martes, 7 de abril de 2020

Samuel Trigueros - Una canción lejana


Foto: Fabricio Estrada

Samuel me ha permitido publicar esta selección de Una canción lejana, su más reciente publicación a través del sello editorial español Imperium Ediciones, Zaragoza, donde reside actualmente. El prólogo es del también poeta hondureño Leonel Alvarado, residente en Nueva Zelanda, del cual comparto un pasaje. Como vemos, esta triangulación y resonancia termina reuniendo una inmensa zona geográfica que concluye aquí, en Puerto Rico, así como Honduras se ha expandido en el tiempo de nuestra memoria.

"En este libro hay un lugar lleno de muchos tiempos; lo que lleva a pensar en aquella pregunta de Georges Poulet: “¿Qué tiempo es este lugar?” Los varios tiempos y los muchos lugares de este libro caben en un sólo lugar: una colina, que funciona como un centro narrativo y se convierte en la “imagen-relato”, de la que hablaba Pavese. La pregunta de Poulet y la búsqueda de ese espacio poético-narrativo pavesiano permiten que el universo, en términos poéticos y humanos, del libro se articule alrededor de un espacio que lo concentra.

La colina, que reaparece en muchos poemas, no es un artificio retórico, sino un núcleo poético-existencial que se va expandiendo intensamente sin desbordarse. Es, de hecho, un centro de gran intensidad, en el que la experiencia humana y el oficio de escribir reconocen sus límites. Sin embargo, no se escribe desde la cima, es decir, desde afuera de la colina, sino desde adentro. El libro se mueve entre cima y sima; entre ambas se encuentra la colina, y desde su interior surge la poesía porque en ella transcurre la vida. El libro tiene la virtud de mantener esa tensión, así como logra moverse en un espacio confinado sin agotarlo poéticamente; este, me parece, es su mayor acierto; cada vez que aparece, la imagen de la colina nos permite vislumbrar otras revelaciones, otras iluminaciones poéticas y humanas". 

Leonel Alvarado.





SÓLO UN PASEO



La carretera o el salvaje sendero de tu vida
nace en el vientre del cosmos
y se adentra en un bosque.
Ahí conoces la solemnidad
del aroma y la resina que después
serán el aguarrás
en que se han de disolver tus días.

Algo se arrastra a un lado del camino.
«Es el amor», piensas,
y ansías la mordedura,
pero el siseo desaparece
entre las hojas de hierba simbólica.

El futuro cae como una bellota a tus pies,
canta la zarzamora,
roja de espejismo, al alcance de tus ansias.

Entras en la espesura
y crees que atrás dejaste
el bingo de las circunstancias,
pero un aullido surge cuando escarbas
entre los restos de tu biografía.
Tu piel comienza a craquelarse,
crepita tu garganta,
la mariposa de la muerte
emprende vuelo nocturno por tu sangre
y choca contra la oscuridad
de todo lo que has perdido.

Estás en el camino
y te rebasan, veloces,
los ciclistas que van hacia el acantilado.
En el caparazón de la tortuga
sientes que hay una verdad impenetrable.                                                                    
Piensas en el río que te resume y te sucede,
en las dársenas donde la memoria estiba
sus fardos de melancolía,
en el taimado cocodrilo de las horas,
en las fauces donde podrías terminar
como alimento de ese ganado anfibio.

Al fondo,
miras el esplendor sangrado de la tarde.

Es el final del viaje.
No hay más.

La apresurada cinta del camino
te arrastra a la colina.





CONSTATACIÓN DE CIRCUNSTANCIAS



Lo que nos quiere acompañar
estuvo ahí desde el principio:
el término de la comedia,
la retenida piedad,
las joyas del orgullo,
el aprendido mérito de la saeta
lanzada con temor hacia el futuro.

La Gracia prevalece.
Vamos por ella, sin esfuerzo,
hasta el agotamiento de los huesos.

Toda pasión,
todo vano deseo,
todo afán sin consecuencia,
se disuelve en el paisaje.





A TRAVÉS DEL VELO TERRESTRE



Un niño borra la lección
y crea en la pizarra
unas nubes de invierno.
Leemos en ellas lo que antes
pareció encaminarse hacia la luz
y ahora yace en tierra insana.

Aquí estamos todos,
quietos al fin,
sin los pretéritos afanes,
sin poder ver los corazones apagados
a través del velo terrestre.

