viernes, 7 de noviembre de 2008

El discurso del Joker


Al leer Los Cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont, y pasar por el siguiente pasaje que hoy posteo, no pude dejar de pensar en el Guasón de la última entrega de Batman, El Caballero de la Noche.
La personificación que le dio Head Ledger, para mi gusto, debe pasar a ser una de las demostraciones actorales más perturbadoras de la historia del cine. La conquista actoral alcanzada, obviamente, tuvo que ver muchísimo con el guión, al que yo le agregaría este otro extracto de Lautréamont:
“Sin embargo, el hombre se ha creído bello en todos los siglos. Yo, yo supongo que el hombre no cree en su belleza más que por su amor propio; pero que no es bello realmente y reconoce esa duda; porque si no, ¿por qué observa la figura de sus semejantes con tanto desprecio?”

Creo que las joyas del cine sólo son tales si te obligan a cotejarlas con las obras maestras de diferentes disciplinas artísticas ya reconocidas; en este caso, Los Cantos de Maldoror resultan ser un espejo demasiado tentador como para dejar de echarle un vistazo, aunque sea de reojo, como hacen los puristas que se niegan a admitir los alcances de la contemporaneidad.

He visto durante toda mi vida, sin encontrar ninguna excepción, a los hombres con sus anchas espaldas, hacer los actos más numerosos y estúpidos, embrutecer a sus semejantes, esconder el oro ajeno en sus bolsillos y pervertir almas por todos los medios.

Ellos denominan, a los motivos de sus acciones, Gloria. Al presenciar tales espectáculos, deseaba reír como los otros, pero esa extraña imitación me resultaba imposible. Tomé un cuchillo cuya lámina tenía un filoso acero, y me lo clavé en la carne, justo en el espacio en donde se fusionan los labios. Por un instante, creí que había logrado mi objetivo. Observé en un espejo esa boca lastimada por mi propia voluntad. ¡Era un error! La sangre que chorreaba en abundancia por los dos labios impedía distinguir si se trataba verdaderamente, de la risa de los otros. Pero luego de unos instantes de comparación, vi que mi risa no se parecía a aquella de los humanos, es decir, yo no reía.

He visto a los hombres con espantosas cabezas y con terribles ojos enterrados en las órbitas oscuras, superar la dureza de la roca, la rigidez del acero fundido, la crueldad del tiburón, la insolencia de la juventud, la furia insensata de los criminales, las traiciones del hipócrita, a los comediantes más extraordinarios, la fuerza de carácter de los sacerdotes, y a los seres más ocultos para el exterior, a los más fríos de la tierra y del cielo; obligar a los moralistas a descubrir su corazón, y hacer caer, sobre ellos, la cólera implacable de las alturas.

Los he visto a todos juntos, unas veces, el puño más robusto se dirigía al cielo, como aquel de un niño perverso contra su madre, probablemente excitado por algún espíritu del infierno, con los ojos llenos de remordimiento lascivo y al mismo tiempo rencoroso, con un silencio glaciar, sin intentar comunicar las más vastas e ingratas meditaciones que guardaba en su corazón, todas ellas tan impregnadas de injusticia y de horror, como para hacer entristecer de compasión al Dios de la misericordia; otras veces, en cualquier momento del día, desde que comienza la infancia hasta el final de la vejez, lanzaba anatemas increíbles que no respondían al sentido común, contra todo lo que respira, contra sí mismo y contra la Providencia, prostituir a las mujeres y a los niños, y deshonrar, de esa forma, las partes de cuerpo consagradas al pudor.

Entonces, los mares levantan sus aguas, aquellas que arrastran los maderos hacia el abismo; los huracanes, los terremotos derriban las casas; la peste, las enfermedades más diversas atacan a las familias suplicantes; pero los hombres no ven nada.

También, los he visto, excepcionalmente, ponerse colorados y palidecer de vergüenza por su conducta sobre la tierra. Tempestades, hermanas de los huracanes, firmamento azulado de los cuales no admito su belleza, mar hipócrita, imagen de mi corazón, tierra sin misterio, habitantes de las esferas, universo entero, Dios que los has creado con magnificencia, a ti te los invoco: ¡muéstrame un hombre que sea bueno!... Pero que tu gracia cubra mis fuerzas naturales, porque ante el espectáculo de ese monstruo, puedo morir de emoción: se ha muerto por menos.
¿Qué tengo yo contra los hombres? ¿Qué es lo que me permite reprocharles algo? Yo soy más cruel que ellos.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El movimiento de los chasis, cuento, F.E.®



