lunes, 6 de julio de 2015

José Adán Castelar, Honduras - Cauces y la última estación.

Foto: Fabricio Estrada


Transcribo los poemas del Maese Castelar con Puccini de fondo y es a él a quien escucho cantar. Siempre lo hace. Eleva su aria cuando está feliz, cuando siente que la poesía se ha posado entre el corillo de quienes lo escuchamos. Es su poesía lo que él es, no se puede distinguir dónde comienza cada espacio de su ser preciso y humano. 

El Maese Castelar fue el primero de los poetas dispuestos a trasladarnos su conocimiento poético en Casa Tomada. Recuerdo que Pepe Luis nos dijo: este próximo sábado el poeta José Adán Castelar vendrá al taller a darles una ponencia sobre la poesía hondureña, así que vengan sensiblemente preparados. Mi ansiedad era insostenible a la vez que tecleaba durante la semana entera sobre mi calculadora de asistente de contabilidad. ¡El poeta Castelar nos hablará de poesía!, me decía ahí mismo y las cuentas salían erradas, y repasaba mis poemas para ver cuál podía llevar para que me revisara. El sábado llegó. Un sábado de 1993 en Café Paradiso cuando éste quedaba donde ahora se encuentra la Librería Navarro. El poeta estaba ahí con unas anotaciones, junto a la ventana, y nosotros le rodeábamos en un silencio expectante. Comenzó por Juan Ramón Molina y fue él quien nos reveló a Merren y a Pompeyo del Valle. "La poesía es misterio", nos dijo, "Nunca olviden que todo misterio debe ser profanado". Y salimos de esa tarde a celebrar donde nos agarrara el viento, porque Adancito -como cariñosamente seguimos diciéndole- nos había revelado el desenfado y la elegancia en el verso, la lectura de Seferis y de Ungaretti y, además, me había aceptado un poema que luego publicaría en el diario para el cual escribía. Mi primer poema publicado estuvo en sus manos. Fue él quien me hizo ir a comprar el diario como si me hubieran mandado una carta que todos leerían.

Seguimos viéndonos cuando lo trae el viento, y las anécdotas son tremendas como las profundas carcajadas con que celebra su honestidad y descubrimientos. Cuentos, poemas, ensayos, poemas, ensayos, cuentos... los tiene por cientos este poeta inagotable que ha sido cantado por nuestros trovadorxs en los momentos más urgentes a los que él jamás ha renunciado. Desplegada bandera del mar, Adancito pasa de mano en mano desde siempre. Un clásico vivo que arremete con dulzura contra la oscuridad, como un escribiente chino que se confunde en la Plaza Roja y luego aparece en su Ceiba natal hecho luz desgarradora pero, también, felicidad espléndida en nuestras letras.



Nostalgia.

¿Ardió ya mi última estrella
Con mis remos destruidos
me hundo en el exilio.

Busco el puerto
de niños
que tenía.

           En mi horizonte
sólo hay despedidas
y un lamento que no me pertenece.

En la yerba,
con mi hoja de laurel
harapiento, veo
a la primavera cada vez
más lejos,

¡tan lejos!

Su última flor
me llama
        desde
            el mar.
Terco pájaro.

Se tambalea, afuera,
tu pie
deshecho.

               Entre las ruinas

no explicas, pero
andas.

               Y, bajo la lluvia,

cantas,
cantas,
cantas.


Invierno.

Todavía la lluvia oscurece la luz
y extrae, de pozos y rincones, husmos
y fumadores.

Las pláticas escuchadas bajo el ramaje
de la triste estación, son ella misma. Y los gestos
y vestuarios son nuestro tiempo uniformado.

El sol, es nostalgia en la ventana
y, como un dios, es recordado por los que fueron
niños en la sombra.
Los árboles son como su propia
tiniebla de pie, y un silencio
de piedras les aplasta el follaje.

Por un largo tiempo las plantas heliófilas
y los asmáticos soportarán la ruina,
y los sueños, como el petrel, volarán lejos.

Ah el invierno, cómo apagará lámparas y ojos,
cómo extiende, sobre el significado
de los seres y las cosas, la humedad
de la antigua derrota,
las cenizas de los héroes muertos.


Saldar cuentas.

Cuando no sirva para nada,
cuando sea estorbo
en la luz
o en la sombra, entonces
me iré, sin que nadie sepa cómo…

No oirán mi último adiós,
no lo oirán, ni mi hola corazón,
bien mío, adiós mi único amor,
¡ya no me gustas!

Me iré así,
como un camino entre
piedras, como el río
en medio de los árboles,
como la hormiga con su hojita
al hombro, como el niño
que muere.

…Y nadie sabrá cómo.

Ni carga embarazosa nunca,
ni viga en el ojo asustado, ni cansancio
en la mano que guía,
ni peso difunto.

Me iré nomás… Y nadie
sabrá cómo.


Cauces y la última estación.

La gente pasa demasiadas veces por los mismos lugares,
como si la repetición fuera la más hermosa costumbre.
Y todos pisamos esa sombra abandonada ayer al mediodía:
la misma que anda de un punto a otro buscando
a su dueño, al final se mezclará
con el humo de los fumadores.

Los borrachos escupen sobre las huellas y las borran,
pero aquel olor nuestro insertado
en las paredes donde el día y la lluvia
reclinan la cabeza. Después, todo es abrir
puertas y pechos.

Siempre al pasar
regresamos. Y cada sitio es nuestro epitafio.
Y si miramos bien, nuestro ir y venir no tiene
sentido: es como un payaso en un pueblo de payasos,
como un muerto con miedo,
como un conservador entre magnolias.
Como idiotas somos conducidos. Jefes
y horarios tiranizan. Se nos caen
los sueños. Se nos terminan las rutas. Quedamos
desnudos en la verdad de otro. Transigimos con
el tiempo que nos come: débil bocado, leche
de rabia, pan de ceniza.

No es raro entonces,
que pidamos prestado otro ropaje.

La calle es la fragua de los deseos. ¡A fundir
en ella, pues, todo pasado,
cualquier terror!

