miércoles, 13 de enero de 2016

Amapala: algo que se derrumba con el crepúsculo

La última vista que tuve de Amapala fue hace unos 15 años. Con mi primo Alex y con nuestro común amigo Edwin Lacsel, atravesábamos el estrecho que separa la Isla del Tigre con el rupestre puerto de Coyolito, el atracadero donde se abordan las lanchas. Había mar picado, eran las seis y media de la tarde, el crepúsculo ya era cosa de enamorados y nosotros regresábamos como piratas borrachos desafiándolo todo. Luego nos sentamos en una champa, bebimos la última cerveza en honor a lo inasible y ciao tigre, la noche fue una inmensa ola que borró la isla.
Pero por alguna razón, la atmósfera que más recuerdo de Amapala es el de la vieja piscina en el derruido casino. No era piscina realmente, era un corral para atrapar un poco de golfo. Unos niños saltaban como pelícanos en picada para ir tras monedas que la gente les lanzaba al agua. Ellos se zambullían y salían con la moneda en la mano. Mi tía Lauren miraba hacia el fondo de las cosas porque todas las cosas en ese momento eran el horizonte del Pacífico. La canción que sonaba era Todo se derrumbó dentro de mí, de los españoles Ana Magdalena y Manuel Alejandro, cantada por Enmanuel. Era 1984. Y yo no entendía aún qué cosa se derrumbaba con los crepúsculos.

 Partiendo desde Coyolito.

 El viejo muelle.






Pero aquello se quedó. Se quedó como dijo el poeta hondureño Daniel Laínez: me he quedado solo como esos puertos coloniales que bostezan de hastío a la hora del bochorno;/ nada/ ni una actitud romántica/ ni siquiera la vaga intención de una mentira... Esa sensación de haber ido a una burbuja colonial o de haber sentido la desolación de un puerto muerto fue lo que más dio vueltas en mí cuando necesitaba recordar Amapala.
Ahora sé que los últimos barcos atracaron en el muelle en 1964 y que los viejos estibadores son los actuales veteranos de las lanchas que cobran apenas 15 lempiras para cruzar hacia La Playa del Burro en la isla (70 centavos de dólar). Ellos miran el crepúsculo, son sus adoradores, sus levitas melancólicos.


 Al fondo, El Salvador.





Aparte de ese opio asfixiante en la memoria, la vitalidad sigue moviéndose sobre las aguas. Cada vez con menos bancos de peces o manchas, los pescadores van tras ellas con sus redes calculando bien que no atrapen un pez con pasaporte nicaragüense o salvadoreño. Saben bien del calibre con que se dispara desde las patrulleras y conocen muy bien el olor a orines de las celdas en ambos lados. Las Pirañas de la Fuerza Naval hondureña también disparan. Todos se disparan en la invisible frontera de la estupidez. La boca del golfo se abre y cierra al ritmo del buen o mal humor de las autoridades militares y en medio de eso, el bocado principal son las precarias pangas con sus asoleados -asolados o desolados- pescadores.











Los niños y mujeres esperan cada panga que regresa. Puede parecer que están por ahí como turistas internos entre las bajas olas, pero una vez que la panga regresa se activa un mecanismo de supervivencia bien afinado y casi triste. Se arremolinan en torno a los pescadores y estos venden el poquísimo pescado que traen. Este pescado es revendido luego o consumido en casa. No hay alegría en el intercambio. Ninguno de los pescadores ha reventado la red de tanta pesca en mucho tiempo. Algunos han querido caminar sobre las aguas legales y han muerto en el intento. Saben muy poco del cambio climático o casi nada pero tienen certeza de que el confinamiento de su faena los tiene al borde de la decisión de irse de mojados para Estados Unidos. La mayoría ya lo ha hecho y su remesa enviada es la que mantiene a la flota de pescadores sobre adoquines: los conductores de tuc tuc que van y vienen alrededor de la isla, atrapando a los pocos turistas que llegamos de esa Honduras extraña que acostumbra a mandar millonarios para hacer sus enormes villas de recreo. Yo no soy uno de ellos, por supuesto. Yo pagué mis 15 lempiras junto a Esteban, mi hijo  y César Núñez. Pagué mi cuota de nostalgia aunque no pudiera ir al viejo casino destartalado.





A pesar de ello, la poquísima atención que el Estado le ha dado a Amapala los has librado un poco de lo que sucede en su vecina Zacate Grande, donde los campesinos y pescadores han sido arrinconados por los grandes terratenientes hasta el punto de cerrarles sus zonas de pesca. Millonario Vs. Pescadores. Leyes Estatales Vs. Arraigo. Recuerdo un viejo anuncio televisivo de las Fuerzas Armadas de Honduras, allá por el tiempo en que Emmanuel cantaba que todo se derrumbó: teniendo como banda sonora una obertura de Brahms se miraba a unos esforzadísimos isleños de Zacate Grande aplicados a la tarea de acarrear piedras para el relleno que une tierra firme con la isla. El locutor decía algo así: Honduras es tarea de todos, de nuestro esfuerzo, de nuestro amor hacia el progreso, unámonos, pueblo y Fuerzas Armadas. Brahms se elevaba genial y así lo recordaba siempre que llegábamos a comer conchas (curiles) al mismísimo lugar de la unión; ahí están todavía las piedras que muchos pedros ajustaron contra el mar. Los turistas llegaron a Zacate Grande, sí, pero fueron pocos y los pocos resultaron políticos y empresarios millonarios que los expulsaron de sus tierras y de su mar con la ayuda de las Fuerzas Armadas. Para los pescadores Brahms debe sonar odioso. Para los fantasmas de los alemanes muertos en la isla hace mucho, sublime *.



