jueves, 2 de agosto de 2018

Festival Internacional de Poesía en Los Confines, Gracias 2018. La nación comienza en la palabra


El verso se le ha caído de la mano a Leonel Alvarado y presuroso intento devolvérselo. Todos han visto cómo lo intento, pero al recogerlo, éste se ha materializado en una lagartija que ha saltado a devorar a una mariposa amarilla. Las alas crujen, las guacamayas solares alzan vuelo. La selva entera es estrujada por las poderosas mandíbulas del inocultable Kukulkan devorando el alma de un guerrero maya*. No puedo dejar de sentir la dislocación de los huesos y la mirada de Leonel que sonríe junto a Hellen Umaña y Janet Gold. Los demás poetas ya están ante el templo que ha devorado a la vez a Rosalila. La pluma del guía roza a los 16 gobernantes e intenta explicar lo que ya, sobradamente, David Franco-Balám ha hecho. Estamos en el parque arqueológico de Copán, en las ruinas sobre ruinas que Leonel escribiera en su El Reino de la Zarza. No podía perderme esta caminata con el guía más evocativo que tenemos en Honduras para entender la poderosa ciudad que vibra en nosotros, alrededor, en los círculos y rostros de los jeroglíficos, en la poesía hondureña que por fin elevó toda su capacidad de gestión para recibir a los poetas del mundo.

Los esfuerzos por crear un Festival internacional de poesía con todos los requisitos para un escenario inolvidable se han cumplido en el II Festival Internacional de Poesía de Los Confines, Gracias 2018. El equipo conformado por Salvador Madrid, Ethel Ayala, Néstor Ulloa, Pedro Escalante, Albany Flores y un voluntariado incansable de jóvenes gracianxs y copanecxs acompañados por la gran labor de Plan Internacional y World Vision, dio su fruto más dulce para recibir a más de 30 poetas y académicos provenientes de Chile, Canadá, República Dominicana, Suecia, Francia, Cuba, España, Colombia, Estados Unidos, México, Guatemala, Costa Rica, Nueva Zelanda, Panamá, El Salvador, Italia, Palestina, Inglaterra, Argentina, Jamaica y Honduras. Músicos de Suiza, músicos de Guatemaya y de Honduras, le dieron el marco musical a esta asombrosa reunión dentro de un país que se debate entre uno de los Eros y Tánatos más brutales del continente. Ambos, amor y odio creando un pulso en los confines de América para disputarse una portada en los diarios de la sangrienta matanza y sus cifras feroces, pero, sobre todo, para disputarle al odio su discurso sibilante y lleno de mascaradas. Esto fue entonces la apuesta en este Festival: caminar sobre las aguas del Leteo con pies de plomo y con la poesía como estrella, y sin lugar a dudas se ha conseguido.

La inauguración en el Fuerte San Cristobal, en Gracias, alcanzó para ser uno de los eventos poéticos más bellos a los que haya asistido y, al ser testigo, no pude evitar el estremecimiento de contemplar en concreto algo que tanto deseamos para Honduras desde el Colectivo Paíspoesíble y desde los otros esfuerzos realizados en los últimos 15 años en Olanchito, San Pedro Sula, Comayagua, La Ceiba y Tegucigalpa, todos ellos depositarios, contra todas las adversidades, de una necesidad puntual: elevar el lenguaje de la poesía para decirle al mundo que Honduras contiene una de los más complejos artificios espirituales para crear el milagro de la luz en medio de la oscuridad plena. En las mismas fechas del Festival estaba ocurriendo un paro general de transporte en el país, la impunidad sostenía su lanza y estandarte miserable al dejar en libertad a su élite voraz, los estudiantes eran reprimidos con brutalidad por la dictadura y la nota roja continuaba su masiva propaganda del asesinato y el narco paramilitarismo estatal.

