martes, 16 de febrero de 2016

Copán, en el lenguaje del tiempo - Fotos: Fabricio Estrada

Esta es la historia de las raíces. No toda raíz puede hacer crecer una ciudad. Esta es otra historia así como es otro tiempo. Las raíces son la ciudad y atavían el tiempo. La selva debía cerrarlo todo aún se construyera sobre la más firme piedra. Copán. Murciélago sordo. Copán, apenas descubierta. Subo a sus montículos y veo pasar los astros. Una guacamaya vuela rasante hacia mí y es como sentir un sol veloz. Todos los astros son pájaros aquí. Ellos serán nuestros guías, la pluma leve describiendo el lenguaje del tiempo. Nadie más puede hacerlo, sólo la levedad: las flores blancas y las mariposas, las almas precarias de los campesinos y las almas de los antiguos guerreros.


Montículos aún sin excavar.






Detalle del altar Q donde se ve el guante que cubría la mano mutilada de Yax Kuk Mo.

Zona bautizada como El Cementerio. Luego se sabría que son casas residenciales de la nobleza.

Sólo era el tiempo. No existía la historia. Les interesaba el tiempo como poder y sus Señores eran su encarnación. Arriba estaba la inmensa pizarra de cálculos y ese no era el universo, era el tiempo, nada más. El universo era la selva. En ella se alzaba en vuelo el sol, polícromo en la guacamaya del día y sigiloso y oscuro en el jaguar de la noche. Sol negro el jaguar. Cada templo era como un planeta afirmado y en torno a ellos giraban los rituales exactos y la enajenación del poder ordenado puntillosamente por las castas sacerdotales guerreras. Pero la selva no podía someterse. El cielo podría ser sometido pero la selva era el destino inexorable que no podía evadirse, controlarse, aplacarse. ¿Cómo se eclipsa una selva? Allí vivían todos los misterios. Las estrellas ya no eran misterio. El cielo nocturno jamás colapsaría con su aritmética luminosa pero la selva sí que se lo tragaría todo algún día, rompería las piedras, separaría los muros, echaría abajo las cresterías y los mascarones, despedazaría el alfabeto y lo mezclaría con las hojas muertas.

Glifos que detallan el ascenso de Ub´aah K´awiil, 18 Conejo, al poder de Copán.





Toda las posibilidades del silencio y del horror vacui. Cada superficie debe ser la calca del infinito rococó de la selva. Pienso en los diseñadores del vestuario para el Halach Uinik. Han tenido que estar en un trance, me repito, han debido imaginar a su Señor saliendo directamente de una enorme ceiba rodeada de enredaderas y con un incendio verde purificándolo. Luego escucho a don Modesto -nuestro guía- contarnos que en la década de los cuarentas del siglo pasado los curas incitaron la quema y demolición de las estelas por considerarlas representaciones del diablo. Ub´aah K´awiil- 18 Conejo, el último gran edificador, se retorció como liana en el xibalbá pero no cedió más que fragmentos. Las estelas resistieron pero aún se pueden ver los restos del hollín provocado por las hogueras y los cortes de los machetazos en los rostros del antiguo e imperturbable rey.





Estela de 18 Conejo (todas las estelas que están en pie pertenecen a él, último edificador durante el clásico tardío)



Bajar a los túneles es entrar a la serpiente simbólica. Ella recorre los basamentos y nos muestra la más bella construcción de las tantas enterradas por los mismos mayas. Rosalila en un sueño bajo la delgada mortaja de los siglos. Rosalila la joya solar, un sol enterrado entonces, una nación de guacamayas ovilladas en el inframundo. Algo como Rosalila sólo pudo ser visionado por el corazón de una mujer o por un hombre que amó hasta la locura a una mujer. Un Taj Majal con dedicatoria, sospecho, o una clausura de un espacio de tiempo donde ya no se necesitaba de la fuerza teocrática del sol. Pero la sensualidad es enorme y exuberante, casi imposible de definir en todas las sensaciones que provoca su golpe estético.



Ventana que protege en los túneles al templo Rosalila original. Detalle.

Réplica del Templo Rosalila.