El golfo sigue allí. Los crepúsculos vienen y se van. Los políticos de oficio siguen regalando casas con techos pintados de azul y placas más grandes que la única pieza básica hecha de bloques. Todos quisieran una casa de esas, pero el problema está en que sólo donan a aquellas familias que tienen terreno a la orilla de la calle principal, que es desde donde se ve mejor la justicia social de la felonía gobernante. Para verlas hay que ir al otro lado de la isla, más allá de Playa Negra, casi al otro lado de la luna donde casi nadie va pero que es el lugar de establecimiento de la pobreza más abyecta. Pink Floyd suena de maravilla aquí, tanto como las emisoras radiales salvadoreñas y nicaragüenses. El otro lado de la luna es la maravillosa Playa de El Zapote y también es el regreso preocupado de los pescadores. Todo ese espejismo que es el mar, entonces, todo ahí, flotando y haciendo que el sol se bifurque en prismas delirantes. Ese viejo prisma como la promesa del puente que uniría Amapala con tierra firme, sólo que esta vez sin Brahms ni con las relaciones públicas de los militares. Esta vez, es con los voceros de las Zonas Especiales de Desarrollo, las ya famosas y anquilosadas Ciudades Modelo.


 Playa de El Zapote, al otro lado de la isla.







 1934

 Vista del puerto y de la llegada de barcos mercantes a puerto. 1934

 Arribo del cuerpo del periodista hondureño Paulino Valladares -fallecido en Ciudad Panamá-  transportado luego por las "gasolinas" a Coyolito. 1926

Arribo a puerto del crucero alemán Karlruhe. 1934. Este crucero tenía por capitán al que luego sería el Almirante Günther Lütjens, quien como capitán del legendario Bismark -el mayor acorazado pesado de la Kriegsmarine- comandaría la gran operación Rheinübung, la misma que le costaría a Alemania el hundimiento del Bismark, el 27 de mayo de 1941. Lütjens murió en su puesto de mando.


Billete de dos lempiras, actualmente en circulación. En él, se hace homenaje a la gran "Reforma Liberal" liderada por Marco Aurelio Soto, quien tomó posición de su gobierno en Amapala, en el año de 1876. 


Regresamos. Tierra firme se siente como ondulante. Nuestra pesca es de fotos. Luminosas y poco confiables fotos.


F.E.

* Una sólida colonia alemana mantuvo su presencia económica en la Isla del Tigre hasta su expulsión decretada por el gobierno del nacionalista Tiburcio Carías Andino. Segunda Guerra Mundial.


lunes, 4 de enero de 2016

Entrevista a Jorge Oquelí, artista conceptual hondureño, primera parte: detrás del rito

Hablar de la última horneada en Honduras –si hablamos de la última consolidación artística- es hablar de un o una artista surgida en los noventas, como es el caso de Jorge Oquelí, quien ha desarrollado su proceso creativo en la década del 2000 hasta la fecha (2015)*. Esta entrevista forma parte de una serie pláticas que he venido teniendo con los protagonistas de mi generación como también de las precedentes. 

F.E. ¿Qué fue lo que te trajo a la revelación del arte?

J.O. Fabricio, muchas gracias, para mí es una gran alegría compartir estas palabras con vos. Creo que el proceso creativo de todo artista siempre tiene que ver con la experiencia de la infancia, pero es en la Escuela Nacional de Bellas Artes donde fue el encuentro con el talento y con la generación de artistas que compartimos espacio e ideas.

F.E. ¿Compartir sería entrar a una disciplina artística por complicidades o por la necesidad de expresarse hacia otros en x disciplina?

J.O. La dinámica de colectivos o la lógica de creación colectiva son elementales para comprender la evolución del arte hondureño, aunque no podamos trazar una línea muy clara sino más bien momentos, hitos. Vemos por ejemplo eso en el Taller de la Merced, El Círculo, La Cuartería, colectivos importantes que hicieron del arte un proceso de investigación que ha resultado muy interesante; yo vengo de esa dinámica. Una vez egresados de la ENBA me incorporé junto a otros en un taller que impartía Cesar Rendón. Ahí estaba Miguel Romero, Gabriel Núñez, César Manzanares, Adán Vallecillo… por ahí andaban, aunque no estuvieran en el taller, Jacob Gradiz, Manzanares y Alex Galo, que son artistas que hicieron el salto de la escultura de pedestal a la escultura de instalación y claro, la experiencia era otra.

F.E. Ha existido una idea muy dispersa de las nuevas producciones, generalmente se entiende que existe un circuito artístico de x disciplina solo si han pasado ciertos años ¿no?. El canon tiende a invisibilizar los circuitos artísticos, entendiéndose circuito como la acción cotidiana que dinamiza y que es el caldo de cultivo de las asociaciones de amigos e ideas, la que no entrega un producto aún pero que anticipa, mueve y empapa al artista dentro de la sociedad ¿Creés que la gente de tu generación creó un circuito? ¿Una movida?

J.O. Sí, claro que hemos creado un circuito. Si bien es cierto que es un proceso joven que podemos situarlo entre el 2002-2003, que es cuando surge se eevento que es clave en el nuevo abordaje del espacio público: Veinte pesos, la necesidad tiene cara de perro. Luego viene el evento Acciones en el Espacio Público que fue en el contexto de la carrera de Filosofía en la UNAH, donde participamos con Manzanares, Dina Lagos, Sinrry Salamanca, Cristian Ortíz, un evento que nos propusimos lanzar para que estuviera más o menos emparentado con la idea de hacer una obra de apropiación, de bajos recursos, de reciclaje pero de máxima calidad expresiva y con un componente político claro. Bueno, ya el hecho de no estar pendientes de legitimar la obra desde los espacios de legitimación y de los discursos canónicos del arte ya estaba indicando una actitud hacia la actividad creadora (el circuito del que hablás) como actividad política-cultural.