Pero uno transcurre demasiadas veces por los mismos
lugares, tanto que ya ese viaje es nuestro destino.

Pero un buen día preguntamos por aquel
desconocido
que solíamos encontrar en el Parque Central,
y cuya sombra saludaba a la nuestra
al cruzarse. “Se fue”, es la respuesta. Y pensar
que su persona es hoy
esa ranura entre la multitud.

El electricista.
Elevado por encima del orgullo blanco
de las casas y el miedo aéreo de los curiosos,
el electricista lleva a cabo su trabajo
de hilos, montado sobre sostenes
de viento material.

El baja palabras
y le suben palabras, y en un espacio
grisáceo y reducido, desarrolla
su revolución de contactos.

Hombre en el aire,
atado a un horario de mástiles fijos, ve
los techos rojos, el fastidio de la uniformidad,
el momento en que la sal destinataria
y los rostros del barrio coinciden.

Con él cae la tarde: los dos,
como el tendido puente de los muelles, serán
empujados por las primeras sombras hacia
el más brumoso y solitario anónimo.


La sequedad.

Ya perdí la palabra.
En silencio, oigo su trepidar
lejano.

Vaciado por manos
de significación,
ya no sé dónde está el horizonte.

Soy una sombra
salida de la piedra. El eco
de nada en la nada.

Como si no hubiéramos nacido, ya perdí
la palabra. Su huida
es mi silencio en el desierto. Su muerte
es mi muerte en la palabra.

Única muerte verdadera.


Canción.

¿De qué estás hecha tú?
Eres viento cuando te canto,
carne cuando te poseo,
olvido cuando callas,
muerte cuando no vienes.

Una canción vale un amor,
la carne un deseo,
el silencio un olvido,
tu ausencia la muerte.

¿De qué estás hecha tú?
¿De preguntas, de respuestas?

Entonces, quédate y me lo dices.


Dar de nariz.

Bajo las máscaras y el miedo
ninguno de ellos
tenía en el pecho la mañana.

Tumbas eran las palabras
que me decían, astros falsos
de un cielo podrido.

Cada uno seguía su ruta
de abandono. Cada uno
fabricaba su bastión
de ceniza, su islote
odiador.

¡Y aquí vine yo a buscar la vida!
¡Y aquí vine yo a buscar la vida!
Lo digo bajo la llovizna, oyendo
el adiós de los muertos.


Mitología de la ruptura.

¡Oh dioses! Postergad
el momento en que ella
y yo nos partiremos
el corazón.

            Sean ustedes
más benévolos
que el olvido.

            Quien de los dos

sobreviva, conozca
para siempre

la felicidad.


José Adán Castelar, Coyoles Central, Honduras, 9 de abril de 1941. Premio Nacional de Literatura ramón Rosa, 2003, ha escrito innumerables títulos de poesía y también relatos. 

miércoles, 1 de julio de 2015

Salvador Madrid - Mientras la sombra.



Cada vez que llego a las alturas de un mirador -mirador, palabra de familia, palabra cercana a los acantilados-, intento ver lo que hay más allá de los poemas de Salvador. Pienso que cuando un poeta ya pertenece a un espacio de la conciencia y que, desde esa conciencia se percibe el mundo, ya ha logrado su misión de escribir. Así me ocurre con Salvador pues sus palabras ejes -levedad, caída, vacío, presagio, herida- son los elementos casi perpetuos del paisaje hondureño, es decir, la semántica de la melancolía y el adiós. La patria efímera y dolorosa que bien puede ser el poema o las vastas serranías del silencio.

Cuando Salvador Madrid me dijo que la presentación de Mientras la sombra sería en Gracias, Lempira, supe que la misma elección del lugar de lanzamiento tenía que ver con todo lo profundo de sus simbolismos telúricos, del juego grave del atavismo anulado por una poética universal. Fui sin pensarlo dos veces, fui e incluso hubiera llegado hasta la cima del Celaque si él hubiera decidido la presentación ahí, porque sabía que iba a ser testigo del regreso de una voz de primer nivel que estuvo añejándose en los bosques del occidente, germinándose, aguardándonos con el feliz oficio que ha hecho de Salvador Madrid, desde que comenzó a escribirnos poesía, una presencia fundamental y llena de justicia creadora, porque sí, porque la poesía también imparte justicia y declara libres a quienes como Salvador han llevado ese signo adonde quiera que haya ido.




Bajo el cielo.

Antes, la poesía sintió mis heridas;
escríbase que me dolerá dos veces la muerte.

Las palabras del poema me fueron heredadas
por quienes dijeron adiós
y sabían al hollín de las promesas en los malos tiempos.

Las palabras del poema ya no son mías
aunque mi herida aún ilumine el vacío
que me causó la muerte al arrebatárselas.

Quisieron opacarlas
pero ya son de otros que tienen por oficio creer
y el hombre después de creer, lucha;
así que la justicia poética
ha cumplido el llamado de la humillación.

Entre estas palabras hay una verdad,
una orilla para edificar un paisaje a quienes huyen,
un traje de polen para endulzar el azogue de esta luz
demasiado hermosa para la ceguera.


Dialéctica.

Está el hombre joven
frente al hombre viejo de mi tierra,
y el hombre joven sabe que la única ventana
a la que puede asomarse en su vida
es el agujero en el pecho del hombre viejo.

Y porque así es el tiempo
hoy soy de los hombres jóvenes de esta tierra,
pero sólo siento un sabor a ranciedad
en estos años nuevos;
nada más oigo entre el vértigo
la deriva que cae por una escalera infinita
y arrastra en sus giros lo poco de alma
que le queda a esas cosas que nos pertenecen.

No ha sido fácil recorrer este camino
por donde nos señalaron que se llega al amor.
No ha sido fácil decidirse a perderlo todo
para ganar un poco.

Y está el hombre joven frente al hombre viejo
y puede que alguien se acerque
a decirnos que debemos ser así,
mansos, de modales dulces
y que el hombre viejo es un ejemplo de vida.

No es necedad, ni asunto de conciencia,
pero poco vale este agujero
por donde quieren que vea la vida
y poco vale la vida
si un hombre necesita un agujero para verla.