 ¿Cómo alcanzar a contenerlo todo? ¿En qué marco de debacle se lograron las más altas representaciones del arte universal? ¿Cómo se llegó a convertir el Guernica en arte y Miguel Hernández y Vallejo en voces de la lucha más profunda? ¿Cuándo se detuvo Dalton? ¿No fue acaso hasta que lo asesinaron? ¿Cuándo calló Gelman, Pompeyo del Valle? ¿Cuándo se permitieron Roberto Sosa o Clementina Suárez negociar su incontenible escritura con el paro general que impone la eterna dictadura costumbrista hondureña? ¿Habrá que rendir la palabra Gracia a la altisonante Dictadura?  En medio de todo, y paralelo a los cuatro días del evento en Gracias, se realizaba en Honduras el Primer Guancasco del Muralismo en el municipio de Cantarranas, una alucinante demostración de arte aplicado para embellecer la tristeza; en otras iniciativas, talleres de lecturas para niños en Tegucigalpa, teatro para jóvenes en Danlí, conciertos de rock, etc., todo ello pugnando para no darle razón a la muerte y ni alas al injusto aislamiento hondureño. Cada unx de lxs poetas, músicxs y pintorxs invitadxs sabía lo que traía consigo a Los Confines: la doble llama de Huhnapú e Ixbalanqué para sortear los peligros de Xibalbá-Guaymuras. Nada los cegaría, nada. Su presencia fue un manifiesto de creación y renovación.

La Campa, Lepaera, Copán Ruinas, Aguascaliente-Copán Ruinas, Santa Rosa de Copán, Gracias, fueron apenas la segunda puntada en el vestido con el que merece cubrirse una Honduras tan despojada, un país que Resiste y organiza la próxima palabra que hable más alto. El II Festival Internacional de Los Confines nos trajo de nuevo a Juan Carlos Mestre y a Leonel Alvarado, tan significativos para mi generación como significativos serán los nombres de cada unx de lxs poetas que, junto a los invitados en el 2017, decidieron asumir la responsabilidad de llegar junto al Celaque, a impartir esa otra justicia de la poesía en los tribunales de Los Confines. Y sí, como eternos legisladores, se declara la abolición en Honduras de la dictadura de los tristes. Las lagartijas no se comerán más el alma de los guerreros convertidos en mariposas.

F.E.

* Los mayas creían que las mariposas colmayote eran las almas de los guerreros muertos en las batallas y después de 4 años se convertían en mariposas.
















































miércoles, 13 de junio de 2018

Mateo y los helenistas: una buena nueva para los modernos del mundo antiguo.




El Evangelio según Mateo es quizá el más “judío” de los textos canónicos incluidos por la iglesia cristiana y, además, una fuente casi inagotable de interpretaciones de la época en que aparece la figura de Jesús.

Escrito alrededor del año 65 E.C., es un texto de fe escrita en forma de testimonio, o como dirían los estudiosos de la historia bíblica, en forma de “recuerdos”. Una vez que se profundiza en todo su contexto, va revelando una radiografía fascinante del por qué y para qué se escribió aparte del objetivo de divulgación de la fe en la, en ese entonces, improbable iglesia cristiana. Y digo improbable porque una vez que se entiende el cómo lograron los discípulos difundir el evangelio (la buena nueva), casi podemos asegurar que lo fortuito y la curiosidad intelectual grecorromana jugaron un papel más que importante junto al arriesgado cálculo y elaboración que, en este caso Mateo, llevó a cabo para que sobreviviera el mensaje del Christós.

Este testimonio de Mateo resulta ser el evangelio más hebreo de los cuatro aceptados por la iglesia. Escrito para los judíos, hizo acopio de toda la simbología y de los picos ideológicos en boga dentro del judaísmo, para convencer a esta rigorosa nación sobre la legitimidad en el discurso de fe predicado por Jesús. Desde su inicio (Cap. I, V. del 1 al 17), entronca con lo más profundo de la tradición hebrea, asegurando que, en tres fases generacionales contenidas en 14 generaciones cada una, Jesús pertenece a la estirpe de reyes y fundadores de la nación. Mateo, conocedor de la influencia de la Cábala y del Zohar entre los estudiosos rabínicos, hace que las tres generaciones sumen 42, el número que en estas interpretaciones significa el reforzamiento de la fe o cuestionamiento de los dogmas y de los valores establecidos. De entrada, entonces, Mateo anuncia que Jesús ha sido enviado para reformar el judaísmo, aunque no para crear a partir de él un dogma nuevo, es decir, otra religión. Nada más alejado al propósito original.

