martes, 27 de septiembre de 2016

David Caleb Acevedo, poemas - Puerto Rico

Foto: Fabricio Estrada. Retrato de David Caleb Acevedo.


Cuando se habla de que el poeta o la poeta son los receptores de la sensibilidad de una época ¿de qué se está hablando, realmente? ¿de política? ¿de moral o ética espiritual? ¿Qué es sensibilidad en la poesía? Hay un canon que circula con mucha fanfarria y actos protocolarios, un corsette bien amarrado que ensalza las buenas formas y que ha hecho, en deformidad continua, que esto confunda las genuinas formas de la poesía, es decir, su estructura detonante. La sensibilidad del poeta es una hiedra venenosa, un calamar sideral que va palpando cada rincón -a tono con el hentai- y que no admite discursos de contención . Que se decida lo que se escribirá de la época es, creo yo, el punto dorado de la expresión liberadora en la poesía. 

Hay un nuevo lenguaje más allá del binario y David Caleb Acevedo ha venido trasvasándolo desde cada expresión literaria que ha abordado. Su lenguaje tiene conectada  toda expresión híbrida que ha podido dar esta cultura porn-zapping, que en el fondo, ha llevado a cabo una castración sistemática de todo tipo de afecto sensorial, es decir, la abolición del idioma más claro del cuerpo, su sexualidad elegida. Catulo, Petronio, Sade, los robots amatorios en Inteligencia Artificial, las grandes sagas del gore, los inquietantes video clips del rock gótico, todas esas cosas que se ven a oscuras y por millones en esta generación snuff -no snob, ojo-, se entrelazan en su más que decidida empresa de tocarle los bemoles a una época auténticamente queer. La historia, que de día es correcta, la niña, pero de noche, es otra historia. Y para llegar a la noche no hace faltan las horas. Todo eso lo ha demostrado el atorrante e ingrávido occidente, civilización ablatoria y ambigua. 

Que mejor lo diga Caleb, antes de que usted pase o huya aprisa -como mejor pueda- de esta casa de bujos suicidas (Rogert Rabbit ya hizo zoofilia a la inversa ¿no es así?): 

La clandestinidad es necesaria para la propagación de lo falso.
Y aunque tengo secretos
no quiero llevármelos a la tumba. 



Sueño de Okinawa
(de Sueño de Okinawa, inédito)
a Pablo Arroyo-León

Pensar el amor
es jugar con críptidos
y otras criaturas que se esconden en la noche.
El amor entre dos hombres no se piensa
se negocia en campos amarillos llenos de trigo.
¿Cómo pensar en el punto de fuga
que borra las líneas
entre amigo, hermano
amante, hijo y amor de mi vida?
¿Cómo borrarte,
si todavía te debo un sueño de Madrid?
Entonces, pensar el amor
se vuelve una mera necesidad de recuerdos
como burbujas de jabón,
resbaladizos,
flotantes,
fáciles de romper,
y por ello, me aferro a Blindness,
The Secret Life of Bees
y The Curious Case of Benjamin Button,
y sobre todo, a vampiros cuyas pieles
brillan en la luz del sol.
A lo mejor el cine
pueda salvar algo de esta unión
que ha pausado con la necesidad del tiempo.
Amar no debería provocar tanto dolor
como la penetración de un ano virgen y velludo
o por lo menos, virginizado por el tiempo,
la sangre o la falta de uso.
Pero todo se ve bien sobre papel,
y en teoría,
hasta los hombres de hojalata somos humanos
y las mariposas viven para siempre.
La pregunta ―creo―
tiene que ver con el tiempo.
¿Cuánto puede aguantar mi piel sin la tuya?
No lo sé.
A esta historia le cabe tinta.

Y solo sé que me debes un sueño de Okinawa.



Poema cursi de pura alegría
(de Pie forzado, inédito)

Hoy, decirte que somos átomos
materia oscura
que de alguna forma se hizo luz
en este planeta tan azul y verde
decirte que somos tiempos
circulares, de arena, con manecillas y horas
segundos que se escapan
minutos que escapan menos pero igual
decirte, hoy, que somos la oportunidad de la raza
que podríamos cambiar el mundo
cada mes
y presentar nuevos paradigmas dos veces por semana
porque así de buenos podríamos ser
que podríamos acabar con el conflicto en Gaza,
con el hambre en África
o el analfabetismo funcional en Puerto Rico.
Que podríamos ser más de lo que somos.

Hoy, decirte que nadamos en sueños
que juntos escribimos la Gran Novela Occido-Oriental
que somos partícipes de esta cosa que,
ingenuos e ingenuas—lo confieso—
llamamos “destino”
que entramos y salimos del colectivo mental
porque así de buenos podríamos ser
decirte, hoy, que te quiero
Eso, así mismo, que te quiero, maldita sea,
te quiero
te quiero, mundo
te quiero, amiga, amigo, hermano,
desconocida,
te quiero otra, otro, ungido, desprivilegiada,
te quiero, puñeta, te quiero,
eso, decirte te quiero, mundo, vamos a querernos hasta explotar
hasta que no existan átomos de tan juntos que estemos
porque, puñeta, ¡así de buenos podríamos ser!