Lo secreto.

Hay un río en mi tierra
que no aparece en los viejos mapas,
ni en los tratados de cartografía moderna
y aunque algunos viejos se han referido a sus orillas,
nadie les cree, pues a nadie interesan
los cuentos de los pueblos vencidos.

Yo puedo hablar de ese paisaje,
un anzuelo de cobre y un cordel dejo en tus manos;
en vez de señuelo pasa tus labios por el metal,
aunque de peces no se trate esta historia.

No sirve este río
para la navegación de grandes barcos,
no sostiene la frontera entre dos países,
no sirve para dar una moraleja sobre Dios
pues se sabe que en mi tierra
a Dios no le importan los ríos.

Bastaría con tu desnudez dejada entre la corriente,
tu ropa en los arbustos
como amuletos de alguna fe perdida
para pensar que somos elegidos.
Bastaría que te duermas en sus aguas
para ver en su reflejo tus sueños.

El río del que hablo es un secreto que fluye
cuando dentro de tí abro los ojos.
Abre tus ojos dentro de mí,
piensa en el color azul devorado por la noche
y en la vida que ennoblece tus heridas.

Espero en la orilla de ese río a que llegues
para iluminarlo todo.


Efímera.

Estas letras indican el lugar
donde están borrados nuestros pasos.
No fuiste uno de mis amores,
pero terminamos en una cama
y tomamos por asalto algunas tardes y postres
y tragos de ron.
Nos dimos cuerpo a cuerpo
sin creer en la decencia.
Trazamos algunos caminos
siendo vos sedentaria y yo fugaz.
Llegamos a hablar de Dios y quedamos en nada,
tal como deben quedar
las conversaciones sobre estas cosas.
Secretamente pasamos por nuestras historias
como dos asesinos que se encuentran en un bar
y se emborrachan
y en vez de matarse  se besan a solas.
Nunca dijimos adiós,
nada más nos vimos como en el primer azar,
reímos hasta saber que era probable ser felices,
nos tocamos con el rigor que lo prohibido exige
y quedamos de encontrarnos otra vez
aún sabiendo
que nada podría unir ese viento
que se pierde en la ciudad
y en la memoria.


Manuscrito de invierno.

Esa llovizna antigua
otra vez moja los bosques de la memoria.

No es el anuncio de un temporal,
ni del invierno
es el azar que dispone los días de noviembre
en ese otro calendario de la ausencia
que nos hace pensar
en la dulzura de un tiempo prometido
y en lo breve que puede ser el amor
entre la inmensidad de unos días
que formarán parte del olvido.

Yo escucho entre los corredores antiguos
el lejano piano de los árboles que crecen,
la secreta pregunta sin voz
que tocar quiere una desnudez,
una boca casi por pronunciar mi nombre,
unos ojos donde se adiestran
los laberintos de los minotauros.

Escucha la llovizna que como un gato
se escabulle de mis manos
y se va por los tejados.
Deja lo importante
pues el invierno nos da su pausa,
apenas rondará el frío como excusa última
para que me acerque a tu orilla.

Pequeña, toca los relojes en el agua,
las barcas que la memoria mancha de anaranjado,
esos jardines que el rocío creó al fugarse.

Lo dejado toca
entre esas ruinas de las briznas leves
que todo lo saben.


Ordenanza para el caído.

El mar está lejos de este imperio que la ceniza ilumina.
Vastos son los ecos de la destreza
que el tiempo provee y devora.
El polvo tejido en esa mirada
que nunca más alumbrará el verano,
ni divisará las caravanas
que entran para siempre en la noche.

Poseer de los restos lo intocable.
Vivir un día en el poderío de la nada para olvidarlo todo.

Heredera de la caída es la muralla que se levanta.
No veas con bravura esa muerte ya vivida.

El mensajero hace tiempo partió
y lo hieren las zarzas
y te señala entre todos como su elegido.

Tu viaje ha comenzado.

Allá te esperan
para ser el cronista de los despojos.


Salvador Madrid, Naranjito, Santa Bárbara, 1978. Especialista en literatura, gestor cultural y editor. Publicó Visión de las cenizas en el 2004 y como antologador editó La hora siguiente, poetas emergentes de Honduras. Fundador de Paíspoesible colectivo de poetas y gestor fundador de Gracias convoca. Sus poemas aparecen en antologías de Honduras, América Latina y Europa. Ha sido traducido al inglés, francés y neerlandés.
Actualmente trabaja como consultor en proyectos culturales y de fomento de la lectura.


El sonido de la destrucción - Siria


Toda la brutalidad de la guerra encerrada en el sonido ambiente de este video. Para aquellos que crecieron jugando HALO y Call of duty, este es un buen recordatorio de lo que es la realidad de una guerra inmisericorde que ha destruido un país, con seres humanos que no se levantan porque le restan vidas luego de aniquilados.

Es sobrecogedor, sin duda, tanto como una intervención que una vez escuché -por video- de los bombardeos en Dresden durante la Segunda Guerra Mundial y lo que imaginé mientras leía Tempestades de acero de Ernst Jünger. Recomiendo que se escuche con audífonos.

lunes, 29 de junio de 2015

Piedras

Las válvulas de contención le están funcionando muy bien al sistema, al menos por ahora. La juventud sigue siendo contenida, lo que significa que se contiene el fin de la gerontocracia vigente, hoy por hoy, en Honduras. La movilización que conmemoraba el 28 de junio del 2009 lo demuestra, la movilización de las antorchas lo demuestra. Todo ese poder y se vuelve ola ante una muralla. Toda esa ola y la juventud a la orilla del malecón observando el estallido y el posterior repliegue de las aguas.

