jueves, 14 de mayo de 2015

Las costuras se rompieron aquel 28 de junio.

Toque de queda en Paradiso, noche de julio del 2009. Foto: Fabricio Estrada.

La ciudad era perfecta para un golpe de Estado. Las callejuelas traicioneras, los edificios chatos perfectos para los francotiradores, las calles sin salida. La lluvia. Porque la lluvia era un velo verde olivo y servía para sacar a medio mundo de las calles, para intentar el borrado de los grafitis, para que nadie dijera que no tenía lágrimas.

La ciudad era lejana, un risco, un cráter. Ni vértigo ni lava, pero la ciudad levantó, aquel 28 de junio del 2009, la escenografía guardada entre bastidores, con todo y sus telones raídos y los mismos actores de los golpes de Estado de siempre. Hasta el mismo soldado de la foto del 63 apareció apuntando en las esquinas, con otro casco pero el mismo rostro sombreado, con otro uniforme pero con los músculos en tensión para caerle a todo civil que se moviera. Era lluvioso junio, muy lluvioso, y no se repartieron volantes para explicarnos las instrucciones. ¿Cómo se instruye a una nueva generación para actuar dentro de un golpe cívico-militar? Ni idea, pero ahora que lo recuerdo, las cosas fueron como seguir un guión: levantarse a las 5:40 de la mañana tras la llamada del poeta Samuel Trigueros –“poné la radio, han dado el golpe”-, prender la radio entonces, escuchar la entrevista radial de un testigo, eran muchos soldados con capucha, dispararon contra la casa del presidente, me dijeron que me metiera, que aquello no ocupaba testigos, y de pronto la desconexión total, el corte de la energía eléctrica y de la internet, salir a ver junto a los vecinos los F-5E que cruzaban sobre un cielo arrugado como moscas súper sónicas y luego la banda sonora que se acompasaba con el rabioso ritmo de nuestros corazones: los helicópteros.


¡Ah! ¡Los helicópteros angelicales!, Los helicópteros de las películas burbujeando el nuevo discurso, el peso extraño de ese sonido que se metía por todos lados. Nunca hubo un terremoto en Tegucigalpa pero ese sonido era el nuestro, el aeromoto militar sin cabalgata de valquirias pero tan cadencioso que desorientaba, fascinaba, enardecía. Las vecinas salieron con sus camisones y ollas a gritarles a los pilotos, pero los pilotos iban escuchando su otra música y no las escucharon. La ciudad era lejana, un lejano risco, un cráter. La gente comenzaba a moverse hacia Casa Presidencial, como polillas atraídas por una luz que se iba extinguiendo, tomaban el bus, el taxi, caminaban en pequeños grupos y llegaban frente a los soldados a votar en su cara en las urnas ya inútiles de la Cuarta Urna. Era el símbolo que empezaba a moverse, el otro teatro doloroso, y las mujeres abofeteaban a los refuerzos que mandaba el Estado Mayor y éstos aún no respondían como lo fueron haciendo cada vez con mayor sadismo una vez que la doctrina de los batallones iba recordándoles para que estaban en las calles.


Porque a la par de las movilizaciones ciudadanas también se movilizaron las tribus que hacían vida en los cuarteles. Jamás la ciudad vio tanto militar, tanta gente extraña. Ahí caminaban los veteranos sargentos que se entrenaron con los kaibiles y los del Atlacatl, los que permanecen guardados en los batallones contrainsurgentes y que ya probaron sangre y fuego vivo en los ochentas cuando las incursiones a la Segovia y al Sumpul. Se les notaba en el rostro: soldados que no probaban sol civil desde hace mucho y que les dieron órdenes de pasearse por las avenidas con todo y su arsenal y pintura de camuflaje en las mejillas. Los tesones no tenían piedad y machacaron a conciencia.


La ciudad traía correntadas oscuras que sobrepasaron los tragantes. Bullía un barro líquido y a la par florecía la Tegucigalpa de junio. El verdor era magnífico, la humedad y la neblina se turnaban. Sin descanso, Micheletti hablaba todo el día a través de las cadenas de radio y televisión y la tonadita miskita de su banda sonora enloqueció a más de alguno, lo hizo cantar sin querer, aprenderse la lengua de Brus Laguna y odiarla a la vez. Los toques de queda llegaron por igual y la dinámica social cambió por completo. Cientos de negocios quebraron y otros se la jugaron para sobrevivir. Por motivos de toque de queda abriremos a las 4 de la tarde y cerraremos a las siete. Baile privado en descuento. Entrada a mitad de precio. Escrito en folder amarillo, el anuncio del Night Club Illusion era el mismo que colgaba hasta en los negocios más respetables. Nadie se salvó de la quiebra. Las iglesias perdieron a la mitad de sus fieles, las canchas de futbolito se convirtieron en parqueos, los travestis eran asesinados sin piedad y las polleras encendían su lúgubre foco amarillo sólo para espantar las sombras o para recordar las urnas vacías de aquel día en que se presagiaba el cambio de rumbo en las decisiones populares.