F.E. ¿Me podrías decir cuáles son las mayores preocupaciones del artista conceptual hondureño en la última década?

J.O. Bueno, es que hablar de la última década nos regresaría un tanto a la década de los noventas, que es un momento clave para hablar de un arte con mayores preocupaciones conceptuales, y en algún momento lo mencioné con la obra de Manzanares. Algo así ocurre en el lenguaje de la pintura con artistas como Santos Arzú Quioto o Bayardo Blandino, que no es solamente que ensanchan los lienzos sino que ensanchan la idea de la pintura porque es una pintura ya emancipada de la representación, de la figuración, y son artistas que asumen el arte como un proceso de investigación además que son artistas que se exigen una disciplina técnica en la elaboración, muy elevada también. Para nosotros fue un momento clave ese, porque nos vamos dando cuenta que hay que repontenciar esas herramientas formativas que habíamos venido teniendo desde la ENBA pero que, sobretodo, el arte es un asunto de trabajar con las ideas.

F.E. Cuándo se habla de investigación ¿no se está especializando el arte conceptual aún más volviéndolo críptico para públicos legos? ¿Una serie de codificaciones que un público inédito debe desentrañar  para que, una vez decodificado el signo estético, se encuentre con que ahora debe decodificar el concepto antropológico, sociológico?

J.O. Estamos hablando que en este momento hay una necesidad de una propuesta con mayor carácter interdisciplinario, que es algo que el arte abordado desde las diferentes vías del pensamiento humanista hace: ampliar, no especializar.

F.E. Has estado trabajando con la interacción con públicos vivos y no conducidos hacia un formato x. Este tipo de público -que no es más que la ciudadanía no expuesta anteriormente al golpe estético o conmoción estética-, vos lo has estado abordando desde la cuestión totémica, simbolizadora ¿Qué tipo de reacción has encontrado?

J.O. Antes que nada debo decirte que he concebido la acción como un acto poético, un acto revelador pero a la vez un acto transgresor que generalmente ejerce poder o una influencia en el ámbito de relaciones usuales tanto del sistema como del individuo. Y claro que esto también en un espacio para los signos y eso que el arte del performance me ha servido para crear una obra directamente política –obras que tienen que ver con el activismo-, pero también obras que piensan desde el imaginario lenca o la cultura garífuna, fuentes importantes para mí a la hora de concebir algo para el espacio público. Esto lo veo desde la estética del arte relacional –de crear nuevas relaciones- y de cuestionar el orden de las relaciones establecidas… pero más que todo mi intención es crear un acto poético. Yo creo que vos como creador de la poesía  comprende cuando uno está detrás de una imagen y la logra cuando pone en acción ciertos símbolos. También estoy produciendo visualidad con esto, una preocupación para que cada elemento ocupe a nivel compositivo un lugar importante. http://fabricioestrada.blogspot.com/2014/12/jorge-oqueli-performance-acto-poetico.html

F.E. Creo que lo que he observado cuando vos abordás la poética es que vos te concentrás en la fabulación de ciertos elementos de la ritualidad tradicional ¿cómo lo definís o afirmás? ¿Cómo trangresión o fabulación?

J.O. Más que como transgresión porque no sé si estoy entendiendo fabulación como el sentido de narratividad y, justamente, uno de los retos que a mí me pone una obra de acción es el cómo contar algo sin contarlo en el sentido narrativo. Es buscar esa imagen que te puede tomar por asalto más desde el inconsciente, desde el sueño, pero necesariamente las fuentes tienen que ver con la ritualidad. Y esto, por ejemplo, desde dos experiencias: la primaria que tiene que ver con el encuentro con la cultura garífuna** –en algunas acciones- que es una cultura sumamente musical y ritual. 

Yo tuve un encuentro temprano con esa cultura, incluso aprendí a tocar el caracol sin imaginar la influencia que vendrían a tener en mí. La experiencia secundaría sería cuando luego de viajar a occidente*** en la adolescencia  y vivir y trabajar allá con la cultura lenca y conocer el ritual de la compostura de la tierra me hizo comprender que estas culturas, a pesar de todo el avasallamiento y la deriva colonial con toda la devastación que provocó, habían elementos que sobrevivían y que se hibridizaron, ya que esta cultura a pesar de que aceptó el cristianismo como culto oficial siguieron manteniendo el culto propio, en el caso de los garífunas el culto hacia los ancestros, en rituales como el Dugú y el Shogú donde se hace memoria de ellos revelando que el objetivo de todo ser humano es convertirse en ancestro y no la idea cristiana de llegar al cielo. Esa creencia es muy importante, porque es otro viaje el que hace el espíritu, el nagúyané loubábagú o el me estoy moviendo hacia otro lugar, hacia esa otra orilla lejana, la orilla mística

Y por otro lado la cultura lenca cuando la compostura de la tierra también nos está recordando –con elementos de la religión católica- el rito de la fertilidad de la tierra, sus ciclos de siembra, la fertilidad femenina… y hay un elemento increíble que nos demuestra el poder y la importancia de la compostura de la tierra, y es que tiene sus referencias actuales a través de necesidades actuales como es el caso de que el occidente de Honduras es una zona de tránsito del migrante y, en la actualidad –no podría precisar en qué fecha pero sé que es un hecho bastante reciente- ha surgido la compostura del migrante; así como se prepara la tierra para que sea fértil y que dé sus frutos deseados, así se le prepara al migrante para que sortee todos los obstáculos  del camino. Esos son rituales, como vemos, que nos recuerdan que estamos vivos y la relación que tenemos con el cosmos… y eso no necesariamente tiene que ver con la influencia de la religión católica.


