sábado, 14 de marzo de 2015

Rigoberto Paredes: el tótem poético como un diente de león.



Ninguno de los consejos de Rigo era en vano. Todo árbol sabe hasta dónde alcanza su sombra y cuántos pájaros pueden llegar a él con sonidos nuevos y cuántos, también, son simple graznido temporal que picotea los frutos del silencio para luego desperdiciarlo todo.
Sabía, Rigoberto, cultivar sombras y nunca dejó de hacerlo. Ese árbol inmenso había encontrado la fórmula para desatar sus raíces y atravesar continentes hablando tan despacio como preciso. “Debemos atacar el provincianismo –me decía-, no dejar que sea la nostalgia quien mate a la evocación poética, porque ¡ojo, viejito! Que evocación y nostalgia no son lo mismo.
Los poetas Óscar Acosta y Rigoberto Paredes, abril del 2012. Foto: Fabricio Estrada.

Era 1993 cuando me acerqué a él junto a la bandada que movía al taller de poesía Casa Tomada; Paradiso era frecuentado por lo más selecto de la intelectualidad con aquella música de fondo inconfundible traída desde los rincones más lejanos del auto-exilio ilustrado. Los años ochentas amenazaron con desaparecer hasta los versos y habían dispersado a muchos y a muchas fuera del país y, aquellos eran los días del regreso al estruendoso hastío de Tegucigalpa. Rigo y Anarella regresaban de México, de Colombia, de Francia, de España, qué sé yo, pero saberlo nos imponía cierta condición de peregrinaje al lugar de los poetas, el Paradiso noventero cuya mística orquestaba Rigo para celebrar –oficiar, dirían los perversos- la palabra.

Y la palabra comenzaba en Catulo, Propercio y Marcial para luego subir por los andamios de Las tristes de Ovidio, Montale y el templo jamás saqueado de Rubén Darío (alguien, menos sensible, robó el pequeño busto de Darío de la barra de Paradiso pero Rigo siguió anclado escuchando las lecturas y presentaciones desde ahí mismo, clínico, tan dariano como experto en descalabros lingüísticos que había que señalar sí o sí). “Poeta, tú que tienes la luz, dime la mía” preguntaba Rigo al verme así como luego lo seguiría haciendo, casi como un tantra, en la última serie de poemarios publicados por Ediciones Paradiso. Porque Rigo tenía una idea clara que le servía de indagación: “No soy yo ¿quién soy yo? Es la poesía y su luz y eso hay que respetarlo, hay que elevarnos del trágico provincianismo para ir hacia ese mundo que no tiene fronteras pero que exige tanto habitarlo”.

De manera invariable eso fue lo que aprendí a ver en él. Su nombre ya era ceiba crecida pero nunca lo esgrimía para apabullar a nadie. No lo necesitaba. Era Rigo el arte de contenerse. Ni una discusión excesiva ni un lenguaje corporal abundante. Eso sí, su poesía era implacable como inclaudicable, fue su resistencia a ultranza cuando la avalancha de los malos y odiosos discursos se le venían encima. En nadie se reunía mejor tanta risa contenida.

Viaje tras viaje, paisajes dejados atrás, carontes evadidos, imbéciles ignorados, Rigo avanzaba sin prisas pero guardaba, delicadamente organizado, el tótem poético como un diente de león para el soplo de sus últimos años. De su resguardo, vimos salir poemario tras poemario como polen prístino entre doradas luces y luengas barbas de profeta. “Si querés me callo” nos decía con ironía socarrona al haber entregado un libro más entre tanto poeta joven cuidadoso de no publicar. Aquella risa podía venirle fáunica y transparentaba, ante ojos precavidos, el ambiente de una fonda quevedana en burla permanente a Lope de Vega. ¿Quién era el Lope de Vega de turno? Eso queda bajo los cuidados de los pájaros más fieles y de su querida musita Anarella.

Recuerdo una tarde en especial, la tarde en que la piscina de Juayua, El Salvador, nos dio las horas suficientes para hablar y reírnos en absoluto territorio neutral. Era el último festival internacional que compartíamos. El volcán de Izalco se perfilaba tan antiguo como el Rigoberto Paredes que ahí hablaba. No necesitaba testigos para ser. Flotando en la pequeña alberca, yo apenas era un niño escuchándolo. Habló de Keats, de Emely Dickinson, de Lezama Lima, de Blanca Varela, Seferis, Elytis… y algo me decía que, como Funes el memorioso, Rigoberto estaba fijando puntos en mi caos. La tarde se suspendía como las sábanas blancas en el patio engramado y, junto a los poetas Roberto Arizmendi y Ricardo Ballón  escuchábamos, una escena que Fellini jamás rodó y que ahora proyecto en las cortinas que la lluvia deja en Puerto Rico.

¿Se encuentra muy mal? Le pregunté a Anarella en la sala de emergencia mientras los doctores creaban su sortilegio alrededor de un Rigo que soñaba estentóreamente entre tubos, pequeñas pantallas y pitidos de una selva blanca. Anarella me vio. Ahí adentro llovía. El hospital entero llovía como aquella tarde en que los tres nos sumamos al pueblo para rescatar las urnas que habían sido confinadas en la base aérea Hernán Acosta Mejía. Ella lo llevaba del brazo y él iba calculando el odio de los soldados que nos miraban entrar al mar partido en dos. “Fabri –me dijo-, una cosa debés saber: hay que ser inclaudicable”. La lluvia se hizo violenta y los soldados ya estaban aburrido de contar a aquellas empecinadas hormigas que trasegaban una urna tras otra para devolverlas a las calles, a la expectativa del 28 de junio que se aproximaba. Rigo se recuperaba entonces de un mes muy difícil en convalecencia, pero eso no le impidió estar ahí para desconcierto de los fieros soldados que se preguntaban quién era ese profeta sefardí que se abría camino entre sus dientes afilados.