Don Modesto nos habla entonces del "Índigo", el nuevo rastro de color que conducirá al desentierro del próximo asombro. Un templo en el mismo costado del  Patio de Los Jaguares que podría ser igual de bello que el Rosalila pero, por supuesto, de color índigo. Vamos hacia los túneles e Iris desconfía de los arcos escalonados que los arqueólogos replican como muestra de confianza probada en la ingeniería maya antigua. El proyecto de revelación tendrá que esperar muchos años a causa de la actual falta de presupuesto, sin embargo, las líneas guías ya están excavadas. "Damos un paso y vamos mil años hacia atrás", nos dice en susurros don Modesto -veterano empleado que participó en la excavación de Rosalila-, mientras la temperatura se va elevando hasta el sofoco en comparación a los 15 grados centígrados que impera en el exterior.






Regresamos a la superficie. El Patio de los Jaguares merece un lugar para esos días en que el último ser humano intente recordar la serenidad. Ahí está el Popol nah -casa del pueblo o casa de los petates-, el fantasmal cortejo de la nobleza y las graderías atestadas para contemplar el espectáculo del poder. Copán vibra en sus 24 Km2, el humo del copal crea columnas que sostienen el cielo. Chaak, el omnipresente dios de la lluvia escucha las plegarias y luego baja a ver la danza multitudinaria. Debió ser una explosión de color y de brutalidad. Cabezas rodando, espinas de peces incrustados en los genitales, golpes de fabulosos excéntricos en el pecho de los cautivos y el rojo de lo humano compitiendo con el rojo de los templos. Basta sentirlo invocando la sensibilidad de los nenúfares y el nácar de los caracoles, símbolos cincelados en todos los rincones de la ciudad.




Patio de Los Jaguares

Los turistas llegados del norte del planeta vagan en grupos. Intentan palpar un planeta que fue sin ellos. Varios de ellos son mujeres de la tercera edad con una vitalidad que revela un pasado de largos viajes, quizá especialistas de la antropología o de la arqueología, miran cada piedra con una sonrisa indescriptible en sus caras. Recuerdo los versos del poeta hondureño Leonel Alvarado:

ruina en ruinas

los viejos turistas arrastran sus pasos entre los escombros
incansables gusanos que serpean entre las piedras
los sonroja el falo inconcebible del diminuto dios de piedra
sonríen maliciosos con dientes de murciélago
fumador de mal/ tabaco
los espanta la sombra viva del jaguar de sombra
todo se reduce en el parpadeo
a un brevísimo disparo de luciérnaga marca
kodak




La gran escalinata de los jeroglíficos, la de mayor tamaño en todo el mundo maya.

El murciélago, símbolo de Copán.










No toda raíz crece para suplantar una ciudad o para elevar los árboles como columnas. El antiquísimo sino del universo borrando los senderos del poder y de las perfectas escrituras. No toda raíz tiene el placer de separar los glifos de sus fonemas y viajar en forma de códice hasta las urnas del hurto en Dresden o en el Peabody Museum. Esa raíz crece aquí, va de mano en mano, agrieta y toca a la vez lo más profundo. Copán. Eco en la cueva de los murciélagos. Palabra sonora. Dos piedras chocando bajo el agua.

Don Modesto.



Billete de un lempira, con el juego de pelota y las escalinatas. Este billete es el de más baja denominación de la moneda hondureña.















sábado, 30 de enero de 2016

The Revenant: con dolor mestizo.



Dos cosas hacen que sobreviva Hugh Glass en The Revenant. La primera es que es un hombre nacido en la frontera, uno de los cazadores de pieles que iban explorando el territorio indio que luego ocuparían las tropas colonizadoras. La segunda es su dolor mestizo.