*La entrevista fue realizada el 10 de diciembre del 2015.
** La cultura garinagú, más conocida como garífuna, llegó a Honduras en 1796, deportados por los ingleses por su insurrección anti-esclavista en la isla de San Vicente. Su mezcla racial fue, originalmente, de negros esclavizados en África occidental con indios Caribes, de las Antillas.

*** Región de Honduras que comprende los departamentos de Intibucá, Lempira, Ocotepeque y Copán.

sábado, 2 de enero de 2016

Malamuerte (Eduardo Bähr), noche de su presentación en Paradiso, TGU - Fotos: Fabricio Estrada

 El Maese narrador Eduardo Bähr (aquí, a la izquierda) presentó su reciente publicación, Malamuerte, el miércoles 30 de diciembre recién pasado.










sábado, 26 de diciembre de 2015

Pleités o el inicio del sueño



Todos, todas se estaban mudando al sueño. La realidad ya no era suficiente, se había agotado el sueño anterior. Un sueño puede servir para varios meses, pero no más, había que llenarse de nuevo, el pueblo ya estaba agotado: la silla era silla y la risa simple risa. El sueño se había secado y cada cosa se contraía como el ojo de un pez muerto. Las calles eran más polvorientas y el cerro miraba a la distancia, hacia otro lado, ya no miraba el sencillo ir y venir de los días. Sí, se necesitaba más cosas para vivir y esas cosas ya no estaban en la realidad.

Era entonces que llegaba el Cine Pleités a Sabanagrande y el parlante anunciando la función de estreno sacaba a los niños y niñas de la duermevela y algo comenzaba a cambiar esa semana.
¡Una semana entera! ¡Una semana entera podrá ver al sensacional Santo luchando contra las momias de Guanajuato! ¡Venga a Cine Pleités y traiga su silla a las seis en punto de la tarde, hoy sábado!
Pleités -el apellido sonaba a alguien relacionado con el mundo de las estrellas-, era un señor risueño que cargaba su proyector de cine a través de los municipios del sur de Francisco Morazán. Lo venía haciendo desde principios de los sesentas pero mis amigos y yo, de unos ocho años, alcanzamos a verlo ya en su etapa final a mediados de los ochentas. Su llegada no había perdido la magia. Sólo contábamos con dos canales de televisión y no siempre había permiso para ver tele por más de una hora. Nos atragantábamos con las pocas películas o pichinguitos que alcanzábamos a ver y eso nos duraba por muchos meses: El Curro Giménez, El Tesoro del Saber, Sport Billy y las caricaturas de la Warner Bross. Pero era Pleités quien traía la mística, porque en algo ayudaba que la función comenzara a las seis de la tarde, justo cuando el sol se apagaba y así, el mundo entero, la realidad entera era una enorme sala de cine que apagaba sus luces y daba pasa al delicioso sonido del carrete que comenzaba a correr. Era como escuchar la primera lluvia, como agarrar un viejo peine y llevárselo al oído recorriendo sus dientes con una cuchara.

La sala de cine era un corredor de la vieja casona de la Licenciada. Ella se lo alquilaba a Pleités. Una casona del siglo 19, alta y desvencijada, con baldosas de barro y un solar antiguo que daba miedo. Olía a excrementos de gato pero ya en el corredor, apretujados, eso pasaba a ser complemento que ahora se vuelve indispensable en la memoria. Las profesoras Lila, Engracia, Luz, Adalúz, Cholina y Maruca –mi abuela- ya ocupaban su primera fila junto a Pacita, doña Matilde, mi tías Lauren y Olga, Trinita, Tanchito –mi tía cantora- y mi chicharachera tía Pocha Caballero. Pero la función alcanzaba su máxima solemnidad cuando Monseñor Evelio Domínguez llegaba con su sacristán de turno cargándole la sacra silla. Era un momento de silencio y extraño regocijo espiritual con aires muy familiares. Dejábamos de pellizcarnos y de alborotar y mirábamos cómo su eminencia, entre las sombras, ocupaba el mejor ángulo. Y así comenzaba el sueño, entre mordiscos a los crujientes pastelitos de perro de Betsabé, entre palomitas –pop corn- semi quemadas y el rasgado sonido de los anticuados parlantes. 

Yo no sabía aún de Cinema Paradiso pero juro que hasta el loco del pueblo estaba ahí, callado y con una sonrisa de arrobo porque había entrado, a último minuto, Rosita Galindo con la suprema belleza del pueblo en aquel entonces: Milagrito. Milagrito con sus vestidos primorosos y su belleza de los años cuarenta. Los niños imaginábamos que era Milagrito quien se enamoraba del poderoso Santo –que terminaría transmutándose en uno mismo en el posterior juego- y que era ella a quién debíamos ir a ver con sonrojo a la hora de ir por zapatos a la tienda donde ella ayudaba a doña Rosita, la aristócrata anciana que, al percatarse de nuestro alelamiento, nos daba un par de reprimendas secas y nos despachaba con los zapatos nuevos envueltos en papel periódico.

Por un par de horas, todos reíamos y quedábamos temblando cuando las momias salían de sus catacumbas, pero los gritos de alegría eran más cuando el Santo lograba apartar de su cara los murciélagos de plástico y propinaba el uppercut preciso en la mandíbula de un muerto viviente. Sabanagrande desaparecía y la carreta bruja podía esperar un rato más en la esquina del manguito o en Las Tres Cruces camino al cementerio. Ese era el momento en que nos aprendíamos todas las fintas y los diálogos para después llevarlos a la práctica envueltos en sábanas o con una máscara de papel cubriéndonos la cabeza. La función terminaba demasiado pronto. Los 20 centavos no daban para más. ¡Atención niños y niñas! ¡Mañana estaremos presentando Súper Ratón!, era el propio Pleités el que nos despedía en la puerta de la casona seguro que mañana volveríamos.