La lluvia no dejó de caer, muy parecida a la tormenta de Nieve con que Pamuk aisló a Kars para que ocurriera el golpe de Estado más silencioso y oculto en la historia de la literatura. Pero la ciudad tuvo que ensancharse ante las multitudes que se fueron abriendo paso por ella. Las estrecheces desaparecieron. Cientos de miles había iniciado la Resistencia. Jamás llegaron tantos desde tanto país.

Las costuras del viejo vestido se habían roto. Tegucigalpa vivía y salía a pasear con vestidos rojinegros, blancos y manchas de lodo.


 F.E.

martes, 12 de mayo de 2015

Alejandría la nuestra.

Alejandría la nuestra.



Era un laberinto de aromas aquel mercado. De mano de mi abuela reconocía el tilo, la canela, la manzanilla, la valeriana, el romero, el clavo, pero el olor que mejor reconocía y que se sobreponía con intensidad, era el de los libros. Los libros usados del Mercado Colón, su multitud de Archies, de novelas de vaqueros intercambiables… las letras tenían un olor especial, casi sagrado como aprendí a oler en los jazmines que mi abuela llevaba para el Santísimo del pueblo. Mi Santísimo se convirtió, de manera rápida e inapelable, en las portadas que iba viendo mientras recorría el laberinto: el indio con su lanza emplumada de fondo y una dama del oeste aterrorizada en primer plano, con sus bucles colgando y sus ojos desmesurados en el azul del escape; la nave espacial descendiendo sobre un cráter en cuyo fondo se erigían ruinas siderales de una civilización perdida… las letras olían a lejanía y a aventura, toda la aventura posible que mi tío Filadelfo guardaba en la casa del Barrio Morazán y que yo iba leyendo a paso de hormiga marabunta.


Era el mercado una biblioteca, “el mercado es una biblioteca” –me repetía cuando salíamos de ahí-  y sus libros fueron aumentando el espacio y quizá hubieran seguido en su expansión hasta ocupar todos los puestos y desbordar a la ciudad, en la misma forma que el cementerio de Saramago en Todos los nombres, si no hubiera llegado el incendio.
Ya sin mi abuela María y sus jazmines, aprendí a recorrer solo las diferentes ventas y fue en ellas donde encontré los libros de historia que eran vendidas por señoras que siempre estaban comiendo algo o regañando, avezadas en precios al ojo  y con su delantal pulcro rebosante de billetes de diferente denominación. 

El precio al ojo en la que eran expertas consistía en ver el tamaño del libro y el interés del comprador, de manera tal que fui aprendiendo a pasar indiferente ante las joyas que saltaban hacia mí pidiendo rescate, buscar bien dónde podían estar las mismas joyas pero en edición modesta y tamaño discreto. Hacer parecer de imitación la misma joya, entonces, y pedir rebaja. El mercado en su más esencial oficio de especulación, así como el pensamiento que no se escribe, así como lo escrito que no se publica, el juego del polvo en las manos, el mosaico de papel viejo que despertaba tanta vida interior a aquellos que no tenían a su alcance el dinero para ir a las librerías del centro de Tegucigalpa. Comayagüela era el centro del saber para los de bajísimo salario pero también para los avezados conocedores del tiempo y sus vericuetos, los profanadores de tumbas gramaticales, los arqueólogos de libros robados, revendidos, olvidados en pupitres de aulas, en banquetas de parques o jamás devueltos a sus dueños originales.


