viernes, 21 de julio de 2017

Luis Carlos Mussó - Ecuador



De Cuadernos de Indiana (México DF, Literal, 2014)

ajedrez
 
64 escaques, un tablero. Tú de ébano ciego, yo de hueso-color. Te mueves en todas direcciones, pero tu abalorio recibe mi agujazo de hormigas. Los cuadros han medido tu silencio con un toque de incienso entre tus rodillas; y el peón adivina su salto diminuto sobre el tablero [PxT]. Tus torres se desladrillan en la diagonal de su cruz cuando entro en tu mezquita de rodillas [PxA]: aves de plumaje sin colores vuelan sobre el alfil mientras el caballo en celo revienta su casco de marfil en el coito de las laderas en ele, en forma de ele [PxC]. Poco falta para el sangrado del cielo aunque lucho y venzo en el enroque [0-0-0]. Son míos el susurro de los espacios, ese jardín incauto, el surco obediente de la espalda. El empeine de tu pie, a solo un casillero de mi lengua ofidia[PxP4R]. Culpas a la almohada de tus dolores –te ensañas con ella a mordiscos y lametones–. Pero no has caído en cuenta: somos ya un monstruo de doble espalda con fuegos de sal en el núcleo [P5D+].
Cojea nuestro aliento en este juego de reyes. Mi ariete embiste/ barrena las carnes/ incursiona en la memoria/ se duele en ti/ nos inunda pues tu saliva lo festeja y lo corona –peón por reina–. El surco está abierto para las tablas: nadie sabe de quién es la victoria [PxR++]. Nadie sabe de quién, el jaque mate.



negación de cargos
[con ezra incluido]

Si pequeño y sereno –inevitablemente yendo detrás del ins­tinto– llegara como un gusano hambriento a las profundi­dades del libro. Si en su interior cavara galerías que fuesen abriendo laberintos de páginas truncas y palabras. Si no vi­viera en este tiempo / Si lo hiciera cuando –en silencio– pen­día el badajo de mi sexo sobre una virgen. Si solamente hu­biera logrado –como Dios– que llovieran estiércol y muerte sobre mis enemigos.
Pero mis ojos llevan incrustado un espejo intransigente. Y el rumor exacto de la danza de aquella virgen se aleja de la sombra de mi badajo. Puesto que dios se adora a sí mismo y permite que quien quiera pueda imitarlo. En verdad que el tiempo ha inventado un cansancio tan habitable como una cicatriz hermosa. Aunque solo puebla sus páginas un sinnú­mero de huellas flotantes.

Jamás he escrito esto. O creo nunca haberlo borroneado –empieza la fiesta del alcohol–. Concluyen las muertes ridí­culas: no veo correr el Jordán por las arterias de Pound –lo hace con más fuerza por las mías–. Y vuelvo nada pequeño [nada sereno] a buscar un texto obstinado en su superficie. A colgarme de mi instinto sin haber cobrado un solo talento.


carpe corpus


Ahora que tus gavetas se vacían de aquellas noches ruidosas / ahora que el desierto es una página de pústulas que se ato­ran en esta mi garganta, las pieles se doblan y se recuerdan como un separador de páginas en el poemario inagotable de la desolación / porque ingresar a la sangre ajena es retirarle el seguro a una granada de mano de la segunda guerra que hallas en la playa de guijarros tatuada en mi brazo en los momentos del amor / porque ingresar a la sangre ajena es sumergirse en la agudísima helada que sobrevuela tu huerto y que dura tanto como un buldózer que avanza sobre nues­tro lago congelado.



indiana jones en la calle julián coronel
[cementerio general de guayaquil]


Escuchas los chirridos en el metal de cruces mohosas mien­tras se oxida. Y en los socavones, sarcófagos / sarcofagia / fagia de sarcos. El miedo se te pega a la barba como sudor [las serpientes se encaraman en tus rodillas]. Nada como la piedra para grabar la imagen / Nada como el musgo para ahogar la piedra. Pasas inadvertido entre la caliza y el grani­to. Levantas la mirada y percibes una buena toma del cam­pamento. Hay algo de la realidad en la habitación del sueño: el mandil de sangre con que me recibes en cada temporada de fuegos. Ya que la putrefacción ha llegado a tus miembros, el amor es una leyenda que crees haber sufrido en el sexo. Si todo poema vocifera un epitafio, éste también. Porque a la hora de los gerundios prefieres los que habitas...
–el mundo negándonos, y tú desnudándome–



re[s]co[l]dos de vidrio

Sin saberlo Indiana está cerca / muy cerca / más cerca de lo que pensaba. La imaginé perdida para siempre –como al arca de la alianzay llena de inscripciones sobre su nombre de yesca / y esta columna de humo corintio –esculpida con mecheros– quema pastizales en mi memoria:

