martes, 16 de febrero de 2016

Copán, en el lenguaje del tiempo - Fotos: Fabricio Estrada

Esta es la historia de las raíces. No toda raíz puede hacer crecer una ciudad. Esta es otra historia así como es otro tiempo. Las raíces son la ciudad y atavían el tiempo. La selva debía cerrarlo todo aún se construyera sobre la más firme piedra. Copán. Murciélago sordo. Copán, apenas descubierta. Subo a sus montículos y veo pasar los astros. Una guacamaya vuela rasante hacia mí y es como sentir un sol veloz. Todos los astros son pájaros aquí. Ellos serán nuestros guías, la pluma leve describiendo el lenguaje del tiempo. Nadie más puede hacerlo, sólo la levedad: las flores blancas y las mariposas, las almas precarias de los campesinos y las almas de los antiguos guerreros.


Montículos aún sin excavar.






Detalle del altar Q donde se ve el guante que cubría la mano mutilada de Yax Kuk Mo.

Zona bautizada como El Cementerio. Luego se sabría que son casas residenciales de la nobleza.

Sólo era el tiempo. No existía la historia. Les interesaba el tiempo como poder y sus Señores eran su encarnación. Arriba estaba la inmensa pizarra de cálculos y ese no era el universo, era el tiempo, nada más. El universo era la selva. En ella se alzaba en vuelo el sol, polícromo en la guacamaya del día y sigiloso y oscuro en el jaguar de la noche. Sol negro el jaguar. Cada templo era como un planeta afirmado y en torno a ellos giraban los rituales exactos y la enajenación del poder ordenado puntillosamente por las castas sacerdotales guerreras. Pero la selva no podía someterse. El cielo podría ser sometido pero la selva era el destino inexorable que no podía evadirse, controlarse, aplacarse. ¿Cómo se eclipsa una selva? Allí vivían todos los misterios. Las estrellas ya no eran misterio. El cielo nocturno jamás colapsaría con su aritmética luminosa pero la selva sí que se lo tragaría todo algún día, rompería las piedras, separaría los muros, echaría abajo las cresterías y los mascarones, despedazaría el alfabeto y lo mezclaría con las hojas muertas.

Glifos que detallan el ascenso de Ub´aah K´awiil, 18 Conejo, al poder de Copán.





Toda las posibilidades del silencio y del horror vacui. Cada superficie debe ser la calca del infinito rococó de la selva. Pienso en los diseñadores del vestuario para el Halach Uinik. Han tenido que estar en un trance, me repito, han debido imaginar a su Señor saliendo directamente de una enorme ceiba rodeada de enredaderas y con un incendio verde purificándolo. Luego escucho a don Modesto -nuestro guía- contarnos que en la década de los cuarentas del siglo pasado los curas incitaron la quema y demolición de las estelas por considerarlas representaciones del diablo. Ub´aah K´awiil- 18 Conejo, el último gran edificador, se retorció como liana en el xibalbá pero no cedió más que fragmentos. Las estelas resistieron pero aún se pueden ver los restos del hollín provocado por las hogueras y los cortes de los machetazos en los rostros del antiguo e imperturbable rey.





Estela de 18 Conejo (todas las estelas que están en pie pertenecen a él, último edificador durante el clásico tardío)



Bajar a los túneles es entrar a la serpiente simbólica. Ella recorre los basamentos y nos muestra la más bella construcción de las tantas enterradas por los mismos mayas. Rosalila en un sueño bajo la delgada mortaja de los siglos. Rosalila la joya solar, un sol enterrado entonces, una nación de guacamayas ovilladas en el inframundo. Algo como Rosalila sólo pudo ser visionado por el corazón de una mujer o por un hombre que amó hasta la locura a una mujer. Un Taj Majal con dedicatoria, sospecho, o una clausura de un espacio de tiempo donde ya no se necesitaba de la fuerza teocrática del sol. Pero la sensualidad es enorme y exuberante, casi imposible de definir en todas las sensaciones que provoca su golpe estético.



Ventana que protege en los túneles al templo Rosalila original. Detalle.

Réplica del Templo Rosalila.