Ya nada es parte de nuestra voluntad.
La hierba crece
sin que necesitemos
hacer nada más que alimentarla
con el silencio en que nos deshacemos
adentro
de quienes ayer cantaban con nosotros.

Crear o destruir, se fue de nuestras manos.
No hay naves, no hay caminos.
no hay cambios de estación,
ni amor ni odio.
La sabiduría no crece ni la estupidez mengua.
Nada muda.
Aquí es donde estamos
los que hemos desaparecido.

El viento quiere lamer nuestras heridas,
esas raíces de polvo que persisten
como una red inútil de la sombra.
Tenemos larvas por tesoro
en los pulmones aplastados
y el viento no lo sabe.

Después de la tormenta
queda en el cielo una magnificencia de cobalto.
En vano intentamos recordar
(en la quietud que queda)
esa vieja lección
que un niño borró de la pizarra.





CANTA OZYMANDIAS



Desprendidos de un astro,
caímos al mundo.

No lo sabíamos.

Nuestros pasos, nuestro esfuerzo,
las ciudades que nuestras manos levantaron
(esas enormes burbujas
a las que dimos nombre de imperios y que reventaron
en el pantano transparente de los aires),
fueron tan sólo instantes del sendero
que nos condujo a esta tierra de calladas hierbas.

Polvo es lo que une las estrellas y mis manos.





ABEJA EN LA SOLAPA



Aquí
si alguien recuerda a alguien,
evoca sólo
el fotograma perdido de un aroma.

El polen de la existencia
vuela disperso por el campo.





STARBUCK

Sobre la nata brillante de los besos
está la mosca muerta del amor.

Alguien pregunta un nombre
y lo anota en el reverso del instante.





ANALOGÍAS



Mi cabeza es el cuerpo de una araña.
Kilómetros abajo, en lo indecible,
están las raíces de mis piernas
y el tarso inmóvil como un tubérculo nonato.

Habito un ciego espacio interestelar.
Como la araña,
de rama a rama lanzo mis Voyager.
La densidad del polvo es incesante.
Me vacío del ayer brillante
mientras abrazo las sombras insondables.

Mis brazos quietos son mis remos.
Las fatigas trabajan en mi sueño.
Eso es lo único necesario para el viaje.

Mi corazón es un secreto,
una amatista
en la geoda de la noche,
una pequeña gota de ámbar
que llegó hasta las raíces.





LOS FUEGOS FATUOS



Habremos de reencontrarnos
porque viajamos en círculos concéntricos.

Esa botella de agua que alzas con tu mano
está contaminada de afanes.
Bebes tu propia muerte.
Besas la calavera del amor.
El tiempo asiste como un cirujano.
Tus amigos son ayudantes del forense.
Tu hombre o tu mujer
son la novia de los enterradores.
Tu trabajo es resistir,
acumular trofeos:
por allá la cabeza brutal del ego;
de este lado la pulida cornamenta del deseo;
las perlas de sabiduría
en el cuarto estómago de la vaca;
el camafeo de las profecías al alcance de la mano;
el holograma de la satisfacción en la pared norte;
al sur, el castillo de naipes
(y el diablo junto a él);
el carné de esclavo alrededor del cuello.

La sed nos seguirá hasta el fin.
La lengua se hincha.
Las palabras están detrás.

Nuestros adioses
son una momentánea bifurcación de los caminos.

Al final se encuentra la colina,
iluminada por los fuegos fatuos.




AL FINAL



Entre otras cosas,
este oficio de escribir
ha doblegado mi columna.
Las vértebras cervicales
se curvan como un arco
del que salen disparadas las palabras.
Una de ellas atraviesa un manzano
y así me integro a su presencia;
otra
intenta llover sobre tus labios,
y cae
entre las ramas ardientes de las horas;
la más hermosa
vuela como un pájaro de oro
hacia tu corazón.
Ahí muere, sin entrar,
fría y oxidada.
Este oficio
es inservible y triste,
a veces.
Al final,
pero sólo al final,
puede que esa sea
la única y última belleza que nos quede
-este amoroso intento
de pronunciar con luz tu nombre-,
cuando cansado y gris
camine
por los jardines arrasados
y recuerde
los besos
que jamás nos dimos.




ATRAVESAR LOS LÍMITES



Llanura de silencio.
Colina de rumores.
Cada paso,
cada aliento simplísimo
es un fugitivo sin antorcha
en medio de la noche.
Las aldeas surgen a su paso
y se apagan al instante.