EMPRESA LISIADA Y POLVO
RESARCIDO    [VIRTUAL]   A
MÁS DE CARROÑA PARA LOS
CUERVOS Y TRIBU PERDIDA
QUE AGUAITA MIS NOMBRES
ARRASTRADOS     POR        EL
VIENTO                    IMPÚDICO
IMPREGNADO EN CUARZO Y
EN     UN     AJENO       FUEGO
ANTIAÉREO [AÚN VIRTUAL]

Las zarzas albergan el grito de los pájaros / Y cada árbol es an­torcha verde llena de sonidos en su destierro redoblado / Qué fue del nombre que sangra restándole volumen al gozo / sino consagración agusanada de mapas sobre los que sobrevuela como gallinazoesa tu voz hendida y rajada y leporina.



telegrama


de indiana. a tantos de tantos.– En este naufragio sin olas, punto. Quise asentadas las huellas, punto. Pero no están las lumbres en la pupila ni en el húmedo azogue, punto. Y tanto ya no están, que en su lugar creció la demencia como idio­ma cuyas ramas fabrican una pizarra desbarrancada, punto. Y hallo un zodiaco que se remienda con exterminios nega­dos a la derrota abierta, punto. Maestría y desamparo en este calidoscopio de pesadillas acuclilladas, punto. Aunque la amenaza del bufón sea el crimen más ligado a tu aliento –a la escasez de estas alforjas–, punto. Extenuados, un par de ángeles oscuros cierran mis ojos, punto. Les ha dado por medrar conmigo, punto.



onomástica

A HORCAJADAS SOBRE MI NOMBRE, el héroe deshoja planicies pulidas durante siglos por los gallinazos. Me busca entre plantaciones de tabaco y de pimienta. Y el humo de su 78 79
cigarro eslabona –como con bloques de lego– diversas figu­ras: DRAGONES / NIÑOS INOCENTES / MUJERES FIELES / YO MISMO / MI NOMBRE [O SEA, SU CABALGADURA]. Y los bloques de lego –como entre humo– se desploman en jirones: SERES SIN VÉRTEBRAS. SERES DE HUMO. SERES DE NADA.




aperos de bestia
[evangelios varios]

En el apócrifo canto también pierdes la noticia –no puedes retenerla–. Ante ti tres cantos pero los extravíos no son una cifra: son los escalones que transitan nuestros muertos.

I josé cemí, en trocadero/ 162 [capítulos 1 – 5]

1
Omitir la danza en alquiler y dejar de par en par la danza de la hiedra: parte de la labor de vivir en el equívoco / parte del trabajo de hablar desde el equívoco. Pensaba así, dudaba si ensillar la bestia pillada al azar entre la fauna de Maldoror. O si mejor sería degollarme después de haber sido ensillado con la precaución de un collar de zumaque. No sea que mi sangre traspase los umbrales con cierta miopía de tiempo. Sobre la explanada, el arsénico derramado extiende la fama del santuario. Porque del samán es el mensaje divisado desde las terrazas / Pero la tortura de divulgarlo es de los ebrios de la ciudadela.

2
En la terraza lujosa se vacía la jaba de ron. Y a su vista la ruina cobra el volumen fiestero de una sucesión de olas. Pestañear es peligroso, pero esta mutilación no interfiere la retahíla de los barrios. A la diestra la Misión Española / a la siniestra el Fortín de la Nostalgia. ¿En qué libro están escri­tos nuestros nombres, si Levante y Poniente nos vuelven isla / Si nos aíslan el amo y su mayordomo?

3
¿De dónde la tristeza? ¿Por qué este portal de fósforo empa­pado? / este cordel con piezas de ropa lejana, si la soledad es la sombra impertinente del vecino / de su mujer / de la aldea? Tras el ventanuco de tela metálica, los gritos del zan­cudo expiran su estado gaseoso / Porque infiel hasta el sone­to, el verso se comprueba preludio de un manglar de muslos húmedos / de una telaraña en que todo gesto queda atrapado hasta que lo consumes.

4
La Voz extraviada solicita una madeja para abandonar la os­curana. Y se adensa en mi rostro una máscara que he sabido ganarme después de que un puñado de palabras ahuyentara a los gallinazos –que alzan vuelo desde que descubrieron a Roque Dalton en una plaza de Praga abriendo un instante de magia: “Oh poesía de hoy: contigo es posible decirlo todo”–.