¿Hubieron 3,000 muertos por el saqueo del IHSS? ¿Hubieron más de 500 asesinatos políticos por el golpe de Estado? ¿Van más de 50,000 muertos por violencia criminal desde el 2006? Ayer quedé en medio e la lluvia de piedras que se intercambió con la movilización nacionalista en la zona de Emisoras Unidas. Vi la rabia de ambos lados. Rabia dentro del laberinto. ¿Cuántas piedras más tendrán que llover hasta que nos demos cuenta que su fuerza debe ser reorientada hacia un solo punto?
Que los nacionalistas hayan decidido movilizar su gente un 28 de junio da cuenta de la provocación y de lo insignificante que les parece la memoria de lucha del FNRP, y ya eso es una prueba de lo que esta élite -compartida con el liberalismo más frenético- piensa para Honduras.

sábado, 27 de junio de 2015

Antorchas del viernes 26 de junio - Fotos: Fabricio Estrada



Anoche éramos un Atlas fuerte, bastante fuerte, pero igual que él, domesticados por el peso enorme de un mundo extraño. Ya no es cosa de viernes, de seguir esta lógica nuestros compas en huelga de hambre suspenden en todo. No se está pudiendo arrancar el mero simbolismo, las enormes muchedumbres llevan una enorme duda en sus hombros, lo escuché muchas veces durante el recorrido: ¿qué haremos si renuncia?. Miedo, desconocimiento político global, exacerbamiento de juventudes, euforia de haber conocido lo que es una movilización: todo esto puede hundir tanta energía en las calles.

Mientras tanto, queda un margen de tiempo para unificar mayores brazos de lucha, no hay que perderlo de vista. juan orlando hernández seguirá yéndose de paseo cada vez que se anuncien masivas movilizaciones, y eso sucederá hasta que no venga la parte seria de lo que se mueve y va ascendiendo con más necesidad que la CICIH: su expulsión, su sometimiento.


















La primera foto fue en la memoria

Tenía la basura ordenada en perfecta simetría. Un pequeño bulto de cáscaras de banano podridas aquí, empaques de jugo llenos de lodo acá, verduras, plásticos, todo tipo de deshecho ordenado como un menú japonés sobre un nylon que con seguridad sacó de la orilla del río más contaminado de Honduras: el Choluteca cuando atraviesa Tegucigalpa.
Él estaba de espaldas a su "venta", cruzado de piernas, viendo hacia el río entre el balaustrado del puente Soberanía. Sucio hasta el colmo, desgreñado y cubierto de una nube de tristeza indescriptible. El vendedor más solo del mundo.
Nadie compraría su soledad. Era demasiada sucia.
Esa es la imagen que guardo de mi primer impulso hacia la fotografía.

F.E.

jueves, 25 de junio de 2015

Rubén Izaguirre - Honduras.



Es difícil dejar de asociar a Rubén con las innumerables iniciativas que Pez Dulce ha impulsado en forma de ediciones de libros y otras plataformas poéticas, mismas que han venido a difundir a una gran cantidad de voces -incluída la mía- que de otra forma hubiéramos permanecido inéditas por más tiempo de lo esperado o de lo razonable.

La generación de Casa Tomada en los noventas - a la que definitivamente pertenezco junto a Roberto Becerra, Víctor Saborío, Rebeca Becerra, Lety Elvir, Edgardo Florián, Diana Vallejo, Roberto Tinoco, Luis Méndez, Oscar Flores, Sue Laínez, Alfredo Poujol, Nora Becerra, Gema Silva, Marco Tulio Padilla, Antonio Calix, José Antonio Santos (ya fallecido), Lorena Depienne, Francesca Randazzo y otros compañeros que aleatoriamente llegaron al taller- tuvo como referente el permanente activar en torno a lecturas abiertas de poesía, y en ésto, Rubén, tiene mucho que ver, al encarnar junto a Víctor a la Editorial Pez Dulce y su desinteresado apoyo a publicaciones.

La poesía de Rubén se ha mantenido como una llama insondable, aún y cuando las borrascosas malidiscencias han querido apagarla o borrarla del mapa poético hondureño. Como un pequeño arroyo que erosiona a paso lento la piedra que se le opone, la poesía de Rubén sigue tan viva como al principio, cuando llegaba con sus breves sablazos a las reuniones de Casa Tomada. Así lo recuerdo y así sigo viviendo en sus imágenes.

Estos poemas forman parte de su poemario Nunca pude decirte adiós.


Prohibido el paso.

Ahora que te vi, recordé el letrero que hay en la terminal eléctrica
y el del cine y también ese molesto rótulo de aquella calle.
Por eso me he sentado en la banca de este parque
a ver cómo te pierdes en la oscuridad.


San Pedro Sula - Tegucigalpa.

Viajo veloz
en un gran autobús,
pero mi mente va más rápido.
Por ejemplo: ya besé a la joven
que va delante mío.
Y para que no sea un suplicio contemplar su belleza
la saco a bailar una pieza
aunque vaya dormida.

Quiere que nos casemos en París,
pero le repito
que este vehículo
sólo nos lleva hacia Tegucigalpa
y allí nos dejará para siempre.


Agosto, 2001.


Jorge Amado
fue enterrado
bajo un palo de mangos.

Entonces, no será un cadáver,
sino, una fruta que provenga
de la carne.


Domingo de clases.

Los ricos están en la escuela ecuestre
La clase media en el aeródromo
Los pobres en el estadio nacional
En misa, los más necesitados
Los poetas en las cantinas
Y los tristes están viendo caer la tarde
con una pistola en la cabeza.


1964.


¿Te acordás, Lourdes, te acordás
cuando decían que los cubanos
se comían a los niños
y un monstruo te devoraba las muñecas
en un sueño?

Gringos hijos de la gran puta.


Adiós Tegucigalpa.

Veo por última vez
la estatua del General Manuel Bonilla
que se yergue
en el Parque La Leona
y pienso lo mucho que voy a extrañar
a este viejo enfermo y desordenado
que se ha quedado a mi lado
esta última noche
a ver el cielo
estrellado.


Nunca pude decirte adiós.


Cuando vuelvas,
toca mi puerta.
Si no abro,
toca mis labios.
Si no hablo,
toca mis ojos.
Si no veo,
toca mi pecho.
Si no respiro,
reza por mí.


De pie en este paisaje.


Creo que no venías en mi camino
y esta espera es tan absurda
como buscar bondad en los seres humanos
o querer que a tu puerta
llegue, desde antiguo,
un hermoso monstruo marino.