La noche del incendio me encontraba en casa del doctor Osly Vásquez, la misma casa desde la cual me tocaría ver la portentosa inundación que el huracán Mitch provocara en la ciudad. El mismo año y el mismo ángulo de visión. 1998 y un resplandor se movía en el piso del patio como agua amarilla que bulle de peces al rojo vivo. Fui a ver y al levantar la vista hacia el mercado el infierno ya estaba desatado. Enormes llamas subían hasta la altura de la virgen María Auxiliadora quien no daba su auxilio y estaba fascinada, aunque sin arpa, ante las llamas que lamían sus vestidos de bronce. El rugido era el de un horno gigantesco y el humo ya era otra noche, más profunda quizá, más inolvidable. En los techos de los negocios chinos que rodean el mercado se distinguían las siluetas de hombres que lanzaban cubetazos de agua casi como una ofrenda diminuta a un violento dios desencadenado. No había nada qué hacer: ni los santos cristianos ni los semidioses orientales llegaron a tiempo.


Yo olía la tinta de los miles de libros que se esfumaban, podía darle forma a las llamas y al humo, rogaba que los bomberos hubieran salvado los libros del sector sur del mercado. Toda Alejandría se arremolinaba en mis ojos porque lejos de los grandes textos laudatorios nuestra humilde Alejandría estaba siendo barrida de la historia y nadie lo contaría en epístolas urgentes ni en poemas fabulosos. Miles de volúmenes desaparecidos y la forma de las llamas eran los rostros de Solyenitzin, Arthur C. Clark, Aristóteles, Ramón Amaya Amador, John Dos Passos, Nietzsche, Hesse, Mariategui, pero los que más se distinguían eran los vaqueros e indios del viejo oeste, tratando de salir de las llamas, apretándose, abrazándose junto a los jazmines y el tilo, junto a las verduras calcinadas y las dedicatorias marchitas que se agitaban en pavesas por toda la ciudad.


No sé cuántas veces más se habrán quemado los mercados. Las palabras que tenía para recordarlo se hicieron carbones, y ya no dejan rastro.

Fabricio Estrada.

miércoles, 6 de mayo de 2015

El anillo de Golum

- Nada podía ser más obvio dentro de LIBRE. Lo sabíamos, no hay sorpresa por los diputados que han abandonado las filas. Siempre será cosa de tiempo una vez que se recuerda cuál fue la apuesta estratégica de Manuel Zelaya Rosales: meter el mayor número de diputadxs invocando nada más el peso y el cálculo de desgaste ante la trilladora nacionalista.

- El tema de llamado a una Constituyente Popular se ha ido esfumando ante una realidad tremenda: más de 200 leyes han sido promulgadas en lo que va la continuidad de gobierno nacionalista, lo que viene a resultar en un reseteo masivo de la Constitución existente. La nueva Constitución, entonces, ya está en boga.

- La vulgar caracterización que el Estado de joh ha hecho de los Derechos Humanos en cuanto que se violan los derechos de elección de ciudadanos que aspiran a la reelección presidencial -él mismo, por supuesto-, viene a mostrarnos a qué nivel manejan la desinformación pública con el fin de pervertir el principal enunciado de los derechos humanos: el resguardo de la ciudadanía ante el poder.

- El ascendente rumor sobre la posible luz verde para que los militares voten es un espejismo, ya se consiga constitucionalmente o no: los militares siempre fueron beligerantes e inclinados históricamente hacia el nacionalismo. Sería ideal plantear un dilema en este momento: si lo militares quieren votar hagamos lo que hizo Néstor Kirchner en la Argentina, a saber, quitarle a los militares su papel de garantes de la Constitución.

- La nueva Ley de Seguridad Social es la conversión simple de lo público hacia lo privado, en una alevosa y monstruosa jugada que incluyó desfondar más de 6 mil millones de lempiras del IHSS. Todo el sistema de salud que actualmente elige la empresa privada es el de clínicas privadas, específicamente PORSALUD, ¿Quién es el mayor socio de estas clínicas? FICOHSA. ¿Quiénes son los involucrados en el latrocinio del IHSS? Algunos de los más cercanos al Grupo FICOHSA. ¿Adónde fue a parar gran parte de ese dinero? A la campaña política de joh ¿Quién es el principal promotor de esa Ley de Seguridad Social? joh, en deuda con el grupo FICOHSA que le financió gran parte de su campaña. El anillo de Golum tan perfecto como enloquecedor.


viernes, 1 de mayo de 2015

Las fotos de Justiniano, El Apóstata

 Fotos: Fabricio Estrada. Locaciones en Puerto Rico: Santurce y panteón de Pazzis-San Juan, Vega Baja, Caguas. Locaciones en Honduras: Comayagua.







jueves, 30 de abril de 2015

La Perla, San Juan - Fotos: Fabricio Estrada

 Tuve la oportunidad de conocer La Perla durante el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, en marzo pasado y lo primero que me causó fascinación es su condición de resistencia urbanística en medio de El Viejo San Juan con toda y su sortilegio para turistas.