5
Puebla mis edades un mohín sahara en el que resbalan amo­res siniestros / Y baratijas cuelgan del cuello de mis muertos descarriados / baratijas que nadie ve por la neblina que anega estas buhardillas. Es necio el informe meteorológico: prevé una larguísima oscurana / Nosotros opinamos lo contrario.



rememoración
[cfr. historia de la eternidad]

Después de aquella noche –la de luna preñada, por más se­ñas– en que pronunciamos al unísono el dolor y la herida en nuestros cuerpos, y en la que anegamos una terrible canción en ciénagas y resuellos –aferrados, ambos, con los dientes–, me negaste siete veces.
Recordé los hielos escandinavos. Esperé a que los lobos en­gulleran al sol y a la luna y pisé fuertemente el puente de la nave que me llevaría lejos –muy lejos–. Aquella nave cons­truida con uñas de muertos y con pretensiones de trasatlán­tico o trirreme. Sentí la fuerza quebrada en mis rodillas, un humor vacío en el sexo y dos marcas color marrón –una en la nuez de Adán, otra en el hombro– que me estrangulaban. Pisé fuertemente sobre el puente de la nave, la que sería un abismo dispuesto a abrirme su secreto. Y viajé en aquella nave. Aquella nave pesada como tierra curada con uranio. Aquella nave construida con mis propias uñas.



De Alzheimer (Guayaquil, Ediciones del M. I. Municipalidad de Guayaquil, 2014)
         cero [00:01]




un resuello que deshoje las ásperas orillas del miedo / que amenace –como la belleza, o como este cortocircuito que quiebra mi tórax– desde sus ámbitos hostiles, encharcados en alcohol desnudo sobre un rostro que se aleja / un resuello de alcurnia adulterada que me haga sobrevivir a los herrumbrosos hiatos del amor / y que desvencije la memoria en su lenta deriva similar a lechuguines en la ría / uno que contenga los saberes herbolarios de los abuelos, que secuestre este instante y lo retenga en un eterno presente / que enmudezca como el universo que contienen estas manos estriadas / un resuello, como el silencio

        uno [02:05]


mi cerebro y yo nacimos gemelos: por qué diablos agoniza mi hermano / no solo es cosa de software: no hay pie quebrado ni hipertexto que se incruste en esta densa lama sobre las aguas en los días después de mi deceso –cuando pisas, desnuda, las baldosas en los baños de la soledad– / en este obsoleto disco duro, ¿cómo desenhebro mi ovillo de neuronas?
GRAVES, LIGEROS, LOS SEPULCROS EN EL MAR, y una lengua desierta, simple y suspensa en ligeras plantaciones de peyote trenzado con guaro, va a la implosión en sepias de un son hipodérmico / me vence el mismo horamen en las sienes, un trabalenguas que abre trechos con su cháchara de azúcar morena –la inconclusa banda sonora de una raíz cuadrada– / no recuerdo quién me secuestra / porque antes yo tenía un oficio, ¿pero qué habrá sido de él?

    

      dos [03:17]
                                                                                


¿y qué carajos si la canción camina entre hongos luminosos hasta mi nombre, todo prontuariado? / ¿y qué si despluma a las gaviotas que quiebran la paz de las cantinas? / bajo su sombra una ola avanza a paso rengo –se abraza a los muslos de mis húmedas amantes– engulle la ideología de su queda estridencia / sanciona –con papel de fumar– la sombra de su aliento / no alcanza con que en esa espuma se incendien mis demencias genitales / y un frágil blues es jodida farsa [bisbiseo]: comparte ese cantar de gesta que estrena sus sabores en mi lengua / de una farmacia abarrotada con las púas que gozan ésta, mi carne

tres [04:21]

cuando yo y el dios que me castra juramos no claudicar jamás en nuestras mutuas maldiciones / cuando los hospitales fueron pintados en tonos pastel y luego derruidos en el canal de mi oído medio / cuando la canción cubría mis hombros con una ventosa terrible como la de una rémora que besa a una manta-raya / como pieles de una pieza de caza evocada en cada cópula / la canción supo fotografiar con sus muñones nuestra porcelana líquida: rezumando, como a un niño muerto, la certeza que deja yertas las lenguas y las pone a secar en infinitos cordeles COMO ESTOPA ANTES DEL BESO DE UN TRISTE LINGOTE DE CARNE

         cuatro [05:49]
                                                                                                                                                 
¿POR QUÉ LA FANTASMAGORÍA DE ESTÉRILES CELDAS SE ADHIERE A MI ESCRITURA COMO RANCIAS BELLOTAS DE MAR? / ¿POR QUÉ LA TELEVISIÓN SOLO TIENE LLUVIA RUIDOSA EN LAS VÍSCERAS? / ¿POR QUÉ OBSTINARSE EN CUESTIONAR ESTE TRABALENGUAS? / ¿POR QUÉ EMPECINARSE EN CONSTATAR LO ANCHO / LO ESTRECHO / LO PROFUNDO DEL SOCAVÓN DE ESTA OSCURÍSIMA MINA QUE ES EL LENGUAJE?
cinco [06:24]