A Oscar le encantaban los chasis. Pasaba horas a espaldas de todo cuanto lo rodeaba, indiferente, echado bajo sus sombras.
Nosotros, amigos de siempre, tratamos de encontrarle una explicación sensata a este delirio metálico, no era posible que uno salido de entre nosotros se comportara de manera tan excéntrica. Pero las constantes preguntas que le hacíamos respecto a su…bueno, respecto a su…su manía, no hacían más que reafirmar su silencio. Aparte de esto, su vida nos importaba un pepino, si coincidía en el grupo lo tolerabamos no más porque en esos momentos, talvez faltaba uno para iniciar la potra dominical o uno sobre el cual cayeran todo el arsenal de bromas que Lester se había aprendido durante la semana entera.
Al irse, nunca dejaba un vacío, su espacio era llenado de inmediato por Alberto, quien a base de finjirle comprensión y afecto, lograba de cuando en cuando arráncarle palabras que develaban en algo su gusto por los chasis. Fue por él que nos enteramos que se metía bajo ellos con el objeto de grabárselos mentalmente, para que en las noches, los sueños, le revelaran hasta en sus menores detalles ese mundo al revés del que era tan aficionado.
- Vieras que claros se miran cuando duermo – nos contaba Alberto imitando la voz de Oscar entre carcajadas y pataleos – estoy más que seguro que en sueños aprenderé a dibujarlos.
Y para sorpresa nuestra, aprendió a dibujar, él que nunca había mostrado el menor interés en el dibujo y peor por el dibujo técnico. Desde ese día, se hizo común verle rodeado de grandes cantidades de papel y grafito, reglas y una cantidad aún más enorme de misterio, hasta el punto que nos fue resultando interesante, con personalidad pero con una maldita forma de ocultarnos sus avanzados trabajos. ¿"Trabajos"? ¿Podíamos llamarlos así?
Una colección inmensa, una colección que le va a pisar los talones a los mismos proyectistas de Detroit, de Tokio, de Milan…tendrán que verla y vendrán a mi, un punto de referencia que será más que un granítico museo de lata y caucho…Aquí estoy, Oscar, las vértebras del futuro automovilístico”. Esa fue la euforía que contó Alberto, la promesa que Oscar le dijo sin apartar la mirada de sus propias manos.

A Oscar no le fue muy fácil encontrar la comodidad necesaria para cumplir su cometido, los espejos le fueron de mucha ayuda, pero pasado un tiempo, decidió prescindir de ellos debido a su acelerado aprendizaje en las cosas que debía obviar. Le bastaba una sola ojeada para comprender que los moldes no diferían mucho entre sí, que a pesar de los muchos modelos puestos a circulación, la esencia de la suspensión, de la caja, del eje de leva, era la misma, los patrones se repetían hasta el cansancio aún en los carros sin vida que esperaban la resurrección en los talleres.

Con la ropa grasienta y sus pasos dejando rastros de aceite por todos lados, nos convencimos que lo suyo iba a desembocar en que Don Marcos le diera trabajo de ayudante en su taller de mecánica, aunque para ello tendría que dejar en casa sus papeles, a menos que los utilizara para limpiar las herramientas o para ponerlos a disposición de los usuarios del baño.

Estas burlas no afectaban el ánimo de Oscar, a medida que se abstraía en sí, a varios años luz de nuestra rutina de potras y alelamientos televisivos, su técnica y ambición se tornaron perfectas: tuercas, series, amortiguadores, series, tuercas, todo el inframundo al cual descendía con la frente en alto, se plasmaba en la blancura del bond hasta en sus mínimos tornillos, aunque al salir de entre ellos, lo hiciera con una tristeza que tampoco alcanzabamos a comprender. Si era feliz haciendo las del genio que está a un paso del gran descubrimiento, ¿por qué entonces se le empezó a ver tan deprimido? Ni Alberto haciéndose el mártir, ni Don Marcos ofreciéndole por fin un empleo, pudieron sacarlo esta vez de su marasmo.

Nuestro antiguo rechazo empezó a debilitarse, y ya empezabamos a comentar su fabulosa destreza en los bocetos que el tiraba a la basura o al aire de las calles como quien espanta de su cabeza alocados pájaros blancos. Era increible admitir el cómo su apatía había conseguido crear aquello tan de revista: la manera de sombrear las vielas, los ángulos acotados con numeraciones que recordaban los capítulos y versículos bíblicos, cada cosa irradiando fines extraterrenos, sin embargo tan indescifrables para nosotros que nunca pudimos entender el por qué de ese big-bang constante.

Estaba bien como un pasatiempo –repetíamos- como un alarde, sí, como una debilidad común y corriente. Walter ya nos había sorprendido entrando al ejercito, Manuel se había casado antes de irse ilegal para el norte, pero Oscar… Aquellos ojos imperturbables y fijos en algún chasis fantasma no eran normales, parecía la mirada de un hombre enamorado de la última mujer sobre la tierra. Si tan solo hubiese sido un alarde.

Con los años, el impulso que nuestros padres nos enseñaron a identificar como vida, nos fue separando. Cada quien por su lado! –nos dijo- si no lo hacen los mato! Y así emprendimos la retirada, sumisos, creciendo y muriendo cada quien por su lado. Pero él nunca se fue, el óxido le iba a llegar hasta el cuello y nunca se iría, prefirió perfeccionar su inmovilidad a imagen y semejanza de sus chasis, sumergirse en la herrumbre de los días sin alejarse de lo que tanto amaba u odiaba.
La última vez que lo miré fue en el velorio de Alberto, un incomodo encuentro del que ambos quisimos huir. Sincerados por la muerte, iniciamos una conversación que a duras penas se sostenía hasta que me disparó a quemarropa la confesión que todos algún día apostamos que sucediera.
- Estoy cansado –me dijo.
- Deveras? Y de qué?
- De dibujar chasis inmoviles, cada día los mismos que serán mañana, desintegrándose, polvo al polvo. ¿Por qué no dibujarlos en movimiento, en el instante que vuelan sobre el pavimento y hacen que éste desarrolle su velocidad gris? De esta forma, alguna que otra línea se mostraría diferente ante mis dedos, lo vertical del cielo se acoplaría en el horizonte de mis papeles, las rectas elipsarían, la dilatación del metal se mostraría en su más pura forma, no habrían estrecheces, podría dibujar la perfección total con solo un pequeño instante que me fuera concedido. Valdría la pena intentarlo, ¿no lo crees así?