De igual forma, es en este evangelio donde Jesús habla más y explica su cometido de fe, por lo tanto, es el texto donde Jesús tiene más presencia concreta, discursante. La evidente oralidad del Evangelio según Mateo realza a propósito una característica esencial de la Torá y que fue raíz de enconados debates en el templo y sinagoga de Jerusalén entre judíos saduceos, fariseos, helenistas y, fuera del templo, apartados en sus grutas en el desierto, de esenios: la Torá es ley que debe ser oral y escrita al mismo tiempo. Esa es la disyuntiva dialéctica que Jesús utiliza para moverse para caminar sobre las aguas de su contexto nacional y también, el formato elegido por Mateo para narrar la vida de su líder espiritual. El que Jesús hable constantemente dentro del texto, revela la intención de un contacto cercanísimo para dar entender que aquellos que escucharon de viva voz a Jesús obtuvieron el privilegio de escuchar la mismísima Vox Dei, de la misma forma que los profetas fundamentales (Moisés, Isaías, Jeremías, Elías) escucharon a su dios.

La palabra de Jesús, entonces, y según Mateo, detuvo al mundo para ser escuchada y luego lo echó a andar, ya renovado (“Si uno escucha estas palabras mías y las pone en práctica, dirán de él: aquí tienen al hombre sabio y prudente, que edificó su casa sobre roca” Cap.7, V. 24). La palabra deja así de ser solamente texto y se vuelve oralidad que se escucha, así como se podría interpretar el uso de la filacteria entre los judíos ortodoxos. De esta manera, Mateo asegura la característica esencial de la Torá descrita arriba. Aquí resulta tentador asociar la filacteria y la palabra con la medieval leyenda del Golem: este primer Frankestein se activaba o desactivaba escribiéndole en su frente la palabra EMET (Verdad-Muerte).

Para entender un poco más sobre la discusión dialéctica en que estaba inmerso el Jesús de Mateo, caracterizo aquí, de manera breve, cada una de las corrientes de pensamiento que conformaban el pensum hebreo acerca de la Torá, de la cual Jesús no se desligó en ningún momento:

Saduceos: Para los saduceos sólo valía lo que estaba explícitamente escrito y rechazaban cualquier posibilidad de adecuar su comprensión.
Fariseos: Para los fariseos, el texto escrito en la Torá no era toda la Torá, sino que había un complemento oral heredado de generación en generación desde Moisés. Dicho complemento permitía entender de qué modo la Torá se podía acoplar a la realidad circundante.

Esenios: Los esenios apocalípticos tenían una visión extrema. Pare ellos, la Torá encerraba un mapa codificado que daba detalles sobre el inminente fin de los tiempos y este podía entenderse por medio de revelaciones especiales dadas por ángeles.
Helenistas: Para los helenistas, la Torá era la más alta revelación ética y filosófica posible, e intentaban hacer el esfuerzo para entenderla en el contexto “moderno” en el que se desenvolvían, por ello fueron muy dados a interpretar la Torá de manera alegórica.

Nazarenos: Para los nazarenos, la “verdad” estaba fuera de los templos y se interpretaba y ponía en práctica la Torá mediante una renuncia total a lo material. Juan, el Bautista, fue un profeta nazareno.