La película se sitúa en la última década del siglo XVIII*, en medio del caos que impusieron las incursiones de los recién independizados americanos y la presión que ejercían las compañías francesas en su larga pugna por controlar los territorios que les restaban en el centro-norte del actual Estados Unidos. La nación pawnee estaba hecha girones y ya había dado muestras de apoyo directo a los americanos en su guerra de independencia contra los británicos –quienes los trataron con crueldad y son los que arrasan la aldea donde muere la esposa pawnee de Glass en la película-  y, los arikaras –la nación que sigue la pista de la princesa raptada por los franceses y que es el torbellino de venganza- no están dispuestos a tratar con nadie, al igual que lo hicieron los iroqueses, wyandotes, shawnees, delawares, miamis, ottawas, chupppewas, potawatomis, etc…

Glass era entonces, uno de aquellos cazadores de pieles que el historiador Ray Allen Billington** caracterizó de la siguiente forma: “por lo común eran hombres que preferían las soledades de las selva a la compañía de sus semejantes. En consecuencia, se amoldaron  al modo de ser de los nativos, adoptando su indumentaria, sus hábitos de vida, sus conocimientos sobre la selva y hasta apropiándose incluso muchas veces de sus mujeres". De esta visión descarnada sobre los intrépidos cazadores se fue formando aquello que terminó arrasando a las naciones indígenas: “anticipándose siempre a la civilización, los traficantes en pieles atravesaron el continente con tal rapidez, que dejaron pocas huellas perdurables sobre el territorio virgen”. 

La romántica visión de la película de Iñárritu –que bien pudo ser, no se puede excluir esta posible relación amorosa pura-, trata con benévolo esfuerzo, sostener esa línea donde se entrecruzan todas las desesperaciones y que, sin embargo, no termina de contar lo que Billington sí señala sin cortapisas: “(los traficantes en pieles) terminaron con la autosuficiencia del indio, acostumbrando a los pieles rojas a las armas de fuego, los cuchillos y el aguardiente, productos todos ellos de la “civilización” más avanzada del hombre blanco”. Quizá ya se ha dicho en otras películas de este género, es cierto, pero habría que ver una gran cantidad de ellas para que, entre tantos y fragmentados esfuerzos benévolos, lográramos por fin encontrar la película que diga toda la verdad acerca de la carnicería montada por la colonia.

Algo de ello se sugiere en The Revenant ( el osario de búfalos*** y la llegada de las tropas a la aldea pawnee que aparece en los sueños de Glass, que en ese momento era explorador de la corona inglesa), siendo el sorpresivo diálogo en francés del jefe arikara donde Iñárritu se las jugó con más claridad, aunque esto tuviera mucho riesgo en los patrocinios.

Nous sommes tous sauvage y Fitzgerlad kill my son (todos somos salvajes, Fitzgerald mató a mi hijo) son las únicas palabras escritas que aparecen en un film con mucha economía de diálogos pero con bastantes  lenguajes yuxtapuestos. El que sea así es algo que se agradece porque logra realzar la ancestral sabiduría oral –memoria que le da la fuerza de voluntad a Glass- que se deja escuchar en off de boca de la esposa pawnee muerta. Esas dos frases o sentencias, aparecen con fuerza demoledora sobre la impresionante fotografía de Lubezki, tanto como sucedió cuando el lenguaje textual se impuso a sangre y fuego sobre las cientos de naciones de una América eminentemente oral.

No creo que esta sea la mejor actuación de Di Caprio, pero sí la que más esfuerzo físico le exigió. Sin duda el fenómeno energético por las condiciones bajo las cuales se filmó, le dio organicidad a su actuación, tal como lo sugiere Grotowski, aunque lo que yo vea ahí es un condicionamiento externo y no lo que trata de argumentar el mismo Di Caprio en cuanto a que su actuación pasó por la mística que imponían los paisajes. Hay modas en Hollywood, época de actuaciones collections, y lo de los sobrevivientes está muy en boga desde que El Náufrago Tom Hanks relanzó este tópico actoral. 

Aun así, The Revenant ha logrado superar –como lenguaje fílmico- todo lo que este año anterior haya puesto sobre el tapete. Pero otra cosa, definitivamente, es lo que la historia pone sobre la moda.

F.E.


*El tipo de armas que la utilería expuso así lo confirma https://es.wikipedia.org/wiki/Mosquete

**La expansión hacia el oeste, historia de la frontera norteamericana, Libro I, tercera edición, Bibliográfica Omeba. Ray Allen Billington.