Hoy, decirte que estoy dispuesto
a dar la primera línea de este gran poema
sígueme, por favor, solo porque te quiero.
Sígueme, escribe conmigo, aquí:
____________________________________,
ahora: _________________________________________,
escribe conmigo lo que sea, lo que salga de la abundancia de tu corazón:
__________________________.
Vamos, sin miedo. Te quiero. Te amo.
Escribe conmigo. Sin miedo:
________________________________________
________________________________________
________________________________________



Coitus interruptus
(de Nirvāņa, inédito)

“No estabas en el plan. Nunca lo estuviste”
dice mi padre alguna vez.
“Tu madre y yo tratamos de evitarte, de hecho,
y quise pagarle un aborto. Lo peor de todo
es que a menudo no me arrepiento de pensarlo.”
Entonces, mi mente divaga sobre las formas
de un contagio con sida, inyección de burbujas de oxígeno
mientras duerme,
o matarle el perro, el perro de mi padre, mi padre el perro
o moler vidrio y echárselo en la avena,
el perro de mi padre, mi padre el perro
esta noche mi mujer me pedirá un hijo.
Querrá que la clave en misionero.
La única posición que le gusta desde que se metió al evangelio.
Ya me dijo que esa será su única excusa para el sexo
salvo, claro, mi día de cumpleaños y quizás en Navidades.
Me desconecto.
Cambio de canal. Se la meto. Pienso en las nalgas de Jaime.
O en la crica de Beatriz. O en el culito de Carlos.
O en las tetas y pinga de Jazheera LaFontaine.
Y cuando estoy a punto de venirme,
me retiro.
Así será de ahora en adelante.


La Vorpal
(de La honra del Jabberwock, inédito)

Sé lo que eres,
¿eres La Alicia?
Los changos han llegado con su profecía.
Cheshire te llevará por la puerta ancha
por el camino angosto hacia el claro del bosque seco,
en donde encontrarás la espada Vorpal.
Le cortarás la cabeza al Gran Dragón, Jabberwocky original
y desaparecerás con el Gato Que Se Disipa
para volver a tu tierra natal, Srta. Lidell
y que un profano escritor
te suba las faldas
y toque tus entrañas—aun cerradas—
y tome fotos tuyas desnuda
cuando aún tus pechos son picadas de mosquito
y tu vulva lisa, eterno capullo verde de flor
que no acaba de ver verano.
Entonces, con el dedo perverso
llegan la pócima de hongos,
la madriguera

y la caída.



La profundidad
(de Niños malcriados, inédito)

Durante el invierno, íbamos al Lago Chester
al norte,
y patinábamos sobre el agua en estado sólido
y Janine, que en ese tiempo era mi novia,
comenzó a trazar círculos salvajes
planeta de su propio eje
y terminó en una fanfarria de gestos
de patinadora profesional.
Y el hielo cedió.

Cuando me di cuenta,
Janine se había salvado por una micronésima de segundo.
Hasta que la empujé.
Solo por saber cómo se ve un rostro ahogado
azul
que extiende sus manos hacia ti
por una salvación que se ve más interesante desde la profundidad.



Edipo Elektra
(de Niños malcriados, inédito)

El verano trae sus 100 grados
pero ese día, por la humedad,
el índice de calor es de 105.
Papá se quita los pantalones y los calzoncillos.
Mamá le grita que estamos presentes.
Él se queja del calor.
Y mamá lo deja porque sabe que el calor es, en sí misma, una bestia.

Los huevos de papá flotan en el aire
cuelgan como bolas de ver el futuro
grandes huevos de avestruz
que se hacen más grandes a medida juegan a subir y bajar.
Papá se queda dormido viendo
episodios repetidos de Falcon Crest.
Mis hermanas se acuestan a dormir y mi mamá también.
Es verano, y nadie me obliga a dormir temprano
porque el calor es excusa para todo,
hasta para besarle las bolas a Papá,
y ver cómo suben y bajan en mi boca.


ii. ateísmo
(de Absolución, inédito)

si por ateísmo se entiende contradicción
entonces abrazo la ambigüedad
del sol en un día lluvioso.
será que los torpes somos bicéfalos
arrancando nuestras uñas
y vertiendo alcohol y vinagre
en las heridas.
yo quiero ser bailarina
da igual lo amorfo de la música
lo brusco de cada nota plegada en un acorde de arpa,
igual los pensamientos son ruido.
y no hay instrumento dulce que aplaque mi sed de silencio.
será que desaparezco.
¿Cómo vivir sin dios? ¿Sin música?
sencillo.
con manos, gestos y lenguaje de señas.





Locus amoenus
(Fórmula: A+B2 / ; A= “Yes, Anastasia”, de Tori Amos; B= “Somewhere Only We Know”, de Keane; c = A Rush of Blood to the Head”, de Coldplay)
(de Magna Carta, inédito)

No llores por la ausencia de las picazas
porque tu madre es hermosa y se extingue
niño hombre,
y tan fuerte como cedro minúsculo de 4’5”, se hace humo de viento.
No llores por el lugar nuestro
porque los dioses y sus profecías del 12-12-12
no tienen efecto alguno en este lugar tan ameno.
Ve a los rubios círculos que dejan halos en el cielo.
A veces sirve mirar directo al sol
para ver las manchas verdes que se nos escapan en el mundo.
Veamos cuán valientes seremos
si volteamos al mundo las otras mejillas que nos faltan,
niño hombre,
te espero sentado en nuestro parque escondido,
para rociarme con gasolina, pegarme fuego
y abrazarte para hacernos átomos acelerados hasta el olvido
porque este amor es una guerra sin sentido en Crimea
producto de la sangre que se nos estanca en la cabeza.
Quiero este jardín secreto para que ardamos en brasas y hogueras voluntarias
niño hombre, sólo por ver cómo nos consume el napalm
sólo por sentirnos emprender el viaje de sólido a gas.
Así que, no llores la ausencia de las picazas,
porque sólo sapiencia de pájaros negros y blancos
la sabiduría de morir en amor
mirando directo al sol.