Creo que ya no estaré aquí
por la tarde de mañana;
me iré a buscar
a otro siglo
el hogar
donde no puedas encontrarme.

Pocas cosas tienen sentido esta noche
y no sé, si aún, sigo en pie en este paisaje.


Un sueño.

Si sos vos,
despertame.


VIII

Ya para dormir,
Rubén ha puesto sus sueños
sobre la cama y, muy serio,
me ha dicho:

Papá, cuídelos, que nadie me los toque,
mire que aún no los termino.
Yo, ya vengo, sólo voy a tomar
un poco de agua
porque esta noche
les he prometido
llevarlos a conocer el mar.


Nocturno.


¿Dónde están las fotos que te tomé?
Otra vez me puse flaco
porque hace más de un año
que me alimento sólo de tu ausencia.
Pero te prometo que entraré al Reino de los Cielos
aunque sea para vivir en un pobre país,
pero sé que será el paraíso.
Ahora me pondré este suéter
que compré
porque era del color de tus ojos
y pensaré que todo el frío del mundo
algún día se acabará.


Rubén Izaguirre Fiallos, Tegucigalpa, 1970. Fundador junto a Víctor Saborío del sello editorial Pez Dulce. Sus libros publicados: Blanco, 1918, Viva la libertad, Cantos, Cartas a Rosario, Palabras a Lucía, Los días negros, Nombres y Nunca pude decirte adiós.

lunes, 22 de junio de 2015

Mad Max: la furia sublime.



Hastiado de las secuelas y pre-secuelas me fui a ver la secuela de Mad Max. Llevaba en mi expresión cierto mohíno de aburrimiento; pedí el boleto y me dispuse a entrar a un lunes de cine normal. De Mad Max recordaba las mil repeticiones que dieron de las primeras exhibidas a finales de los setentas e inicios de los ochentas en las televisoras nacionales como estreno continuo. Ya eso era post-apocalíptico, sin duda, como todo taller automotriz en los que luego creía ver las partes de los autos modificados entre los guerreros venidos a menos. ¿Los guerreros dije? Sí, los guerreros en sus overoles llenos de grasa dispersos por todos los rincones de Comayagüela, los chavitos delgados que escuchaban y siguen escuchando Super 100 stereo con Wild Boys de Duran Duran a todo volumen. Es la imagen que llevaba al cine y, por supuesto, el recorte de periódico como poster en los que Tina Turner aparecía dentro de la cúpula del trueno.

Pero algo ocurrió de pronto al iniciar la película. Sí, yo mismo sentí el sabor de la lagartija que muerde Max, y de ahí en adelante masqué esa lagartija como si fuera un chicle al que se le saca su último gramo de azúcar, frenético mi mascar, nervioso, incontrolable porque toda la acción acumulada en la cinta se metió por todos mis poros como si estuviera asistiendo a un concierto en vivo de Ramstein o Marilyn Mason.

Insisto en las referencias musicales porque Mad Max es una especie de homenaje bizarro al rock duro y sus simbolismos de culto. El metal resuena en todas las imágenes porque las imágenes te van metiendo un ritmo que solo el hard metal puede hacerte ver o presentir. Montada desde esta perspectiva, Mad Max no tiene ningún tipo de contemplación, ni justificación, ni consideración, ni concesión,  ni piedad alguna. Aquí no cabe el efecto digital, no, Mad Max hace añicos los melodramas Marvel y sus acciones sin textura. Mad Max contrapone un anti-héroe que le da paso a la anti-heroína Theron a las pastillas alucinógenas para niños que hemos visto en Avengers y otros refritos digitales. No, Mad Max es fierro para que sirva de polo a tierra en tu casa del desierto, Mad Max raja las sedas wanabe y las fiestas V.I.P. horrendas donde Thor, Iron Man y Hulk se van a tomar una piña colada.

Su director, George Miller, viene y le dice a medio mundo cómo se hace una película de culto con las herramientas oxidadas que tengás a mano. Miller pone a andar un mundo en reversa desde una época más lejana que Star Wars, quizá la época previa a la huida de la tierra de todas las sagas del espacio. Es terrena, Mad Max, tiene ruido de vinilo, tiene el ronroneo poderoso de los motores inyectados de hidrógeno con todo y sus cuatro tiempos machacando y acelerando a las tribus que se persiguen. Aquí no hay naves plateadas surcando el vacío sideral con sus soniditos nice, aquí va la humanidad deshecha y portentosa en su fiereza, con todas sus máquinas y fibras musculares en pos de la gloria más efímera, haciendo uso de los mitos y ritos más incomprensibles pero que, por lo mismo, se vuelven nuevos y fascinantes. ¿Cómo explicar ese gesto de locura -que se vuelve ceremonia kamikaze- de llenarse de spray cromado los dientes antes de morir? El fetiche automotriz en su máxima expresión, la unidad machine-mankind, la entrega absoluta a la furia sublime.


Y ese endemoniado guitarrista guindando entre timbales y parlantes descomunales. y ese hierofante enloquecido que es el que empuja a la guerra como los antiguos instrumentistas de los ejércitos romanos. Y ese guitarrista surgido de la más profunda atorrancia de Miller... ¿Qué se puede decir de ese personaje que es en realidad el que atrapa las escenas más fascinantes del mundo del video rocker? Vuelvo y repito: esta Mad Max-Fury road bien puede ser la pre-secuela de todas las películas en que la humanidad ya escapó al silencio espacial, el momento en que se dijo ya no más, es imposible seguir con esta locura.

Considerada por muchos, desde ya, como un film de culto, Mad Max pone en evidencia la fragilidad digital de las super millonarias producciones de acción Marvel y le da un golpe de adultez sin resabios a la imaginación empaquetada que ha ido creciendo masivamente en los nuevos públicos. La inventiva fenomenal que hace uso de las partes automotrices en deshecho para convertirlas en armas o mecanismos de apoyo, la potenciación del vestuario de tribu pos-humanidad, la dirección de arte brutal, la textura, sí, el peso de las imágenes, la depuración del guión en sus parlamentos hieráticos y sin sobras románticas, todo eso hace de Mad Max una de las mejores puestas en escena de los últimos años en el cine.