*** Antes de la llegada de los europeos a Norteamérica, la población de búfalos se estimaba entre 60-100 millones de ejemplares. Para 1890 quedaban sólo 750 ejemplares. Actualmente se estima que viven en estado salvaje 350,000 ejemplares. En cuanto al exterminio de nativos, se calcula que antes del año 1500, la población ascendía a 12 millones que para 1900 estaban reducidos a 237,000 personas confinadas en reservas. https://unmundodeluz.wordpress.com/2013/10/18/el-genocidio-de-los-nativos-americanos/


Yovel en enero

Yovel... y Pastelito.

"Ya sabe, Fabri, esta es su casa porque es de la familia"; así me recibe siempre Yovel en la vieja casa de los Castro. Luego me pregunta si he conseguido billetes de otros países y entonces es que recuerdo que debo llevarle algunos que tengo por ahí. Cuando le di el cubano donde aparece el Ché, no pudo aguantar su alegría y me dio un gran abrazo. Sobrino de mis mejores amigos, Yovel mira todo con una enorme bondad e inocente estoicismo.

martes, 26 de enero de 2016

Momotombo: al encuentro con el último pinar.

Más habré de alabarte que a aquellos esplendores
que, sonriendo nos pidan nuevas fábulas dulces.
Pues, ¿quién hizo escribir al sabio o al poeta
sino la luz de su paraíso, Natura?

John Keats


Llegar hasta el pino más hermoso, quizá el que resuma lo mucho que perdí de aquel paraíso de adolescencia. Llegar a él y encontrarlo intacto, como una llama verde en un templo inmemorial. Hacer camino de nuevo junto a Damocles y llevar a nuestros hijos al Momotombo*, a nuestros amigos. Convencerlos que llegar hasta la cima es una conquista de la vida.
El cerro Momotombo visto desde el pueblo de Sabanagrande.

Sendero de Pedreras.


Esteban va más que emocionado atravesando lo que hace 28 años yo recorría bajo la lluvia y la neblina. Casi éramos el bosque hace 28 años, conocíamos cada rincón del cerro, cada atajo. Desde el colegio mirábamos “la punta del cerro” y planeábamos lo que haríamos: subir en dos grupos, jugar a la guerra, evadirnos, acecharnos y que la lluvia nos empapara hasta los huesos antes de llegar a la nube que se formaba en la cima. Esteban llevaba todo eso en la cabeza porque se lo he venido contando casi con una sensación de regreso imposible.





Los viejos senderos ya no están, así que decidimos subir por Pedreras hacia el sendero principal de los encinales y los muros de piedra. Enrique –hijo de mi primo Jairo-, Ricardo –hermano de mi compa Ponce-, César Núñez –compa entrañable-, Alessandro y Samy –hijos de mi camarada de aventuras de siempre, Damocles-, Esteban y yo, estos somos los que subimos tras los pasos perdidos. Sabanas de Encina (a mí me gusta más llamarla Sabanas de Encima) nos da el paso hacia una pequeña desorientación que nos hace meternos de lleno a la zarza y a las garrapatas. El sol tiene una transparencia espléndida y los tonos del paisaje son casi vírgenes como bien los describiera Willian V. Wells en su libro Exploraciones y Aventuras en Honduras, de 1857**. Así lo voy pensando porque este país sigue teniendo mucho de aquella naturaleza paradisíaca donde las temperaturas oscilaban entre los 11 y 20 grados centígrados. La temperatura que nos acompaña es de unos 25 grados y los pinares comienzan a delatar la grave amenaza del gorgojo de pino que está causando una debacle ambiental en todo el territorio hondureño.

Sabanas de Encina.

Alessandro y Esteban ante un ejemplar de pino casi perfecto.

Las primeras señas del gorgojo.

Samy, el pequeño hijo de Damocles Castro. Foto: Enrique Núñez.

Esteban en sus diez años.


 Vista del pueblo desde la cima.






Esta plaga ha causado hasta la fecha la destrucción de 340,000 hectáreas de pinares en Honduras; casi incontrolable –por razones de cambio climático, falta de prevención y voluntad política de los últimos gobiernos- ha generado pérdidas económicas que ascienden a 221,6 millones de dólares***. A primera vista da la impresión de un colorido otoño o del efecto de un incendio forestal, pero al acercarse al tronco, se puede observar la resina que brota en el tronco de los pinos (savia que intenta contrarrestar al gorgojo) pero, es esa misma reacción la que nos dice que los pinos tienen los días contados ya que el insecto ha mutado con más fuerza y no será detenido más que talando.