En muchos aspectos, La Perla se presenta ante el mar como una joya extraña en medio de la ostra esplendorosa de la ciudad vieja y, por igual, resiste con un nivel de vida de favela a despecho de los planes que puedan tener los diseñadores del tour. La modestia es su enorme tesoro y además, la cercanía, el lazo anímico que conservan de toda latinoamérica ante el acoso del colonialismo estadounidense. Aquí grabó su video Calle 13 junto a Rubén Blades y ese orgullo se redobló. Ser Boricua y ser de La Perla tiene significados aún no explicados más que en esa  canción y su video clip. Hermosa la visita, hermosa la sensación de que ese mar también estaba en Tegucigalpa, aunque invisible. Estas fotos que tomé intentan trasladarles el colorido de la resistencia cultural de Borinquen.









El poeta costarricense Carlos Villalobos.

La poeta cubana Lina de Feria durante la lectura del festival.

miércoles, 29 de abril de 2015

Saló, o los 120 días dentro de Honduras



El poder, ese oscuro objeto del deseo, esa parafilia jurídica que en Honduras se muestra en todas sus expresiones, principalmente en el exhibicionismo de los instrumentos fálicos de la élite: soldado-fusil, arzobispado-báculo, magistratura-mazo, presidencia-puño en alto; el exhibicionismo y a la vez la contención de las formas que han conducido al levantamiento de una cultura política neurótica, altamente reprimida y cuyos síntomas simbólicos se revelan en las innumerables leyes aprobadas con sesgo moralista y, sin embargo, sin ninguna ética de por medio.

La ética -constructo sublime- fue pervertida por las parafilias, las parafilias rigen "el orden" social y los colaboradores de tal deformación -se me viene a la cabeza los militares- se pasean cuidando que la población sometida acate cada ley o regla nueva dentro del juego. Todo esto lo vi ahora, al conectarme por segunda vez al film de Pier Paolo Pasolini Saló o los 120 días de Sodoma.

El paralelo hondureño se me hace inevitable. Pasolini aborda el fascismo y lo desnuda en toda su intención final: el sometimiento lúbrico a través del poder, el poder desatando lo que se reprime una vez que no hay nada que lo contenga. Regla, penetra, viola el poder cuando no hay ninguna forma humana en pie para disuadirlo, y la deformidad de sus actos es tan monstruosa que sabe bendecirse puntualmente con ayuda de sacerdocios legales y espirituales: jurisprudencia e institución eclesiástica. Saló. Honduras. Reprimir para liberar sus propias perversiones.El placer inconsciente de reírse en la cara de quien no tiene el poder y al hacerlo, lograr un placebo irrenunciable.Si la sexualidad crea las relaciones sociales aquí, entonces, se busca que no existan relaciones horizontales inter-ciudadanía, sino todo lo contrario, que existan pero sólo lo que considere y regle la verticalidad de la imposición.

Saló. Control social. ¿Cómo se estabiliza un poder si las instituciones que deben hacerlo han sido pervertidas? ¿Qué tipo de control va en ascenso paulatino, desdibujándose en sus contornos hasta trocarlo sádico y, lo que es peor, aceptado con sadomasoquismo?

Saló. Hay algo más por entender de Honduras. Algo más.

F.E.


lunes, 27 de abril de 2015

Diario de Hiroshima



Cuando el doctor Michihiko Hachiya se dio cuenta de que estaba desnudo también Japón entero había sido desnudado y puesto a la intemperie posnuclear. El pika don (el destello estruendoso, como lo llamaron los testigos) había sucedido a las 8:15 de esa mañana del 6 de agosto de 1945 y la muerte se había regado como el mismo delta del río Ota donde fue asentada Hiroshima. Nadie sabía lo que había sido arrojado sobre la historia para partirla en dos. El doctor Hachiya creía que la explosión había sido de una bomba de 500 libras pero cuando comenzó el deambular de los quemados con su piel cayéndole de los brazos y rostros tuvo que reconsiderar la impresión de su propias heridas psicológicas.