“Rigoberto está muy grave”, me respondió Anarella mientras al fondo los doctores intentaban estabilizar al poeta. Y ahí la vi a ella, completamente cerca, de nuevo sosteniendo con brazos invisibles al poeta que tanta tierra cruzó para regresar siempre a ella. “Oime, musita, este pueblo está dolido”, alcancé a escucharle a Rigo mientras seguíamos adentrándonos a los lluviosos vestíbulos del golpe de Estado. “¿Por qué no desear un país que no duela?”, escribiría luego y así llegaron a mí esas palabras, en un rincón donde el mar desmenuzaba a la isla verde y la noticia de su muerte me desplomaba. “Tenele cuidado a Tegucigalpa, Fabri, Monterroso te lo puede decir mejor”, “levántate lo más temprano a leer y a escribir porque la poesía no espera”, “tenele cuidado al converso ¡ay del converso!, es el más terrible”.

El mar no era un árbol y recuerdo bien el desdén con que Rigo lo vio por última vez en Acajutla, muy parecido a ese gesto inescrutable que hizo en Trinidad al ver las elevaciones del cementerio. La muerte y sus formas, la muerte y sus aspavientos de eternidad le daban igual. El quería regresar lo más pronto a casa para escribir y leer sin marejadas ni lápidas demasiado pesadas. Él quería saber con cuántos versos exactos se podía derrotar al océano y con cuántos poetas podía contar para hablar de poesía; porque las cosas hay que decirlas por su nombre, a fuego lento y entre flamas de helechos, pero decirlas, aunque ya comenzara a fastidiar eso de ir dando refugio a los pájaros que ni son bellos ni cantan y que sólo saben volar, sin destino, sin pasado.

Fabricio Estrada
Fajardo, Puerto Rico

13 de marzo del 2015, Ab urbe conditae.

miércoles, 4 de marzo de 2015

La Historia que Soy


Fui el tallerista, durante tres módulos, de esta profunda experiencia de vida. Alrededor de 60 mujeres de las colonias Nueva Suyapa y Villanueva (consideradas de alta incidencia de violencia) recibieron de mi parte -y gracias a la confianza del CPTRT- nociones sobre fotografía que condujeron a una larga sesión de auto-retrato y, luego, a la exposición. La técnica consistió en que ellas tomaran la cámara y dieran el encuadre que les gustara más de la compañera; una vez hecho el shot intervenía yo para editar y mejorarlo.
Durante los talleres en la sede de COMPARTIR, en la colonia Villanueva.


 Recuerdo el nerviosismo y la alegría de cada una de ellas, muchas de las cuales nunca habían tenido una cámara en sus manos, pero ahora lo que más tengo presente es el orgullo que vi en sus rostros al mirar sus retratos en la sala de exposición del MUA (Mujeres en las Artes). La poeta Mayra Oyuela realizó, de manera paralela, el taller de poesía que logró crear la introspección necesaria que rompería toda timidez ante la cámara.
Doña Crucita, lista para realizar su primera fotografía.

 El resultado es de consecuencias invaluables, estoy seguro de ello, sobretodo en estos momentos en el país donde se considera que todo ha sido socavado por la atrocidad.
 La inaguración en el salón principal de MUA. El Doctor Juan Almendares, en primer plano, Director del CPTRT.






Ahora veo hacia la zona donde ellas habitan. Las veo en su vida diaria, puedo imaginarlas ya, enfrentando con la más pura valentía toda la avalancha del silencio. Todas sus historias en su rostro y al final, el rostro de ellas siempre estuvo formado en el mosaico de casas que se ven a  lo lejos, en los cerros de Tegucigalpa.






El siguiente es la sinopsis que realicé para la muestra:

La historia que soy, es la indagación a la alegría de ser mujer, a  la valentía de asumirlo en medio de un entorno que insiste en imponer el rostro anónimo. Dar la cara por sí mismas, dar la cara con la honestidad que da ser sobrevivientes del silencio. Esta muestra es el producto de tres talleres de fotografía básica y de poesía (adjuntos a los talleres de grafittis, derechos humanos y seguridad ciudadana para prevención de violencia doméstica) facilitado por el CPTRT (Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación de las víctimas de la Tortura) en un proceso de auto-reconocimiento y de entendimiento de la imagen como registro inalterable, una serie de miradas y lenguajes íntimos que nos cuentan -en ese alfabeto de sutilezas tan propio del orgullo asumido-  el cómo la fuerza de este país sigue estando en la determinación cotidiana de la mujer.




Todas los retratos en el siguiente enlace:





Boko Haram y el gris terror. El color de las niñas perdidas - El País, España


Una estremecedora crónica:


¿Ciudad Blanca o se fueron en blanco de nuevo?

Ricardo Agurcia, reconocido arqueólogo hondureño, cuestiona el posible descubrimiento que trasciende a nivel mundial porque el equipo de investigación conformado dice que no es reconocido y tampoco se sabe de las instituciones que participaron y si hay hondureños expertos involucrados. “Lo que he podido ver tiene muy poco criterio científico. Me extraña también que una noticia de este tipo salga publicada primero fuera de Honduras”.