Wells y el gorgojo, entonces, es lo que zumba en mis pensamientos y así lo vamos hablando con César. Damocles está más que ocupado alentando a Samy para que mantenga su increíble energía. Tiene tres años y ha recorrido la mayor parte del camino sin pestañear. La punta del cerro ya asoma y, luego de desenmarañarnos del camino que mi torpe memoria equivoca, alcanzamos el punto donde en 1988 llegamos a acampar con Marlon Portillo, Wilberto Izaguirre, Jorge Rodríguez, Damocles Castro y yo. Esa acampada significó para mí el inicio de mi independencia y así lo asumí, como un ritual. Lo que pasó ahí es inolvidable: los aldeanos de Sabanas de Encima nos confundieron con guerrilleros y cargaron contra nuestro campamento armados con machetes, pistolas y antorchas. Gracias a nuestro conocimiento del terreno, logramos huir hacia el pueblo a plenas 1:30 am, en medio de la sempiterna neblina y de los acuciantes gritos de los aldeanos. Fue una historia que nos dio aura de intrépidos una vez que la contamos y que hizo que más amigos se unieran a los juegos que hacíamos en todo el cerro. Subíamos luego más de 15 y todos queríamos llegar primero para subir el banderín ganador. Yo usaba un guante rojo y lograba transmitir un lenguaje de señas para avanzar y detenernos. Aún tengo amigos que recuerdan ese guante y reímos felices rehaciendo la trama de aquellos días en que podíamos desafiar cualquier intento del cerro por detenernos.

Lugar del campamento de 1988.



Ahora voy con cuidado. Cuido los pasos de Esteban que quiere –sin vértigo alguno- volar a la orilla del precipicio. Ha llegado, mi pequeño, al santuario que siempre veo cuando quiero llenarme de sentido de vida. Ve los pinares, el horizonte que Beto García me pedía que visitáramos cuando estábamos aburridos en el parque de Sabanagrande. Kike nos pasa la guitarra. Es tiempo de cantar y de volver. No sé cuánto tiempo pasará antes que el gorgojo devore las hectáreas de mi memoria. El último pino parece fuerte. Su luz puede cegar un poco más al insecto. Wells sabrá mantener el pulso de su crónica en un territorio que se niega a derrumbar su belleza.  

Bajamos.
El banderín que dejamos será una gaviota extraviada.

Vista hacia el oriente, Texiguat, Liure. El Paraíso.

Vista hacia el sur en dirección del Golfo de Fonseca.


Mar adolescente.

A Beto, desde la infancia.

Lo único que yo no tenía era el mar.

Pero es sabido que de la ausencia

hacemos lo real, lo que nos llena,

lo que siempre nos regala una sonrisa.

Cuando faltaban sus olas

subíamos al Momotombo en busca del Golfo,

enormes gaviotas las miradas,

nos quedábamos en su vuelo

hasta que fundidas con el sol,

caían incineradas en las aguas.



Luego, la distancia era noche

y nosotros, regresábamos al pueblo

con el tronar de los pinares.



Odiseo montañés,

temblaba con la idea

de que en lugar de esos bosques

viniéramos corriendo bajo el mar.


(de Poemas de onda corta, 2009 – F.E.)



Foto: Enrique Núñez.




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*Este toponimio es más conocido por el Volcán Momotombo, de Nicaragua. En Sabanagrande hay familias con ascendentes nicaragüenses que debieron nombrarlo así a mediados del siglo XIX.



martes, 19 de enero de 2016

Final del éxodo - Edilberto Cardona Bulnes, Honduras



El diez de abril quemé sus últimas cositas: —había ya quemado
su frazadita verde— su camita de ocote, su colchoncito,
su sabanita, su almohada, sus zapatos viejos, sus tres camisas,
su pantalón café, su pailita amarilla, su tacita acua, y su jarrito rojo.

Dos hermanos y yo le dimos fuego. Mi hermana se entró con Juana.
Bertha y yo nos quedamos viendo los últimos carbones.
Y lloramos. No había viento.
Las cenizas quedaron en el patio.