Todo pasa.
Las cavernas se abren
y sueltan un vaho de silencio.
Las palabras que no se pronunciaron
no lo harán jamás.
No escucharemos las voces de las llamas.
Los heridos
habrán de conservarse en la cima de su fiebre.
Ahora tocas a mi puerta.
Oyes un prolongado rumor de multitudes.
Abres mi pecho.
Entras.
Termina la batalla.





ADIÓS A TODO ESO
A Robert Graves



Menos florida, sin olivos,
sin blanco perfil de horizonte,
sin la súbita luz del mar,
sin mar,
bogando los vacíos,
he llegado al fin a la colina,
hasta la isla de mis sueños.

Un continente mayor, oscuro, he dejado
a la deriva
en la implacable marea de los días y las noches.

Esto que escribo no nace en mi costado:
vacía la urna,
en el pequeño navío de mi mano
está el cadáver transparente del pasado.

Atravesando el ruido de la estática,
llegan noticias de que estuve al frente,
mas nunca comprendí
los delirantes campos de batalla.

Nada hay que corregir.
Fue así.
Para otros el peso de todas las medallas,
para mí la paz.

Viste despojos colgando de las alambradas,
pero ignoraste la lenta despedida.

Un poco de comercio, un poco de arte,
estirar con vigor el cable de la sangre:
vanos intentos, vanos todos;
tan sólo juvenil candor,
anécdotas sabrosas alrededor del fuego.

Encima del sendero está mi casa.
Duermo junto al río Escamandro.
Aquella que se acerca,
¿se vestirá de rojo,
de púrpura o azul o de blanco purísimo? 

Ratas roerán las cuerdas de mis arcos;
mas nada importará:
la guerra habrá pasado,
la vida habrá pasado.
Solo estará y en paz al fin el anfiteatro.

En lo más alto, bajo los olmos,
las páginas sin mancha,
la silenciosa Albión,
los más callados
y respetuosos lectores que jamás tendré,
dirán tan sólo dos palabras:

hubo poesía.

domingo, 5 de abril de 2020

El múltiple espejo de la otredad - Fabricio Estrada


'Trobador', ca. 1972. Fondazione Giorgio e Isa de Chirico, Roma © Giorgio de Chirico, VEGAP, Barcelona, 2017 

La necesidad de estudiar lo humano desde la perspectiva del otro, ha sido, desde la antigüedad, un eje vital en todos los precursores de la antropología. Con la misma intensidad del primer asombro ante el descubrimiento de la otredad, el esfuerzo por separar la mirada que, intensamente, tendemos a dirigir siempre hacia nosotros mismos[1], ha sido una de las tareas más urgentes que se han propuesto los primeros etnógrafos, los unos sin tener una idea clara de lo que estaban describiendo y, los otros, muy conscientes de que su descripción de lo descubierto sería el balance de poder o de prestigio cultural de su nación o reino de origen.
En este ensayo abordaré, en breves fragmentos, la forma descriptiva que hicieron de su choque con otra realidad tres precursores de la antropología y de la etnografía, esforzándome en mostrar el cómo su identidad cultural de procedencia marcó el entendimiento y el mundo referencial de la cultura con que se encontraron, revelando que su abordaje fue más una metódica comparación con su propia cultura -casi fixista en una narrativa cercana al ventriloquismo colonial[2]- que una fascinación por los valores nuevos encontrados. Para ello, traeré a colación a Heródoto, en su libro Historia, a Cristóbal Colón y su Diario de A Bordo, y a la extensa relación de Álvar Núñez cabeza de Vaca en Naufragios.
Desde el aparentemente incansable pero vasto Heródoto, pasando por calculado y contenido diario de Colón, hasta el enfebrecido y desesperado recuento de Cabeza de Vaca en Naufragios, nos encontramos ante el múltiple espejo humano que construyó la idea de, más de lo que somos, lo que es el otro.

Heródoto, la Historia como un escudo

La mirada de Heródoto[3] está signada por la ciudad griega, que en sí misma era el mundo contenido y en orden dentro de sus murallas como escudos. Era el Estado y era la Polis a la vez, el mecanismo social concreto trazado por calles que conducían hacia el ágora y desde donde la voz de sus líderes, en resonancia radial, desplegaban el cosmos del saber y de la autoridad. Más allá de sus murallas estaban los caminos que, como venas, enlazaban con otras racionales polis con las que competía en forma pacífica o bélica pero siempre en un juego de valores culturales consensuados por una sola matriz simbólica. La conquista del otro no significaba entonces la destrucción de la civilización, era tan solo definir la hegemonía o el liderazgo del mundo griego. Esto es vital de entender para cuando Heródoto comienza a valorar lo observado en un definitivo punto de vista de alejamiento que Todorov llamará plano praxeológico, aunque Heródoto provenga de un mundo simbólico donde la mitología regla la moral de los ciudadanos. No obstante, Heródoto eleva el tono despectivo, de franca superioridad, para describir el imaginario de los pueblos que va conociendo:

“Dejo correr la historia que se cuenta acerca de Ábaris, según la cual era hiperbóreo y recorrió toda la tierra con una flecha clavada y sin comer. Si hay unos hombres hiperbóreos hay también otros situados en el extremo sur. Yo me mondo de risa cuando veo cuántos han trazado ya los circuitos de la tierra ¡Nadie los ha dibujado de manera razonable[4]! Representan el Océano fluyendo alrededor de la tierra, la cual es circular, como si estuviera hecha a golpe de compás, y otorgan las mismas dimensiones a Asia que a Europa.”
La burla que aparece aquí sin ningún tapujo es profundamente irónica ya que el mismo Heródoto, a lo largo de su obra, va recordando al lector que su propia voz puede ser digresión u otra ficción más para intentar atrapar lo incomprensible, y así lo dice en el siguiente fragmento, cuando intenta definir las dimensiones de las tierras que hoy serían Irak e Irán:

“Esta es una de las dos penínsulas; la segunda empieza en el país de los persas y se extiende en dirección al mar Rojo, desde Persia hasta Asiria y desde Asiria hasta la Arabia. De todos modos, termina (no es que termine, termina solo por convención de los hombres) en el golfo de Arabia…”[5]

A pesar de que su insoslayable cultura griega llega a prejuiciarlo respecto a los pueblos descritos, Herodóto, humanista en toda regla, se concentra también en explicar las variantes humanas en términos muy humanos, así como lo refieren Erickson y Murphy[6].
Por ello, no se contiene al momento de describir la ritualidad en torno al parto de la tribu de los getas, derivación de los tracios que habitaron el norte del Danubio, una ritualidad que, descrita tal como él lo hace, nos hace sentir presentes en ese círculo íntimo al que él debió tener acceso. Y digo que él debió estar presente porque el cuadro que nos ofrece es vívido e impregnado de una sensibilidad subjetiva que va más allá de la descripción de una costumbre. Heródoto tuvo que sentir la humanidad compartida e invariablemente cerca de los getas[7]:

“Los usos de los getas, que creen en la inmortalidad, ya los he explicado. Las costumbres de los trausos coinciden exactamente con las de los demás tracios, pero en lo que se refiere al nacimiento y a la muerte he aquí como se comportan: los parientes se sientan alrededor del recién nacido y se lamentan por todos los males que deberá soportar, puesto que ha nacido: enumeran todos, absolutamente todos los dolores humanos. Pero sepultan bajo tierra, con bromas y alegría, al que ha muerto, advierten de los males de que ahora, vivo ya en una felicidad eterna, se ve libre.”

Sin embargo, y de manera inmediata a esta estampa de universal humanismo, Heródoto corta de tajo el espejismo en el que por breves minutos ha deseado llevarnos -o quizá sea su propio lamento- y nos da esta muestra de brutalidad patriarcal entre los que habitan más allá de los crestoneos, de la misma matriz cultural tracia, en un manifiesto indudable de su espanto civilizado que pone límites entre los griegos y la barbarie amenazante que acecha al norte de su civilización:

“Pero las gentes que viven al norte de los crestoneos he aquí lo que hacen: cada uno tiene muchas mujeres. A la muerte de uno de ellos estalla entre las mujeres una gran disputa, y sus amigos hacen un gran esfuerzo para determinar cuál de aquellas mujeres fue más querida por el difunto. A aquella que le resulta asignada la preferencia y se lleva el premio, hombres y mujeres la llenan de elogios, y los parientes más próximos la llevan como víctima al sepulcro. La sacrifican y entierran junto a su marido. Las demás esposas lo tienen por un gran infortunio, porque para ellas es la mayor afrenta.”

El “Pero” con que Heródoto inicia este párrafo es la síntesis y el filo de su escudo cultural y, no hay duda, de que es el mismo que utiliza para las demás descripciones en los otros territorios que va narrando, definiendo a la vez, el punto de vista central que todo el mundo occidental, desde entonces y hasta la fecha, heredaría y generalizaría del pensamiento griego respecto a la otredad. Como dice el historiador Serge Gruzinski, por lo general lo exótico designa lo que está en otra parte, lo lejano, lo no occidental.