Apunta que lo que muestra la revista no tiene las características de lo que la leyenda menciona y no es desconocido que en La Mosquitia hay muchos asentamientos arqueológicos. “¿Lo que encontraron es una ciudad? Una ciudad se define arqueológicamente como un sitio de ocupación humana con una población mayor de 10 mil habitantes. Eso se verifica con arqueología de campo y registros de casas. ¿Es blanca? En ninguna de las fotos veo que así sea. En la leyenda de la Ciudad Blanca que conozco debe haber una estatua de mono de oro. Si esta es la Ciudad Blanca, dónde está ese mono. Le veo muchos tintes de aventura, de película de Hollywood, como si fuera una cinta de Indiana Jones. Eso no es ciencia”, señala Agurcia.

La arqueóloga hondureña Eva Martínez coincide con Agurcia en que no se trata de un descubrimiento y que la Ciudad Blanca sigue siendo un mito.



lunes, 23 de febrero de 2015

La loca de Chaillot, Teatro Memorias, Tegucigalpa



La loca de Tegus-Chaillot

En el teatro de los siglos se viene representando siempre la gran comedia de los ricos. La tragicomedia es para los pobres, pero es de los pobres el privilegio de ver la decadencia teatral de los ricos. Porque todo es un montaje cuando se ha decidido defender los últimos esplendores de un patrimonio ya inexistente que de manera inexorable será barrido por la acción de los que ya no se contentan con ser simples ricos regidos por las convenciones, por el lenguaje, por las formas.
Teatro Memorias ha montado en Tegucigalpa La loca de Chaillot, del dramaturgo francés Jean Giraudoux y lo ha hecho bajo la magistral dirección de Tito Ochoa, quien junto a su elenco de actores y actrices han logrado traer a nuestro contexto el texto de lo que en Francia pudo haberse percibido –en su estreno- como la delirante puesta en escena de los últimos resabios aristócratas sobrevivientes a la revolución pero que, en Honduras, se revela como la descripción en tiempo real de una élite criolla que lo perdió todo mientras tomaba el vermút hablando de la tradición, del buen gusto y el señorío colonial. 

Ahí están fielmente representadas esas figuras fantasmales y apolilladamente vestidas que siguen conviviendo –y atestiguándose- en Tegucigalpa junto a sus viejos criados ya devenidos en indigentes, desfigurados de antigua servidumbre que ahora, por socarrón afecto o diversión, siguen haciéndole la corte a la loca de turno, la antigua patrona que insiste en mantener el decoro en medio de las chanzas y del estruendoso hundimiento de las buenas costumbres y de los patrimonios.

Una transnacional ha llegado a Tegucigalpa y ha descubierto que hay petróleo bajo todos sus cimientos. Nada quedará en pie si el contrato de compra de terrenos a las familias ricas se lleva a cabo. El pueblo indigente lo sabe y ya sin perder nada, se ríe abiertamente de lo que les sucederá a quienes hoy por hoy se consideran imbatibles en sus derruidos castillos, tanto materiales como espirituales. ¿Por qué tendrían que unirse a esas familias marcadas por la extinción en la defensa de una fachada patrimonial en ruinas? ¿No será más delirante observar el día a día de ese laberinto transparente y nostálgico en que se pierden los señoríos? Todos en el guetto se han dado cuenta de que un acto teatral de funestas consecuencias se está desarrollando en el entorno de “la única propietaria” que resta en Tegucigalpa y todos quieren estar presentes en el último acto, mismo que será la bienvenida para una más que se ha hundido en la miseria y que deberá probar los platos fríos de la esclavitud. 

Pero un giro inesperado en la conciencia de Aurelia, la condesa excéntrica que es el centro dialéctico de la obra, lleva la defensa de su modo de vida a ser defensa de todos los miserables de Chaillot-Tegus: la amenaza que representa la explotación petrolera para el eco-sistema.
Aquí es donde siento que está el nudo de contradicciones de la obra que sutilmente supo presentar como tesis de dramaturgia Giraudoux, ya que Aurelia interpreta la amenaza de manera banal y romántica. Lo único que activa su sentido de defensa aristocrático es un valor de protección a ultranza de la “naturaleza” y no la defensa y reivindicación de los miserables que han sido degradados inhumanamente por el sistema. Su llamado a unirse para defender su hábitat mental y material, sigue siendo, a pesar de la aparente lucidez, un discurso enajenado de élite en el que sus amigos de la calle encuentran asidero como recurso de lucha novedoso. Una mezcla de intereses que va a llevar la tensión actoral a memorables momentos donde los personajes, haciendo uso del lenguaje procaz de la calle, van retratando fielmente las características de la psiquis colectiva hondureña y su búsqueda de soluciones.


Toda la línea actoral en el elenco del Teatro Memorias merece un aplauso de pie. Tito Ochoa ha hecho de nuevo que como público nos sintamos privilegiados en nuestra condición de público. Hace falta saber ahora, una vez que salimos al montaje real de nuestra sociedad, de qué lado de la indigencia estamos: si del lado de los que ya no tenemos nada que perder o de los que vivimos creyendo que perderemos lo que ya no tenemos. Esa puede ser la locura o esa tremenda lucidez del Trapero que lanza, carcajeándose, la auténtica consigna de nuestro tiempo: “Somos los últimos hombres libres, la época de la esclavitud llega y no tardará mucho.”