He leído, con profunda atención a los detalles, este Diario de Hiroshima y ningún otro documento me había resultado tan completo para conocer no solo de la destrucción material causada por las bombas atómicas, sino que para comprender el desmoronamiento psicológico o la deconstrucción psicosocial que éstas acarrearon en los sobrevivientes. La perturbación, el anonadamiento, los impulsos heroicos pero estériles (me impresiona el pasaje donde, en medio del incendio absoluto, un grupo de hombres es enviado a rescatar el retrato oficial del emperador para ponerlo a resguardo; al verlo, los heridos y los agonizantes hacen un esfuerzo sobrehumano para inclinarse ante él), la búsqueda de soluciones médicas ante el mal de radiación que era totalmente desconocido y sobretodo, el despertar terrible a la conciencia de la dictadura militar impuesta a rajatabla durante décadas y que ahora se demostraba culpable en toda su arrogancia hacia la ciudadanía, en toda su cultura de élite brutal avasalladora aún en los momentos de catástrofe nuclear. La vulgaridad en ascenso a despecho de la estricta disciplina del Mikado-Bushido, ( el Mikado en su acepción original se le llamó al poder del emperador pero por igual es un juego de palillos que consiste en ir quitándolos uno por uno sin mover a los demás... ¡tan frágil como paciente el poder!), la necesidad de explicaciones y la respuesta silenciosa de la ciudad sin vida.

"Las influencias maléficas que parecían haber descendido sobre Hiroshima me inquietaban sobremanera. Esos soldados borrachos, de cuyo indecoroso comportamiento había sido testigo involuntario en el viaje de regreso de Miya Jima, eran típicos del presente. Los viejos proverbios: "La justicia es fuerza" y "Vale más el carácter que la cuna", ya no tenían aplicación, o lo que era lo mismo nadie parecía hacerles caso. Se me ocurrió que quizá la disciplina de la buena crianza solamente surtiese efecto en tiempos de paz, cuando imperan el orden y la ley. La educación no puede mejorar el carácter, que asoma tal cual es cuando no hay policía que mantenga el orden. La educación es un barniz, un revestimiento. Educado o no, el ser humano revela su verdadero temperamento en los momentos de aflicción, y entonces gana el más fuerte. Invirtiendo los proverbios, la fuerza se convierte en justicia, la cuna es más importante que a educación. Entonces la fuerza rige el país." (M.H.)

¿Qué puede ocurrir más oprobioso, humillante y desconcertante luego de un desenlace tan brutal como una bomba atómica? Se creería que nada más, pero la posterior llegada de los norteamericanos a suelo japonés demostró que la tortura apenas había comenzado, más allá de las mutaciones físicas, más allá del aniquilamiento y las escenas dantescas. En la última página del diario del doctor Hachiya, asistimos a un diálogo desolador. Un oficial de ocupación estadounidense llega de visita al hospital donde Hachiya es el director. El militar se muestra silencioso y con gesto grave contempla la ciudad devastada desde una ventana hasta el momento de dirigirse hacia él con ayuda de un intérprete:

-"¿Usted qué opina del bombardeo? preguntó.
- Yo practico la religión budista, desde niño me han enseñado a aceptar la adversidad resignado. He perdido casa y fortuna, también fui herido, pero no obstante eso considero una suerte que mi esposa y yo estemos con vida. Agradezco haber conservado el don de la vida, aún cuando en la vecindad la muerte no dejó de visitar una sola casa.
- No puedo compartir sus sentimientos -dijo el extranjero en tono áspero-. Si yo estuviera en su lugar demandaría al país -siguió mirando un rato por la ventana y por último se marchó con los demás.

Referí a mis amigos el extraño comentario. "¡Demandar al país! ¡Demandar al país!", no cesaba de repetir para mis adentros. Pero por más que lo repetía, por más que me devanaba los sesos, no pude comprender qué había querido decir con esa frase".

En esta última reflexión se sintetiza para mí, a la perfección, la insensibilidad y frivolidad maestra con que los estadounidenses decidieron el lanzamiento de las bombas y del cómo creyeron que reaccionaría la población, casi haciéndoles un llamado a una "responsabilidad empresarial" por lo asumido por sus gobernantes militares, es decir, todo lo que trajera como consecuencia la bomba sería susceptible de demanda civil, en tribunales fantasmas bajo una ley nueva y desconcertante (...). El choque cultural era tan destructivo como los átomos desencadenados, y el cinismo histórico habría de permanecer mutando por décadas en la nueva era que se inauguraba sin contemplaciones de ningún tipo.

La aspiración de Hakko Ichiu (el concepto de expansión militarista japonés: "Las ocho esquinas del mundo bajo un solo techo") había sido barrida del mapa así como la fe de toda una nación, una nación que ahora tendría que vérsela con otra expansión militar que cubriría el mundo entero bajo la sombra del hongo nuclear.