El evangelio de Mateo, coincide con los demás evangelios en mostrar a un Jesús absolutamente versátil, ideológicamente hablando, como para atraer a todas estas vertientes en un momento dado de su prédica, pero fue entre los helenistas donde más interés causó dado su modo socrático de enseñanza de las escrituras (la bienaventuranzas, Cap.5, Vers.1-12 y parábola del impuesto debido al César, Cap.22, V.20-21) y su actitud, tanto coherente como ética, de negarse a escribir él mismo su prédica, sin duda para no cambiar palabra alguna de la Torá textual. Esta afortunada y previsible curiosidad de los helenistas, permitió que la idea cristiana sobreviviera en la diáspora luego de la destrucción del templo y de Jerusalén misma por las legiones romanas de Tito, en el año 70 E.C. No cabe duda de que fue entre los judíos helenistas -sobrevivientes por su tolerancia a Roma en la aniquilación que esta llevó a cabo entre esenios, saduceos y fariseos de la escuela de shamai- donde más caló el mensaje de Jesús transcrito o interpretado por Mateo, un vaso comunicante que las sucesivas prédicas de Pablo y Pedro terminaron por organizar y afianzar.


El que Mateo haya resaltado un hecho inverosímil como la multiplicación de los panes y peces (Cap.14, Ver.13-21) no es tan gratuito entonces: el pasaje alude de manera directa a una de las ordenanzas iniciales inscritas en la Torá, “Fructificad y multiplicaos”, con lo que aseguró la resonancia espiritual de los judíos aún escépticos y el llamado a evangelizar con la nueva palabra a los helenistas deseosos de interpretaciones frescas. Al final de cuenta, los romanos, no pudieron leer el modo en que la verdadera insurrección se estaba adelantando a la historia.


Fabricio Estrada

El olfato de Argos exige un monumento



Abordo por primera vez La Odisea, de Homero, desde el punto de vista de lo paródico y lo autorreferencial y me ha dado una nueva forma de entender el alma griega, la matriz de sus comedias o tragicomedias. No en vano Aristófanes llegó a darle frescura a un ámbito teatral dominado por la tragedia, la cual le dio al pensamiento creador una profundidad tal que necesitó, en un momento dado, de superficie, pero no de superficialidad. La profundidad de la épica y de la tragedia pudo ser hacia los abismos del cielo o de la tierra, pero faltaba lo que sucedía a ras de suelo, es decir, en la historia cotidiana de los hombres y mujeres testigos del combate de los dioses.

Es aquí donde me concentro para afirmar que Homero anticipó esa necesidad y, luego de crear la gran épica de La Ilíada, advirtió (o adelantó ya en la misma Ilíada) lo que los griegos necesitaban escuchar de sus aedos. ¿Dónde estamos nosotros en medio de este conflicto de eternidades? -se habrán peguntado los testigos de los cantos ¿Dónde regresan los héroes para curar sus heridas y ocultar sus fracasos? Homero nos da la respuesta encarnando en Odiseo todas estas preguntas, pero, sobre todo, haciendo de Odiseo un auténtico Nadie, el anónimo sublime que será puesto en sospecha, despreciado, expulsado, perseguido. Ya en una escena de La Ilíada, en medio de un combate, Odiseo comienza a bajar de estatura interpelando a uno de sus hoplitas rasos cuando éste le ruega que se retiren, que están perdidos ante la acometida de los teucros. Odiseo lo insulta y le zahiere por su baja condición moral y cobardía que él identifica como condición de clase, sin intuir que los dioses le harán pasar todo un purgatorio a su regreso a Ítaca, moralmente deformado y asiéndose a la supervivencia como cualquiera, haciendo uso de la mentira constante y de frases patéticas en los momentos donde la perdición ya era casi su destino.

Por ello, desde que La Odisea inicia, el mismo Telémaco se encuentra en una situación patética, rodeado de vulgaridad y sentimientos de asco ante la grosera promiscuidad que los pretendientes de Penélope, su madre, han impuesto en la casa de su padre, presumiblemente muerto en Troya. La insolencia de unos pretendientes casi en estado de celo permanente se ríe de la aún frágil figura del hijo del héroe, algo que hasta los mismos dioses escandaliza: “Digo yo que, a la mesa sentados, en tu propia casa, estos hombres el límite pasan de toda insolencia; ante tanta vergüenza airaríase un hombre sensato” (Atenea a Telémaco). Los pretendientes no entienden de razones ni de ética alguna en un escenario donde la heroicidad desapareció y ante los señalamientos coléricos del joven Telémaco responden con cinismo: “Nos afrentas hablando. Pretendes manchar nuestros nombres. De tus males no culpes a los pretendientes, inculpa solamente a tu madre, pues nadie en astucia la iguala… esperanzas da a todos” (canto II). Esta dureza va haciendo madurar a Telémaco, en una orfandad lastimera: “No alcancé todavía la edad de luchar. ¿Es que acaso seré siempre un ser débil, un hombre carente de arrojo?”  (Canto II), y por supuesto que ya tendrá ocasión de demostrar lo contrario.