Fabricio Estrada
Febrero del 2015



jueves, 19 de febrero de 2015

El Dios de Víctor y otras herejías, de Óscar Estrada


Lo que uno deduce a primera vista es que para Óscar Estrada la mayor herejía de la Historia (dicho sea sin resabios moralistas) es la guerra. “La guerra vuelve locos a los hombres (…) “Mi padre estuvo en la montonera con Ponciano Leiva y cuando regresó parecía un animal” (…) “La guerra destruye también a los hombres buenos”. Son fragmentos de diálogos entresacados del cuento emblemático que da título al libro de este joven escritor hondureño, quien se autodefine como guionista, novelista y abogado. De hecho, estudió en la Escuela Internacional de Cine y TV de la Habana, Cuba, y en 2012 publicó su primera novela, Invisibles. No estamos, pues, ante un neófito, lo cual queda demostrado en esta colección de cuentos, El Dios de Víctor y otras herejías, donde deja plasmada su pericia en el manejo de los recursos propios del género narrativo.
Cuento tras cuento (nueve en total) Estrada se adentra en un mundo diverso, violento y no menos desolado que bien pudiera ser este país. Los personajes –sus habitantes- somos en realidad nosotros mismos, todos signados por cierta sensación de vacío existencial, de incertidumbre y de calamidad, así se llamen Víctor, Juan, Isaac, Clementina, Óscar Estrada o Nicanor. Entre todos ellos quizá sea Víctor el que más tenazmente encarna un estereotipo de cierto sobreviviente que a diario vemos deambular a nuestro rededor y que desconocemos si regresa de la muerte o va hacia ella. “Siempre fue así (Víctor) , independiente, estepario. Los últimos días de su vida, los vivió en un cuartito de concreto, con una cama sin colchoneta y un petate que olía a viejo, a cartón con calcetín y sudor”, santo y seña todo eso de la desolación y la impotencia a las que puede estar condenado un ser humano de estas latitudes: “El mundo es una noche vacía”, concluye amargamente.
Hay otros cuentos en este libro, como “El jardín de Clementina”. “La vida es esto” –para sólo mencionar los que a mí más me gustan- donde los personajes y las situaciones se funden y se confunden en forma dramática, dando paso a una atmósfera menos atosigante o tal vez menos cruel que la recreada en “El Dios de Víctor”, “El infierno de Juan” o en “Paternidad”.
Se trata, en suma, de un libro que se deja leer, en el que esos personajes y esas situaciones son visibles y reconocibles a simple vista, como no puede ser de otro modo tratándose de un narrador con formación cinematográfica.
Este es el único trabajo suyo que conozco, pero aun así me atrevería a considerarlo desde ya como uno de los autores representativos de la literatura hondureña de hoy. Queda, por supuesto, mucho camino por delante, y eso él lo sabe mejor que yo.
Por Rigoberto Paredes
Tegucigalpa, diciembre de 2014

jueves, 29 de enero de 2015

Chat entre Herman Melville y Joseph Conrad



Hace ya algunos años que escribí otro chat: el que ocurre en mi imaginación entre Ray Bradbury y Arthur C. Clark http://fabricioestrada.blogspot.com/2008/03/messenger-entre-ray-bradbury-arthur-c.html. Una forma de homenaje surgió esa vez a dos de mis autores de ciencia ficción preferidos (que por cierto terminé publicando como anexo en Blancas pirahnas-2011) y, por muchísimo tiempo, intenté recrearlo con Herman Melville y Joseph Conrad quienes con su Moby Dick y El corazón de las tinieblas me regresan una y otra vez a las primeras sensaciones avasalladoras que tuve cuando empecé a leer. Vuelvo a hacerlo, entonces, y de nuevo esa diversión tan snob y propia como la pueden tener aquellxs que aprenden on line el lenguaje élfico de Tolkien. Aquí tienen entonces, ya veré con quiénes continúo.

Conrad: Oye Herman, ¿estás despierto?

Melville: No podía dormir, qué bueno que escribes, no quería acostarme y encontrarme en ese puerto inseguro que siempre me da el sueño.

Conrad: Sí, ya somos dos. Desde hace mucho que sólo veo el mar al cerrar los ojos.

Melville: La vez pasada me dijiste que mirabas una jungla y un río tenebroso.

Conrad: Sí, también. Y tambores lejanos. Oye ¿cómo es que decides embarcarte? ¿Te dan las ganas y ya?

Melville: mmm, interesante. Ahora que lo preguntas sucede que cuando me encuentro con el ceño fruncido y empiezo a detenerme ante los escaparates de las funerarias

Melville: cuando la hipocondría me inspira un irresistible deseo de aplastar el sombrero

Conrad: y también a alguien, me imagino

Melville: pues ¡también! El sombrero y a quien lo use, el asunto es que en ese momento siento que ha llegado la hora de lanzarme al mar… me embarco sin ruido ni alboroto.

Conrad: Mira, no sé si lo tuyo es cansancio o ansiedad, la mente del hombre es capaz de todo, pero hay una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo.

Conrad: Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… hay algo más profundo en el mar, el mar que es una multitud demoníaca.

Melville: Tienes razón, tras conocer al Capitán Ahab no puedo seguir explicando el mar así. Parecía un hombre a quien se hubiera retirado del suplicio de la hoguera, cuando ya las llamas hubieran prendido en sus miembros sin consumirlos ni quitarles su firmeza.

Conrad: Mucho mejor

Melville: Sí, de entre sus cabellos grises se veía salir una cicatriz de un blanco lívido

Conrad: Su ballena blanca era una cicatriz en el mar como en Kurtz “sus planes inmensos” lo condujeron al horror.

Melville: Terrible, Joseph. No me contaste cómo te llama a ti el mar ¿por algo en especial me lo has preguntado?

Conrad: El mar es un mapa extendido para mí, lleno de espacios en blanco. En ellos están las tinieblas y siento que debo explorarlos. Entonces empiezo a buscar un barco, pero el último que abordé me llevó a un río, una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar.