Todos regresábamos a casa cargando la realidad de una silla pero ya bien cargados de sueño. La breve mudanza de la aventura, la sigilosa mudanza de piel, el héroe, el malévolo científico trastornado, Milagrito mirando un instante  nuestros ojos en torbellino… regresábamos a casa y la casa ya no era simple, la oscuridad ya no era el patio con su árbol de ciruelas japonesas, el cerro había vuelto su rostro hacia nosotros y la infancia era de nuevo infancia. Yo ponía en mi oído un peine de plástico y rozaba sus dientes con una cuchara. Escuchaba el sonido del proyector. Entonces, dormía.


F.E.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Paseo Real de las Chimeneas Gigantes, Trinidad: un purgatorio para la marca país - fotos: Fabricio Estrada

5:30 de la mañana
me levanto de la cama
voy con un gomón de miedo y con un fuego en la garganta.
7:30 vamos sueltos
una dosis de alimento:
una coca, una semita y un royal...*

Todos estamos preparados para irnos a quemar algo. Desde hace quince años se arma la ruta hacia Trinidad, Santa Bárbara, un peregrinaje irrenunciable que nos reúne desde todos los rincones de Honduras para presenciar una de las tradiciones más enigmáticas de nuestra identidad. ¿Quemar lo que tanto cuesta? ¿Quemar la belleza? En un país de fuegos cruzados es casi preferible tomar la conciencia de un bonzo e inmolarse sin que nadie venga a ponernos su cerillo encima.

Llega el bus. Todo el equipo está acomodado y los guancascos ya eligieron asiento y chiste para acortar distancias. Pavelín, Pavelón, Wilmer, Carlitos, Marianito, Marlon, Yemil y Cristian -se quedó el Memo-, van hablando de todos los discos posibles, de las versiones de tal canción o de los arreglos que preparan para el otro concierto, quizá algo de Pink Floyd -aunque siempre hay un pincelazo de Pulse en ellos- o un homenaje a Facundo Cabral, que sé yo, qué saben ellos, las canciones van a ir moviéndose en su túnel del tiempo y el Sargento Pimienta se irá agregando como siempre, sin condimentar demasiado. Café Guancasco, o el encuentro de Pavel Núñez y Pavel Cruz, apareció en escena precisamente en Trinidad, en la dinámica que fue atizando por igual el Colectivo de Poetas Paíspoesible junto a Meme (Délmer López, director de Teatro La Siembra), y por eso se vuelve tan significativo ir a cantar en este tedeum fogoso para los 15 años del Paseo Real de las Chimeneas Gigantes, que este año llevó como tema: Peligro de Extinción, en atención al cambio climático y a la destrucción humana al ambiente y hábitat de las especies.
Café Guancasco.

Yo voy por las fotos. Esta vez no leeré ante los públicos de las aldeas y del casco urbano. No, esta vez llevo mi cámara y caminaré pendiente de toda pavesa.

No ha sido nada fácil mantener la tradición. Pasó el golpe de Estado, pasó el repliegue de patrocinadores, pasó de todo, incluso el intento de parar la quema llevada a cabo por la actual administración edilicia, quienes tuvieron que vérsela con la irreductible voluntad de Teatro La Siembra, quienes, en protesta frontal, cargaron con los armatostes de las enormes esculturas y las plantaron frente al edificio de la alcaldía. El pueblo entero se puso en pie de lucha, de nuevo, una lucha que por segunda vez defiende su patrimonio artístico-cultural. La primera fue el día del golpe de Estado, cuando medio pueblo se fue a la posta a rescatar a sus teatreros. Sin dudarlo un instante, fuero ellos los que salieron en la primera resistencia al golpe y fueron ellos, los que una vez rescatados de la cárcel, crearon aquel gorila inmenso para quemarlo. ¿Que cómo bautizaron al gorila? Goriletti, por supuesto. La multitud completa rodeó esa noche al Goriletti y del aquelarre surgió el grito que en toda Honduras se gritaba: el pueblo unido jamás será vencido. Esta vez, seis años trancurridos desde ese atorrante día, cambió en algo el grito, pero en esencia el fuera joh que se gritó llevaba la misma música de Café Guancasco de fondo y la misma algarabía que siempre triunfa sobre las graves disposiciones del totalitarismo.

El poeta Samuel Trigueros junto a Délmer López, director de Teatro La Siembra.


Un espíritu liberador es entonces la quema de las Chimeneas. Un postulado al desapego, antítesis de la acumulación de bellezas coleccionables que el poder y los valores capitalistas promueven cada treinta segundos a través de la mass media. El mundo es imposible, déjalo ir, parecieran escribir las llamas en la noche profunda de Trinidad, y Verlaine, en algún horno del purgatorio poético se sonríe junto al poeta Rigoberto Paredes que, con seguridad, recordaba ese verso cada vez que regresaba a su pueblo y miraba el destello de lo efímero.







Pero sigamos un orden, cosa casi imposible entre la multitud que se mueve de arriba abajo entre el asombro y el selfie. Las mujeres más bellas del país se cuidan de no ser tomadas por una belleza más a ser incendiada esa noche. Son decenas de muchachas bellísimas las que confirman que Trinidad sigue siendo una asombrosa fuente de indecisiones a la hora de elegir qué priorizar con la cámara.

Continúo. Aparto la disgresión.