Cuando salí de la sala, debo decirlo, tuve que creérmela. El lunes se había hecho añicos y yo quería destrozar todos los carros piki para construirme una máquina y huir al desierto en busca de camorra.

F.E.



domingo, 21 de junio de 2015

Mi padre - Pablo Guevara, Perú.

MI PADRE, un zapatero - Pablo Guevara
Tenía un gran taller. Era parte del orbe.
Entre cueros y sueños y gritos zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.
Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.
Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas
que alcancé a acariciar. Fue pobre como muchos,
luego creció y creció rodeado de zapatos que luego
fueron botas. Gran monarca su oficio, todo creció
con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad.
Pero algo fue muriendo, lentamente al principio;
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión;
algo se fue muriendo con esa gran constancia
del que mucho ha deseado.
Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,
como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.
Nadie estaba a su lado. Nadie.
Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué sé yo, lo estrujaban.
Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.

miércoles, 17 de junio de 2015

Mañana es abril - Krisma Mancía, El Salvador

Era el último día de marzo. Krisma estaba de visita en Tegucigalpa. Terminábamos un paseo por el centro y ya nos despedíamos. Con cierta nostalgia le dije "mañana es abril, Krisma", y ella me respondió: ese es un poema y lo haré. Este es el resultado, un poema bello que sirve ahora como eco.

Mañana es abril.


No me sueltes. Odio los abrazos. Si alguien me toca sin aviso, duele. Sabes que el abrazo es un milagro y debemos estar preparados. Tomar la ternura por la cintura. Presionar un cuerpo contra un pecho. Engarzar el cuello en otro cuello. Es un milagro. Una comunión. Un arte imaginar que dos latidos se unen. No me sueltes. Mañana es abril. Y hoy que quiero vivir, ya es tarde. Ya es demasiado tarde. La muerte me pilla por el vientre, por donde más me duele, por donde más he vivido. Vámonos. ¿Dónde? Donde no hay respuesta. Es como saludar a la estatua de la libertad o besar por primera vez o encontrar una moneda en el asiento del bus o tener una fotografía en blanco y negro o cuidar un gato invisible o regar las plantas de tu ex novia. Somos buenos amantes cuando viajamos. Inocentes cuando mentimos que conservaremos el recuerdo intacto. Mañana es abril. No me sueltes. No quedará nada después. A lo mucho astillas. Y las tazas astilladas no son más que mala suerte. Ahora que quería vivir, la vida que golpee con furia se niega a seguirme. La golondrina abandona el nido y deja el papelito blanco tan temido: “Estoy ácida”. Prometen esculpirme una preciosa galería de heridas. Será sencillo: cortarán aquí, coserán allá, sellarán, meterán… Suena a carnicería, doctor. Dos ovarios tamaño anormal, ¡por favor! Bromeo. Me río por no soltarme. Abrázame. El abrazo es un milagro. Nunca entendí las señales. Siguiente mentira.

K.M.

lunes, 15 de junio de 2015

¿Qué cosa pienso de las agencias de publicidad?

Escena de El lado oscuro del corazón, del argentino Ernesto Subiela.

domingo, 14 de junio de 2015

Viernes 12 de junio, Tegucigalpa.

 Recordé la clasificación de Honduras al mundial de fútbol de Sudáfrica 2010. A todos nos agarró por sorpresa. El gol del gringo de último segundo y la cara de derrotados asumidos de la H en el Cuscatlán. Todas las tornas se dieron vuelta en un momento que nadie quería celebrar nada por estar en pleno golpe de Estado. Fue a finales del 2009, entonces, cuando no importó quién era Blanco o Resistencia y nos fuimos para el Bulevar Morazán en correntadas de personas, en miles y miles que celebrábamos un milagro deportivo. Mel Zelaya seguía encerrado en la Embajada de Brasil y la represión no respetaba nada. Pero ahí estábamos, celebrando, aunque de a poco íbamos reconociendo que el que iba al lado era un Blanco a todas señas y viceversa.

Primero era la mirada al carro en que iban celebrando. Una Prado, una Hummer, esos juguetitos, eran claramente pertenecientes a las tribus del golpe. Una camioneta Toyota, un taxi colectivo atestado, una manada a pie éramos nosotros que mirábamos pasar las Hummer y las Prados. ¿Y cómo celebrábamos? Unos cantaban el himno nacional y los otros el pueblo unido jamás será vencido, pero nadie se corrió a pesar de la tensión, nadie quiso amilanarse hasta que el pueblo más humilde comenzó a llegar y el balance se rompió a favor de la Resistencia futbolera, algo que advirtieron los blanquitos. Su repliegue fue inmediato, pero que celebraron un rato sí que celebraron. Quedó la infinita serpiente de bocinas y gritos y burlas al micheletti que salió en cadena nacional anunciando que el día siguiente era declarado feriado nacional. Todos nos emborrachamos y todos salimos aprisa cuando recordamos que aún estaba en vigencia el Estado de Sitio y que bien nos podían llevar a las siniestras postas de la policía.

Recuerdo todo esto porque algo así sentí en la movilización del pasado viernes 12 de junio, con la salvedad que esta vez sí estoy de acuerdo en que hay que darle oportunidad de maduración a las mismas clases que antes apoyaron el golpe pero que hoy se ven acorraladas en la misma humillación que sentimos en el 2009. Estamos en la misma olla de presión y nos hervimos hombro a hombro, pensaba mientras caía la fría lluvia de junio. Todo mundo tendrá que darse cuenta que basta cambiar de canal en la televisión para despertar en otra historia muy distinta a la que cuentan por ahí. En aquel 2009 era devolverle al presidente su sitial, hoy es poner al presidente en su sitio, devolverlo a su simple condición de candidato chueco y vacío. A la llanura, a la nada. No estoy nada seguro de que haber llevado la movilización a la embajada yanki haya sido acertado, pero igual recuerdo que en los primeros días de Resistencia al golpe de Estado también se hizo una movilización a la embajada para agradecer a Obama por haber dicho que lo que pasaba era golpe. Doble acción de colonizados. Doble play de los yankis y ningún gol de la selección de fútbol ahora.

