domingo, 16 de agosto de 2026

Por Honduras han cruzado todos los piratas

 

Por Honduras han cruzado todos los piratas, peregrinaciones, invasiones, especuladores, esclavistas, evangelizadores, arrieros, taladores, y de cada recua de ellos y ellas se quedó la mitad o menos de la mitad. Los unos suplicaban en sus cartas a la corona que los sacara de este confín yermo y los otros y otras se escabullían en los cerros para ocultar su sangre judía o simplemente huyendo de la muerte en las minas. Devastados por centenas de miles, nuestros indígenas vieron llegar la multitud que una vez ellos mismos fueron. Este territorio hoy llamado Honduras fue el yunque del Valle de Naco. Dos millones habitaron en él y su número rivalizaba en cantidad con los pueblos mayas de Quatemalán. 

Aquí mismo, en la confluencia, en el área intermedia mesoamericana donde la espuma se mezclaba con la sangre que llegaba de Sudamérica y batía contra la maya, llegaron los galeones y aquellos soldados erizados de hierro que los ancestros nombraron escarabajos. Y luego de tanto ir y venir, luego de tanta asfixia y cadenas, luego de tanto látigo y destierro, llegó el pueblo garínagu siguiendo la voz marina de  Satuyé. Llegaron como tantos náufragos, pero jamás vencidos, con la lengua cruzada por el arahuaco y el caribe, con fonemas de las costas occidentales africanas, con los verbos del que huye de la brutalidad. 

Eso fue hace más de doscientos años y no es suficiente para que los racistas le llamen hondureños y hondureños. La primera oleada de árabes llegó a la costa norte a finales del siglo XIX y a principios del XX ya los llamaban turcos hondureños, muy hondureños. Hace apenas 120 años y ya eran recibidos sin alarma, sin persignarse ante ellos, sin reclamarles ancestralidad. 

Hace una década se asentaron los especuladores de la criptomoneda en Islas de la Bahía, los token y avatares de Prospera y hoy prácticamente les entregamos el territorio nacional, pero a los garífunas hay que quitarles las tierras, negarles arraigo, así como la gran mayoría niega su sangre indígena, sus rasgos de afrodescendientes. Este yunque sigue machacando nuestras venas. 

Honduras desaparecerá en el 2050, dijo Harari como una advertencia, pero antes habrá que hacer desaparecer el arraigo de todos iniciando con los más vulnerables, desalojarnos, utilizar todos los tractores disponibles emulando al sionismo en Gaza y Cisjordania. Los recién llegados llegan a una velocidad de 5G y nos quieren archivados en el folder de la historia.

F.E.

Ciudades enteras se derrumban

 

Ciudades enteras se derrumban alrededor y las trompetas de Jericó no se escuchan, y sin embargo alcanzan su tono más alto. Pareciera que nada queda en pie, ni nuestra vergüenza , ni la conciencia de que esta generación completa cargará la culpa que los alemanes han cargado con todo y sus Holderlin, Bethoveen, Mann, Hesse… ni la más alta partitura de Bach los libró de esa culpa que ahora, felizmente, trasladan a todo el mundo, ya librados de ser solo ellos, así como los Boers en Sudáfrica y los españoles en Cuba trasladaron la idea de campos de concentración a ellos, ahora ellos dejan que Israel y Estados Unidos reinventen la inanición y el bombardeo como espectáculo. 

Y sí, ahora la culpa es de cada uno de nosotros y nosotras que vimos a través de las redes la demolición y masacre de Gaza. Hicimos de los palestinos nuestro cordero, hicimos de los eslavos ucranianos y rusos nuestra prueba de video juego, nuestro dron a distancia explotando en la cara de un soldado que nos mira directo a los ojos sin convencerse todavía que ese es su adiós, su último gesto. 

Ciudades enteras caen por un terremoto que no es simplemente un terremoto. Caen por nuestro cinismo. La transcurrencia dextral, ese movimiento geológico horizontal y hacia la derecha está aquí. Hay más más bajo la tierra, placas tectónicas muy diferentes. Ya enterrados bajo el vidrio templado de nuestros celulares todos nos apretamos con densidad y humillación, y de vez en cuando no aguantamos la presión y nos movemos, y hacemos caer todo sobre nosotros. 

Hay ciudades creciendo en nuestro cráneo. En nuestro cráneo vaciado para llenarlo de nuevo de una culpa imposible de evadir. Hay trompetas estridentes, todo es Jericó, todos cananeos asediados viendo las vueltas y vueltas del circo blanco.


F.E.

La IA es todo lo que somos

 

La internet era una promesa, lo miraríamos todo. El Aleph era el router escondido bajo las gradas de Borges. La ruta de la seda mental, la escala global del conocimiento, el vuela pensamiento y dile a los ojos que te envío que eres mío, ese verso que una vez escribió un Góngora absolutamente ignorante de que nosotros solo daríamos un tecleo, un pestañeo y listo, llegaríamos donde quisiéramos. 

La internet sería la enciclopedia abierta en las nubes y aunque no quisieran, todos consumiríamos conocimiento hasta por los poros, casi como respirar. Pero llegó el encierro en nosotros mismos de nuevo, el challenge viral, la repetición de gestos, el modelaje de nuestro rostro repetido por miles de millones. Nosostros, yo, nosotros yo, repitiendo el mismo paso, escuchando la canción trending, escuchándonos con nuestro limiitadísimo vocabulario encerrados en cuartos, en la pantalla del smartphone, cuadriculados, empequeñecidos modelos de una vitrina infinita que solo le sirve a la big data para conocer a fondo nuestra humanidad de egos intrascendentes. 

Y sin embargo ahí está el tesoro, el litio con el que babea la inteligencia artificial, insaciable cuerpo global que va entendiendo que os hace palpitar para ser ella el pálpito, qué nos hace llorar para ser ella el llanto, qué nos hace soñar para ser ella el sueño. Estamos transfiriendo a la inteligencia artificial todo lo que somos en cada repetición de hashtag, de coreaografía, de piquito de pato en tres cuartos, de equilibrios al borde de un abismo con un cel registrando nuestro reto. El Aleph éramos nosotros y la inteligencia artificial lo sabe. Ha robado nuestra universalidad, nuestro conocimiento.

F.E.