Melville: ahhh, entonces es el río el que te ha intrigado.

Conrad: El río que terminó siendo Kurtz. En mi caso el mar me condujo a un río, de ahí me viene preguntarte. Como el universo el mar también tiene sus paradojas.

Melville: Sí, mira el caso de Ahab con Moby Dick. Una venganza superior termina destruyendo a quien la levanta como palo mayor en un barco de débiles cuadernas. El perseguir y arponear a un fantasma no debe ser considerada faena humana. Persigues a la ballena y resulta que es tu pavor.

Conrad: Nadie es humano una vez que sobrepasa los límites de cierta jungla que todos llevamos dentro, Herman. Kurtz, por ejemplo, lo sabía y eso sedujo a su alma forajida hasta más allá de los límites de las aspiraciones lícitas.

Herman: ¿Pudiste verlo a los ojos?

Conrad: Cuando lo vi por última vez (la última vez que miras a alguien es más significativo que la primera) intenté romper el hechizo, el denso y mudo hechizo de la selva que, en sus ojos, parecía atraerme hacia su seno despiadado y que despertaban en mí olvidados y brutales instintos, recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas.

Melville: ¿El horror?

Conrad: Siii, ¡el horror! ¡el horror! ¡el horror!

Melville: ¿Te puedo hacer una pregunta, Joseph? ¿Prometes no dejarme esperando al día siguiente como la vez pasada que te pregunté sobre el Nostromo?

Conrad: Adelante, lo prometo. Pero eso sí, que quede claro: ni Costaguana ni Sulaco quedan en Honduras. Parodié a Panamá.

Melville: Bueno… Joseph ¿Aún tienes fe en la humanidad, tú cuya alma no ha conocido represiones, ni fe, ni miedo?

Conrad:

Conrad:

Conrad: Lo humano siempre levanta cabeza, Herman, el mar puede estar cubierto por una densa faja de nubes negras, puede ir directamente conducido hacia el mismo corazón de las tinieblas y siempre querrá encontrar motivación por la justicia, que al final de cuentas, es su vocación por lo siniestro. Sí, tengo esa fe extraña. ¿y tú?

Melville: En algo coincidimos, Joseph: el barco de la humanidad se podrá hundir pero como Satanás, no querrá hundirse en los infiernos sin llevarse consigo un pedazo de cielo. Toda gaviota que pase querrá posarse en su mástil y terminará enredada en el hundimiento.

Conrad: ¡Vaya! ¡Eres más pesimista que yo!

Melville: Naaa, el gran sudario del mar seguirá ondeando, como lo hace desde el principio de la creación. Si se salva el mar se salvará algo de la insondable belleza que la humanidad ha deseado para sí siempre.

Conrad: ¡Cierto! Era del mar de lo que hablábamos.

Melville: Sí, el mar es la pregunta.

Conrad: Bueno, Herman, se ha hecho tarde. El próximo barco debería embarcarnos a ambos.

Melville: ¿el del sueño, dices?

Conrad: ¡El mismo! Pero sin ballenas rencorosas de por medio ni oscuros tambores.

Melville: Buenas noches, Joseph.


Conrad: Feliz pesca, Herman.

domingo, 25 de enero de 2015

La inestable cacería de mariposas

El Maese Rafael Murillo me ha traído unos polvorones de San Juancito (deliciosas galletas caseras). Hacemos un te de manzanilla -¡ah, par de cuervos clásicos!- y comenzamos a volar sobre la milpa, observando los espantapájaros.

Primero es el cuénteme, poeta,  habitual en el Maese cada vez que nos encontramos. Así comienzo a hacerle un resumen de mis cuitas y de mis últimas lecturas. Ahí pasan Nabokov, Las Siete Noches de Borges, Mundar de Gelman, Negro de Alfonso Fajardo, y mi último descubrimiento en poesía argentina, Horacio Fiebelkorn. A Rafael le intriga el título Mundar,de Gelman, y así es como le sugiero que es posible que el poeta haya verbalizado el sustantivo "mundo", lo que traducido en poesía vendría a ser "mover el mundo" o "moviéndose con el mundo". También cabe la interpretación de la acción que realiza un vagabundo o mundano dentro de la realidad. El asunto es que vagabundeamos primero, casi un profundo ejercicio de respiración antes de llegar a picarle los ojos a los espantapájaros.

Caemos directo: el primer gran revés de juan orlando hernández en su política de gobierno militarista y represiva. Las bancadas de LIBRE, Partido Liberal y Partido Innovación y Unidad y Partido Anti-Corrupción votaron en bloque en contra de la ratificación para darle rango constitucional a la Policía Militar del Orden Público, un adefesio legal que sólo tiene pies y cabeza en la lógica de blindaje del gobierno nacionalista y, además, un claro instrumento de amenaza ideológica ante cualquier levantamiento ciudadano, algo muy probable en la inestable plataforma que ha construido el fraude electoral que tiene al nacionalismo en el poder. Lo vemos en principio como una contundente derrota política, sí, una afrenta en el patio casero, pero pensamos en la política de Estados Unidos en Honduras. El empecinamiento por el rango constitucional a una unidad militar puede ser un termómetro para medirle el pulso a la oposición y comprender así, el terreno dentro del cual se promueve la continuidad de joh para la estabilización de la colonia. A pesar de toda la terapia de shock implementada a través del sicariato paramilitar, el pensamiento ciudadano sigue estando vivo en cuanto a su necesidad de construir políticas ciudadanas autónomas de los designios imperiales. La impronta de LIBRE en cuanto a explicar los contenidos de la amenaza que constituye la PMOP (guardia pretoriana, división de las Fuerzas Armadas, soldados represivos), ha obligado a un debilitadísimo Partido Liberal a unirse a la no ratificación para sacar reditos y no hundirse más. Preo creemos que esencialmente, el partido que más ha sacado ventaja es el PAC, quien se mostró muy beligerante a través de Salvador Nasralla quien ha venido señalando de frente la intención dictatorial detrás de la iniciativa de joh.