Don Modesto nos habla entonces del "Índigo", el nuevo rastro de color que conducirá al desentierro del próximo asombro. Un templo en el mismo costado del  Patio de Los Jaguares que podría ser igual de bello que el Rosalila pero, por supuesto, de color índigo. Vamos hacia los túneles e Iris desconfía de los arcos escalonados que los arqueólogos replican como muestra de confianza probada en la ingeniería maya antigua. El proyecto de revelación tendrá que esperar muchos años a causa de la actual falta de presupuesto, sin embargo, las líneas guías ya están excavadas. "Damos un paso y vamos mil años hacia atrás", nos dice en susurros don Modesto -veterano empleado que participó en la excavación de Rosalila-, mientras la temperatura se va elevando hasta el sofoco en comparación a los 15 grados centígrados que impera en el exterior.






Regresamos a la superficie. El Patio de los Jaguares merece un lugar para esos días en que el último ser humano intente recordar la serenidad. Ahí está el Popol nah -casa del pueblo o casa de los petates-, el fantasmal cortejo de la nobleza y las graderías atestadas para contemplar el espectáculo del poder. Copán vibra en sus 24 Km2, el humo del copal crea columnas que sostienen el cielo. Chaak, el omnipresente dios de la lluvia escucha las plegarias y luego baja a ver la danza multitudinaria. Debió ser una explosión de color y de brutalidad. Cabezas rodando, espinas de peces incrustados en los genitales, golpes de fabulosos excéntricos en el pecho de los cautivos y el rojo de lo humano compitiendo con el rojo de los templos. Basta sentirlo invocando la sensibilidad de los nenúfares y el nácar de los caracoles, símbolos cincelados en todos los rincones de la ciudad.




Patio de Los Jaguares

Los turistas llegados del norte del planeta vagan en grupos. Intentan palpar un planeta que fue sin ellos. Varios de ellos son mujeres de la tercera edad con una vitalidad que revela un pasado de largos viajes, quizá especialistas de la antropología o de la arqueología, miran cada piedra con una sonrisa indescriptible en sus caras. Recuerdo los versos del poeta hondureño Leonel Alvarado:

ruina en ruinas

los viejos turistas arrastran sus pasos entre los escombros
incansables gusanos que serpean entre las piedras
los sonroja el falo inconcebible del diminuto dios de piedra
sonríen maliciosos con dientes de murciélago
fumador de mal/ tabaco
los espanta la sombra viva del jaguar de sombra
todo se reduce en el parpadeo
a un brevísimo disparo de luciérnaga marca
kodak




La gran escalinata de los jeroglíficos, la de mayor tamaño en todo el mundo maya.

El murciélago, símbolo de Copán.










No toda raíz crece para suplantar una ciudad o para elevar los árboles como columnas. El antiquísimo sino del universo borrando los senderos del poder y de las perfectas escrituras. No toda raíz tiene el placer de separar los glifos de sus fonemas y viajar en forma de códice hasta las urnas del hurto en Dresden o en el Peabody Museum. Esa raíz crece aquí, va de mano en mano, agrieta y toca a la vez lo más profundo. Copán. Eco en la cueva de los murciélagos. Palabra sonora. Dos piedras chocando bajo el agua.

Don Modesto.



Billete de un lempira, con el juego de pelota y las escalinatas. Este billete es el de más baja denominación de la moneda hondureña.















sábado, 30 de enero de 2016

The Revenant: con dolor mestizo.



Dos cosas hacen que sobreviva Hugh Glass en The Revenant. La primera es que es un hombre nacido en la frontera, uno de los cazadores de pieles que iban explorando el territorio indio que luego ocuparían las tropas colonizadoras. La segunda es su dolor mestizo.

La película se sitúa en la última década del siglo XVIII*, en medio del caos que impusieron las incursiones de los recién independizados americanos y la presión que ejercían las compañías francesas en su larga pugna por controlar los territorios que les restaban en el centro-norte del actual Estados Unidos. La nación pawnee estaba hecha girones y ya había dado muestras de apoyo directo a los americanos en su guerra de independencia contra los británicos –quienes los trataron con crueldad y son los que arrasan la aldea donde muere la esposa pawnee de Glass en la película-  y, los arikaras –la nación que sigue la pista de la princesa raptada por los franceses y que es el torbellino de venganza- no están dispuestos a tratar con nadie, al igual que lo hicieron los iroqueses, wyandotes, shawnees, delawares, miamis, ottawas, chupppewas, potawatomis, etc…