aún lastima el bromuro sedando las terminales nerviosas en que claveteaba los nombres de mis amigos –las almendras negras de sus rostros– / NO TE RECONOZCO, LECTOR, aunque argumentas tu frecuencia por estos solares / y algo, en la trastienda, me dicen, mezclados, en la punta de la lengua, amables, los sabores del chancho, humeantes, con puré de papas, algo de infancia utópica / salvajes melodías se me enroscan en el cuello, en las rodillas / y tu necedad las arrincona en un concierto quebradizo / para dejar perpleja –e intacta– tu lujuria / para empezar, desde la nada, en CIUDAD DEL OLVIDO

seis [07:53]
                                                                                              
mundos de helio se atascan entre las ramas del mango: ráfagas de superchería se incrustan en las ojeras de la virgen / y otras, violetas, en las manos de la madre mientras lesionan los correlatos del vértigo [moscas de tungsteno frustran mi juicio] / tu estropicio languidece estas pupilas rengas, guardo la noche que fornicas en el lugar de las palabras desportilladas / IGUAL A UN ÁCARO, SIGO POSADO EN LA ESTRECHÍSIMA HOJA DEL ABEDUL, DONDE PASADO Y PRESENTE SON EL MISMO / allí, donde las hembras insinúan su tortura fresca [los peligros de mirar el fuego] / ¿a quién sirve el volumen de la palabra?: la ciudad dejada atrás, partida en dos [el cuerpo, auditorio de memorias] Y LOS HABITANTES, RECONOCIÉNDOSE ENTRE SÍ POR LAS SÍLABAS QUE DEFORMAN SU LENGUA

siete [20:18]

ésta es la grosera lectura de la palma de mi mano: la agrimensura de los paisajes leídos atestigua mejor el regocijo de los países que carecen de paisaje –EN MI MANO HAY LÍNEAS DE TIZA CON SILUETAS DE LOS AMIGOS QUEBRADOS POR EL SICARIATO– / y en la garúa, retaceada como los tubos de un órgano imposible, se orillan las réplicas de un terremoto difícil de domesticar

la alarma digital del espejo mezcla la magia y el lenguaje, pero mis mitades luchan entre sí por la hegemonía –una voz clausura los números de magia de la televisión– / ahora que la magenta espuma del mar amortaja a los que están debajo / arriba / a los lados / ahora que guardas el oficio sagrado de mis nombres muertos          

ocho [13:55]

                                                                                      
cuando la sombra del pulpo viene de un sauce todo florido de mariposas negras, otra sombra se viene en frente en ondas circulares y me invita a jugar ajedrez / cuando mis huesos levitan su taquigrafía en una casa que es la de la infancia pero también es la de un hosanna petrificado / más allá me asaltan la apertura española, la defensa siciliana:
– ¿cuántas veces el fuego, si este náufrago olvida su oficio de huesos quebradizos? / ¿dará otra vez el paisaje con la mirada, ahora que el mes más cruel ya no lo es / ahora que el año entero es un calendario mafioso y empinado que me despotrica su remolino?
–  nevermore


De Mea Vulagatae (Arequipa, Cascahuesos, 2014)

crónicas 1 – 7


11 si mucho antes de nacer fui mousseaux. si el abuelo cascarrabias se hartó de ordenar para la aduana las letras de su nombre / las de sus costillas / las de su entera fantasmagoría.
[ABUELO: tu rostro borroso como mancha trazada con mi dedo infantil y grasiento sobre esa fotografía de cuerpo sepia y bordes rumiados por el terror]
2   si el paquete accionario del cuerpo –anegado en pentotal sódico– traquetea aquí abajo, como allá arriba los truenos desbocados.
3  será entonces su voz como el océano abisal, que me lleva sin que me dé cuenta hacia lo profundo, hacia el lugar donde no es delicado perder[se].
4  y la luna, como una hostia, entrará por mi boca y barrenará poco a poco mis vísceras hasta la mitad / entre matisses y klimts a medio digerir; iluminará –ariete de pájaros que picotean mi voz– esas autopistas interiores hasta nacer de nuevo, rasmillándo[se].

5 si la primera vez que vi al abuelo cascarrabias fue en una foto de la crónica en la prensa, fue porque las ratas acabaron a dentelladas con la paja seca de la infancia.

2abismo y ceremonia
 …tus refranes me hacían reír
                w. colón / h. lavoe

1zoila me mira desde su tiempo con sus retinas pertinaces. y en cierto punto de su letanía, mi infancia camina desyerbando su respingo.

2  escinde –como un afilado ecuador– las plantaciones de almácigo y avanza entre esos hemisferios que son pastizales a siniestra y diestra, en ondas concéntricas como trigales chamuscados por naves que nadie vio jamás.
3 ahora que esas retinas pertinaces suscitan la oscurana / y las ventajas infinitas de mi caos / y la tempestad de bach en mis oídos.
4  ahora que se despereza la hiedra de menta que ortiga mi sexo y se descuelga como una ordenanza de plata, también pertinaz. ahora –y solo ahora– los prodigios de la química se hacen lugar entre los clorhidratos y los anhídridos.
5  nunca es la misma la reacción de los elementos. perozoila me mira desde su tiempo con sus retinas pertinaces que prolongan su historia más allá del tiempo en que fue madre de mi madre.