¿De espíritu público hablaba? Pues bien. Se hace obvio luego de muchas pruebas a lo largo y ancho del país, que el espíritu público del actual gobierno promueve un repliegue acelerado de las manifestaciones populares, ensañándose -sobretodo- con aquellas donde el pensamiento artístico puro se concentra en lo que mejor sabe hacer: liberar espíritus. Cerrar el Ministerio de Cultura y transformarlo en una dirección ya es suficiente discurso; socavar paulatinamente la posibilidad de que los egresados de la ENBA (Escuela Nacional de Bellas Artes) sean considerados profesionales y que, para el futuro, se circunscriba la educación artística a la esfera exclusiva de las instituciones privadas (nueva Ley Orgánica de Educación) le pone cereza a mi argumento. Eso sin contar con el intento de tasar los espectáculos como teatro, conciertos de trova, lecturas de poesía, foros, talleres, etc., la regulación de la música entre los jóvenes y la promoción masiva de eventos folclóricos que promuevan el insustancial orgullo-catracho. Los organizadores deberían luchar para que Las Chimeneas se conviertan en Marca País -alcanzó a escuchar el poeta Samuel Trigueros (importante colaborador artístico de La Siembra) de boca de una bella jovencita-, tal vez así nos paran bola. Y no está muy despistada la reflexión tomando en cuenta que la concentración y promoción de productos artístico-culturales de este gobierno pasa por herrarse la marca país en el brazo: un reloj de Comayagua marcapaís, una playa en Trujillo marcapaís, un delfín de Roatán marcapaís, una chiringo marcapaís, pero nunca un fuego desencadenado que entre chispas y antorchas monumentales los señale desde el noroccidente hondureño. Of Course.












Café Guancasco ya cantó la del bus. Délmer ya entregó todos los reconocimientos. Ahora toca la hora del encendido y el ritual del teatro previo al atizado. Todos callan. De escultura en escultura la gente se va dorando y abriendo la boca. Hay una expresión de súplica honda antes de que el actor en zancos arremeta con sus antorchas. Se escucha el deslizar de las miradas por cada animal. El jaguar y el tigre se defienden y el venado gigante baja la testuz en espera de las llamas. Y de pronto estalla la piromanía más desquiciada, todo mundo regresa a su neanderthal más privado y grita, suspira, piensa, reflexiona. Ya que no nos dan para hacer arte aquí les damos arte a otro nivel y se los quemamos antes que vengan a ofrecer dinero para coleccionarlo o para ponerlo en un parque en espera de la lluvia desintegradora... así dice la enorme bandera invisible que flota sobre la hoguera... todos lo saben luego de que el signo fuera sembrado hace 15 años, luego que el signo creciera y se hiciera fuerte e imbatible.









Los armazones van quedando expuestos. Ennegrecidos esqueletos y la ceniza cae como nieve de sueños. Una nieve oscura que casi bendice, una ceniza que se multiplica como la memoria de Trinidad y de Honduras.

Si naciera y viviera de nuevo
gritaría unas cuantas blasfemias
quemaría todas mis mudadas
de esa ropa de marca importada...
...robaría el fuego a Prometeo.**




Esa es la que nos cantamos al regreso. Antes del silencio de los Guancascos.



Fabricio Estrada
Trinidad, Santa Bárbara
Diciembre del 2015

* El busero, Café Guancasco
** Renacimiento, Café Guancasco

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Del CSS Virginia-Merrimac al USS Zumwalt


Cuando los confederados reutilizaron el casco del hundido USS Merrimack y le dieron vuelta, pensaron con total agudeza, sin duda. Era el año 1862 y la guerra civil estadounidense estaba en su fase más creativa en cuanto a soluciones armamentísticas. Con esa premura y creatividad endiablada que da toda guerra, fue construido el CSS Virginia, y por supuesto, los de la Unión le opusieron el USS Monitor (más pequeño y atrás en la ilustración) para que se le enfrentara en la batalla naval Hampton Roads, que resultó ser la primera batalla entre acorazados en la historia.


En este 2015, y ante las constantes multi- guerras en que está involucrado Estados Unidos, pero más por la nueva escalada inventiva armamentística que imponen China, Rusia, Francia, Gran Bretaña y Suecia (sí, Sverige, la suave y nevada Sverige), fue botado el USS Zumwalt, en un diseño furtivo y velocidad claramente exponencial al CSS Virginia-Merrimack, por supuesto. A un costo de 7 millones de dólares, es capaz de actuar como buque de apoyo a operaciones de gran envergadura con misiles y transporte de tropas. La gran paradoja: lo más adelantado vuelve a las líneas originales de diseño, así que no hay que dudar en dar puntadas de refuerzo, ir, temporalmente hacia atrás, una vez que se piensa demasiado a la hora de acometer el futuro.

martes, 8 de diciembre de 2015

Ogum’s toques negros: el derecho a la invención - Ronald Augusto, Brasil



Hace más de treinta años – un poco más, un poco menos – se organizan y publican antologías de escritores negros brasileños. Muchas de esas obras también han sido ó son editadas en el exterior, unas financiadas por universidades, otras por firmas editoriales atentas al mercado. Grosso modo, la literatura negra de exportación ha despertado el interés de lectores de Estados Unidos y de Alemania. La atención para esa producción proveniente de parte de pesquisidores, académicos y lectores obstinados, sea del área de estudios culturales, sea del área de la literatura propiamente dicha, renueva el apetito inventivo de los escritores ya conocidos y de los que se encuentran aún en sus primeros movimientos. Por otro lado, es notable cómo esas recurrentes colecciones, dependiendo del parti pris de lectura del organizador, sirven tanto al mantenimiento y a la consagración de nombres y temas relativos al asunto, como proveen nuevas perspectivas interpretativas al propósito de las fuerzas involucradas.