El lunes once di parte de su muerte. —"¿Nombre?”—Rafael.
1890. de Gregoria Cardona y de Lorenzo Andrada.
“¿Profesión?” —Zapatero. —“¿Escolaridad?” —Secundaria.
—"¿Deja bienes?”—… (El me enseñó a servir, a leer, a pensar…

Me dijo ya para morir: “Ya me voy. Me voy al cementerio.
Dios es el creador de todo el universo y de todos los hombres.
He tenido la fortuna de tenerte, que Dios te proteja”. Y viendo a José,
refiriéndose a mí, agregó: “Es tu hermano. Es tu hermano”.

Le pregunté que cómo se sentía, y respondió que bien.
Sólo dos veces lo vi en vida abandonar la cabeza.
Eran las vísperas. Ah, cómo deseaba volver a oírlo conversar,
referir leyendas, historias de caminos, una historia.

Jamás habló mal de nadie y jamás habló mal.
Unos meses antes que le leía no sé a quién y a Char, le dije
por ver si estaba atento “¿Te gustan?” —“Sí, mucho,
los dos son buenos”…No sé si era a Rimbaud.

—“¿Deja bienes?”
… pero Char es tan denso.”)
—Ninguno. (Eso. Esto. Este poema es suyo. Pero esto no es nada.) Nada.

Mi padre dejó de estar aquí un treinta y uno de marzo.
Se fue en la madrugada y se internó en la tarde.
A las últimas paletadas de tarde quedó un bulto
de nubes que lo tragó la noche.

Le vestí yo. Y mi hermano. Juntos lo pusimos en la caja. Mi madre,
buscó con Cristo una medalla, en cruz, para el pecho, y un velo
para el rostro, en su baúl, y una sábana blanca
que trajo un hondo olor secreto a sacro bosque.

Prendí la cruz en su camisa mía y le enlacé las manos como
lo hacía, dedo a dedo, sin pesares. No hubo menester de cerrarle
los ojos. Ni la boca. La cabeza la dejó, de lado, y el corazón,
oblato… así como si rozara una orilla blanquísima.

Yo no quería abrir la casa. Salí, dejándola cerrada
a telefonear a mis hermanas. Volví con Ángel. Mandé abrir la fosa.
Hice el altar. Ángel se fue a terminar unos encargos, y, por primera vez,
los tres: mi madre, él, yo, a puertas cerradas, cada quien quedó solo.

Yo hubiera deseado no tener que abrir. Me refugié
en mi corazón, en lo remoto blanco. Y no sé.
Pero tuve que abrir bajo o sobre mi corazón,
ante dios, desde él. Mi madre y yo rezamos solos.

A las tres doblaron. Mamá se sobó la frente, y dijo: “Vaya, pues,
que le vaya bien. Que dios lo bendiga”. Yo le palpé las manos. A las
cuatro fue la Misa. Y el coro del colegio lo subió a una iglesia de música.
Y sin ver aquí seguía yo oyendo en la luz ante el obispo acá a San Mateo.

Llegamos al cementerio. Vi descender la caja, caer la tierra a lo profundo.
Alfredo, un estudiante, como Tobit, agarró la pala, Moncho, y otros hombres,
y las manos sudando fueron como verano victorioso.
Niños aparecieron sembrando flores sobre la tumba alta.


1977

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Edilberto Cardona Bulnes, Comayagua, 1935-1992

La litografía apareció en el número 39 de los Cuadernos de poesía hondureña, edición de la Secretaría de Cultura, 1993.

Expósitos hondureños

Foto: Niño hondureño detenido en la frontera entre EEUU y México. Diario La Prensa, Honduras.

Hace unos días miré la dolorosa película Beast of no-nation, sobre el reclutamiento de niños en las guerras africanas. La tragedia es de tal nivel que los niños -una vez fuera del conflicto armado- no pueden, por sí solos, regresar a su condición mental de infancia y, muchos de ellos, terminan desertando de la vida civil de regreso a la guerra y a lo que ellos probaron como "energía del guerrero", por llamarlo de algún modo. ¿Cuál es esa energía? la capacidad de reunir todas sus fuerzas para matar sin contemplaciones y complacer a sus jefes tribales. Lo que en principio parece un misericordioso acto de salvación termina siendo un acto de destrucción paulatina del ser, -el proceso necesarísimo en la guerra- de envilecer la línea pura de vida y trocarla en una zigzagueante rutina de atrocidades.