13 si añades callejones de música a las galerías que excava el gusano en la fruta enmohecida que es esta carne / si le dieses pasos al juguete que marcha al son de la pulpa muerta / y una voz que rememore / y un reflejo que las aguas se lleven tejido como en un raído tapiz medieval.
2  si el clarín opaco que guardo bajo la axila me obligara a naufragar en el fondo de los espejos, cuando el deseo husmea su propia cloaca y se muerde la cola / si resbalara como una piedra por el ideograma de tus canciones niñas / y solo pudieras amacarme entre tus costillas, como a una promesa recién nacida, zoila.

14 puñados de tierra clausuran la bullaranga de esta mi fogata particular.
2 un espejo entre nosotros crece revistiendo la progresión de la sangre / deteniendo la travesía de los emisarios de la fiebre en mi país.
3  amaría tener posesión de tu nombre / hincarle una pica con su estandarte aún entero, mientras deambula por la pátina del invierno.

4  piaras desbocadas avanzan entre los brazos de la muerte que sigue su curso hasta plegarse una y otra vez, semejante a un ojo encerrado en sí mismo.
5[en la desnudez de la piedra pómez, VARÓN QUE HAS ENGENDRADO, se resuelve el fósil de la pluma]
6ebrio, más ebrio, decías tú, por haber renegado de la embriaguez. curador de la galería que habito, curador ensillado bajo las mismas lámparas que me inocularon la intrusión, la errancia, la tortura de la piedad.     
7  aquí, en las seniles provincias del alba. a la hora de las lápidas agotadas con la extranjería de los pordioseros, aún te nombro. 

15 en el signo del hábito está el cieno que un crepúsculo esquizo expone en su vidriera / y yo me encargo de sus amarras por tu nombre de lianas y perdigones.   
2canción de aurora
[tu país es, por extensión,
el extenuado y terroso nombre de tu madre]
3madre, es holgada la noche y tus vísceras plateadas por la luna son un mapa de andurriales eslabonados entre sí y desplegados hasta convertirse en salmos raídos y discretos.

4  madre, es holgada la noche y hasta los pájaros se alzan de hombros ante mis palabras / éstas que se desvanecen a tus pies igual que las aguas del hudson -que son las mismas aguas del guayas, y las aguas del yangtsé y las del zambeze-.

5 madre, es holgada la noche y, cantando lo que hago y bailando lo que no -al estilo de cummings-, reconozco algo sabio en tus vísceras plateadas por la luna / y admito que nunca había hurgado en ellas como debía / nunca había hurgado en ellas ni en su mapa ardoroso como una colmena en ayunas.

6madre, es holgada la noche / y mientras transpiras halos viscosos – confusión, luminiscencia–, en esta noche, me sitia -sin secreto- tu recuerdo como un tsunami que me abisma y me tumba en riberas de cobre y sacramentos de agua salada y paisajes decapitados que llegan a tatuarse sobre esta ósea canción.
7  aún cuento con los viejos recursos –de algo me sirve el deus ex machina–: aurora está conmigo, siempre.
16 porque germina entre mis humores una goleta en los ojos del color preciso. germina una flota completa en esos ojos terracota oscuro irisado # 3 –yanbal dixit–. son los ojos de andrea. Y en su tono hay más muerte que en la amañada mirada del caimán.
2  trampas en número par, cenotes a los que me dirijo / camino hacia ellos por el puente de borda de la goleta insignia / de la chalupa indigente / de una hoja de mangle que flota sobre el estero.  
17 oscilan las verdades, rebanadas en juliana. y cuelgan de las ramas del sauce llorón. te asomas al alcohol y a las astillas quebradizas de su pathos. te asomas al sonido que hace la arena cuandoolgamaría la recorre.
2 y alojadas esas mañanas claras en nuestras sienes, como navajas radicadas en su mejor tiempo, y haciendo su fuego helado en cada claro y pliegue de tu cuerpo:
                        en éste
                                               en éste

y en éste también.

3  a la tormenta le debo estas pupilas confitadas que siguen un tren cargado de betún repleto desde el cabuz hasta su locomotora. también es de la tormenta laespera, ese género literario en que los oficiantes aguardan para pulir sus desnudas palabras con neurosis interminable. y es del tiempo en que soñarte y verte duplicada en el espasmo de los espejos son la misma cosa.