Cristóbal Colón, la tercera persona de la singular conquista

Cuando la deriva de los vientos alisios hicieron que Colón[8] se encontrara ante la más improbable de sus búsquedas, el viejo mundo occidental se topó de pronto ante algo tan enorme en posibilidades y consecuencias que el tono narrativo utilizado por Cristóbal Colón en su Diario de a bordo fue la mejor elección para disimular su perplejidad. Como afirma Erikson, “La conquista de América contribuyó a una verdadera revolución entre los intelectuales de Europa. No solo provocaría un pensamiento nuevo sobre las diferencias culturales, sino que pronto estaría claro que un continente entero había sido descubierto ¡y la Biblia nunca lo había mencionado!”.
Los estudios psicológicos respecto al uso de la tercera persona[9] nos dicen que esta opción descriptiva ayuda a controlar mejor las emociones y que a la vez “establece cierta distancia psicológica de sus propias experiencias”. En sí mismo, Colón encarnó entonces los cálculos y distanciamientos del equilibrio políticamente comedido de lo que sucedería a partir de su llegada a las Bahamas: Europa tardaría treinta años en admitir de que la España de los reyes católicos había encontrado un nuevo mundo. La prudencia ameritaba dilatar el asombro hacia todo lo que viniera de la sorprendente España de la reconquista, sobre todo en una Europa plagada de conflictos que no quería una superpotencia como la española prestigiándose, a trompicones, pero inexorable[10], de manera desproporcionada.

Escribir en tercera persona, le permitió a Colón distanciarse de todo exceso llevado a cabo en nombre de los reyes de Castilla, excesos que lo harían tomar posesión de territorios que bajo ningún punto de vista podría reclamar para sí ningún conquistador sin antes haber peleado por ellos. Y ese es el caso: Colón toma como nueva tierra para España un continente que ni siquiera había reaccionado. En pocas palabras: conquistó durante el brevísimo pestañeo que dio la fascinación de su llegada entre los nativos. Y lo hizo improvisando:

“Habiendo todos dado gracias a Nuestro Señor, arrodillados en tierra y besándola con lágrimas de alegría por la inmensa gracia que les había hecho, el Almirante se levantó y puso a la isla el nombre de San Salvador. Después, con la solemnidad y palabra que se requerían, tomó posesión de ella en nombre de los Reyes Católicos, estando presente mucha gente de la tierra que allí se había reunido. Acto seguido, los cristianos le recibieron por su Almirante y Visorey, y le juraron obediencia, como a quien que representaba la persona de Su alteza, con tanta alegría y placer como era justo que tuvieran con tal victoria, pidiéndole todos perdón de las ofensas que por miedo e inconstancia le habían hecho[11]

La perplejidad fue seguramente del tamaño del Mar Océano, y en ambas orillas, tanto los reyes católicos como el cacique que se acercó a la playa para presenciar el arribo junto a su pueblo, solo alcanzaron a confirmar que el acto teatral que Colón y sus marinos realizaron, estaba en toda regla de acuerdo a lo que se requería para no ofender a los poderes que le darían privilegios y riquezas a partir de entonces, y por supuesto la teatralidad desconcertante ante una población que los españoles despreciaron desde el mismo momento que vieron desnudos.

“Como gente llena de la primera simplicidad, iban todos desnudos, como nacieron, y también una mujer que allí estaba no vestía de otra manera[12].”

La primera simplicidad a la que se refiere Colón la explica Nielsen de la siguiente manera: Durante la edad media los filósofos asumieron que Dios había creado el mundo de una vez y para todos, dando a sus habitantes la particular naturaleza que habían mantenido hasta entonces. Ahora (durante la conquista de América) se estaba volviendo posible preguntarse si los nativos americanos representaban un estadio temprano en el desarrollo de la humanidad… Montaigne invocó le bon sauvage, “el buen salvaje”, una idea que asumió bondades inherentes entre los apátridas…”
Este encuentro descrito por Colón no fue el único que sucedió en tercera persona. En el pestañeo que sucedió mientras los nativos observaban la toma de posesión de sus tierras, en su psiquis debió imperar -especulo- la forma oral y en la tercera persona del plural en que se contaba todo entre la cultura indígena sin escritura: “Y toda la gente del pueblo estaba ahí, viendo a los dioses vestidos y con barba, y no podía creerlo”. Me atrevo a especular con este posible pensamiento en tercera persona del plural desde el lado indígena porque la forma de representación que ahí sucedía sobrepasaba la realidad del yo presente continuum indígena y, el trauma que vino a continuación en la memoria de todos los pueblos violentados y brutalizados, tuvo que haber dado una narrativa oral ahora perdida en su mayoría, pero que en las crónicas del mexica Fernando De Alva Ixtlixochitl sigue subsistiendo; porque al hablar del cómo eran los toltecas, en su conjunto y en el tiempo que los españoles identificaron como el tiempo de todos los indios, Ixtlixochitl está hablando de sí mismo, de su identidad, en un guiño idiográfico a sus congéneres, ahora en pleno sincretismo religioso:

“Estos tultecas eran grandes artífices de todas las artes mecánicas: edificaron muy grandes e insignes ciudades, como fueron Tolan, Teotihuacán, Chololan, Tolatzinco y otras muchas, como parece por las grandes ruinas de ellas. Su vestuario era unas túnicas largas a manera de los ropones que usan los japoneses, y por calzado traían unas sandalias, y usaban sombreros hechos de pala o de palma. Eran pocos guerreros, aunque muy republicanos; y eran grandes idólatras…”

Álvar Núñez Cabeza de Vaca, el regreso a la estatura de ser humano

La situación de indefensión vivida por Álvar Núñez Cabeza de Vaca y sus compañeros españoles naufragados en la costa de la actual Florida, contrasta con la de los vencedores tercios de la corona de Castilla que se impusieron en Europa y, en igual, pero de diferente forma, en Tenochtitlán. El orgulloso espíritu de cuerpo ostentado en verso por un soldado anónimo que participó en la marcha hacia Viena en 1530 (Carlos V envió los tercios ante la amenaza otomana) y citado por el hispanista Henry Kamen, nos dice: “Españoles, españoles/ ¡Qué a todos os han temor![13]. Y es que la indefensión pone en la realidad más terrorífica a todo explorador de Terra nondum cognita, lo ubica en su auténtica estatura y le da estatura a quien se le enfrenta como amenaza y en medio de la incapacidad de responder. Así, Cabeza de Vaca describe a los nativos habitantes que prácticamente les dieron cacería y luego esclavitud:

“Cuantos indios vimos de la Florida aquí, todos son flecheros y como son tan crescidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parescen gigantes. Es gente á maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza…”[14]

Esta aceptación de las fuerzas de los nativos contrasta con las hechas por Fray Ramón Pané, desde una posición de fuerza propia, además de la tolerancia y de la recepción crédula que recibió por parte de los arahuacos (taínos):

“Pero con otros hay necesidad de fuerza y de ingenio, porque no todos somos de una misma naturaleza. Como aquellos tuvieron buen principio y mejor fin, habrá otros que comenzarán bien (su cristianización) y se reirán después de lo que se les ha enseñado; con los cuales hay necesidad de fuerza y castigo”[15].

Hay un pasaje desconcertante y dispuesto a la especulación en Naufragios en cuanto a lo que debieron sentir los nativos ante la desgracia del naufragio:

“Los indios, al ver el desastre que nos había venido y el desastre en que estábamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre nosotros, y con el gran dolor y lástima que hobieron de vernos en tanta fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de allí se podía oír, y esto les duró más de media hora; y cierto ver que estos hombres tan sin razón y tan crudos, a manera de brutos, se dolían tanto de nosotros, hizo que en mí y en otros de la compañía cresciese más la pasión y la consideración de nuestra desdicha” (Cabeza de Vaca, pag. 57).

El espejo de piedad y conmiseración que los nativos les ofrecieron hizo a los españoles dimensionar la desolación del momento en toda su magnitud, sí, pero ¿fue conmiseración y auténtico dolor lo mostrado por los indígenas o fue decepción? ¿Decepción de ver a sus temidos dioses vencidos por los elementos que se suponía podían dominar? ¿O fue un dolor genuinamente humano construido también por una cultura donde la piedad era eje moral? Lo otro siempre es un poder en tensión que hala de extremos opuestos. En ese cable se fija lo humano, sus distancias e inevitables cercanías, sus fuerzas y debilidades, los dioses comunes o los demonios de la extrañeza.