Mi sorpresa no pudo ser mayor, sin poder contestarle, me reí con descaro recordándole que ya debería ir tomando la vida en serio, que tal vez pudiera conseguise una beca, con todo ese conocimiento ya vas a ver que…
Su sonrisa desapareció. Sentí sus ojos estacionándose en mi con pulcritud, cuidadosos de no dejar escapar ni un tan solo detalle, rasgo por rasgo, era, una plataforma de ensamblaje que entre chispas de esmeriles me conducía con firmeza hacia la calle, a rodar, hacia sus bocetos tirados a la basura.
Doblegado por su silencio, mi voz escupió atolondradamente:
- Disculpame Oscar, tengo que irme, solo he venido por un par de días y mi familia me espera, vos sabes. Mañana salgo para San Pedro…bueno, adios.
Le di la mano. Oscar me la sostuvo por un breve instante.
- Esta bien, que tengas un buen viaje –dijo.
Y estas fueron las últimas palabras que le escuché decir, tristes palabras como fricciones gastadas.

A la mañana siguiente, un presentimiento inusual me estremeció los sentidos en el preciso instante que a lo lejos el angustioso frenar de un automóvil se desvanecía. Debí imaginarlo. Dicen que permaneció por más de dos horas al lado de la carretera, esperando; la señora que vende frutas en el lugar, asegura que lo escuchó repetirse a sí mismo: vendrá a por lo menos cincuenta kilómetros por hora, la luz del sol reflejará muy bien. Aflojaré las piernas, me lanzaré antes, cerca del cigueñal. Será una copia magnífica, la mejor.
Tuvo que ser una escena horrorosa el ver como papel, lápiz y cuerpo eran arrastrados, hasta dejarlos ahí, destrozados, rotundamente muertos sobre la línea central.

Paso días interminables recordando su fiebre. ¡Padre de todos los cielos! ¡Dibujar un chasis en movimiento, ubicar la vida, acotarla, mistificarla en un chasis en movimiento! En esos días la ansiedad se apodera de mi, doy vueltas y vueltas en las espirales de mis cigarrillos, me entran unas ganas terribles de sentarme a la orilla del bulevar más concurrido en la hora tope de circulación, para así observar a conciencia y a raz de asfalto, esa belleza, esa promesa de plenitud que nosotros nunca supimos entender. Pero hasta entonces razono: no importa, Oscar nunca prestó interés a lo que nosotros pensabamos de su búsqueda, además, Oscar, con seguridad, en cualquier lugar que se encuentre y allende de lo que nosotros recordemos, debe de estar lanzándose bajo todos los automóviles que se le atraviecen, convencido de que no pasarán muchas muertes sin que antes lo haya logrado.

martes, 4 de noviembre de 2008

La Prieta, relato, F.E.®


En principio, estos dos relatos que posteo, forman parte de una serie a la que he llamado -y espero que así quede hasta una posible publicación- Acto Final, tratando todos los relatos sobre entierros o funerales.

La primera vaca mugió largamente y nadie le prestó atención, los mozos cargaron el ataúd y pidieron que les abrieran paso. Aún flotaba en la sala el rancio olor de 1975, vaporoso como una infusión de pino, humedad de alcoba y Agua de Florida. La viuda, completamente vestida de sombras, orquestaba el dolor general con un imperceptible paso de tango que retrocedía y avanzaba con las notas que la banda contratada hacía flotar sobre todo el pueblo.
La multitud era impresionante; eran tantos los que adeudaban algo a aquel muerto, que todos se sintieron en el deber de saldar su vergüenza acompañándolo, hasta el lugar donde las riquezas pasan de manos hacia la heredad del vacío.
Cuando la segunda vaca mugió, la multitud entera giró su cabeza y se encontró con el extraño espectáculo de un hato ganadero que, impasible, seguía al cortejo fúnebre por toda la orilla del cerco de púas, alambrada que llegaba hasta las mismas puertas del cementerio, como un hilo de Ariadna al que se debía seguir para no perderse detalles del laberinto mortuorio, que ante los ojos vacunos, se mostraba como un penoso trayecto del amo hacia el matadero.
- Caramba, son las vacas de Foncho –dijo la viuda a una amiga- si vieras cómo lo querían. Hasta en sus últimos días las fue a ver. Pero era a esa vaca prieta la que más quería. Cuando le puso sello, él mismo se encargó de curarla para que cicatrizara rápido…si viera…

Y siguió contando mil ternuras de su hombre en vida para con la vaca, que sin pensarlo dos veces, todos lo comprendieron: la mentada vaca tendría la vida asegurada y moriría de santa vejez.
Un culto de rumores comenzó después de finalizar el entierro. Para la mayoría, esa vaca era la personificación de la prosperidad de Don Foncho y así debía tratársele, con respeto y miedo, como se le debe a toda vaca empautada.