Arcoíris
(de Las niñas perdidas del cielo, inédito)

El tiempo es un ave de sueños en el dominio de los deseos
vuela como decir libertad franca
aunque la libertad sea estirar las cadenas
en un espacio ilimitado
como vivir para siempre
sin que Láquesis se dé cuenta:
un viaje en globo alrededor del mundo
y morir en el aire.
El tiempo mismo
es donde me llevan los límites de mi pensamiento
porque la literatura es arcoíris
como promesa de Dios
de nunca más destruir el mundo
con un diluvio.
Yo nací para el tiempo
para los años que se van como segundos
y las horas que parecen eternas,
yo he venido al tiempo
para dar mi tinta en segundos
para que no sufran las partículas de los siete colores
y para que la paleta no desaparezca.
Porque al final del índigo
siempre hay un duende que apunta con su dedo
al portal donde el oro vuelve al plomo
y la tierra se hace verde.



ii.
(de La deuda del pirómano, inédito)

extraño la piscina de la casa Rullán
cuando los tamarindos caían podridos
de su árbol pleno de gasolina
cuando el hermano mayor decidió
que sería buena idea
jugar a pirómano.
las bellotas caían y el agua se podría
marrón,
y nos bañábamos de todas formas
tratando nunca de beber jugo de tamarindo
mientras el hermano mayor
me miraba con ojos lascivos
y entrepierna mojada
por tanto jugo, tanta gasolina y agua.
hoy quiero ser pirómano de mi propio cuerpo
sicario de los templos anticuados
e iglesias inservibles
tengo un niño adentro
que chupa tamarindos
y derrama su agua podrida en mi sangre.
el hermano mayor lo sabe
y solo observa
tocándose la entrepierna mojada.
me deja podrir
pero yo decido
que ―en casos como éste―
más mérito tiene el fuego
que la herrumbre y el metal oxidado.



Andrómeda
(de Andrómeda/Bionomicón, inédito)

Me haces falta como decir
Andrómeda alejándose cada año un milímetro más.
Mi amor es un disco de estrellas
descubierto por Edwin Hubble en 1924
gigante con dos brazos espirales prominentes
y un girar de más de mil años.
Así te amo:
lentamente,
como la sabiduría extraterrestre
que suena en mi cabeza
a través de franjas oscuras de polvo y gas
y muerte en el vacío
que es lo mismo que congelarse azul en el olvido.
Mi amor es Andrómeda
cuyo brillo no depende de una sola estrella
ni depende su canción
de extraterrestres verdes
ni de hombres enamorados que escriben poemas
a la velocidad de la luz.



de Tres iniciados
(de El palacio de la memoria, inédito. Fragmento)

...El RITMO es una falacia.
No todo el mundo sabe bailar. Yo mismo sufro de pies izquierdos.
No fluye el pantano, las arenas movedizas. No fluye la tierra, o el fuego.
No fluyen las ideas ―a veces―, sobre todo en la política.
Y el agua solo fluye cuando no es hielo.

Hay algo de relatividad en la ley de CAUSA y EFECTO.
Hay cosas que suceden simplemente porque sí.
Preguntémosle a Amelia Earhart,
a las víctimas de Aurora, Colorado,
a los que mueren sin aparente causa.

Concedo el principio de GÉNERO, sobre todo en español.
Todas las palabras en este idioma tienen pene o vagina.
Y hay algunas que en su poesía se vuelven transexuales,
como el agua y las aguas.
La clandestinidad es necesaria para la propagación de lo falso.
Y aunque tengo secretos
no quiero llevármelos a la tumba. 




David Caleb Acevedo
San Juan, Puerto Rico, 1980.
Egresado de la Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras. Ha publicado en revistas tales como Pastiche, Tonguas, Poui, The Caribbean Writer, Contornos, y L’Antesala. Asimismo, su trabajo ha sido publicado en las antologías Nueva Poesía Hispanoamericana, editada por Leo Zelada, Los otros cuerpos, editada por Moisés Agosto-Rosario, Luiz Negrón y el mismo David Caleb Acevedo, Cuentos de oficio, edi tada por Mayra Santos Febres, Open Mic/ Micrófono abierto (Hostos Review #2), editada por Mayra Santos Febres, Los rostros de la hidra, editada por Julio César Pol, From Macho to Mariposa, editada por Charlie Vázquez y Charles Rice-González y Ó: An- tología del Colectivo Literario Homoerótica.
Ha publicado los poemarios Bestiario en nomenclatura binomial (Editorial Aventis, 2009) y Empírea: saga de la nueva ciudad (Erizo Editorial, 2012).
Entre sus novelas se encuentran Historias para pasar el fin del mundo (2015), ðēsôngbərd (ganadora del primer lugar el el Premio Nacional de Literatura del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2014) El Oneronauta (2014), Diario de una puta humilde (2012), Empírea o saga de la nueva ciudad (2011), Bestiario en nomenclatura binominal (2009)






lunes, 26 de septiembre de 2016

Tutankamón, su descubrimiento a colores

Como debe ser, una cosa conduce a la otra. Luego de ver de nuevo el viejo documental sobre el hallazgo de la tumba de Tutankamón, fui en busca de fotos nuevas que rehagan esa mirada que debió tener el sufrido y sanguíneo Howard Carter. Lo que me encontré es realmente bello, una reconstrucción del color de ese momento desde los negativos originales:




El árbol hace casa al soñador -Albany Flores Garca, Honduras

Albany Flores Garca. Foto: Fabricio Estrada.