F.E.


sábado, 25 de abril de 2015

Un eco para el tríptico de la vaca en Poemas de onda corta

Valnetina Souza, poeta y cantante panameña, amiga querida, hermana, me manda esta réplica para los poemas de la vaca (El regreso a la vaca perdida, Volviendo al asunto y Plegaria vacuna) que publiqué en Poemas de onda corta en el 2009. No queda más que releerme con la curiosidad y alegría que la complicidad con Valentina me ha dado.




En tus palabras encuentro la mirada profunda de aquella diosa mamífera. Me sostiene las pupilas y dulcemente me traga. En su paso lento transcurro como cocuyo sin tiempo, soy una digestión cuadruplicada Me duelen los huesos cuando vuelvo a ser niña, porque yo también un día no pude resistirle la mirada a lo perdido "El olvido entra por el cuello", dime si es verdad eso que dices, entonces deja que el recuerdo se deposite detrás de la oreja, esperando el instante propenso, para soplar leve, hasta resonar el tímpano y esconderse en una tuba de nombre impronunciable Deja que el recuerdo resucite aquella mirada primeriza donde los padres fueron héroes eternos y la vida un trofeo sin óxido ni derrotas. El animal me devolvió la imagen de un niño suspendido sobre un abismo
"Angel de la guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día" Yo ya no sé rezar, pero hoy busco en mis bolsillos la estampa de un pasado digerido. No la encuentro, pero sigo rumiando los versos.

Valentina Souza.

El regreso a la vaca perdida.



Un hombre puede quedar vacío 

si se toma demasiado en serio,

idea tras idea,

limpio el cráneo para un cenicero.



Hay cruces atiborrando las bodegas

y pelucas de juez que se miden

con mucho cuidado,

al igual, un hombre puede reunirse

y vaciar de un trago sus recuerdos,

ni más ni menos, ebrio en las estaciones

contemplar los buses y a su gente en las ventanillas

enmarcados 

como tristes cuadros de la asfixia.



Tengo presente el llanto en los mataderos

y el largo cruce de miradas entre la vaca y el niño.

El resoplar de la sangre

como una lona zarandeada por el viento,

el mugido interrogante y los ojos

acuchillándole todo el laberinto de las vísceras.



Ayer creía verme despierto

envuelto en el aura de las palomas,

deteniendo con soplidos la caída de las estatuas.



Quizá de allí la vaca y su relación con lo perdido,

eso que buscamos en los archivos del tedio

y entre el polvo que los lavabos trasiegan.



Una estatua me decía que su amor

eran las ondulaciones del humo

y el poder del cigarrillo besando a cualquiera.

Habían corazones en la historia, claro,

con seguridad 

una lengua lasciva burbujeando en las palabras.



Pero yo estaba en el asunto de los buses

y sus museos ambulantes,

fascinado bajo el farol que me rodeaba

como una polilla.

Ni siquiera hablaba en griego esa noche

y por lo tanto, Helena, nada tenía que ver con mi guerra.

Era yo y mis zumbares, nada más,

la miel empalagosa de la memoria,

el sentido absurdo de regresar a una vaca

que te miraba y preguntaba

sin decirte 

absolutamente nada.




Volviendo al asunto



En todo caso,

el niño es un pasillo con luz en el fondo,

algo que se va cerrando o abriendo paso

en la conciencia de la vaca.

La sangre, es una alfombra roja

por donde pasan los recuerdos invitados.



Afuera lloran los que esperan entrar,

entre ellos, la lluvia, ese invento de los tristes.



Porque era fácil hablar de piedad

cuando el trueno sacudía los nervios

y el azote de nuestra madre

se convertía en abrazo y respuesta;

porque uno preguntaba, sí,

siempre haciendo el papel del infeliz más necio,

buscándole piedras rosettas al tapizado con revistas

y explicando cualquier mancha en la hoja de tarea;

porque de lo contrario, la maestra se enojaba,

la maestra vida y el conjunto vacío,

ese silencio ante las notas en rojo del animal

que mugía y hacía correr a los débiles de carácter.



Y al niño, no le quedaba otra que estudiar,

repasar, olvidar, borrar,

olvidar con la rapidez de un carnicero 

que pasa presto a la siguiente víctima,

como la maestra, eligiendo respuesta

o borrando del pizarrón

el trazo de una vaca dibujada por alguien

a quien no le interesaban los timbrazos del recreo

ni las clases de inglés de la gringa Johnson,

sólo las palomillas que salían del rastro en invierno

como llevándose algo que tan sólo él y sólo él

podrían ya reconocer.