Por otra parte, Menelao mismo aparece rebajado de su estatura en las exigencias de sus siete años de supervivencia para regresar a Lacedemonia. ¡Ha debido engañar al Anciano del Mar disfrazándose de foca! ¡Imagino las carcajadas que este pasaje debió causar entre el vulgo griego presente en el canto de La Odisea! (Canto III) Y aquí comienza otra pregunta más inquietante: ¿Por qué a Menelao solo le costó siete años regresar a Lacedemonia y en cambio a Odiseo le llevó veinte años? ¿Quizá porque el sacrilegio de Odiseo fue de mayores consecuencias? El caso es que Menelao regresa a morir como vivió, en medio de un triángulo erótico perverso, muy diferente al impulso vital de Odiseo a quien la vida, como un ardid, signa. Y del ardid no se sustraen los personajes que va encontrando en su retorno a Ítaca. Odiseo sufre la respuesta de los dioses y mortales que le van poniendo pruebas cada vez más difíciles y en las cuales solo el recurso de la sagacidad y el engaño sabrá sacarlo adelante. Este es el caso del intento manifiesto de Nausica por hacer de Odiseo su marido soñado, poniendo en boca de otros lo que ella desea: “¿Quién es el forastero tan alto y tan apuesto que sigue a Nausica? ¿De dónde lo obtuvo? ¿Será su marido?... ¿o es el dios que suspirando por ella vino a sus ruegos, descendiendo del cielo, dispuesto a vivir a su lado?” (Canto IV, Los Feacios). No está de más decir que Odiseo se ha escurrido de los compromisos ofrecidos por diosas y humanas, de lecho en lecho, como un temprano Casanova de la literatura. Las aventuras sexuales han sido su pasaporte para ir avanzando en la historia, algo que debió poner picante entre los diversos públicos que escuchaban los cantos.

Pero ¿quién cantaba realmente toda esta historia? ¿Habrá sido toda una trama autorreferencial donde Homero creó a Odiseo y a la vez creó al poeta de la cotidianeidad y no al sacro poeta inspirado directamente por la diosa? Al trasladar la narrativa de la diosa al aedo comienza a la vez el canto autorreferencial, es lo que opino. La poesía deja de ser sacra en La Odisea y ya no es propiedad de la diosa que dicta las palabras, sino que son los actos del hombre los que empujan a las palabras. Aquí ya no es el Canta, oh diosa, de La Iliada. Demódoco, el aedo de la corte de los feacios puede ser una encarnación de Odiseo y también Fenio, el aedo de los pretendientes en el palacio de Ítaca. De cualquier forma, es Odiseo quien termina tomando la voz del aedo que apenas alcanza a saber sobre las verdaderas dimensiones de la aventura humana. Así, en el Canto IX, al revelar su nombre, Odiseo comienza directamente a tomar posesión se su verdad, incapaz de contener su dolor por lo que escucha en boca de Demódoco, algo que Ancinoo, el rey feacio, no pasa por alto: “Tu embelleces las cosas que cuentas y piensas lo noble y con la habilidad de un aedo contaste el relato de los grandes trabajos que tú y los argivos pasasteis” (Canto IX). Ese dolor inocultable es la raíz de la nueva poesía, entonces, el desamparo, la orfandad, la humillación, y es así como nace Nadie. Como Nadie vencerá al cíclope Polifemo, como Nadie ha llegado a Feacia, como Nadie escuchará a las sirenas (“Nadie, amigos, me mata engañándome y no con la fuerza…” grita Polifemo a los demás cíclopes. Canto IX) y como Nadie, por fin, se presentará ante Eumeo, ya de vuelta en Ítaca. Ha tenido que mentirles a todos y a todas y en el ínterin, ha alcanzado una dimensión humanísima que sus propios compañeros advierten, al punto de codiciarle los presentes que Eolo le ha entregado, incluso el saco donde se encierran “Las rutas de todos los vientos” (¿el destino?) ¿No habrán sospechado que algo se traía entre manos Odiseo al pedirles que todos taparan sus oídos con cera excepto él? ¿Qué escucharía? Bien sabemos que a los antiguos griegos les fascinaba el juego de los enigmas que entregaban los oráculos: “No te pares -le dijo Circe- más tapa el oído a tus hombres con cera previamente ablandada, de modo que nadie las oiga” (Canto XII). El amotinamiento ya había comenzado cuando fue evidente que Odiseo sale adelante en todas las pruebas a expensas de la muerte de toda la tripulación, hombres comunes que no tienen nada que ofrecer a la posteridad más que un remo sobre un túmulo fúnebre (Élpenor y su petición en el Hades, Canto X).