Lo de ayer fue bastante importante, sin duda, juan orlando se ha dado cuenta que no es ya la avasalladora perturbación de la oposición desprevenida y en crisis. Su plan de continuismo sufre con la no ratificación la primera estocada aunque no será suficiente para aplacarlo. Lo que viene es una avalancha de publicidad para el referendum o plebiscito que ahora se propone llevar a cabo, o en el peor de los casos, la activación de la mentalidad de ultra-derecha sin necesidad de directrices: la matanza para justificar la campaña.

Las mariposas de Nabokov han quedado abandonadas por un momento. Antes de ir a dormir le leo al Maese uno de los poemas de mi reciente texto inédito. Reímos. Por esta vez reímos, porque cómo escribía en el facebook al conocerse la votación en contra: un poco de luz, caramba, tan sedientos de cielo estábamos.


viernes, 23 de enero de 2015

Los textos en los papiros de Herculano

Esta investigación y desarrollo de las técnicas arqueológicas en torno a ella siempre me parecieron fascinantes. Ahora comienza a revelarse poco a poco uno de los eslabones perdidos del mundo clásico greco-latino: los papiros calcinados por el Vesubio en el 79 d.C.



Desde las primeras grandes posibilidades que dio "la máquina del padre Piaggio" (https://latunicadeneso.wordpress.com/tag/antonio-piaggio/) para desenrollarlos, el avance actual promete una inmensa fuente de alegrías para el acervo humano en general.





jueves, 22 de enero de 2015

Dinosaur 13



He visto Dinosaur 13 con la misma expectativa que tuve cuando encontraron el colmillo de mastodonte  aquí en Tegucigalpa (nuevo edificio de la Corte Suprema de Justicia en Bulevar Kuwait). Si bien en Dakota del Sur el hallazgo fue hecho por paleontólogos de altísimo nivel y no por obreros de la construcción como fue nuestro caso, el limbo legal por la tenencia del fósil puede tener correspondencias puntuales.

Este documental me ha desengañado respecto al romanticismo de los decubrimientos de dinosaurios. Sue, como fue llamado el tiranosaurio rex encontrado, tuvo que pasar una larga temporada en bodegas antes de ser expuesto en el Museo Field de Historia Natural, en Chicago, Michigan. Toda la pugna de intereses que lograron arrebatarle el derecho a exhibirlo al pequeño pueblo de Dakota donde sucedió el hallazgo, toda el entramado aberrante de leyes federales y la codicia del propietario del terreno, todo esto se expone hasta llegar al absurdo y doloroso encarcelamiento del paleontólogo que desenterró a Sue.

Me pregunto sobre Honduras y sus leyes de protección del patrimonio arqueológico y paleontológico. ¿Qué fue del colmillo de mastodonte? ¿Le pertenece acaso al Peabody Museum como es el caso de miles de piezas mayas que sacaron los arqueólogos estadounidenses a principios del siglo XX?

Un gran documental, sin duda, para entender un poco más sobre lo que aparenta ser tan natural y científico.


viernes, 16 de enero de 2015

Martín Cálix, Honduras - Lecciones para monstruos

Foto: Fabricio Estrada


Martín es un monstruo, del tipo de aquellos que Mario Levrero definió como conejos que no son conejos, sino cazadores disfrazados que se infiltran en las madrigueras para cazar conejos con odio. En las tardes escribe con su cigarro quemando hormigas y, por las noches, escucha a Los Caifanes como un adolescente enamorado. De las últimas voces que van haciéndose escuchar por estos lados, la de Martín es una de las más eclécticas sin necesidad de sintonizar la eterea voz de los eclécticos canónigos de por aquí ni de mencionar tres autores de lecturas personales en cada párrafo. Ha logrado encontrar ese desenfado posmoderno que ya vivía en Levrero y en el periodismo gonzo desde hace décadas pero que en Honduras es tan extraño como ver a los académicos de la lengua viendo Monster Inc.
Edgar García me trajo desde Xela su Lecciones para monstruos y, sin más, comencé a devorarlo como una barra de chocolate. Oscuramente divertida y luminosamente comic, la lectura dio lo que me debía dar: la alegría de saber que se han encendido los aires acondicionados en un cuarto cerrado de nombre Honduras. Acaso ¿no escribimos también para divertirnos, macilentxs y taimadxs escritorxs? 
La plaquette fue editada por 90s, de Quetzaltenango, Guatemala, dimensión mesoamericana del ártico, donde actualmente reside Martín.

1

No siempre hay que asustar, porque en algún humano puede encontrar a su mejor amigo.

2

Los viernes son sagrados.


 6

Ningún monstruo incursionará en política. Ningún monstruo pretenderá ser presidente, diputado o alcalde en caso contrario su licencia para asustar será suspendida.

9

No sea egoísta, deje armarios sin resolver.

10

Recuerde, algunos humanos pueden resultar ser más crueles que usted, evite llorar delante de ellos.

12

Dios es un monstruo mucho más asustadizo que usted, por eso nadie sabe dónde está, no lo busque más debajo de la cama.

13

Cookie Monster es una estrella de Hollywood, usted no.