Pasaron muchos pastos verdes y secos, en el rastro fue sacrificado todo el hato del finado Foncho menos aquella; la gente se fue olvidando del memorable entierro hasta el punto que ya nadie se inquietaba al ver a aquella vaca prieta deambulando arrogante por el pueblo, como si todo el pueblo fuese su potrero particular. Se fue haciendo costumbre persignarse cuando ella mugía, pero ya como un acto mecánico que los niños traducían en un juego de tocarse la cabeza y gritar “¡la bendición de la vaca! ¡la bendición de la vaca! ¡muuuuuuuu!” Pero en el fondo -¡ay San Francisco de Asís!- nadie evitaba el pavor de reconocer en ese animal el signo de la muerte y de la bonanza malhabida.
Porque a la viuda de Don Foncho le fue yendo cada vez mejor, sus tierras se multiplicaban y la producción de leche se desbordaba por toda la región en caudalosos ríos blancos. Todos comían y bebían de las entrañas de aquel misterioso caudal, y a la vez, todos callaban, sabiéndose alimentados por un mal inevitable.
Y sucedió que en una medianoche de vapores y cenizas inusuales, cuando todos esperaban el crujido de un cielo de barro horneado hasta sus límites, se escuchó vagar a un enorme toro que resoplaba en las puertas y hacía resonar sus pezuñas en el empedrado. El peso de su silencioso deambular se dirigió hacia los corrales de la anciana Pastora, la viuda, y no faltó un testigo que contara que, sin mediar esfuerzos, un enorme toro blanco saltó las cercas y se ayuntó sin preámbulos con La Prieta.
El clima se refrescó inmediatamente y dentro de las casas, se sacaron las colchas para embrujarse de pies a cabeza, ateridos por el espanto.

La Prieta murió de ese primer y único parto. Al momento no se supo de su cría, pero hubo quienes juraron encontrar rastros de un ternero de tres pezuñas en dirección al cementerio, sospecha que adquiriría matices de horror al encontrarse el feto malformado de un ternero de cinco patas yaciendo sobre la tumba de Don Foncho. Doña Pastora no volvió a salir de su casa ni los niños volvieron a jugar a la bendición bajo pena de castigo y encierro. Nadie volvió hablar sobre el tema hasta que 23 años después Doña Pastora fallecía justo cuando los ríos ciegos de un huracán latigaban al pueblo sin piedad.
Al escampar, se retiró con prisa el cuerpo de la finada y se llevó a cuestas al panteón. No hubo banda ni buenos recuerdos que comentar. Cuentan que las vacas volvieron a acompañar el sepelio, siguiendo el antiguo alambrado de púas que se mantenía precariamente en pie, lleno de óxido, inexorable ante los ojos de los animales. Solas y sin dueños, fueron desapareciendo una a una, en un abigeo feroz que no tuvo contemplaciones ni con los terneros recién nacidos. Huesos, rabos, cueros, pezuñas, vísceras, nada escapó a las fauces de un pueblo que había decidido tragarse para siempre la culpa de haber participado de las bonanzas que brinda el diablo.

La excomunión, relato. F.E.®


Desde hace algún tiempo he ido sacando en forma de relatos algunas vivencias de Sabanagrande, no sé exactamente si vivividas en sueños o en la realidad. En el pueblo llovía siempre (no recuerdo más que lluvia) y la lluvia, daba ese suspenso que tiende a hacernos creer que nunca sucedió, que sólo fue un ruido extraño, alucinante o fascinante, un estado de la conciencia que sirve como paréntesis para un nuevo comienzo.


El torrente inusual de un invierno lleno de ira se arremolinaba en el aire, y caía, con golpes de mar, sobre Sabanagrande. No se sabía la hora ni el hambre, encallados en la glorieta del parque esperábamos que escampara, como pájaros abatidos.
Con los ojos fijos bajo el agua, nos sorprendimos, cuando de la esquina que conduce al atrio de la iglesia apareció de pronto un cortejo fúnebre,cuyo féretro, alzado por cuatro borrosas figuras, se detuvo, a contraviento, frente a las puertas cerradas.

Llamaron a ellas pero nadie abrió. Insistieron, la lluvia golpeó contra los candados del templo, pero nada. La mole barroca no abrió su boca y sus campanas se fundieron en el estruendo sórdido de la tormenta. Por unos instantes, los hombres que cargaban al muerto, oscilaron en la duda y luego, en una conversación rápida y gestual decidieron dar vuelta atrás y dirigirse al cementerio con paso rápido.
La curiosidad se apoderó de nosotros que decidimos acompañar de largo al entierro, el primer entierro sin campanas ni rezos que habíamos visto en nuestras vidas.

El largo recorrido hacia el cementerio fue la imagen de una barca oscura cuyos remeros, batían las corrientes que se despeñaban por la cuesta empedrada. Atrás, vadeando su estela de muerte, íbamos nosotros, como delfines del leteo. Al despuntar los dos inmensos ceibones que abren paso al camposanto, los hombres se detuvieron, bajaron el ataúd y rezaron largamente.
Los ceibones burbujeaban y ladeaban sus enormes copas, zarzas fragorosas que semejaban corales monstruosos bajo aquel inagotable temporal. Una vez terminadas sus oraciones, los hombres cargaron de nuevo al muerto y avanzaron entre los troncos, se detuvieron un instante ante estas otras puertas, dudando de nuevo, pero esta vez el vacío los flanqueaba y entraron, hieráticos y con un mayor estruendo en su silencio.