Las diosas están con Odiseo, sin duda alguna, y la concupiscencia lo protege, algo que no agrada a los dioses varones. Las diosas lo quieren para ellas y se exasperan, como amantes irremediables, ante el evasivo y voluntarioso Odiseo. Dos veces es regañado Odiseo, por Circe y por Atenea (“… sólo piensas en luchas y riesgos de guerra” le espeta Circe cuando le explica cómo librarse de Escila y Caribdis, Canto XII. “Ya perdiste, Odiseo, la fuerza y vigor con que antaño al luchar por la noble de brazos nevados, Helena, demostraste a los teucros…”’ le azuza Atenea cuando ve flaquear a Odiseo en su combate contra los pretendientes, Canto XXII) Quizá sea esta concupiscencia la que ha retardado, de lecho en lecho, el retorno de Odiseo y quizá todas las aventuras que ha narrado tienen su origen en un sacrilegio supremo: la idea de construir el caballo de Troya. Su castigo será mentir siempre, lo cual reduce su integridad a ante la paciente y prudente Penélope… o su heroicidad. Quizá su única redención posible ha sido dignificar en él mismo a los Nadies, comer el banquete de los Nadies (el porquerizo Eumeo ofreciéndole un sencillo plato en las mismas porquerizas, Canto XIV) y escuchar la verdad en el genuino canto de los Nadies: “A los dioses dichosos no agradan las obras perversas, premian lo que es más justo y los actos sensatos de los hombres, aún aquellos que invaden ajeno país, enemigos y varones malvados, y Zeus el botín les permite y, repletan las naves, embarcan y a casa regresan, también sienten temor de que en ellos se venguen los dioses” (Canto XIV) ¡Eumeo, en su propia cara y sin saberlo, le canta las verdades de su suprema inmoralidad a Odiseo! “Temerario y artero, incansable en ardides -le dice Atenea cuando lo escucha mentir- ¿No puedes siquiera en tu patria dar fin a tamañas mentiras ni a los falsos relatos que siempre han sido tu gozo?” Probablemente, Homero, ha decidido revelar a través de la boca de Atenea lo que ya se sospecha: la Odisea de Odiseo jamás existió, lo que hemos leído es solo el invento de un aedo llamado Odiseo, incontinente en fantasía, un aedo que hila y deshila mentira tras mentira, como la trama que la misma Penélope hace y deshace en sus noches de espera. 

El gran burlador ha triunfado, aunque hayan pasado veinte años y es irónico e hilarante a la vez, que solo un perro, Argos, lo haya olfateado. Si hacemos caso a esta lógica, entonces debemos asumir que en verdad Odiseo regresó anciano y que el combate con los pretendientes fue imposible, así como Eumeo lo sentencia: “Y tú, anciano, que tanto sufriste, si un dios te ha traído, no desees congraciarte halagándome con falsedades, pues ni amor ni respeto de mí alcanzarás de este modo, sino por el temor a Zeus y la piedad que me causas” (Canto XVII).



Fabricio Estrada