14

Si tiene alguna pesadilla recurrente, deje de leer a Freud, él basó sus estudios en humanos.

15

Si sufre de claustrofobia entonces usted no es un monstruo.

16

No somos Monsters inc, al final del año no hay prestaciones.

17

Recuerde que Where the wild things are no es su biografía autorizada.

18

Y cuando despertó el humano seguía ahí...

¿qué espera?

¡Asústelo!

19

El monstruo del lago Ness visitó París.

20

Ningún monstruo debe ser militar.

22

La familia Munster es la familia real.


23

Si anda como monstruo, si hace como monstruo, entonces es un monstruo.

24

Si acaso un seminiño asustado lo convence de lo contrario entonces nunca lo fue.

26

El Papa no es un monstruo, en el sentido menos ortodoxo de la palabra.

27

Fumar lunas a escondidas no es muy educado, evite llamados de atención por parte de la gerencia.

28

De noche todos los monstruos son pardos.

29

La vida es todo aquello que pasa mientras usted asusta.

47

Cuando un monstruo le diga: amo tus miedos.

Créale, porque ésta, es la declaración de amor más honesta que un monstruo puede hacerle a un ser humano.

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En el más acá también hay monstruos, la diferencia radica en que en el más allá son terriblemente risueños, especialmente los viernes.


Martín Cálix, Honduras, 1984, nació en El Progreso. Forma parte del sello editorial independiente subVersiva.

Ha sido publicado en la revista Tercer mundo (1ra. Edición, 2011), en la revista Mera V (3ra. Edición febrero 2012), en la 1ra. Antología de cuento y poesía de la Fanola Cartonera, Chile (2013), en Dossier de poesía centroamericana comprometida de la Revista hispanoamericana de cultura OtroLunes, España (2013) y en la revista Umbigo, México (2014).

Obra publicada: 
Partiendo a la locura (Ñ Editores/2011) Segunda edición para Casasola Editores, 2012.
45° (Ñ Editores/2013)

¿Quién duerme en Los Laureles?



Aquí estoy, en la fábula sórdida de un aburrido cualquiera, viendo una vez más a Robert de Niro apuntarse a la sien con su dedo ensangrentado. El cenital va como una nube y recorre los cuartos de la masacre. Jodie Foster es tan bella y llorona y Nueva York está llena de carros de policía bastante pesados y metálicos, nada de fibra de vidrio, sólo latones brillantes a cuyo alrededor se aglomeran los vecinos del Bronx. No sé quién es la chica que Robert mira por el retrovisor al final de la película, ya héroe Robert pero ahora resulta que galán icónico de aquellos setentas magentas en que un taxista podía esquivar su destino de sicario anónimo de políticos y en un giro inesperado, pasar a eliminar a toda una banda de proxenetas.

Recuerdo a un taxista que me contó una historia, aquí en Tegus, mientras su ojo derecho giraba como el de un papagayo de juguete. Raptado por una banda de requinteros que deseaban pasar a psicópatas, les suplicó que no lo mataran pero los chicos querían probarse. Metió las manos y uno de los tiros le rozó el ojo derecho. Las otras balas sí que entraron y lo adormecieron en una supervivencia milagrosa que lo mantuvo fuera de la ruta por medio año. Hospitales y camastros entre tablas viejas de su casa. Esa fue la dirección que el coma le dio para que anduviera en sueños. Una vez que despertó se vio al espejo y su ojo no dejaba de girar. Era una brújula descontrolada que sólo apuntaba a una región de su cerebro. Ahí, en ese punto, una voz le urgía a buscar a los chicos divertidos que le metieron los tiros. Así que se prometió una terapia de acumulación de rencores y, cuando estuvo listo, fue tras ellos. Bien sabía que los chicos lo creían muerto y entonces, como fantasma estropeado les cayó encima junto a otros amigos convencidos de su rencor. Los llevaron a Los Laureles y ahí los fue crucificando a balazos. No exageraba. Primero un pie, luego el otro, la mano, luego la otra, la rodilla, luego la otra, hasta que les puso a todos la cruz de ceniza en la frente. Triste cuaresma para tres muchachitos que no entendieron cómo ese ojo se movía tan divertido en hombre tan serio y malhumorado.

Al terminar su historia ya habíamos llegado al centro. Le pregunté si había visto alguna película del tipo Taxi Driver. Me dijo que no, que era suficiente su taxi para vivir más películas que las que daban antes en el Centenario. Lo vi acelerar y doblar por la esquina de la Catedral, con su Datsun 210 casi cayendo a pedazos. Nueva York queda muy lejos, pensé, exactamente como ahora lo he pensado al cierre del casting, cuando las luces nocturnas van creando un collage onírico junto a la trompeta melancólica que Scorsesse decidió para el final de su sueño.

F.E.

domingo, 11 de enero de 2015

La naturaleza espera del adulto que acepte los dos vacíos negros

Berthe Morisot, Le berceau.