Sin que ellos notaran nuestra presencia, pudimos colarnos hacia una buena posición desde donde pudimos ver que adentro, los esperaban dos peones que, en un esfuerzo frenético condenado al fracaso, trataban de sacar el agua que anegaba la tumba abierta por ellos mismos. Los dolientes, bajaron el ataúd y esperaron, pero muy pronto se dieron cuenta que los peones necesitaban de su ayuda y, con latas que servían de floreros a otras tumbas, comenzaron a achicar aquel pozo dentro del cual pretendían sumergir a su deudo.

Y no les quedó otra que aceptarlo: la tormenta no cesaría ni la tumba dejaría de colmarse de agua. Se cruzaron un par de miradas, bajaron la cabeza un instante –de nuevo en ese instante en que la vida se suspende como una gota de lluvia en las nubes- y procedieron a depositar el cajón en su interior.

Pero nada los preparó para el rechazo manifiesto de la tierra, que una vez sentido el áspero pino en sus entrañas, lo vomitó al acto como si de un corcho sumergido se tratara. Sin amilanarse, tomaron las palas y piochas y con ellas intentaron empujar el cajón hasta el fondo, mientras éste burbujeaba convulso. Pero nada, la tumba no lo quería recibir y la tormenta arreciaba contra las tablas en medio de un trepidante encono.
Consiguieron piedras y cruces de cemento arrancadas, le arrojaron encima hasta la grava que en principio estaba destinada para la plancha y para terminar de hundirlo, hicieron el gesto definitivo de lanzarle la lápida.

Todo quedó para la lluvia y nuestros recuerdos. Los hombres se persignaron y se perdieron en el regreso presuroso hacia el pueblo. La tumba del suicida quedó completada con todos los escombros que la lluvia le arrancó a la vida ese día.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Evento en Santa Tecla, El Salvador


Para la movida de la Guanaxia, esta opción. muy buen afiche por cierto!!

jueves, 30 de octubre de 2008

"Los Raros", avis raris opera de Darío


En 1893, Rubén Darío cumplió el sueño de todo escritor del momento: visitar París.

Enrique Gómez Carrillo, periodista, aficionado a los duelos y luego marido de Raquel Meller, le presentó a Alejandro Sawa, el hombre que inspiró Luces de bohemia a Valle--Inclán, a Paul Verlaine y a Jean Moreas, entre otros. Gómez Carrillo asistía a las reuniones de la revista La plume.

El encuentro con Verlaine en el café d'Harcourt fue delirante; el viejo poeta bebía un líquido verdoso y parecía haber perdido toda lucidez. Gómez Carrillo intentó hacerle una entrevista; ante su resistencia, intermedió Darío invocándole la calidad de su poesía y la gloria con un discurso acaso grandilocuente. Verlaine lo miró de pies a cabeza, con más asco y displicencia que otra cosa, y replicó: "La Gloire? La Gloire? Merde!".

Con Moreas las cosas fueron mejor: conversaban en los cafés "ante animadores bebedizos" y ambos sentían debilidad por las almendras de los mercados y las salchichas. Moreas vivía exclusivamente para la poesía, viajaba en tranvía y cobraba una pensión desde Atenas de su tío el rey Jorge.

Darío no estuvo muchos meses en París, pero sí los suficientes para conocer el desarrollo del simbolismo y para engrandecer su fama de galanteador. Sedujo a "la gallarda Marión Delorme, la cortesana de los más bellos hombros". Se instaló en Buenos Aires y empezó a colaborar en La nación, donde fue publicando "un conjunto de artículos sobre los principales poetas y escritores que entonces me parecieron raros, o fuera de lo común".

El proyecto recibió una gran acogida y fue recopilado en un volumen en 1896 en Río de la Plata. Y en 1905 apareció en Barcelona y Buenos Aires una segunda edición corregida y aumentada de Los raros, incluía dos nuevos textos sobre Camilo Mauclair y Paul Adam.

Los raros consta de 22 piezas de intensidad, género y extensión diferentes acerca de otros tantos escritores que se oponían a los modelos imperantes, "fuerzas de choque, catapultas ante las murallas escondidas de la preceptiva", les llama Pere Gimferrer en su propia versión de Los raros (1985). Uno de los aspectos que sobresale en el conjunto son las polémicas y las disputas entre viejos y nuevos románticos, los parnasianos y los simbolistas. Así, entre libelo y libelo, sabemos que Catulle Mendés y Jules Bois dirimieron con pistola sus diferencias estéticas (ninguno de ellos tiene voz propia en el texto, aunque Mendés es invocado una y otra vez) o que el melancólico Eduardo Dubus, cuya lírica oscilaba entre la música de violines y la melancolía, se batió en duelo varias veces.

¿Quiénes son los protagonistas de este libro excepcional, nacido del entusiasmo, de la generosidad crítica, de la lectura y de la pasión por un movimiento y unas existencias, entre sublimes, alucinadas y miserables, en los que Darío se reconocía? Desde Poe, el solitario y enigmático Conde de Lautréamont, cuyo verdadero nombre ni se conocía, a Ibsen o el portugués Eugenio de Castro, autor al cual Darío coloca al lado de d'Annunzio y le sirve para trazar una historia sincrética de la lírica del país vecino.