Algo se mueve, sí. Deslizarse también es moverse. Desplazarse también. ¿Hacia dónde? Pero por los momentos hay una feliz electricidad en el aire.










miércoles, 10 de junio de 2015

Pez Dulce, desplegados de poesía, 2006




Traigo del año 2006 este tiraje de poesía a cargo de Editorial Pez Dulce que dirige el poeta Rubén Izaguirre, ahora, desafortunadamente, con intermitencia. La visión de Rubén, desde que comenzó a publicar en 1995 junto a Víctor Saborío, fue la de ofrecer una alternativa de publicación a jóvenes que estábamos comenzando a dar nuestros pasos en la poesía y, además, demostrar que no había que esperar todo un protocolo para hacerlo. Así fue que Rubén -publicista de profesión- se alió con el Maese Evaristo López y decidieron publicar estos desplegados con fotografía de Evaristo, eligiendo para esta impresión a Mayra Oyuela de Honduras, Alfonso Fajardo de El Salvador y al ya fallecido Francisco Ruiz Udiel de Nicaragua.



Creo que va siendo hora de retomar este hermoso ejemplo dado por Rubén y Evaristo. Ya Gabriel Vallecillo hizo su esfuerzo de continuidad con su revista Gargantúa y Paíspoesíble también lanzó su propuesta de publicaciones insertas en diarios. Es tiempo ya que la poesía hondureña siga abriéndose paso con formatos creativos y lejos de la formalidad editorial que no coincide con la precariedad del ámbito de lectura.




martes, 9 de junio de 2015

Carlos German Belli, Perú - 6 POEMAS



POEMA

Nuestro amor no está en nuestros respectivos
y castos genitales, nuestro amor
tampoco en nuestra boca, ni en las manos:
todo nuestro amor guárdase con palpito
bajo la sangre pura de los ojos.
Mi amor, tu amor esperan que la muerte
se robe los huesos, el diente y la uña,
esperan que en el valle solamente
tus ojos y mis ojos queden juntos,
mirándose ya fuera de sus órbitas,
más bien como dos astros, como uno.



SEGRAGACION NO. 1
(a modo de un pintor primitivo culto)

Yo, mamá, mis dos hermanos
y muchos peruanitos
abrimos un hueco hondo, hondo
donde nos guarecemos,
porque arriba todo tiene dueño,
todo está cerrado con llave,
sellado firmemente,
porque arriba todo tiene reserva:
la sombra del árbol, las flores,
los frutos, el techo, las ruedas,
el agua, los lápices,
y optamos por hundirnos
en el fondo de la tierra,
más abajo que nunca,
lejos, muy lejos de los jefes,
hoy domingo,
lejos, muy lejos de los dueños, entre las patas de los
animalitos, porque arriba
hay algunos que manejan todo,
que escriben, que cantan, que bailan,
que hablan hermosamente,
y nosotros, rojos de vergüenza,
tan sólo deseamos desparecer
en pedacititos.



ALGUN DIA EL AMOR

Algún día el amor yo al fin alcanzaré,
tal como es entre mis mayores muertos:
no dentro de los ojos, sino fuera,
invisible, mas perenne,
si de fuego no, de aire.



PAPÁ, MAMÁ

Papá, mamá,
para que yo, Pocho y Mario
sigamos todo el tiempo en el linaje humano,
cuánto luchasteis vosotros
a pesar de los bajos salarios del Perú,
y tras de tanto tan sólo me digo:
«venid, muerte, para que yo abandone
este linaje humano,
y nunca vuelva a él,
y de entre otros linajes escoja al fin
una faz de risco,
una faz de olmo,
una faz de búho».



¡OH HADA CIBERNETICA! . . .

¡Oh Hada Cibernética!, ya líbranos
con tu eléctrico seso y casto antídoto,
de los oficios hórridos humanos,
que son como tizones infernales
encendidos de tiempo inmemorial
por el crudo secuaz de las hogueras;
amortigua, ¡oh señora!, la presteza
con que el cierzo sañudo y tan frío
bate las nuevas aras, en el humo enhiestas,
de nuestro cuerpo ayer, cenizas hoy,
que ni siquiera pizca gozó alguna,
de los amos no ingas privativo
el ocio del amor y la sapiencia.


OH HADA CIBERNÉTICA

Oh Hada Cibernética
cuándo harás que los huesos de mis manos
se muevan alegremente
para escribir al fin lo que yo desee
a la hora que me venga en gana
y los encajes de mis órganos secretos
tengan facciones sosegadas
en las últimas horas de día
mientras la sangre circule como un bálsamo a lo largo de mis cuerpo.


AMANUENSE

Ya descuajeringándome, ya hipando
hasta las cachas de cansado ya,
inmensos montes todo el día alzando
de acá para acullá de bofes voy,
fuera cien mil palmos con mi lengua,
cayéndome a pedazos tal mis padres,
aunque en verdad yo por mi seso raso,
y aun por lonjas y levas y mandones,
que a la zaga me van dejando estable
ya a más hasta el gollete no poder,
al pie de mis hijuelas avergonzado,
cual un pobre amanuense del Perú.



CARLOS GERMÁN BELLI (Lima, 1927). Premio Nacional de Poesía  en 1962, Premio de Fomento a la Cultura (otorgado por la Sociedad Nacional de Industrias) en 1986, Premio Iberamericano de Poesía Pablo Neruda 2006 entre otras muchas distinciones, su obra publicada comienza en 1958 con el título Poemas; al que le sigue Dentro & fuera (1960); Oh Hada Cibernética (1961); Por el monte abajo (1966); Sextinas y otros poemas (1970); En alabanza al bolo alimenticio (1979) entre muchos otros títulos que serán entregas nuevas y antologías de su obra ya publicada. Fue candidato al premio Nobel el año 2007.


*Selección y nota de Martín Zúñiga Chávez.

El alma buena del arrabal: la bondad tiene dos caras.