Glass era entonces, uno de aquellos cazadores de pieles que el historiador Ray Allen Billington** caracterizó de la siguiente forma: “por lo común eran hombres que preferían las soledades de las selva a la compañía de sus semejantes. En consecuencia, se amoldaron  al modo de ser de los nativos, adoptando su indumentaria, sus hábitos de vida, sus conocimientos sobre la selva y hasta apropiándose incluso muchas veces de sus mujeres". De esta visión descarnada sobre los intrépidos cazadores se fue formando aquello que terminó arrasando a las naciones indígenas: “anticipándose siempre a la civilización, los traficantes en pieles atravesaron el continente con tal rapidez, que dejaron pocas huellas perdurables sobre el territorio virgen”. 

La romántica visión de la película de Iñárritu –que bien pudo ser, no se puede excluir esta posible relación amorosa pura-, trata con benévolo esfuerzo, sostener esa línea donde se entrecruzan todas las desesperaciones y que, sin embargo, no termina de contar lo que Billington sí señala sin cortapisas: “(los traficantes en pieles) terminaron con la autosuficiencia del indio, acostumbrando a los pieles rojas a las armas de fuego, los cuchillos y el aguardiente, productos todos ellos de la “civilización” más avanzada del hombre blanco”. Quizá ya se ha dicho en otras películas de este género, es cierto, pero habría que ver una gran cantidad de ellas para que, entre tantos y fragmentados esfuerzos benévolos, lográramos por fin encontrar la película que diga toda la verdad acerca de la carnicería montada por la colonia.

Algo de ello se sugiere en The Revenant ( el osario de búfalos*** y la llegada de las tropas a la aldea pawnee que aparece en los sueños de Glass, que en ese momento era explorador de la corona inglesa), siendo el sorpresivo diálogo en francés del jefe arikara donde Iñárritu se las jugó con más claridad, aunque esto tuviera mucho riesgo en los patrocinios.

Nous sommes tous sauvage y Fitzgerlad kill my son (todos somos salvajes, Fitzgerald mató a mi hijo) son las únicas palabras escritas que aparecen en un film con mucha economía de diálogos pero con bastantes  lenguajes yuxtapuestos. El que sea así es algo que se agradece porque logra realzar la ancestral sabiduría oral –memoria que le da la fuerza de voluntad a Glass- que se deja escuchar en off de boca de la esposa pawnee muerta. Esas dos frases o sentencias, aparecen con fuerza demoledora sobre la impresionante fotografía de Lubezki, tanto como sucedió cuando el lenguaje textual se impuso a sangre y fuego sobre las cientos de naciones de una América eminentemente oral.

No creo que esta sea la mejor actuación de Di Caprio, pero sí la que más esfuerzo físico le exigió. Sin duda el fenómeno energético por las condiciones bajo las cuales se filmó, le dio organicidad a su actuación, tal como lo sugiere Grotowski, aunque lo que yo vea ahí es un condicionamiento externo y no lo que trata de argumentar el mismo Di Caprio en cuanto a que su actuación pasó por la mística que imponían los paisajes. Hay modas en Hollywood, época de actuaciones collections, y lo de los sobrevivientes está muy en boga desde que El Náufrago Tom Hanks relanzó este tópico actoral. 

Aun así, The Revenant ha logrado superar –como lenguaje fílmico- todo lo que este año anterior haya puesto sobre el tapete. Pero otra cosa, definitivamente, es lo que la historia pone sobre la moda.

F.E.


*El tipo de armas que la utilería expuso así lo confirma https://es.wikipedia.org/wiki/Mosquete

**La expansión hacia el oeste, historia de la frontera norteamericana, Libro I, tercera edición, Bibliográfica Omeba. Ray Allen Billington.

*** Antes de la llegada de los europeos a Norteamérica, la población de búfalos se estimaba entre 60-100 millones de ejemplares. Para 1890 quedaban sólo 750 ejemplares. Actualmente se estima que viven en estado salvaje 350,000 ejemplares. En cuanto al exterminio de nativos, se calcula que antes del año 1500, la población ascendía a 12 millones que para 1900 estaban reducidos a 237,000 personas confinadas en reservas. https://unmundodeluz.wordpress.com/2013/10/18/el-genocidio-de-los-nativos-americanos/