El volumen se abre con la nota acerca de un libro que podría ser un espejo para Los raros: El arte del silencio de Camilo Mauclair, un ensayo profundo sobre autores que fascinan al nicaragüense y que rondarán una y otra su análisis, como los excluidos Baudelaire, Mallarmé y Flaubert, o el incluido Edgar Allan Poe, el escritor que encarnó "la psicología de la desventura" y que fue, para Rubén Darío, el príncipe de los poetas malditos.

El ensayo que le dedica es lúcido y hermoso: conjuga vida, la descripción de varios daguerrotipos --"aquella alma potente y extraña estaba encerrada en hermoso vaso"-- y la interpretación de su obra, acariciada por la sombra de la muerte. Lautréamont es un espíritu paralelo a Poe: blasfemo y lúgubre, un raro visionario y un profeta que escribió para sí mismo.
Darío siente una gran predilección por Leconte de Lisle, cuya inspiración abarca a Valmiki y a Homero, a quien tradujo. Aunque "el jefe más famoso de los simbolistas" era Verlaine, y a la vez "el más grande de todos los poetas de este siglo". La visión de Rubén Darío, a pesar de los halagos, es durísima: lo visita en el hospital casi cadáver y recuerda que se defendía en vano del Demonio mediante la plegaria. De la lujuria no podía curarse en modo alguno: "Rara vez ha mordido cerebro humano con más furia y ponzoña la serpiente del sexo. Su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo". En el fondo, el propio Darío no estuvo muy lejos de esa imagen: el alcohol y su insaciable concupiscencia le martirizaron, y le redimieron, a lo largo de toda su vida.
La imagen del conde Villiers de L'Isle Adam resulta tan tierna como patética: vivió pobre, no pudo celebrar su triunfo (a pesar de obras como Cuentos crueles, La Eva futura o el drama Axel) y desposó en el mismo lecho de muerte a una mujer, joven e inculta, con la cual había tenido un hijo. León Bloy es el hombre del elogio difícil, el fanático y desesperado libelista a quien casi todos desprecian e ignoran. A George D'Esparbés lo compara con Benito Pérez Galdós.

Siente el autor de Prosas profanas la muerte del cubano y escritor en francés Augusto de Armas. Y, entre otros, valora muy positivamente la producción de Paul Adam, novelista y periodista que se ha retirado a vivir al campo, de Ibsen, "el hermano de Shakespeare", y sobre todo de José Martí, a quien le destina una bellísima necrológica y una apasionada defensa de su poesía y de su compromiso cívico: "En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso, aquel hombre león de pecho columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel hasta con sus enemigos".
Evidentemente, el autor se equivocó en algunos juicios e incurrió en desmesura en otros, pero resulta sincero, deslumbrante en sus explicaciones, en su prosa rítmica y variadísima, en su erudición. Éste es un libro sobre la creación, la perversidad y la locura, la inspiración y los poetas -"esos amables y luminosos pájaros de alas azules"-, y el supremo afán de la Belleza, que persiguieron tanto estos raros rarísimos como el propio Rubén Darío.

Hace ahora una década, Libros del Innombrable, el estupendo proyecto del poeta, narrador y editor Raúl Herrero, recuperaba la edición definitiva del libro con prólogo de Juan Ramón Jiménez. *Los raros. Rubén Darío. Prólogo de Juan Ramón Jiménez. Libros del Innombrable. Zaragoza, 1998. 304 páginas.

Cuadrados, Siri Hustvedt, EEUU


En Minnesota el maíz sobrepasa mi cabeza en agosto y el tractor Modelo A estuvo allí durante años hasta que se lo llevaron.


Había mucho sitio para él bajo el cielo. Mi padre desmontó el viejo granero con mis tíos y el tractor sigue allí. Nunca se mueve y en verano la hierba le crece en las ruedas. El cielo está pequeño y recortado sólo en la foto y mis abuelos se sientan en el centro como si todo ese espacio plano no estuviera detrás de ellos, como si la casa blanca no fuera como un enano bajo el cielo.


Nunca vi al padre de mi madre a las faldas de la colina. Antes de que ella se fuera a la cárcel, al principio de la guerra, fue a verlo. Trepó la colina por la que él había corrido tantas veces pero ya no podía hacerlo. Después él estuvo enfermo y sé que ella recuerda claramente ese paseo y se acuerda de él allí y también de cuando nadaba en abril en el océano.


El océano y las playas tenían otro significado para mi padre. Ama los lagos, pero nunca utiliza esa palabra. Recuerda la guerra en las playas y la paz en los lagos. No hay fotos de mi madre y la guerra o de mi padre, pero la cámara fijó sus caras en aquellos años y, años después, vi mi cara en sus rasgos cuando miré la foto a través del cristal. En su oficina dibujábamos en papel amarillo y hacíamos preguntas.


Preguntábamos sobre las cámaras y cómo funcionan: rotan la imagen al revés para que aparezca correctamente en la impresión. No había muchas cartas pero “amor” aparecía al final de alguna de ellas y eran cartas de amor por eso. Mucho antes de nacer yo, una mujer escribió a casa desde el territorio de las Dakotas. Creo que era el cielo y la tierra plana lo que la afligía.


Yo leí cartas que ella escribía a la casa en las montañas donde hablaba de la pradera y de los saltamontes y de la nieve y del cielo. “¿Dónde está mi océano?”

Mientras, Tomás Segovia - España

Mientras no quiera el tiempo
dejarme de su mano
saldré
cada mañana
a buscar con la misma reverencia
mi diaria salvación por la palabra.