1crónica postrera del abismo/ elecé

tu mirada, padawan, deja en mi frente un hilo de plata como el llagado rastro del caracol; descarrila, doméstico alcanfor, los vagones y el cuarto de máquinas de este oleaje que danza renqueando piel adentro. se aproxima al proyectar desde sus torreones un axioma que habla de barcos fantasmas y riberas que presienten la pátina en su humedad, como labios –si tu oído prensil captura el canto de la ballena en sus trabajos de apareamiento, los vahos del umbral escriben a fuerza de promesas un magullado cantar de gesta–.
2 a veces, la chamusquina ronda entre pavesas que des/tejen una telaraña fosforescente –con gotas de mercurio que semejan el rocío–. a veces, atragantado con la gorga, o con la voz envuelta en escayola, no logro progresos a la hora de desmadejar estos laberintos –laborioso me resulta impedir la combustión de la yesca–.

3  el abismo te trae el EXPERIMENTO:
[mira a tu hijo recién nacido durante unos instantes / retírale la vista de encima y ahora haz rodar los ojos en el hueco de tu pecho / quítale el número que pensaste: a eso equivale el vacío duro]

4 pero el relato de elecé vuela como una gárgola que custodia los días y las noches / de ruido blanco se trueca en voz anclada con metálicas raíces a mis vísceras, y zarandea las espadañas de mis lagos en una consumada alternancia de luz y oscurana que hace resonar estas opacas palabras de cristal:

larga es la espera, no he terminado de soñar contigo.

19 crónica postrera del abismo/ javiera
porque la culebra que hay en tu sonrisa me hinca los caninos en la nuca desde que tus miedos se confunden con mis miedos / los que se balancean pendiendo de los algarrobos con estrías infinitas que crecen por la noche.
2 porque tú y yo apenas intuimos ese idioma, pero hablamos con sus dolores
3 porque un sol de papel incinera –con la punta de sus hielos– al bosque demacrado, pero aun así los dinteles del espejo me subsumen junto a esos otros relatos de la sangre / porque hay varias versiones de la llama en tus ojos, los que diagraman el plano de una cárcel mística / sencillamente porque  tú / Y sé que te acosa el terror, y te digo: “tranquilidad, te espero en el lenguaje” / “Ya te he alcanzado en el lenguaje”, me dices, “entonces, ¿por qué el terror sigue aquí?”

eclesiastés 1 – 5
1 un ave extinta que vuela sobre mi cabeza extiende su sombra también sobre mis brazos/ también sobre mi pecho/ también sobre mi sexo.

2el viento barre este polen de luz que cubre hectáreas enteras en los feudos de la promesa. 3 mientras sigue estática la coreografía de las acacias, un ave extinta me dice:
EL CONOCIMIENTO GENERA TRISTEZA.

1 2 greta garbo me hizo creer con los malabares de su mirada que un corazón alcanza a saltar como un trapecista sin red dentro del pecho, que arranca aplausos / chispas de pedernal / de himnos escritos al crepúsculo mientras dura su función.

2  el mundo no es el mismo después de una ronda de cervezas / porque el mundo no es el mismo después de la soltura, el grito, la adrenalina / y el mundo tampoco es el mismo después de un verso / debido a que el mundo sencillamente no es el mismo.

3 el ántrax, como un resorte inalcanzable, cubre de hiedra ese corazón y nos damos cuenta de que no hay redes para detener su caída.

4  y la caída subsiste al tatuaje de humo que te luce justo en medio del exilio, y que no intenta morigerar para nada esa campesina juventud que te queda.

1 3 te ofusca el ritmo impuesto por saxofonistas acodados a la vera de tu mirada, entre un espinoso follaje de palabras y aquella pregunta que nos punza con un cuchillo oxidado que descubre que hurgar en tu garganta es mejor que preguntarles a los caracoles:

           ¿ESCRIBIR
                        O
                              VIVIR?
2 y las hojas de tabaco me dicen lo mismo: IDOS MUCHO, PERO MUCHO MÁS ALLÁ DEL CARAJO.

4 las moradas

1  la página. la página en blanco. nadie sabe qué habrá al final, después de que el escriba se incline sobre la página en blanco. nadie sabe si será un lucero o un sauce o el escriba quien destruya la página blanca y la manche con un coro de hormigas que demuestre lealtad ante la garúa.  

2  cuando la palabra se centra en el ojo, se quiebran los espejos y los prismas son un arco - iris perfumado en plena combustión con la voz de la tragedia.

3 cuando la palabra tatúa la fuga del pájaro en el ecuador, se derrumba el altar de la tarde y cae de mi mano [las improntas de la sangre y el fango se mezclan en las mismas lánguidas agujas].

4 cuando la palabra se aloja en la página en blanco, la incendia como a una pradera de paja seca. y allí, entre flamas / bisontes / lívidos pieles rojas y sus manadas de caballos, zigzaguea un tren en cuyo cabuz llora el escriba.

5 viendo con las manos, escuchando con los ojos. y mi sombra, como un dodó herido y jadeante, avanza tambaleándose hasta abrevar en el canto cercano. y de nada me servirá mi sombra paramera si no recupero mis ritmos con nombres nuevos que drenen esta patria de palabras.

