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domingo, 16 de agosto de 2026

La IA es todo lo que somos

 

La internet era una promesa, lo miraríamos todo. El Aleph era el router escondido bajo las gradas de Borges. La ruta de la seda mental, la escala global del conocimiento, el vuela pensamiento y dile a los ojos que te envío que eres mío, ese verso que una vez escribió un Góngora absolutamente ignorante de que nosotros solo daríamos un tecleo, un pestañeo y listo, llegaríamos donde quisiéramos. 

La internet sería la enciclopedia abierta en las nubes y aunque no quisieran, todos consumiríamos conocimiento hasta por los poros, casi como respirar. Pero llegó el encierro en nosotros mismos de nuevo, el challenge viral, la repetición de gestos, el modelaje de nuestro rostro repetido por miles de millones. Nosostros, yo, nosotros yo, repitiendo el mismo paso, escuchando la canción trending, escuchándonos con nuestro limiitadísimo vocabulario encerrados en cuartos, en la pantalla del smartphone, cuadriculados, empequeñecidos modelos de una vitrina infinita que solo le sirve a la big data para conocer a fondo nuestra humanidad de egos intrascendentes. 

Y sin embargo ahí está el tesoro, el litio con el que babea la inteligencia artificial, insaciable cuerpo global que va entendiendo que os hace palpitar para ser ella el pálpito, qué nos hace llorar para ser ella el llanto, qué nos hace soñar para ser ella el sueño. Estamos transfiriendo a la inteligencia artificial todo lo que somos en cada repetición de hashtag, de coreaografía, de piquito de pato en tres cuartos, de equilibrios al borde de un abismo con un cel registrando nuestro reto. El Aleph éramos nosotros y la inteligencia artificial lo sabe. Ha robado nuestra universalidad, nuestro conocimiento.

F.E.

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