

































“La ciudad me parecía suspendida por los cables… si cortaban o se caía algún poste, yo creía que Tegucigalpa se iba a caer”… ¡una ciudad marioneta! –dijimos- ¡vaya mirada la de Florián! De esto y otras cosas hablamos (y discursamos) Samuel Trigueros, Edgardo Florián y yo durante un conversatorio al que Edgar Soriano nos convocó hace algunos meses, bajo el nombre “Ciudad y creador ¿cómo influye la ciudad en la poesía?”.
De mi parte, puse al tapete aquello que venía sintiendo desde hace mucho: que de una acera a otra se puede sentir el vértigo de las épocas por las que ha pasado Tegucigalpa desde su fundación, en un ciclotímico crecimiento (me gusta este término psicológico porque para mi la ciudad crece en espasmos de furia y mansedumbre), arrebato arquitectónico que a la fecha mezcla todas las tendencias, pero todo –por supuesto- bajo la actual maraña de los cables.
Pocos rincones de la vieja Tegucigalpa quedan libres del cableado; prácticamente se puede creer en la existencia de eléctricos y tenebrosos insectos que extienden un cable más cada noche. Quizá de ahí venga esa sensación de envejecimiento que muestran los barrios, o quizá, ese imperceptible craquelado que ocurre frente a nuestras narices, sea tan sólo el marchitarse de una idea que dio sustento al paisaje urbano hasta agotarse definitivamente. No obstante, esa caída lentísima es lo que le da una belleza irrepetible a la antañona capital, una lentitud que pareciera la que vive un palacete de pecera, lo que explicaría la forma de burbuja hermosa con que nacen las ideas por aquí hasta reventarse al contacto de la superficie (la universalidad, digamos).
Bueno, el punto es que los habitantes de estas zonas urbanas –La Cabaña, La Leona, Los Dolores, la Fuente, Buenos Aires, Las Delicias, El Barrio Abajo- habitan la mansedumbre con una complacencia deliciosa, ya que su pequeño circuito los abastece de todo lo que pueda desear un habitante de ciudad: paisaje, practicidad, vértigo y promiscuidad, sobretodo esto último, el roce con la materia que se descompone bajo el frío o la lluvia, con lo que se va o se fragmenta, con los ojos y cuerpos de los vecinos expuestos a corta distancia, con sus gritos, sus gemidos, sus risas, sus secretos más guardados… en fin, con el tiempo mostrándose sin pudor o maquillaje cada salida y puesta de sol.
Hasta no recorrerla a pie no se sabe qué cosas guarda Tegucigalpa y qué nos hace apegarnos a este lugar. César Rivera, primo mío, tiene la acertada costumbre de invitar a algún amigo para subir todo el vericueto de cuestas en su carro. Mientras esto sucede, entre cerveza, plática y Pink Floyd, El Bosque y Buenos Aires lo van dejando pasar –lentamente y bajo vigilancia de doña aristocrática con ranciedad católica- hasta que los perros callan o hasta el último suspiro de una bombilla del alumbrado público… We're just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year… sí, así es y así nos vamos caminando con Hugo Bautista por todas esas subidas y bajadas, cámara en mano, tratando de registrar lo aparentemente cotidiano, pero que visto detenidamente, se convierte en otro mundo, en otra historia que no tiene nada que ver con uno… hasta que no decidimos recorrerla.
F.E.
De mi parte, puse al tapete aquello que venía sintiendo desde hace mucho: que de una acera a otra se puede sentir el vértigo de las épocas por las que ha pasado Tegucigalpa desde su fundación, en un ciclotímico crecimiento (me gusta este término psicológico porque para mi la ciudad crece en espasmos de furia y mansedumbre), arrebato arquitectónico que a la fecha mezcla todas las tendencias, pero todo –por supuesto- bajo la actual maraña de los cables.
Pocos rincones de la vieja Tegucigalpa quedan libres del cableado; prácticamente se puede creer en la existencia de eléctricos y tenebrosos insectos que extienden un cable más cada noche. Quizá de ahí venga esa sensación de envejecimiento que muestran los barrios, o quizá, ese imperceptible craquelado que ocurre frente a nuestras narices, sea tan sólo el marchitarse de una idea que dio sustento al paisaje urbano hasta agotarse definitivamente. No obstante, esa caída lentísima es lo que le da una belleza irrepetible a la antañona capital, una lentitud que pareciera la que vive un palacete de pecera, lo que explicaría la forma de burbuja hermosa con que nacen las ideas por aquí hasta reventarse al contacto de la superficie (la universalidad, digamos).
Bueno, el punto es que los habitantes de estas zonas urbanas –La Cabaña, La Leona, Los Dolores, la Fuente, Buenos Aires, Las Delicias, El Barrio Abajo- habitan la mansedumbre con una complacencia deliciosa, ya que su pequeño circuito los abastece de todo lo que pueda desear un habitante de ciudad: paisaje, practicidad, vértigo y promiscuidad, sobretodo esto último, el roce con la materia que se descompone bajo el frío o la lluvia, con lo que se va o se fragmenta, con los ojos y cuerpos de los vecinos expuestos a corta distancia, con sus gritos, sus gemidos, sus risas, sus secretos más guardados… en fin, con el tiempo mostrándose sin pudor o maquillaje cada salida y puesta de sol.
Hasta no recorrerla a pie no se sabe qué cosas guarda Tegucigalpa y qué nos hace apegarnos a este lugar. César Rivera, primo mío, tiene la acertada costumbre de invitar a algún amigo para subir todo el vericueto de cuestas en su carro. Mientras esto sucede, entre cerveza, plática y Pink Floyd, El Bosque y Buenos Aires lo van dejando pasar –lentamente y bajo vigilancia de doña aristocrática con ranciedad católica- hasta que los perros callan o hasta el último suspiro de una bombilla del alumbrado público… We're just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year… sí, así es y así nos vamos caminando con Hugo Bautista por todas esas subidas y bajadas, cámara en mano, tratando de registrar lo aparentemente cotidiano, pero que visto detenidamente, se convierte en otro mundo, en otra historia que no tiene nada que ver con uno… hasta que no decidimos recorrerla.
F.E.