La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora). Conozco, sin embargo, a un niño cronofóbico que experimentó algo muy parecido al pánico cuando vio por primera vez unas películas familiares rodadas pocas semanas antes de su nacimiento. Contempló un mundo prácticamente inalterado -la misma casa, la misma gente-, pero comprendió que él no existía allí, y que nadie lloraba su ausencia. Tuvo una fugaz visión de su madre saludando con la mano desde una ventana de arriba, y aquel ademán nuevo le perturbó, como si fuese una misteriosa despedida. Pero lo que más le asustó fue la imagen de un cochecito nuevo, plantado en pleno porche, y con el mismo aire de respetabilidad y entrometimiento que un ataúd; hasta el cochecito estaba vacío, como si, en el curso inverso de los acontecimientos, sus mismísimos huesos se hubieran desintegrado.
 Tales fantasías no son raras en la infancia. O, por decirlo de otro modo, las primeras y últimas cosas suelen tener un barniz adolescente; a no ser, quizá, que estén supervisadas por alguna venerable y rígida religión. La naturaleza espera del adulto que acepte los dos vacíos negros, a proa y a popa, con la misma indiferencia con que acepta las extraordinarias visiones que median entre las dos. La imaginación, supremo deleite del inmortal y del inmaduro, debería ser limitada. A fin de disfrutar la vida, no tendríamos que disfrutarla demasiado.


Vladimir Nabokov, Habla, memoria, Capítulo primero.

jueves, 8 de enero de 2015

La fuerza esa que es metáfora en los débiles - F.E.



Pocas veces había visto tal fuerza. El hombre llegó a cambiarme unas celosías y se marchó con el mueble de unas 400 libras en su espalda.

Yo había regresado a casa luego de un periplo alucinante -separación, viajes, canto, amor, odios, estrecheces-; apenas tenía unas cuantas horas de mudanza y junto a mi primo José Luis pude sacar el antiguo mueble que compré con mi primer sueldo allá por 1997. "Debo iniciar de cero el año", me dije, y comencé a evaluar el cómo estaba ese espacio de reseteo. "Comencemos por dejar vacía la sala". El enorme mueble ya estaba bajo el sol cuando el reparador de celosías llegó y se lo ofrecí. Sin chistar me agradeció, hizo su trabajo, me fui a tomar agua y cuando volví la vista el hombre ya no estaba y sólo quedaba mi primo viendo hacia arriba del bloque. "¡Se lo llevó en su espalda!" me dijo el primo. No lo podía creer. Ese mueble era para unos cuatro hombres y el amigo, llamado Carlos, vivía a unos dos kilómetros en dirección a la Villa Franca. Sólo alcancé a ver aquella masa móvil e imposible tomando la calle principal de la colonia y perdiéndose a prisa sin tomar aliento ni pedir ayuda a nadie.

Inmediatamente recordé el relato que, de su niñez a finales del siglo XIX, Froylán Turcios hace en su "Memoria y Apuntes de Viaje" y caí en cuenta que con Carlos había tenido el privilegio de darle rostro y contextura a aquel hombre que, según Turcios, por 100 pesos cargó tres tocadores por casi 80 leguas (1 legua aprox. 4 kilómetros), desde el puerto de Trujillo hasta Juticalpa. Primero cargaba uno a cierta distancia y luego regresaba por los otros, así, sucesivamente hasta llegar a destino. El hombre en cuestión -un indígena fibroso y macilento a la vez, como es Carlos- creyó que los pesados "tocadores" de caoba que cargó eran algo así como pianos y pidió, con respeto, poder escucharlos antes de irse. Con mucho tacto lo desengañaron de ello y él se disculpó por su ignorancia y se fue a morir, dos semanas después, por el tremendo esfuerzo realizado, en medio de vómitos de sangre que no pudieron detener. ¿Qué música quería escuchar de "los tocadores"?, me pregunto ¿Qué tonada escuchó de ellos cuando iba destruyéndose por dentro con 100 pesos en la bolsa?

Vi en los ojos de Carlos mucha determinación pero también cansancio. Imagino entonces, que cuando él cargaba ese mueble vio descanso en casa, se vio arreglándolo y disfrutándolo en familia, no sé, quizá pensaba en venderlo y sacar algo extra para la comida. También hice una nueva valoración de la memoria de Turcios en cuanto al pensamiento de la época ¿cómo pudieron permitirle a ese pobre hombre tal reto? Las condiciones de aquella sociedad de patrones semi-amos, muy posiblemente tenían caracterizado a los porteadores como se calcula la fuerza de una bestia de carga, pero más allá de ello, siento que les pareció una oportunidad única el comprobar si era real la proverbial fuerza indígena en detrimento de cualquier consideración humana. La posibilidad de una demostración sobre-humana, entonces, venció los vestigios de ética de quien Froylán asegura que fue un hombre noble cargado de un sentido de compasión y, también, de derroche infinito: su padre. Porque también se puede derrochar para apostar la vida de otros, no hay que dudarlo.

En mi caso, me queda la tranquilidad de haber recibido hoy, de nuevo, los servicios de Carlos contándome lo que ahora ya es anécdota para él y su famila, entre risas y muestras de una pequeña laceración en su nuca. Lo vi íntegro físicamente, alegre, trancero y feliz. Me preguntó si tenía otro mueble "por ahí" y dentro de mí, surgió un leve demonio interior que hubiese querido comprobar si sería capaz de repetir la proeza de nuevo.

Un viejo poema, de mi tercer poemario, Solares (2004) bien puede servir de corolario a este relato y, con pena, pienso que tuve que habérselo escrito a Carlos:

Los escombros del alma.

El grafito del cielo
boceta un mundo de hombres en ruinas,
atlas cotidianos que apenas soportan
la tristeza de un pájaro
esculpido en los hombros.

¿Adónde van con su yeso y acero,
con la herida jungla,
con la boca espanto del coliseo?

Déjame, ciudad,
una plaza intacta de sueño,
un costillar de tiempo,
el plomo esternón que hunde
los ojos a ras de suelo.
Déjame, ciudad de sombra,
al menos
una muralla vena
un vestigio
la ruta que me lleve a descubrir
bajo tierra y agua
las manías,
las columnas del hombre
los escombros del alma.

F.E.