He pensado en los niños de Honduras que han sido asesinados a mansalva en esta vorágine de violencia. He pensado en los niños sobrevivientes que han tenido que huir hacia Estados Unidos para no involucrarse en las maras o ser víctimas de la primera oferta de salvación y seguridad que se les ofrece en ellas. He pensado en el sistema que ha construido este horno de Moloch sin necesidad de dar una imagen de guerra civil convencional. En todo caso, es la niñez empobrecida y envilecida la que se ve expuesta en primera fila.

Un niño expuesto. Un Expósito, como se le llamaba en la antigua Roma y posteriores siglos al recién nacido "expuesto", es decir, puesto en "exposición" por abandono o entregado por sus padres a inclusas (orfanatos). Por lo general, un niño expósito era un bastardo (hijo fuera del matrimonio) o un huérfano que había sido condenado a la pobreza extrema. La mortandad de estos niños en los inclusas era algo pavoroso: la insalubridad, el desprecio, los abusos, etc. no tenían la atención de instituciones que vigilaran los derechos humanos, mucho menos los derechos de la infancia. Tan solo en el siglo diecinueve, en España, los índices de mortandad se detallaban así:

  • Inclusa de Zaragoza, de 1786 a 1790 se recogieron 2.446 expósitos de los cuales murieron 2.246 quedando vivos tan solo 200 de los recogidos.
  • Inclusa de Santiago, se recogía una media anual de 1.300 expósitos
  • Inclusas de CalahorraLogroño y Vitoria, entre 1794 y 1797, se recibieron 610 expósitos, de los cuales murieron 400.
  • Inclusa de Huesca, de los 164 recibidos en 1798 fallecieron 115.
  • Inclusa del Sancto Espirito de Roma. De 2.646 varones recogidos en un año murieron 1.300 y de 2.890 niñas, murieron 1.334.

Imaginemos en los siglos anteriores. Ahora caigamos en Honduras y su apañado sistema de expósitos. ¿El padre y madre que abandona? El Estado. ¿Las matronas que amamantan? Las maras y la violencia de la calle, los paramilitares, la policía uniformada, el ejército. En la antigua Roma el recién nacido fuera de matrimonio era puesto en el suelo y el padre decidía si lo levantaba o no. Al levantarlo lo aceptaba bajo su cuidado, de lo contrario era automáticamente expósito. En Honduras muchísimos niños y niñas son levantados de las calles en plena madrugada por carros sin placas, son levantados a patadas por mareros, son levantados en brazos de ocasión por políticos y políticas, son levantados para subir a los camiones militares y ser llevados a los batallones  doctrinales de los "Guardianes de la patria"; son levantados para cruzar sin que se ahoguen en los ríos trans-fronterizos rumbo al norte, son levantados para que suban a la bestia y salten los muros... *

Los expósitos hondureños tienen sus cifras también. Las siguientes corresponden al informe que Casa Alianza dio para tabular el 2015: más de mil niños asesinados en el 2015 **

Beast of  no nation ya está ocurriendo aquí, tanto en el proceso de ingreso a las maras como en el proceso de retorno del viaje al norte (muchos de ellos ya regresan como brutales sicarios de carteles luego de años de secuestro en México). La tragedia también está a nuestro propio nivel y el gobierno paramilitar lo sabe. "Si esto no puede llamarse genocidio -dice la antropóloga estadounidense Adrienne Pine en su libro Sobrevivir Honduras- bien puede llamarse el aniquilamiento de una generación" a causa de la estigmatización y medidas de seguridad del Estado.

F.E.


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http://www.laprensa.hn/honduras/tegucigalpa/761930-410/17-mil-ni%C3%B1os-hondure%C3%B1os-en-estados-unidos-esperan-proceso-legal

** http://cholusatsur.com/noticias/casa-alianza-denuncia-las-fuerzas-armadas-por-el-asesinato-de-seis-hondurenos/