[1] Thomas Hobbes hizo hincapié no en una tendencia natural por parte de los humanos a formar sociedades, sino más bien en una tendencia natural hacia el interés propio. El creía que esta tendencia debía ser controlada y que, los seres humanos racionales, reconocen que deben someterse a la autoridad para lograr la paz y seguridad. (e.g. 1973 (1651)
[2] ” El ventriloquismo colonial secuestra la agency de sujetos otrificados y su voz solo existe a través de la voz de otros” (Méndez Torres, 2011)
[3] “Nació hacia el año 484” dice Pánfila, erudita que trabajó en Roma en la época del emperador Nerón, y murió alrededor del 430 antes de la Era Común, según Michael Grant en The ancients historians, Duckworth, 1995, pag. 23
[4] “El primero que intentó representar el mundo conocido fue el presocrático Anaximandro de Mileto, seguido en su intento por Hecateo de Mileto y otros.Pero ya Homero, en el conocido Escudo de Aquiles, Iliada, XVIII, traza una representación circular del mundo, rodeado efectivamente por el océano.” (Nota del traductor, Manuel Balasch, Historia, Heródoto, Libro IV, Melpómene, Cátedra Letras Universales, 2002, pag. 406)
[5] Historia, Heródoto, Libro IV, Melpómene, 2002, España, Cátedra Letras Universales, pag. 407
[6] Una historia de la teoría antropológica, Paul A.Erickson & Liam D. Murphy, University fo Toronto Press, Higher Education Division, Quinta edición, 2016
[7] Libro V, Terpsícore, El logos tracio (3-10)
[8] Nacido en 1451, en Génova, Italia.
[10] “Casi sesenta años de la expedición de Colón, un historiador oficial, López de Gómara, afirmaba que el descubrimiento de las Indias era el más grande evento desde la creación del mundo, aparte de la encarnación y muerte de aquel que lo creó.” Imperio, La forja de España como potencia mundial, Henry Kamen, Editorial Santillana, Punto de Lectura, España, 2004
[11] Diario de a bordo, Cristóbal Colón, Edición de Christian Duverger, 2016, España, Taurus Historia, Penguin Random House Grupo Editorial.
[12] Diario de a bordo, Capítulo XXIV. De la índole y costumbre de aquella gente, y de lo que el almirante vio en la isla.
[13] Kamen, Henry, 2004, Imperio, La forja de España como potencia mundial, España, Editorial Santillana, Punto de lectura, pag. 126
[14] Cabeza de Vaca, Álvar Núñez, 1982, Naufragios, Ediciones Orbis, España, pag. 32
[15] Pané, Fray Ramón, 1974, Relación acerca de las antigüedades de los indios, México, Siglo Veintiuno Editorial, pag. 48

sábado, 4 de abril de 2020

Del último festival de poesía en el mundo

Foto: Fabricio Estrada

Han sonado cohetes en Pugnado Adentro. Primero aguzar el oído ¿se escucha el chisporroteo de los fuegos artificiales o el fondo resonante del metal? Chisporroteo. Son fuegos artificiales en medio de la urbanización que parece el set de una filmación abandonada. Es de noche, llueve. Alguien manda una señal de que siguen vivos en casa. El día ha estado tan soleado y las calles siguen tan vacías. Los paradójico son los intermitentes carros con sus parlantes con reguetón a todo volumen. ¿Esta es la banda sonora elegida para el fin del mundo? Debo decir entonces que hay un buen set abandonado y que quizá fue el que utilizaron para el primer gran video de Calle 13. Atrévete te, salte del closed, destápate quítate el esmalte. El árbol de los cohetes se va haciendo bosque, pero yo quisiera ver uno así prendido toda la noche y que incluso saliendo el sol fuera más amarillo que él. Sus raíces serían invisibles, como las multitudes que ahora se pasean en sueños.

Sueño con multitudes, incluso en conciertos donde alguien canta y es famoso y no tose ni estornuda. Hace casi un mes ya que caminábamos por la Zarandí en la Ciudad Vieja de Montevideo. La medianoche nos puso al frente un Uruguay diferente. Martín Barea Mattos nos acababa de dar el abrazo de despedida luego de la lectura de Marcela en el último día del Mundial Poético 2020, y parecía que sí, parecía que ese era momento delicado de ahí en adelante. Atravesaríamos dos aeropuertos internacionales y cenaríamos con el cariño de Katia Malo y Moisés Pascual, ambos de un corazón más grande que la emergencia por Covid 19, nos reciben en su casa en Panamá para que no durmiéramos en el aeropuerto, de la misma forma que Linda Rosa hace un voto de confianza a todos los orishás de las antillas para ir por nosotros a nuestra llegada a Puerto Rico... Ha quedado atrás La Rambla y la polifonía, la entrevista a la que Pablovski nos ha llevado casi como en medio de una alarma en un cuartel de bomberos... nos deslizamos con Eduard Escoffet, Iris Alejandra y yo hacia Radio Océano, atravesando bulevares, subiendo de rodillas los túmulos, cruzando campos de flores que pisoteamos sin cuidado con tal de llegar a la hora en punto.

