios urbanísticos de la zona del “Barrio La Leona” o “Barrio Berlín, fue que a mediados de la década de 1910 se construyen tres parques en la ciudad de Tegucigalpa en honor a tres personalidades sobresalientes en la historia nacional, como lo fueron: Don Dionisio de Herrera, el Almirante Genovés Cristóbal Colon y el general Manuel Bonilla. Todas estas obras urbanas y artísticas se construyeron como espacios públicos con una clara connotación cívica en el marco del Centenario de Independencia, que se festejaría desde luego para el mes de septiembre de 1921.
El parque Manuel Bonilla: ubicado en las faldas del cerro La Leona, fue inaugurado el 15 de septiembre de 1915. A principios de dicho año se había creado en Tegucigalpa un comité pro- Estatua del General Manuel Bonilla encabezada por su presidente, señor Juan E. Galindo, que era para ese entonces el alcalde de la capital de la república . El predio donde fue construido el parque había sido donado por ciudadanos alemanes que vivían en esa zona, llamada entonces “Barrio Berlín”. La estatua llego al puerto de Amapala en 20 cajas que contenían las piezas en mármol del monumento .
La estatua de Manuel Bonilla fue develada un poco más tarde, el 12 de octubre de 1915, en la fecha de conmemoración al “Descubrimiento de América”, habiendo llevado la palabra en aquel memorable acto, en nombre del poder ejecutivo el Doctor Rómulo E. Durón, a la vez fue colocada una placa con la inscripción siguiente:
“Al general Manuel Bonilla Defensor de la dignidad y soberanía de Honduras”
Esta estatua fue donada y puesta por sus amigos en el pedestal donde ahora se le admira. El velo de ese monumento fue develado por el doctor Alberto Membreño, quien aprovechó la oportunidad para decir: “señores en nombre de los hondureños y como delegado del pueblo, descubro este monumento que la gratitud popular consagra al general Bonilla ”. Sin embargo a pocos años de la colocación de la estatua, esta fue derribada, el 25 de diciembre de 1919 por una turba de enemigos políticos del general Bonilla que estuvieron en contra de la erección del este monumento. Dicha acción iconoclasta contra el patrimonio histórico se volvió a repetir -como se recordará- en las acciones de protesta tras el fraude electoral del 2017, cuando la estatua del general Bonilla fue nuevamente destruida por protestantes.
La explicación de dicho acto de destrucción de la estatua en 1919 radica en el hecho de que fue muy corto el espacio de tiempo que transcurrió entre la muerte del homenajeado y la erección de su monumento, tal como argumentaba el historiador Rafael Jerez Alvarado, quien se refiere a esta situación de la siguiente manera: “hemos creído siempre que debe haber una ley que reglamente de las recompensas públicas a los varones sobresalientes… pues cuando una estatua se erige al calor de las simpatías inmediatas, hiere los sentimientos rivales ”. Debe recordarse que para entonces el país se encontraba envuelto en serios conflictos de orden político, que conllevaron a las guerras civiles de 1919 y 1924.
Sería hasta el año 1924 (16 de octubre) durante la administración del presidente provisional don Vicente Tosta, que la asamblea legislativa emitiría un decreto, para la restauración y erección de dicho monumento, con lo cual, se procedió a la “segunda reinauguración” del “Parque La Leona”, tiempo desde el cual el parque se convirtió quizá en el espacio urbano más lindo y visitado por los turistas nacionales y extranjeros durante décadas.
Desde entonces, el Barrio La Leona, gracias al esfuerzo y ensoñación del Dr. Walther y de otros quijotes como don Alberto Belluci, se convirtió en el primer barrio cosmopolita y burgués de la “Ciudad de las Canteras”, legando un patrimonio arquitectónico y artístico que merece estudiarse y conservarse, con espacios que en cualquier otra ciudad europea serían igualmente dignos centros de visitas culturales, como la zona residencial “Trocadero, el “Castillo Belluci”, “La Casa Casco”, la “Casa Clamer”, el mismo parque y otro sinfín de callejones, caserones, palacetes ruinosos y lo mejor de todo, el encanto de su gente y sus vecinos que se afanan en no perder la historia legada por sus abuelos y abuelas.
En suma, el Barrio y su parque La Leona se convirtió desde inicios del siglo XX en el principal mirador panorámico de la ciudad de Tegucigalpa; y quizá en el barrio más bonito y de mayor encanto artístico de la “capirucha”; así lo atestiguaron infinidad de turistas, artistas y poetas que visitaron la zona, desde cuyos paradores se vislumbraba la señorial estampa panorámica de la antañona ciudad, motivando innumerables crónicas, cuentos y poemas declamados a la cuatricentenaria ciudad colonial. Quizá uno de los más románticos lo plasmó el viajero costarricense Victorio Romeo, quien escribió al respecto:
Desde la baranda del Parque La Leona, construido encima del cerro que lleva su nombre, podremos contemplar a nuestros pies la alfombra mágica de mil destellos caprichosos que forma en sus luces la Tegucigalpa nocturna. Y aquí y allá, bellos monumentos de arquitectura maya, emergiendo de la exuberante vegetación del lugar, mudos testigos de una atmósfera romántica que todavía flota en Tegucigalpa, la ciudad que prefirió quedarse en gran y hermosa aldea del siglo pasado… .
Muchas gracias,
Ciudad Kennedy, 27 de abril del 2019