Plegaria vacuna



Cuelgo divertido de mi globo ocular.



Y claro, que el viento es un niño resuelto

que me lleva a la altura

donde toda catedral es una vaca muerta

con la ubre de las cúpulas

tensas y agrietadas.

El cielo tiene un filo que espanta

y sin embargo, ninguna campana delata

el temblor supino de nuestra heroica vaca..



“Cada animal es gregario –me decía el arriero-

y el rumiar, es su constante rezo.

¿Pero adónde puede ir una vaca

que siempre ha cargado en sus manchas

todas las nubes del cielo?”



Ya nada importa,

el olvido entra por el cuello.



Mañana rezaré

antes de lamer tu manso cuerpo.

sábado, 18 de abril de 2015

Bartender, o la paciencia delirante



Un bartender es funcionario de la aduana más movida en el tránsito humano. No pide pasaportes de ningún tipo, cartas de recomendación, invitaciones oficiales, al contrario, siempre da y escucha la polifonía del silencio, porque todos hacen como que hablan pero en realidad, el bartender sabe que vienen a él para llenar su silencio de un solo trago.
Has aprendido las conductas:                                                                         
si esperan una chica
buscarán la última mesa junto a la ventana
si esperan a su sombra
buscarán la barra                                                                                                                    
Un francotirador aviva la llama del bartender, y Paola lo sabe ahora, porque en su momento supo disparar hacia las sombras cuando las tuvo a su alcance, implacable, calcó la paciencia y precisión del dolor, la nostalgia, el suicidio, la conspiración de los tristes, el contrato de la carne y de lo efímero, el gran carnaval que Dionisio trajo en su despedida.

¿Quién recoge las cenizas del  bonzo silencioso que se inmola en un rincón del bar? El bartender. ¿Quién encuentra las madrugadas que se fueron rodando bajo la mesa con  retinteo metálico y devaluado? El bartender. ¿Quién recibe las hurañas propinas que deja la soledad? El bartender, por supuesto.  En todo el poemario vamos siendo testigos de una paciencia infinita decidida a detallar la celebración íntima que cada uno de los clientes trae para compartir en esta tierra de nadie, esta zona franca de la locura. Como Panero lo dijo, Paola reivindica el derecho a la locura, el hecho de que hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca, porque hacer un poemario sobre la fauna y flora que llegó a Rayuela en los tiempos que Paola y Dennis estuvieron detrás de la barra, es negar – y sublimar a la vez- las duras jornadas del desamparo económico en que el azar y  la frustración impusieron su dinámica. Así es que la fortuna fue contar con el temple que la poesía auténtica sabe dar a sus elegidas junto al arqueo de caja que solo la locura puede asumir como riesgo y fe.

Leer Bartender, de Paola Valverde, es entrar a un mundo dentro del cual todos y todas estamos en deuda y a la vez perdonados, porque al entrar en él ya pagamos el precio de habernos convertido en personajes de una poesía delirante que elevará a consigna la épica de los solos.

Fabricio Estrada
San José, Costa Rica

18-4-15

jueves, 16 de abril de 2015

Un bolero, varios helicópteros y el Mitch.

Foto: Diario La Nación, Costa Rica.

Cuando el helicóptero llegó sobrevolando el techo del Ministerio de Educación el hombre llevaba ya toda una noche y parte de la mañana desnudo, agitando los brazos en señal de auxilio. Lo habíamos notado una vez que se nos pasó el primer asombro ante la descomunal laguna que se formó a causa del dique de la Soto. 