6 un coro de hormigas dispuestas con torpeza y que el escriba atraviese como a un túnel. es todo lo que quedará de la página en blanco.

7 en las puertas de la música, la ceremonia invadida. custodiada con armellas, la página en blanco guarda un horizonte que se escinde en b/n.

8  el escriba dice cenizas a nuestro oído. y desnudos, enarbolamos la vigilia desde nuestro único ojo. desnudos, con el rostro oculto por máscaras que tallamos en madera recogida en largas caminatas a lo largo de la playa.

9  en las calles solitarias, el santo edicto del lugar común.

1 5  anulación de las certezas
se va borrando la noción de tus viajes:
2 si escribes, verás borrado lo escrito / si labras una voz, te ligarás a un clímax cadavérico que no se parece a ningún otro. 

3  a que no me matan antes de las cinco.

4 pisando una vereda gótica me pregunto si mi padre o mi abuelo habrán pisado esa misma vereda gótica [los gusanos de temporada traducen mi falsedad y el corredor techado que lleva a mi casa de viento].

5  no tengo clara la noción de la muerte: solo sé que es el lugar donde se agota el estremecimiento.

6  menos mal que desconozco lo que escribo.  

jueves, 20 de julio de 2017

Camila Charry Noriega - Colombia

Foto: Fabricio Estrada


Lección de vida

Un par de moscas
se frotan y copulan contra la luz.

Observamos
                   fascinados
el deseo en todo lo que existe.

Ayer apenas nacían.

En este instante luminoso
cuando arden
y sus alas se deshacen contra el cristal de la ventana
sospechamos la vida.

Hueso suelto

Es el hueso suelto
una palabra sin nombrar
y en su tuétano
habita Dios de ojos turbados.

Su voluntad  es equivalente a la de todo: el deseo.
Y aunque padece las ansias de la carne
más fiero que cualquier mortal,
se retuerce sobre los que aman.

Nada lo conmueve,
quizá la piel brillante
de las jóvenes que tiemblan bajo el temporal
o la incrédula mirada de los que mueren en la guerra,
no los niños, ni los perros
no las madres desgarradas de dolor,
no.

Por eso dicen los que saben:
mejor cantarle a la tiniebla en la montaña
al cardo en el camino
al sol que enciende el hocico de las hienas.

Nada lo complace más
que los hombres hincados
por desear la pulpa abierta,
la víscera rasgada de los otros.

Y cuando todos imploran se hincha;
es el hueso que se llama como él.

Nada hay que más le alegre
que en los templos los hombres
incapaces de humana soledad,

de dolor humano en lo humano.



Lo desaparecido

Ahora que ha bajado la marea
nombramos estos huesos
pulidos por la lengua de la sal.
Son vértebras que el oleaje no sorteó
y brillan sobre la arena calcinada.

Lejos, en el litoral,
la carne flota 
resplandece también,
pero su claridad 
es la de una flor crepuscular
que aprecia del fondo
la certeza de lo desaparecido.


Chengue.

En la radio anuncian que se han tomado el pueblo.
Que hubo explosiones
restos de carne que se estrellaron contra otros cuerpos.
Que todo fue muy rápido.
Que las gallinas dejaron en el aire
sus plumas como un ala de neblina
que no permitió ver con claridad
después de arder con el estallido
cuántos muertos fueron.
Que fue un horror no haberlos visto bien. 
Que deberán regresar en la madrugada para contar los cuerpos
adivinar las formas entre los fragmentos
en pleno domingo,
 sin día de descanso,
sin recibir un pago adicional.

Dijeron, en la radio, que la vida nunca es justa.


Escribo
desde la desgarradura de la tarde
cuando el último pájaro
trina en una rama
mientras lo imagino.



La música esa otra luz

La casa caprichosa se mece,
equilibra su peso con el de la tarde,
ordena a sus muertos
duerme a sus niños
para que vuelva la fortuna.

En el pueblo   
la gente cree ver la imagen de un dios
en las paredes.
Al amanecer se afilan las manos
para desentrañar ese rostro en el abismo que la piedra guarda.

Cada tanto cruzan el umbral los visitantes;
la cabeza descubierta a pesar del polvo
y llegan con su canto
porque la música es otra luz jubilosa
después de tanta espera.

Cada tanto se desprende del cuerpo la palabra;
fractura apenas perceptible
entre lo humano y lo animal
que regresa el orden a las cosas.

Repite que todo pertenece al mismo barro,
que afuera
a la intemperie,
todo convulsiona con la misma intensidad
como la misma resistencia
al hambre, a la espera.



Apariciones
Qué mueran los dioses, pero no ese temblor de las hojas donde nacen.
 Nicolás Gómez Dávila
Como signos los dioses,
su voz sin polvo en las palabras
su voluntad que se vacía y  reverbera sobre la vegetación
después de la lluvia;
su ardor en el corazón de mi perro que palpita;
en el reverso de un derrumbe
que quiebra la razón de lo dispuesto a caer.