“Un momento, venerables dioses… es que no estoy segura de ser buena”. Shen-te
Una vez que se apaguen las luces y que el ciego abra los párpados de los telones, será difícil saber quién conserva bondad y quien la dilapida como agua para una flor de metal. Volver a esa penumbra que es el lugar más privilegiado hoy por hoy de Tegucigalpa. Volver al Teatro Memorias en la barrio La Plazuela para ver El alma buena del arrabal, adaptación de El alma buena de Se-chuan, de Bertolt Brecht.


Tito Ochoa plantea en su montaje ir a la raíz de la propuesta de Brecht respecto al desnudar la acción teatral a sus más humanos mecanismos, ya sean estos la puesta en escena sin efectismos o lo que es esencial, exponer lo humano a su dialéctica natural, sin sutilezas, la sociedad y la asociación sin piedad. Lo mundano.  Desde la primera intervención del aguatero sabemos que lo que viene es el desierto espiritual más enconado y la repentina aparición de los dioses en medio del arrabal no cambiará las cosas más allá de probar quién es bueno o si existe un alma buena capaz de sobrevivir al despiadado acoso de la miseria en todas sus expresiones.

La promiscua coexistencia de todos los intereses posibles en torno al personaje principal, Shan-te, la favorecida por los dioses con muchísimo dinero repentino, despierta una serie de cambios en toda la barriada, la misma gente que no puede evitar advertir que un alma buena –y que de paso le sobra dinero- ha nacido entre ellos, pero que no significa que la bondad reconocida en Shan-te sea valorada desde la moralidad o ética que propone la teoría, sino que es la inmoralidad y lo anti-ético lo que condiciona todas las relaciones incluido el amor, debilidad no permitida porque como dice uno de los personajes, “de pronto uno de nosotros ama y está perdido”. Ante esto, Shan-te debe duplicarse –Shan-te que ha sido prostituta y que ha tenido que multiplicar su cuerpo siempre- para ver la situación de su repentina fortuna o desgracia en conjunto. Unos días es ella, para amar, y otras es Vicente, su alter-ego o disfraz de primo lejano para ser fría. De esta forma resiste todos los acosos, todas las invasiones a su intimidad y a su deseo de superarse, incluso, resiste a la nostalgia de lo que aparentemente ha sido la gracia del amor representado por el piloto fracasado, que se le presenta primero como desvalido pero que rápidamente ve en ella su oportunidad para vivirla. De esta forma, un nuevo deseo, más allá de la carne, se dirige hacia ella.


Vivirla, sí, esa doble acepción que en nuestro medio puede significar aprovecharse y también disfrutar algo sin límites, viene a ser el hilo conductor que Tito Ochoa sabe elevar a dramatismo y a pura acción atorrante, como suele ser en la realidad. Aquí están representados los que no dejarán pasar sin peaje la inclinación a la bondad de Shan-te, ese manoseo de lo poco que le va quedando a esta mujer dadivosa que raya en la ingenuidad y la ternura. Y es así por una dialéctica que el mismo cuerpo le ha impuesto a Shan-te y que todos en el barrio lo saben: sólo quien entregó su cuerpo sin preguntar nombres ni condiciones,  es capaz de saber cuánto se entrega para redimir, aunque sea en un orgasmo fugaz, al otro que no tiene cuerpo, que sólo son billetes al viento que hay que cazar. “Usted no sabe lo que es la desgracia – le soborna inmoralmente una vecina- ¡con la suerte que tiene!”.

El aguatero, actuando como voz de la conciencia, intenta contener a los demás en medio de mil frustraciones y se convierte, lleno de miedo y debilidades, en el signo de la piedad, el que da de beber a los ciegos, a los amantes, a los perseguidos. Todo el arrabal le pide de beber y a la vez lo desprecia, sólo Shan-te es su amiga, pero Shan-te debe irse a la ciudad para desligarse de las formas promiscuas con que el capital se mueve a bajas alturas. Quizá ahí reside el amor que le guarda de manera perniciosa al aviador que  la vive: ella quiere volar, despegar –despegarse de su destino, desapegarse, desarraigarse. Y ese amor pervertido es la que la lleva, en su imagen duplicada de Primo Vicente, a triunfar sobre sí misma y a alcanzar un capital más alto pero igual de promiscuo. Y es aquí donde el texto de Bertolt Brecht señala, con toda lucidez, el marco deshumanizador de la sociedad: de vender su cuerpo Shan-te pasa a aprovecharse de la fuerza de trabajo de los cuerpos que subyuga en la explotación más inmisericorde, ahora como patrona de una fábrica para indigentes gracias a la adopción permanente –travestismo esencial y necesario- de la personalidad de Vicente. Es así que los pasos de Shan-te no conducen a ninguna redención de tipo moral, sino que al final, el sistema de enajenación por la que ha sido miserable toda su vida la convierte en instrumento de su impiedad, y por lo tanto, volverá al seno de donde surgió, en una producción en serie infinita dentro las relaciones más corruptas. ¿Quién prostituye? ¿Quién ama? ¿Quién tiene el poder de los dioses para romper ese nudo gordiano? Ni los que prostituyen, ni los que aman, ni los dioses. El poder está en el sistema.


Ser público de El alma buena del arrabal de Teatro Memorias es lo mejor que le puede pasar en Tegucigalpa a alguien que busca calidad y alto nivel para su entendimiento del arte dramático. La experiencia actoral de José Luis Recinos, Inma López y Gary Názar  logra transferirse hacia el resto del reparto representado por Marey Álvarez, Jean Navarro, Gyanendra Portillo, Bruno Valladares y Walter Lobo, logrando unos picos actorales delirantes a la vez que demuestran su capacidad para sostener el perfil del personaje a quien representan de principio a fin, dando pausa a sus diálogos y manejando de manera sobresaliente su lenguaje corporal, un estro escénico donde se nota la magistral dirección del Maese Tito Ochoa. Un gran aplauso por igual para la solución escenográfica y para la decisión de que la mutación del mismo se haya hecho a  favor del voyerismo del público. Gran signo, por igual, de ninguna forma irreconciliable con lo que vemos a diario en forma de desastre urbano en nuestro paisaje al igual que en nuestra precaria ciudadanía.

Fabricio Estrada.

Junio-2015