Ahora que leo estos generosos textos -generosos por lo mucho que me han dado de serenidad y pavor-, veo sentado a Albany en una banca de la peatonal de Tegucigalpa. Habla con Alberto Lastra, el poeta de los abandonos luminosos. Todo el optimismo vuelve a mí al ver esa postal donde dos habitantes de la palabra reconstruyen digna la ciudad que se desmorona -sin metáfora- una y otra vez a su alrededor. Ahora que los veo, sé de lo que hablaban cada vez que yo los miraba de lejos, moviendo las manos con lenta seguridad, …breve celeridad la del instante. La del momento exacto en que el desorientado llega a un sitio parecido al de los sueños… y no puedo evitar el pavor al pensar en un tiempo que se empeña en desaparecer el diálogo, la reflexión, la palabra. Me acerco a esa luz de corvas raíces que va extendiendo su ramaje y, absorto, comprendo a un Albany que va y entra sutil en cada espacio que encuentra y que hace suyo en franca actitud de árbol.

Nadie está listo para la honestidad, expresa un verso de este bello libro que Albany Flores Garca ha sembrado con memoria y fonemas. Su vocación por la historia le ha inculcado el desapego por los presentes urgidos al cambio y lo contempla todo con calma, como un sosegado y circunspecto pino sobre terreno rocoso, así de firme, así de asentado en la poesía.




Este libro fue un árbol. Los inmóviles muebles donde se hospedan mis libros también lo son sin saberlo. Me lo recuerdan cada día las páginas en blanco que he tirado sin pudor, sin sosiego y sin llanto. Mi vida entera es un árbol; el cigarrillo que quemo con un fósforo incendiado, el techo y las puertas de mi casa; la ventana que observo desde un cuarto piso, la hoja que se aferra a la rama del San Juan, el pájaro que anida entre mis manos; y la mesa donde escribo estos versos de madera. Este poema será un libro que fue hecho de un árbol, cada palabra dicha es una hoja perdida que cayó para siempre.


A: E. Dickinson.

Nuestros pájaros nos dejarán de nuevo, volarán para siempre. Cerca de la tibia casa que habitamos, se dirá que son pájaros nuestros que volaron del nido. Nuestros pájaros se irán, no volverán jamás, y si vuelven, ya no serán los tordos que te gustaban tanto, ni los faisanes que amaste; serán pájaros negros perdidos en tus ojos. Entonces cambiaremos el verde por el blanco, el amarillo por el blanco, el negro por el blanco, con pájaros blancos como tu blanca elección. Lo dejaremos todo por el blanco, incluso los pájaros tordos que siempre esperarás. Y así nos quedaremos solos, sin la blanca elección de nuestros ojos, y sin los pájaros tordos; que ya no volverán más a tu casa.

II

Todos mis poemas le nacieron al papel. A la noche que llueve en la quietud de la tarde, a la lluvia de casa que hace correr los días, y a los días de lluvia. Todas las palabras fueron mías una vez, fueron también del silencio; de la limpia mañana que olvidé en una puerta que hace tiempo no toco. Mis poemas me cuidan porque yo vivo en ellos, me pellizcan cuando hablo y digo demasiado; me protegen del tiempo que hace cuando es marzo, cuando es abril y mayo y hay poca primavera. Mis poemas me saben.

XI

De aquella chica triste… ya no recuerdo nada. Nicanor Parra La vi una vez, nada más. Fue casi sin pensarlo, pero sucedió. A ambos nos gustaba Charly Parker, hacíamos promesas, y hablábamos del mar. Después, ella y yo fuimos amantes. Retengo su recuerdo solamente en la memoria; ella se fue hace mucho, yo, regresé a mi hogar. Jamás volví a buscarla, aunque la extraño, y si la amé, no lo recuerdo todavía.

XVII

En la costa más lejana descubrimos un sueño, noche tras noche, día tras día. Lo sabíamos bien, pero no lo decíamos porque también sabíamos que nadie está listo para la honestidad, y que es más fácil perderse que encontrarse. Pero vivíamos solos en el calor de una isla que ya en otro tiempo nos pareció un simple sueño. Otras tempestades nos trajeron las barcas de aquel último invierno; la última noche que esperamos juntos en la orilla de un mar que nos colmó de distancia y nos llevó hasta otro sitio. Pero había que volver. Quizá no para conversar sobre el precipitado vuelo de los Albatros, pero sí para soñar durante días enteros, durante noches enteras; como si fuésemos capaces de subir a la balsa donde creímos vivir por un tiempo, donde creímos estar; donde nos aferramos al sol de nuestros días, por la palpable certeza de no vivir, como ahora, para toda la vida.


XVIII

Al rumor de la lluvia las mariposas se marchan, los pescadores se cubren de los soles del día. Los provincianos se alejan en los días de marzo, los alacranes se aferran al calor de los techos en las casas de zinc, y las cigarras se acercan a las ciudades de las tierras sombrías. El mediodía es fuerte. El verano inesperado portador de nuevas nos sorprende en silencio; nada se mueve sin que venga la tarde.


Dentro y fuera de los calores del istmo, las islas aledañas mueven todo lo circundante, todo ritmo y esencia de las aproximaciones del hombre al interior del verano. Todo se mueve sin sustancia, sin la mágica oleada del mar cuando se asusta. Fuera el viento despeja los amarillos caminos, el istmo se extiende sobre la frágil cintura de los continentes, sobre los mares de mis amaneceres en los puertos.