Escribo ¿para qué? - Orahn Pamuk - Turkia


[Mondadori acaba de publicar un libro estupendo: La maleta de mi padre (Traducción de Rafael Carpintero) del Nobel turco Orhan Pamuk. En ese texto que da título al conjunto hay páginas admirables y evocadoras, y por la intensidad y la sinceridad de su conjunto, me gustan especialmente estas líneas. Con éxito o sin éxito, y alejados de la brillantez del turco, por ahí andamos muchos, muchísimos, aunque cambien algunas circunstancias y algunos nombres propios.]

(Del blog de Aston Castro - España)


Como todos ustedes saben, la pregunta que más a menudo se nos hace a los escritores, la que más gusta, es la siguiente: ¿Por qué escribe? ¡Escribo porque me sale de dentro! Escribo porque soy incapaz de hacer un trabajo normal como los demás.


Escribo para que se escriban libros parecidos a los míos y yo pueda leerlos. Escribo porque estoy muy, muy enfadado con todos ustedes, con todo el mundo. Escribo porque me gusta pasarme el día entero en una habitación escribiendo. Escribo porque solo puedo soportar la realidad si la altero. Escribo para que el mundo entero sepa la vida que hemos llevado y seguimos llevando yo, los otros, todos, nosotros, en Estambul, en Turquía.


Escribo porque me gusta el olor del papel, de la pluma, de la tinta. Escribo porque más que en cualquier otra cosa creo en la literatura y en la novela. Escribo porque me da miedo ser olvidado. Escribo porque me gustan la fama y la atención que me ha proporcionado la escritura. Escribo para estar solo. Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo.


Escribo para ver si acaba de una vez esa novela, ese artículo, esa página que he comenzado. Escribo porque eso es lo que todos esperan de mí. Escribo porque inútilmente creo en la inmortalidad de las bibliotecas y en cómo mis libros están en los estantes. Escribo porque la vida, el mundo, todo, es increíblemente hermoso y sorprendente. Escribo porque me resulta agradable verter en palabras toda esa belleza y esa riqueza de la vida.


Escribo no para contar una historia sino para crear una historia. Escribo para librarme de la sensación de que hay un sitio al que debo ir pero al que no consigo llegar, como en un sueño.


Escribo porque no consigo ser feliz. Escribo para ser feliz.

martes, 28 de octubre de 2008

Sabanagrande, vida y otros fantasmas











































Estática

Veo la tierra blanca, veo,
una imagen a rayas y una vieja canción, la veo.
Es palpable, rehace el humo de cada cosa,
desde el polvo al sabor del almuerzo.
El sol es un imperio
y los petardos no son la guerra,
son el juego que hago
mientras todos se marchan, adentro,
a las salas oscuras frente al telón de sombras.

Piero canta, lo escucho cuando la brisa se calma.
Sabanagrande es un canto
nadie lo sospecha y cantan
hacen las veces de mil fantasmas
que un día vuelven
indefinibles, insustanciales
como las viejas voces de las casonas blancas.

Veo la tierra blanca, el suelo hendido
mi sombra queda iluminada
bajo la higuera de limas.
Como a un viejo radio cuyo dial he roto,
busco las voces, las busco
mientras el polen resplandece
adentro
más adentro que mis ojos.

(de Poemas en Onda Corta, 2008)

















jueves, 23 de octubre de 2008

Breve estudio Literatura árabe contemporánea y su relación con occidente, Yabra Ibrahim Yabra


Hace dos generaciones, Amin al-Rihani, un brillante orador, dijo que cambiaría de buen grado la poesía de oriente por los aviones de occidente. Era ésta una época en la que todos los árabes estaban todavía bajo la dominación extrajera, sin apenas ejércitos y seguramente sin aviones propios. Sin embargo, el intenso deseo de formar parte del siglo XX no habría de cumplirse recurriendo a un simple trueque. Deseábamos hacer las cosas al estilo “moderno” y nos preguntábamos si nuestra afición a la poesía no sería un impedimento para ello. En los años treinta teníamos maestros que, aunque ellos mismos eran poetas, también se quejaban de que la poesía había servido en gran parte para seducir y para llorar, lo cual no hizo nada bueno por nosotros como nación.

Afortunadamente, los poetas han desempeñado un papel en la vida pública que ha mantenido la importancia y la relevancia del arte de la poesía. Hasta la Segunda Guerra Mundial, todos los grandes poetas árabes han destacado por su patriotismo. Podían escribir poesía amorosa, a menudo triste y desesperada, pero su ardiente poesía nacionalista marcó su protagonismo: desde los egipcios Barudi, Shawqi y Mutran a los palestinos Ibrahim Tuqan y ‘Abdul-Rahim Mahmud o los iraquíes Rasafi y Yawahiri. La mayor parte de su poesía era elocuente, militante y de un efecto instantáneo.


El opresor, encarnado en un gobernarte extranjero, era muy a menudo en ella un objetivo atrayente. Muy pocos escritores se detendrían a pensar si eran de derechas o de izquierdas: la nación, en una casi primitiva e inocente batalla contra el destacado y poderoso gobernante extranjero, aún no había sufrido el desgarro interior que habría de llegar en los años cincuenta y sesenta. La poesía podría ser juzgada como un instrumento demasiado débil frente a las armas, pero lo cierto es que a menudo era tan útil como la dinamita. Dio sentido al sufrimiento y a la ira de toda una nación. Concretó posturas políticas en elocuentes versos que, memorizados por viejos y jóvenes, fortalecieron la resistencia popular y proporcionaron lemas comunes, en una época en la cual la radio y la televisión aún eran desconocidas.