Han sonado cuetes. Le quito la h y la o. Cuetes a lo mesoamericano, llenos de espirales en el cielo, como aquellos fuegos de la feria de la Candelaria donde uno quedaba con la tristeza más extraña al dejar de explotar la ristra. Recuerdo el humo. Dormía con ese olor a pólvora. El humo. El coronavirus resultó el código fibonacci mismo y no para de multiplicarse. Vimos tres ciudades vacías. Un canal trans oceánico en trance de cerrarse como un alvéolo en los pulmones acuosos del mundo de  hoy. Leímos en el último festival de poesía de la tierra antes de instalarse este interfase llamado "cuarentena", y fue aspirar menta, fue retomar la musicalidad del fonema y el retorno a la oralidad más posapocalíptica, la oralidad que se necesitará para subirse al carro modificado con el guitarrista de Mad Max y leer junto a él un palimpsesto antidiluviano de cuando la poesía reunía más de 50 personas en un solo lugar y después se bailaba funk y se volvía a leer hasta que el mar de La Plata deba la alquimia de un oro solar pleno, Spléndido.

Creo estar viendo los fuegos artificiales desde el balcón del Hotel Spléndido. El mate aún me mantiene alterado y el portugués alucinado. Hace seis años estuvimos en medio de la poesía árabe con todas sus florituras dentro de Costa Rica, y ahora fuimos hasta el Uruguay para saber la ruta de la música de origen y eso lo atesoramos, Pedros, Telmas, Amoras, Marcelos, Raisas, atesorarlo así como el vaivén del Uruguay, del Chile tremendo de Mario y el hip hop del Cabildo, las palabras asincopadas de Leoncé, el silencio de Alejandro, las bellas del Slam Minas RJ.  ¿Fuimos fantasmas del Spléndido y aún continuamos tecleando en esas teclas de huesos de sus rincones?

Javier y Maca han retomado la plática. Aún el mundo no se vacía. Ambos han estado en Centroamérica, pero solo Maca ha llegado a Puerto Rico. Con eso basta para sacar el sextante y recordar, medir las distancias, olvidarnos de los presagios que ya cruzan en los cruceros que llegan o se marchan del puerto para dar el viaje de los desprecios. Puerto Montt, Valparaíso, Manta, Panamá, todos negaron arribo al crucero que estuvo un día antes de nuestra llegada a Montevideo. Vimos sus turistas, todos jubilados del primer mundo, ignorando que el mundo podría estar acabado a su regreso. Te lo cuento a vos, Thomaz, porque esta es una plática de fantasmas y de espíritus de indios acompañándonos. Fuimos los fantasmas del Spléndido y los habitantes de la última gesta poética en boga. Martín ya se cansó y le pide a Javier que le haga barra. Así es que Corina ya inició su inolvidable poesía coral y la francesa ya nos contó lo del esqueleto inuit luminoso sobre el cuerpo presente y risueño de don Benedetti ¿no es así, Alfonso?

Suben los cuetes. Aquí todo es silencio. Nadie asoma la nariz más que para jugar una ruleta muy rusa con el miedo. Nosotros no tuvimos miedo, ¿oíste Luis Márcelo Pérez? Nosotros quisimos abrir frecuencias que ni el virus más invasivo frenara. Llevamos cuatro botellas de vino y muchas medias lunas con panceta. Ya nos comimos la res en el Mercado del Puerto, Nos comimos hasta sus sueños y la res soñaba hatos completos como un concierto de Zitarrosa resucitando. Nos regresamos. Ya vimos hasta dónde llegará la inundación que está bien marcada el en el Edificio Salvo, Guille... El mar llegará hasta los alto relieves de pulpos y caballitos de mar, le completará la pirámide trunca al catafalco de Artigas ¿verdad, Ariel? ¿Seguís corriendo por La Rambla? ¿Seguís mandándonos fotos de las sombras que pasan más aprisa que nunca? Esa era la marea lenta, Diana, la que completa el poema.

Que toquen la milonga más uruguaya. Pero yo solo quiero ver bailar multitudes.

F.E.