Lejos de este mar no está la casa; la casa es vieja y fría y no despierta sombras más que en sus saudades. Veo la aproximación de las proximidades del istmo aparecer de golpe, y la amarga desesperanza de este mar de mi vida. El istmo se rompe en la soledad de su espíritu, hace ruido de silencios que nos hablan de siglos, de mares imborrables, de tiempos sin edades alrededor del mundo, y mágicas criaturas que hacen señal al centinela. El istmo nos cuenta la habitación ciega del hombre, sesenta millones de años congelados en la nada. El istmo son los siglos que emergen de latitudes, de las profundidades, de incontables peligros y marítimas batallas.



A: C. McCullers.

¿Quién te ha visto alguna vez vistiendo el día con una serpiente que parece una flor? Cerca de cada acto imposible, el mar se abraza a La Tierra en señal de desesperación. La misteriosa causa del amor se hace sombra; como en los años de baile y de fiesta, al son de las viejas canciones de Hank Williams; como en las estaciones de frío en los años de nostalgia, al lado siempre de aquellos poemas susurrados de Flannery O´Connor que hablaban del sur. Tu corazón era ese cazador solitario que habitaba la noche bajo un par de ojos verdes y tistes, un cutis perfecto demasiado blanco, un flequillo disperso ondeando a veces la frente, un corto cigarrillo soportado en la mano —tirada sobre la cabeza—, una camisa clara plegada a una fotografía, unos inquietos párpados azulados de frío, 24 y una mirada inerte pidiendo a gritos un árbol. Yo dejaré cada palabra junto a ti, y enterraré tu corazón junto a la noche.



Llamadas telefónicas a Roberto Bolaño. (Omaggio)

Sobre el auricular, las banderas se encogen sobre mástiles. Tu vestido y tus actos me recuerdan a ellas; aquellas banderas que sabías y eran todo tu traje. El teléfono resuena en tus oídos casi todos los días en las vecindades, en las tristes callecillas azules de tus viejos países, de tus nuevos países. Y hay algo en tu voz que no suena, que no dice nada de estas mañanas terribles. Entonces te recordaba como en los años mejores de la adolescencia; con los grandes espejos en la mitad del rostro, y el cabello revuelto de revolución. Te recordaba mal vestido, y enfermo, pero vivo. Andabas sucio de tiempo entre las multitudes, solo y aislado de la patria y de casa. Te veo lejos ahora, inventando para todos, otra patria, y una propia bandera.



XVII

En la costa más lejana descubrimos un sueño, noche tras noche, día tras día. Lo sabíamos bien, pero no lo decíamos porque también sabíamos que nadie está listo para la honestidad, y que es más fácil perderse que encontrarse. Pero vivíamos solos en el calor de una isla que ya en otro tiempo nos pareció un simple sueño. Otras tempestades nos trajeron las barcas de aquel último invierno; la última noche que esperamos juntos en la orilla de un mar que nos colmó de distancia y nos llevó hasta otro sitio. Pero había que volver. Quizá no para conversar sobre el precipitado vuelo de los Albatros, pero sí para soñar durante días enteros, durante noches enteras; como si fuésemos capaces de subir a la balsa donde creímos vivir por un tiempo, donde creímos estar; donde nos aferramos al sol de nuestros días, por la palpable certeza de no vivir, como ahora, para toda la vida.



XXI

Alguien te llamaba desde los vitrales. No escuché su voz. Los aledaños caminos te rodeaban desde los andenes, en los meses en que el frío despierta y hace ronda en las casas. La puerta no te reconocía y se cerraba. Todos te recordábamos como cuando llegaste a la casa que te esperaba entreabierta, decorada de pájaros; como cuando grabaste tu nombre con un trozo de crayón en las paredes familiares, y escribiste en la página de una libreta de apuntes, aquel poema de Retamar que olvidaste; que revivió en nuestras flores cuando llovió en nuestro patio. Y habías cambiado, era cierto. Pero en las tardes de octubre en que llueve, nuestras hojas, nuestro patio y nuestras flores, te lloverán un día en los ojos; y en el recuerdo amable de la casa tibia donde nos queríamos.


XXII

La casa se rompe en pedazos. La certeza de no volver a estar desesperado en el viejo balcón del tercer piso, esperando llegar hasta la puerta cerrada, de aquella casa lejana que se ha quedado más fría. Una mano que no estará más sobre el solo llamador de esa puerta, esperando impaciente que mi mano la auxilie y la salve, del tiempo interminable en los días difíciles. La casa sombría se va quedando cada vez más sola; como si no existiera en el mundo más presencia de lo que no está, más soledad de lo que se ha vuelto presencia. En la casa deshabitada las habitaciones insisten en que no hay nada más qué decir, excepto un mar de distancias que se mece en silencio, bajo el rostro ojeroso y descascarado de una casa que llora en silencio, a oscuras.



Albany Flores Garca, Honduras, 1989. Ha sido actor en la compañía teatral “La Mandrágora” y proyectos teatrales independientes. Ha escrito y colaborado para revistas y periódicos de su país, es editor en máladive editores, y ha publicado el libro Geografía de la Ausencia.

Ha cursado estudios de Historia de la UNAH. Es narrador, ensayista y poeta.

El reciente 10 de octubre de 2014  presento su más reciente hijo literario, al que tituló; "La Muerte Prodigiosa".

Actualmente dirige como editor, la revista cultural El zángano tuerto.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El hombre que oscila

Foto: El hombre que cae, Richard Drew.


Un ser humano puede caer desde cualquier altura. El impacto es igual. La fotografía de Richard Drew es solo la metáfora de tantas caídas. Cae un hombre en vertical desde una altura de más de ochenta pisos y cae un hombre desde sus propias rodillas débiles. Desde un vértigo que lleva muy adentro y que lo hace oscilar en la fila de caja de un híper supermercado.