Desde la década de 1980, acompaño el surgir y la continuidad de esas antologías. Tomando como puntos de referencia  de ese recorrido libros como A razão da Chama (1986) y O negro escrito (1987), ambos organizados por Oswaldo de Camargo, pasando por las perdurables colecciones auto-gestionadas de los Cadernos Negros (copyright Quilombhoje, de 1978 hasta ahora) y llegando a la monumental obra Literatura e afrodescêndencia no Brasil: antología crítica (Ed. UFMG de 2011, que además de una centena de escritores negros, reúne 61 investigadores de 21 universidades brasileñas y extranjeras), arriesgo afirmar que, en buena medida, lo que se está tratando en esas obras es el esfuerzo de establecer, a partir de la deferencia, de un territorio escritural étnico-político en el cuerpo mismo de la literatura brasileña. En éste sentido es que muchas veces nos referimos a una “vertiente negra en la literatura brasileña” como si fuera una suerte de contraveneno.

Digamos que hasta Literatura e afrodescendência no Brasil (debido a su alcance la obra tiende a ser plural) me parece que el trazo distintivo de tales antologías es el de adecuación de los textos negros a la construcción del concepto. Los poemas, la mayor parte de las veces, siempre combativos, conforman una secuencia discursiva. En esas colecciones, los escritores presentan temas y lances textuales que denuncian un punto de vista culturalmente identificado a la afro-descendencia. Las voces textuales se diferencian más en el tono de que en las formas expresivas. Por eso mismo, la lectura de algunas de esas antologías, me causa la reiterada sensación de cosa vista y repetida al extremo. El tono del colectivo se proyecta sobre la irreductibilidad y lo idiosincrático de lo individual. Sin embargo, la poesía  tiene a ver más con el disenso de que con la necesidad de estrechar filas.

Y es la actitud crítica e intrépida en relación a eso,  que me agrada en la colección poética Ogum’s toques negros (2014). Identifico en el conjunto cierto astillar, la noción de que la supuesta unidad esencial de la producción negra en ámbito literario puede revelarse en verdad un espejo roto cuyos fragmentos constelares jamás se unirán. La colección organizada por Mel Adún, Guellwaar Adún y Alex Ratts  nace sobre el signo estético de la transnegresión, es decir, esa palabra-montaje creada por el poeta Arnaldo Xavier que a través de ella reivindicaba el derecho a la invención para la producción de los artistas negros, pero no en desmedro del texto contundente que pretende responder al horror de lo real; no. El lema transnegresor  subyacente a la colección Ogum’s toques negros convida  al lector a percibir que la autonomía estética y la radicalidad expresiva no excluyen la denuncia ni la problematización del racismo mientras perspectivas literarias y que, por lo tanto, las formas significantes no visan llenar vacíos  con esperanza de vislumbrar una cohesión original e inescapable entre los escritores.

Ogum’s toques negros relaciona algunos veteranos de la literatura negra (Éle Semog, Miriam Alves y José Carlos Limeira) con jóvenes poetas dispuestos a fastidiar  las piezas de ese ajedrez de tal manera que el tablero adopte otra configuración y nos predisponga a nuevos movimientos. En esa perspectiva, llamo la atención del lector para algunas transnegresiones, de determinados trabajos de la colección,  llevadas a cabo por eses autores en la estructura compositiva: evoco, por ejemplo, los poemas de Ari Sacramento que cantan a la musa homo-afectiva en pauta coloquial-irónica o satírica,  la reversión intertextual producida  por Mel Adún en ese canto paralelo que es su poema “Vou me embora para Oshogbo”  y donde devora por dentro la mítica “Passárgada” de Bandeira; los filosofemas   de la deriva en la poesía de Dú Oliveira que se entrega a los seixos  (guijarros) silenciosos del tiempo; los versos (des)medidos, libres hasta la médula del rebuscamiento métrico de Alex Simões; el puño sereno y contenido con que Henrique Freitas aprieta la caracola del poema, sus cortes concisos; la desmesura determinada, el poema a los saltos, los negros espacios infinitos del canto de Guellwaar Adún; las ofrendas a la manera de poemas de Lívia Natália, versículos expansivos resueltos en firme imaginación; y por fin, los nombres en sí, la escasa adjetivación, el poema sin parábola, sin inútiles curvas, las palabras con que Alex Ratts fabrica su concentrada narrativa y que forman la propia imagen-pensamiento de lo narrado.


Hay otros poetas en la colección y que no son desdeñables, entretanto yo no podría dejar de destacar aquellos que me parecen los más relevantes, teniendo en vista –por así decir-  la perturbación del acervo. Asumo mis opciones sin problema. Que el lector se sienta cómodo para reflexionar y replicar con relación tanto a los demás escritores reunidos en la colección, como a todo lo que afirmé temerariamente en ésta reseña.  Entonces, interrumpo por aquí mis comentarios con la convicción de que ese mismo lector cumplirá su parte en el juego estético-crítico leyendo, espero, el libro en causa y formando sus propias conclusiones.