La colonia Soto desapareció la noche anterior a su rescate. El estruendo nos hizo saltar en medio de la oscuridad sin saber muy bien qué cosa era ese nuevo delirio. Ese 31 de octubre, junto a un grupo de amigos de Sabanagrande, nos quedamos en la casa del doctor Osly Vásquez ubicada en el Callejón Moncada, seguros que la inundación no pasaría de ser una más de las tantas que ocurrieran en inviernos iguales, pero pasadas las horas y la evacuación a la medianoche, supimos que esta vez todo iba a ser diferente. Teníamos los nervios de punta tras haber pasado lo peor del paso del huracán Mitch por Tegucigalpa, el Gordito Castellanos, alcalde de la capital, ya había fallecido esa mañana del 1 de noviembre  junto a sus acompañantes del mini-helicóptero burbuja y las noticias de la radio intentaban describir, uniendo testimonios de corresponsales a través del territorio nacional, la absoluta desgracia que había caído sobre el país en forma de masivas inundaciones, miles de muertes y un millón de damnificados.
El estruendo resultó ser –lo supimos al día siguiente- el deslizamiento total de la colonia Soto que se asentaba sobre la falla sísmica en las faldas del cerro El Berrinche. Cerca de 200 casas y miles de toneladas de tierra y piedra terminaron formando el famoso dique que se mantuvo por más de un mes para delicia del nuevo turismo pos-catástrofe. Hubo un medio televisivo que llegó a decir que en las noches de luna vecinos habían avistado una sirena, quizá la misma que evocara Juan Ramón Molina en su celebrado poema “Pesca de sirenas”.

El puente Juan Ramón Molina estaba destruido en ese momento y aún no llegaba Bill Clinton a recitar el poema de re-inauguración en su visita de condolencias a la ciudad; el puente Mallol resistía con sus arcos de piedra decimonónica no así su mampostería reciente; el puente Soberanía tenía incrustada una enorme ceiba en su costado y el puente Carías emergía de su zambullida momentánea ocurrida alrededor de las 2 de la madrugada del 1 de noviembre cuando las aguas del Río Choluteca alcanzaron su paroxismo debido a la descarga de emergencia realizada en la represa Los Laureles o a la ruptura imprevista de la Laguna del Pescado. Decenas de autos habían pasado flotando, arrastrados, y muchos de los autobuses de la Empresa El Rey estacionados en la zona del puente Guacerique, habían fracasado ya en su corta prueba de submarinos (recuerdo muy bien a uno de ellos estrellándose  de frente en el Soberanía y girando en al aire para luego hundirse limpiamente en las profundidades del campo Motagua).

Todo esto había visto pasar el hombre desnudo. ¿Quién podía ser ese afortunado sobreviviente? Sin ningún tipo de vergüenza caminaba de un extremo a otro del largo techo del Ministerio de Educación, como un náufrago del Poseidón que hubiera logrado llegar en camino inverso hacia la quilla; agitaba los brazos, saltaba queriendo afianzar con sus manos la escalerilla que le era extendida desde el viejo UH-1N de la Fuerza Aérea Hondureña. Tiempo después, gracias a una entrevista que él mismo dio a un diario de Tegucigalpa, supimos que el hombre era el compositor Rubén Salazar, quien durante muchos años ha ostentado la dirección de la Asociación de Autores y Compositores de Honduras. Amigo cercano de José Alfredo Jiménez durante su estadía en México y de otras estrellas de la farándula en el D.F., don Rubén vivía en un apartamento de Comayagüela que fue inundado por la crecida de ese 31 de octubre de 1998. Absorbido por la fuerza de las aguas, flotó milagrosamente cuadra tras cuadra hasta llegar a los portones abiertos del Ministerio de Educación, dentro del cual pudo reponerse a pesar que el río le había arrancado las ropas al igual que su enorme colección de LPs y otros tesoros personales, tal como le sucedió ese mismo día a José de la Paz Herrera, Chelato, ex técnico mundialista de Honduras en España 82, quien perdiera en la inundación toda su videoteca futbolística. Bolero y fútbol, entonces, resultaron anegados y jamás devueltos. Otra música sonaba al ritmo de los rotores de los helicópteros y de las sirenas de las ambulancias.

Antes de alcanzar la escalerilla, don Rubén corrió hacia el asta de la bandera nacional que aún estaba sujeta, aunque en jirones, sobre el fondo pizarra de esa lluviosa mañana. Con mucha paciencia y haciendo equilibrio la arrancó de su lugar y se envolvió en ella, resguardando su pudor revelado a último segundo. La imagen más nítida que tengo de esa mañana de tragedia –aparte de los ahogados enredados en el Parque La Concordia y los borrachos que arrancaban del lodo las cervezas intactas de la Cervecería Hondureña-, es la de don Rubén siendo elevado por los aires con esa bandera de Honduras envolviéndolo. Quizá no sea la estatua de Lenin llevada por el helicóptero en Good Bye Lenin, pero sin duda, esa visión adelantaba con todo y sus presagios- el cambio de época que traería a nuestras tierras el huracán más enconado y amnésico de nuestra historia.


Apago la tele. Un bolero suena. Ya no recuerdo nada.

F.E.