Lo vi que caía, iba en el aire. Nadie parecía percibirlo, ni la señora que esperaba tras él con la carretilla llena de bebidas carbonatadas y repletas de azúcar. Oscilaba de una manera que parecía estar sostenido por las axilas, doblaba sus rodillas y se recuperaba en el instante mismo que todo anunciaba el estrépito. Las fotografías de los jumpers del 9-11 fueron censuradas y apenas sobreviven unas cuantas en las páginas más morbosas. Es cosa de formas. Un día la gravedad triplicará su fuerza y caer desde nuestras rodillas será algo comparado a un suicidio.

Algo he notado en Puerto Rico que dice mucho del respeto o de la incertidumbre. En más de una ocasión he hecho fila junto a indigentes que han logrado recolectar el suficiente dinero para ir por una sopa instantánea u otras vituallas. Ningún guardia los ha sacado, las cajeras los han atendido de manera normal, un tanto impacientes, quizá. Esto en Honduras sería imposible. Ni siquiera dejarían que un indigente pusiera un pie en el umbral de los supermercados y, no digamos, encontrarnos a una muchacha de la calle revisando góndola por góndola en busca de un alimento de lo más barato. Jamás. He sido testigo de esas expulsiones y me he imaginado a los guardias con alas oscuras, dando empellones a los adanes y evas más humillados. Pero aquí hacen fila, compran y se van despaciosos en busca de sombra o alguien que les preste un microondas, piedad que casi siempre encuentran.
Foto: Momentum, serie. Fabricio Estrada.


Hay niveles de mendicidad. En los últimos años, se han filtrado hechos pavorosos en las tiendas de servicio de telefonía celular en Honduras. Guardias golpeando a mujeres mayores o amenazando pistola en mano a jóvenes que reclaman una factura exorbitante. Por lo general, un comunicado de disculpas bien escrito por el copy de turno resuelve el problema, claro, con una inversión mínima de un comercial institucional donde aparecen guardias tele tubies con el rostro iluminado por el amanecer tropical, sonrientes, avanzando hacia la cámara junto a una secretaria, una ejecutiva y un niño en silla de ruedas. Logo y nuevo eslogan: estamos con vos y cambiamos cada día. fade in pantalla blanca.

Los gobiernos en boga durante los últimos años lo resuelven de manera pragmática. Factura de energía eléctrica descomunal y batallones militares inundando las calles. Causa y efecto primordial. Las filas de reclamos son fugaces y ahí sí, todos somos indigentes correctos, la fila puede admitir a ocho millones de sonámbulos y tristes, clínicamente deprimidos y con la ropa de segunda bien planchada. No hay nada qué hacer, es la respuesta en ventanilla, es el ajuste. El ajuste en todo: en las filas para matricular a los hijos o hijas, en las filas del taxi colectivo, en las filas del día Church's Chicken, en las taquillas de los estadios, en las filas de la bolsa solidaria, ocho millones oscilando con la falta de buena nutrición delatando en el rostro, con el aura de aquel que tuvo empleo digno y ahora se fue a pique, enfermos sin acceso a seguro social, diabéticos desterrados de la insulina institucionalizada, enfermos renales que ya no pueden ocultar el color papiro en su piel... todos oscilando en la fila para la cita en los hospitales públicos que les dará una receta altísima a ser comprada en la cadena de farmacias mafiosas.

El hombre oscilaba y yo me le acerqué a preguntarle qué necesitaba, que no estaba bien. Con la boca reseca y las pupilas dilatadas me dijo que necesitaba un Ice Tea, que para eso había entrado y hacía fila, que se le había bajado la presión. La señora que estaba adelante se unió a la ayuda y le compró la bebida. Su recuperación fue paulatina y efectiva, al salir me dijo adiós con su mano, todavía triste. También logré ver a los ojos de la señora que ayudó. Nos sonreímos pero en el fondo sabíamos que no era suficiente, que cada día más son miles los que no entran a los planes médicos y deambulan en los umbrales del desahucio social.

Richard Drew debería tomar fotos al pie de las cajas en los súper o las estaciones del tren. Corregir objetivo. Setear con mayor precisión la velocidad del obturador.

O quizá ir a Honduras, a ver la caída masiva desde los rascacielos invisibles.
Foto: Fabricio Estrada.


F.E.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Cindy Jiménez-Vera (Puerto Rico) - Poemas de su libro Tegucigalpa.

Foto: Fabricio Estrada.



He recorrido con Cindy tres museos, atravesado la bahía de San Juan en ferry hacia Cataño y de ahí, junto a Linda Rosa -divertidísima por igual- comprado el boleto a toda prisa, dar la vuelta en u y regresar al Viejo San Juan. Hemos estado largas horas frente al mar, reído junto a Iris y Víctor (como se dice aquí, el corillo, pues). Hemos visto la inauguración de los juegos olímpicos de Río, en fin, con la manivela en mano le hemos dado vuelta al caleidoscopio y en todos esos momentos le he hecho la pregunta del por qué tituló a su poemario Tegucigalpa. La respuesta es  simple: por la misma razón que publicó otro poemario llamado Islandia.

Es otro estridentismo que, para el punto de donde partía mi pregunta, pone en vanguardia las resonancias que pueden traernos toponimios tan extraviados. No importa Tegucigalpa, importa lo que pueda sugerirnos el no-lugar. En la poesía, pensándolo bien, una ciudad no tiene por qué tener exégeta alguno porque, precisamente, al nombrar cualquier ciudad con poesía ésta deja de ser concreta, se vuelve alarde de la imaginación, misterio instantáneo que sirve no más para intentar la sensación de un lugar que habita el absurdo. De igual manera actúan las formas poéticas actualmente: sin concesiones ni bordes fronterizos. Lo que era poesía, sigue siéndolo sin tutú y, lo que es prosa, es solo imaginación de la poesía.