[1] Ronald Augusto es poeta, músico, letrista y crítico de poesía. Entre otras obras, es autor de:  Confissões Aplicadas (2004),de Costas (2012), Decupagens Assim (2012), Empresto do Visitante (2013) e Nem raro nem claro (2015). Despacha en blog www.poesia-pau.blogspot.com y escribe quincenalmente aquí http://www.sul21.com.br/jornal/

martes, 1 de diciembre de 2015

Avecillas - Fotos Fabricio Estrada






No me había percatado. Hasta ayer. Las palomas vienen cada mañana a deslizarse al tragaluz. Creí que eran mis ganas de volver lúdico el inicio del día pero, al verlas aterrizar una y otra vez en permanentes revoloteos, me di cuenta que el juego ya lo tenían ellas sin necesidad de mi incrédula observación humana. Las esperé, hice la prueba y me di cuenta, por igual, que en la imagen se desplegaba un viejo pergamino que hacía que la cámara, más que captar una escena, dibujara como en los viejos manuscritos chinos. En segundos quise creer que lo era... y el vuelo firmó lo demás.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Un nuevo ojo para Polifemo

Fractura - Fabricio Estrada


Le doy la bienvenida a mi Nikon D7100. Luego de 6 años con la Sony Alpha 200 es lógico que me tiemble un poco el pulso ante la enorme posibilidad que me da esta cámara -incluyendo su video HD y su wifi- con todos sus 24.1 megapixeles.
Los lentes son una maravilla (18-55 y 55-300) pero definitivamente no podré usarlos con la desenvoltura con que he usado la Sony en la calle hondureña, casi en un ejercicio de corresponsalía interna y riesgosa que, en los últimos meses, he logrado camuflar con la adquisición del practiquisimo lente .50, que ha hecho más discreta la silueta de la vieja Polifemo. Comienza, entonces.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Strip Tease, bajo el poder del vacío activo

Las sillas ya están ahí. Su discurso lleva ya más de 15 minutos y no ha comenzado la función. Es la espera y así comienza a revelarse el tótem ¿Se descansa en ellas? ¿Se tortura en ellas? ¿Sirven para una coreografía clásica de un night club fino? Las puertas ¿quién entrará por ellas si acaso no son ya el otro lado y somos nosotros los que estamos tras bambalinas? Ya expuesto el espacio del poder –porque el poder es un espacio de movimiento- cuando los actores aún están ausentes con toda y su tensión halando cada fibra de un espectador impaciente. Todo espacio de poder es la antesala de un acto donde pronto dilucidaremos qué papel hacemos en él, pero mientras esperamos entenderlo y verlo nada se ve con los ojos si no que con la confrontación de nuestros propios abismos que, al ser espejos oscuros e insondables, nos repiten y nos contradicen. ¿Llevamos todos y todas un corazón doble de madera que en cada latido desesperado va adquiriendo la forma de dos sillas que a nadie esperan?

Así comienzo a ver Striptease, antes del inicio en que los actores José Luis Recinos y Jean Navarro estelerizan a Hombre 1 y Hombre 2 –pasmosa cosificación binaria, tanto como una programación informática-, dos ciudadanos modelos y ausentes que de pronto caen a una grieta “histórica” donde se les va revelando los mecanismos de su determinismo individual y colectivo, el acercamiento brutal que anula las distancias auto-controladas del ser confortable y que les muestra sin maquillaje –y sin traje- el terror de ser “lo otro”, lo mismo, lo pusilánime.

Llega un punto en que, al no revelarse de manera inmediata el por qué se encuentran en el limbo, Hombre 1 y Hombre 2, comienzan a indagarse sobre cómo llegaron a este doloroso proceso de revelación, “Nuestra dirección original fue completamente alterada”, recapitulan aterrados al cotejar, el uno con el otro, el cómo salieron de sus casas con toda normalidad y en dirección al trabajo hasta que llegaron a ese espacio. “Yo me dirigía… “ dice Hombre 2 y ahí comienza el horror de no saber a ciencia cierta si él realmente fue quien tomó la decisión de ir hacia una dirección pre-determinada, así como la humanidad misma ha creído que la civilización tiene un camino señalado hacia el progreso, la felicidad y la libertad, nodos esenciales del discurso político totalitario. El esfuerzo de comprender es tal que su mismo cuerpo revela –a través de las más extremas muecas y convulsiones- la anulación y el absurdo de ser una encarnación humana sin sentido, exigida hasta los límites. Esta representación es la que define, a mi parecer, el principio de la obra: el poder del vacío activo. Un vacío que es significado por la especulación, un poder crecido por la fascinación, un poder que puede ser revelado en el escenario como una simple mano que viene y da órdenes puntuales para despojarnos de todo sin resistencia alguna, en definitiva, un poder que nosotros mismos le hemos dado la voluntad de castigarnos por el simple hecho de existir para él.

¿Hubo en algún momento una dirección original hacia dónde dirigirnos? ¿Qué cosa era la libertad hacia donde nos dirigíamos? Escrita y montada para el contexto político de la Europa oriental durante el llamado socialismo real –épocas de disidencias igualmente activas-, la obra del polaco Slawomir Mrozek ha sido montada por el Maese Tito Ochoa con Teatro Memorias, traspolándola a la grave situación hondureña en la que vemos, aturdidos, el ascenso cínico de una dictadura formal donde el supuesto orden y sin alteraciones da argumentos para el despojo –por no decir saqueo- de todos los simbolismos que hacían de la ciudadanía una progresión hacia lo aparentemente civilizado.

¿Estaremos dispuestos a entregarlo todo bajo la apariencia de conservar la supuesta dignidad moral y cívica que se exige de todos y todas en todo momento a través de la propaganda y la coacción de la fuerza militar y tecnócrata? “Todo esto es muy cierto”, grita Hombre 2 mientras Hombre 1 le responde “Lo peor es esta incertidumbre”. El totalitarismo -vacío portentoso- viste y desnuda sin darnos la cara, aunque en esta puesta en escena los actores sean conocidos por nosotros, anden por la calle, coman, nos hablen pero ya puestos en el escenario de la fascinación se conviertan en nuestros sádicos opresores.


Fabricio Estrada
Noviembre, 2015

EN ESTRENO en Tegucigalpa,
DEL 19 DE NOVIEMBRE AL 12 DE DICIEMBRE.
TODOS LOS JUEVES Y VIERNES 7:00 P.M
SÁBADOS 4:00 Y 7:00 P.M