Están los dioses en las cosas más sencillas.

En la tenacidad del sol
que incendia la tarde y muere trágico
sobre la carne y en los ojos.

En el cuerpo que se hunde entre la hierba
agitada por el viento que ondula;
en esa limpia ceremonia
que es abrirse el pecho y pasar
lenta la lengua
hasta que ese tentáculo prodigioso
de las entrañas descosa la canción.


La belleza.

De lo bello nos conmueve
su feroz manera de palpar
la herida que es el hombre.

Esa es la belleza;
a la intemperie aceptar de ojos abiertos
la vastedad de lo que llega.
Voluntad ciega que nos eleva fuera de los signos,
que nos iguala al parto de las cosas
llamadas a durar apenas el instante
en que se duelen pero cantan.



Revelación

Éramos tres y  la calle,
pronunciábamos entre el vino
aquello que nos hace humanos:
el amor, la muerte, el tiempo.

De esquina a esquina
como si ese breve espacio fuera el mundo
y la ebriedad un útero oscuro,
nos mirábamos incrédulos
advirtiendo en el otro
la revelación de esa voluntad voraz,
fortuita
que lo mueve todo.

Se intuye el mundo en lo hondo que se esfuma
desde lo que tiembla vertiginoso en la palabra
lenta e incapaz de acercarse a esa vorágine.

Las calles del ebrio
en perpetua fuga
se caminan hacia el fondo y calladas.

Cuando sobrevienen la vigilia
la resaca, el hartazgo,
probamos otra vez
encajar como una vértebra
en el esqueleto del mundo.



Fuego de los días

De espera en espera consumimos nuestra vida.
Epicuro

Por acá todo es casi fuego a diario,
el perro olfatea en la cocina
las cenizas de la luz;
eso es la desaparición
la ausencia de la lengua sobre el pan,
los ojos que desean lo que se hunde
en el misterio del mundo.

Yo no sé si es bueno nombrar,
yo no sé,
pero a veces
cuando amenaza el fuego lo más elemental,
uno se pregunta si de esa manera debe ser todo.

En la cocina
la tetera canta exasperada
y el olor a hierro quemado es el único vestigio
de un agua seca y reseca,
inexistente 
entre el fondo negro de la olla.

Otro día es un cigarro que encuentra entre silbidos
el blanco corazón de la colilla que se ahoga,
allí el fuego es pasado,
certeza limpia.

Así también pasa con el cuerpo
y uno sigue preguntándose
qué lo quemará:
una enfermedad en los pulmones,
un carcinoma,
un balazo, una traición.

Quién sabe qué extraño fuego
acabe esta espera.



Segovia

Los perros también se acercaron
pero el hedor los alejó,
a ellos, que han aprendido a destilar de lo amargo
el amable vapor de la belleza.
El cuerpo ladeado se entregaba  al abismo
suspendido de una rama, sus pies se sacudían bellamente,
la cabeza inclinada hacia los ojos de sus padres
parecía vieja, aguerrida
en ese cuerpo hinchado y extraordinariamente joven.

Abierto el vientre dejaba ver  la sangre seca que retenía
los órganos
como una mueca generosa de la muerte.

Los padres se balanceaban abrazados
tristísimos sobre sus propios pies
bailaban al ritmo del cuerpo que pendía de la rama.



Magdalena.
De una vieja ceiba
Matan el tiempo entre la selva,
Secretos.
Yo guardo secretos, madre,


tres soldados cuelgan un perro.
Como repitiendo los gestos de un espíritu cruel
intentan desprender su cabeza
intentan separarla de su cuerpo.
Por turnos estiran la cadena
que une al perro con el árbol
fuman,
ríen
toman aguardiente
en improvisadas copas hechas de totumo.

se divierten cuando el perro aúlla
y su llanto animal se extiende tremendo
hasta que al fin la cabeza
del cuerpo se separa.
Entonces toman sus fusiles en silencio
y vuelven por la espesa selva
tranquilos
a sus nocturnas rondas.



Secretos.

Yo guardo secretos, madre, que me matan.
Esta fugacidad
es una manera de nombrarlos:
tanto deseo de todo
y la nada ya tan dentro.


Camila Charry Noriega. Bogotá, Colombia, 1979.  Es profesional en Estudios literarios y aspirante a maestra en Estética e Historia del arte. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoyOtros ojos, El sol y la carne  y Arde Babel. Premio de poesía Tomás Vargas Osorio 2016, Premio internacional de poesía Ciro Mendía 2012 y 2015, segundo puesto. Premio Nacional de poesía Casa Silva 2016. Premio Universidad Industrial de Santander, (UIS) segundo lugar, 2016.  Ha participado en diversos encuentros de poesía en Colombia, América y Europa.  Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano, polaco, portugués e italiano.  Trabaja como profesora de Literatura española.