Yo vengo de ese intento de creer habitar una ciudad y darle significado, así que logro entenderla a la perfección y creo que es la mejor descripción de Tegucigalpa que he leído, aunque ésto, a Cindy, la tome desprevenida. Les dejo entonces con la mejor guía que pueden conocer para entrar a esa sensación extraviada que siempre he llamado Tegucigalpa. 


El capital


Compra un par de zapatos de payaso en una tienda de artículos de segunda mano. Al día siguiente los pone en venta por el doble del precio que había pagado. Tanto ego no era para mí. Igual hay que pagar las cuentas.



La mujer de Tommaso Landolfi


--Traduciré a Gogol,-- le dijo a su mujer, Tegucigalpa.

Suena un portazo.

Landolfi lleva tres días encerrado en su estudio en Roma. Los vecinos alarmados al no ver salir de su casa al huraño escritor y, ante la ausencia del olor del pan que su mujer hornea en las tardes, advierten a la policía del suceso.

Dos carabinieri confirman, frente a las incrédulas luces de las cámaras de los paparazzi, que Landolfi yace desinflado en el suelo justo detrás de su escritorio. Una tachuela incrustada en su glúteo izquierdo es prueba infalible del asesinato. Tegucigalpa ha huido con todos sus materiales inflables.


Nunca superará el suicidio de su mejor obra.



Ulises

--Te llamo el lunes cuando regrese.

En la mañana del lunes suena el teléfono. Número desconocido. No contesta llamadas provenientes de personas no identificadas. Una segunda llamada se registra. Número desconocido. Ella ruega que su viaje a Ítaca sea largo. El de él.



Lucky Strike

Mientras mata cucarachas en el baño de un apartamento que nunca será propio, se da cuenta que menstrua. Al entrar en la ducha una gota de sangre mancha un billete de loto en el piso, cerca del zafacón.

--Que ya esté en veinticuatro millones es señal que no me la he ganado.



Arroz con frijoles, plátano y huevos


En aquel país centroamericano, un casamiento es un desayuno. Así, los que aún amanecen con hambre, empiezan el día con un almuerzo. Ha sido el método más eficaz; abolir dos tradiciones al mismo tiempo.



Asesinato en 
primera persona singular



El sicario entra a la pulpería de Israel Díaz. Le dispara cuatro veces en la cabeza. Se apodera de algunas bolsas de tajaditas de plátano con limón exprimido. Picositas.

Si piensas que esto es un crimen, no seas hipócrita. Tú hubieses matado por yuquitas. Sin pique, por eso de las hemorroides.

Tendré que frecuentar otra pulpería. Sin di-minutivos.



Soy la hija del mago* 

que es sordo
(des)tapo oídos con monedas
de veinticinco centavos
a carpa llena
feos

                                                    religiosos
           pobres


         diabéticos
                                                                calvos

                    ciegos

d e s d e n t a d o s
barbudas
se

d
e
s
b
o
r
d
a
n
                       en ovaciones de pie

me ha dicho
en lenguaje de señas para magos y sus hijas
--en lugar de monedas taparás sorderas
con globos de colores--

hoy el teatro en frente está lleno
estrena La riqueza de las naciones
el musical
hago figuras de animales con los globos que salen por mis orejas

a

carpa
                               vacía.



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* Domingo Díaz, el afamado mago sordo centro-americano, pensó que ya era tiempo de acogerse al anonimato del clandestinaje tras este último fracaso circense en la ciudad de Nueva York. No podía darse el lujo de otro escapismo sin consecuencias. Su hijita, Tegucigalpa, dependía de él. En sus mejores tiempos, Domingo fue el acto principal del prestigioso circo húngaro, A léggömbök.  Junto a esta compañía, reco-rrió las ciudades más importantes del mundo. Fue un virtuoso de la quiromancia, la alquimia, la adivinación y dicen que durante su estancia en Haití, aprendió a realizar la zombificación, razón por la cual las autoridades de ese país caribeño lo deportaron. Dicho suceso sirvió para aumentar su fama y agregar elementos de la magia negra al mito de Domingo Díaz. Su sordera nunca fue un problema ni para realizar actos de magia, ni para enamorar hombres y mujeres. En uno de estos enamoramientos engendró a su unigénita. Con la llegada de la pequeña, cambió la nigromancia por los globos. Sus trucos, aunque muy artificiosos, se volvieron cada vez más pueriles. No hubo manera de atraer al público europeo o latino-americano. No le quedó más remedio que mudarse a Nueva York e instalar un circo con rutinas tradicionales y predecibles. Eso era lo que demandaba la audiencia estadounidense. Así pudo proveerle una buena educación a su hija. Entonces los musicales de Broadway comenzaron a subir a escena tratados de economía y finanzas. Ya nadie visitaba el circo. Debido a este infortunio y a que Domingo se había enamorado perdidamente de un científico italiano especialista en aerogeneradores inflables, quien visitaba Nueva York con cierta regularidad, él y su hija huyen a Roma. Este poema es un fragmento de lo que se cree ser un cuaderno de adolescencia de la gran científica, creadora de prodigios literarios apócrifos, Tegucigalpa Díaz, de quien se desconoce el paradero.




Smith se traga el diente de oro del recién cadáver que le habita en Ublek. Todas las palabras que pronuncia desde aquel momento son en pashto. No se cuestiona el proceso metalúrgico - digestivo - lingüístico. Por el contrario, no para de hablar, maravillado por su perfecta dicción en esa len-gua. Piensa que su nueva habilidad para ser intérprete entre su tropa y los locales, lo mantendría con alguna ventaja. Aquel pensamiento no duró mucho. Sin percatarse que empezaba a sudar petróleo, encendió un cigarrillo. Se disponía a ser cadáver por segunda vez. 




Soft porno
Lleva 27 años compilando la antología definitiva de los vates soldados ublekos. Ella es estudiosa de la poesía de la guerra civil ubleka. Insiste en que los soldados del lado perdedor eran todos excelentes líricos. Eso de poetas menores no figura en su discurso. No me cabe la menor duda que su libro será un best-seller. Sólo con mirar el título ya se sabe.



La lluvia 

El periodismo latinoamericano está de luto tras la muerte del hondureño Rodrigo Rojas, quien en vida fuera el escritor mexicano Carlos Fuentes. Afuera llueve como lo ha hecho siempre. Desde mucho antes que naciera Fuentes, que muriera Rojas o que llegara Morales a esta historia. 



II

El rostro de dios es una tostada francesa. Se pasea por algunos desayunos. Los niños de mi barrio ya no comen pan dulce. Yo tampoco.



Disney on Ice 


El metro va atestado de niñas vestidas con tules rosados, amarillos, azules y blancos. Algunas llevan tiaras sobre sus cabezas. Un ejército de madres y algún padre que no tuvo más remedio que cambiar el partido de béisbol televisado por una función dominical de princesas de Disney sobre hielo les acompañan. Al llegar frente al Coliseo don-de en pocos minutos empezará la función que tanto había soñado ver su hija, el ruido de la multitud parece silenciarse con la mi-rada de terror de esta joven madre. 

Hace algunos años, en lugar del Coliseo que yace frente a sus ojos, había una comunidad llamada Tokío. De niña creció feliz junto a su abuelo.  Luego llegaron ellos con su idea de erigir una estructura colosal para eventos de todo tipo y promesas de brindarles ayudas para mudarlos a una vivienda mejor. Estarían tan bien amparados que podrían tener una casa propia. El abuelo quien lucía sus canas por astucia, más que por sus años, se negó rotundamente a mudarse de Tokío. Ante la inminencia de la destrucción de su casa, envía a la niña con un tío en la ciudad. Los demoledores entran a desalojar al único habitante testarudo que se niega a salir. 

El cadáver cuelga del techo. Pegado al vientre lleva un papel que lee: sáquenme ustedes a mí y al peso de mi mierda, hijos de puta. 

Inmóvil, entre el tren y el andén, la joven madre sostiene con gran fuerza la mano de su pequeña, quien tiene una varita mágica en la otra. ¿O es un cetro de princesa de Disney?



Cindy Jiménez-Vera
(San Sebastián del Pepino, Puerto Rico, 1978)

Es autora de los libros de poesía, Tegucigalpa (Erizo Editorial, 2013), 400 nuevos soles (Atarraya Cartonera, 2014), Islandia (Editorial EDP University, 2015); la crónica En San Sebastián, su pueblo y el mío: un proyecto de país desde la poesía (EDP University, 2015), y El gran cheeseburger y otros poemas con dientes, libro de poemas para la niñez temprana y tardía. (Ediciones Aguadulce / Trabalis Editores, 2015). El número 50 de la revista Punto en línea de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicó una antología de su poesía titulada Anoche soñé que tenía seis años. Textos suyos han sido publicados en Tierra Adentro (México: Conaculta), Metrópolis (México), Transtierros (Perú), La Galla Ciencia (España), International Poetry Review: Puerto Rican Issue (EEUU), La Jiribilla (Cuba), Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña (Puerto Rico), entre otras, en las antologías Los prosaicos dioses de hoy (Puerto Rico: La secta de los perros), Calibrar la voz (Cuba: Encaminarte), entre otras, e incorporados en textos escolares de la materia de español del cuarto, octavo, noveno y duodécimo grado. Su poesía ha sido traducida al italiano, al inglés y al portugués. Ha coeditado, junto a David Caleb Acevedo, y prologado, Felina: antología para gatos (La Tuerca, 2014). Hizo la selección y el prólogo de la antología Esto no es una nana: literatura para niños despiertos (Serie FLIA / La impresora, 2016). Es colaboradora de la Revista La Ventana de Casa de las Américas (Cuba), con una columna de literatura latinoamericana actual. Dirige la Junta editorial de Ediciones Aguadulce. Es bibliotecóloga y profesora universitaria. 


Rainier Alfaro, A veces la noche se pierde entre mis manos - El Salvador

Foto: Palomas, serie. Fabricio Estrada



A veces la noche se pierde entre mis manos espejo roto, grieta de tiempo incolora; el rumor de mi corazón se quedo en Comasagua. Los espantapájaros marchan de nuevo hacia las sombras. Escribo y descubro palabras que desconozco.
Desnudo frente al disco del jaguar, Mi lengua alcanza la desmesura
entre las raíces de un mar, verde en su oleaje,
subiendo las veredas del tiempo
desde Ayagualo. Soy un escriba miles de años atrás en una plaza,
donde mi oficio alcanza otros reinos
hasta y desde la eternidad,
compleja maquinaria
levantando andamios y estructuras supernumerarias,
bandada de palomas ascendiendo en el cielo abierto de Citalá.
Arquitectura de formas sin formar me rodean,
hasta llegar a Cihuatehuacán,
espacio poblado por minotauros rojos, negros y azules
que dibujan el silencio
y también el grito entre las pezuñas del poema.



Rainier Alfaro Bautista