Sin embargo, se escribió tanto que, en esencia, era una repetición de la gran poesía abbasí [3] , pero con una diferencia. La elocuencia y el lenguaje poético eran una continuación de la tradición escolástica en la cual el conocimiento del vocabulario tendía a ser más importante que las opiniones personales. El amor al lenguaje era embriagador y extático, y los poetas continuaron con la tarea de recuperar palabras, frases e ideas que habían permanecido dormidas durante cinco o seis siglos de estancamiento intelectual. Pero su poesía, cuando abandonaba los grandes temas patrióticos, a menudo era empalagosa y sensiblera. Aunque fuera popular y se prestara a una agradable recitación, la difusión de la educación y el contacto creciente con literaturas extranjeras la hizo parecer cada vez menos agradable, y críticos muy capaces como Aqqad o Taha Husain[4] comenzaron a escudriñar sus debilidades, pidiendo una muestra de mayor coherencia interna y solicitando que se concediera una mayor importancia a la experiencia individual.


Era necesario que se produjera un cambio, y cuando por fin ocurrió, éste fue devastador. Por cambio nos referimos tanto a la forma como al contenido; un contenido que en verdad parecía imposible cambiar sin el uso de la violencia.

A mediados de los años veinte, en una magistral y convincente introducción a su libro Pre-islamic Literature (“Literatura preislámica”), el Dr. Taha Husain describió cómo había observado dos modos distintos de enseñar literatura árabe en Egipto, justo antes de la Primera Guerra Mundial. Uno era el método tradicional de Sayyid Marsafi, el cual ponía el acento en el lenguaje y el acercamiento “critico” (esto es retórico) a los antiguos escritores; el otro era “el método europeo introducido por el Profesor Nallino y otros orientalistas” que, como resumiremos más tarde, era una aproximación humanista y analítica que se inclinaba claramente hacia el estudio comparativo de otras literaturas. Él entonces vino a decir que el estudio de la literatura debería ser una combinación de ambos métodos, el tradicional y el europeo, y llamó la atención a los eruditos árabes de su tiempo por su ignorancia, no sólo de los autores griegos y latinos sino también de los grandes escritores occidentales, desde el Renacimiento en adelante.


El propio trabajo de Taha Husain, con su inmensa diversidad, era la demostración práctica de este principio básico que funde lo tradicional con lo occidental, a pesar de las acusaciones de los reaccionarios, quienes decían que había vendido su alma al diablo occidental.

A mediados de los años treinta, los escritores ya comenzaban a hablar de ma’arakat al-taydid (“la batalla por lo nuevo”). Y pronto la batalla tenía que producir personalidades como la de Salama Musa, quien adoptó una posición extrema y condenó todo lo antiguo, lo clásico y lo tradicional como totalmente desprovisto de valor y de utilidad para la sociedad árabe contemporánea [5] . Salama Musa dijo: “Una nueva energía ha sido liberada estos días en nuestro país, por la cual son renovados los valores y los criterios aplicables al significado de la vida, la sociedad y el progreso.


Pero todavía nos mostramos confundidos y vacilantes. No sabemos si adoptar los nuevos o los viejos valores. ¿Qué es el renacimiento? ¿Los viejos valores? Lo que más temo es que venceremos a los colonialistas y los expulsaremos; venceremos a los explotadores y los contendremos; pero fracasaremos en alejar la Edad Media de nuestras vidas y caeremos de nuevo en la vieja proclama de ‘apostar por lo antiguo”.

Con el final de la Segunda Guerra Mundial dio comienzo una gran paradoja que se hizo cada vez más evidente a partir del desastre palestino de 1948.

Las diferencias entre los árabes y occidente se hicieron más profundas y se multiplicaron. Aunque los árabes se fueron alejando políticamente cada vez más de occidente –a resultas de lo cual fueron encadenando una revolución tras otra–, su pensamiento y su literatura estaban sujetos al impacto creciente de occidente, y esto dio lugar a su propia revolución dentro de la vida intelectual de los árabes.

No sólo se pusieron en marcha nuevos movimientos políticos. Sorprendentemente, también ocurrió con la poesía, la literatura de ficción y la crítica literaria, por no mencionar las otras artes. Lo que las antiguas generaciones habían emprendido con precaución, la nueva generación lo llevó hasta su lógica conclusión, con un mayor fervor y más concienzudamente. El impacto y la amargura por el desmembramiento de Palestina dentro de un absurdo Estado sionista, y los intereses occidentales tratando de afianzarse aún más en un mundo árabe que había esperado inútilmente su emancipación, hicieron que los jóvenes de todo el mundo árabe no sólo vieran las cosas desde una nueva perspectiva, sino que también tuvieran que expresarlas de otro modo: una atractiva innovación occidental, menos formalista y más inmediata en los esfuerzos de los jóvenes al combatir por una imaginación más libre, una imaginación a la medida de la ambición juvenil.


Las influencias de occidente, y en parte también las de oriente, cautivaron las mentes de los jóvenes que, con la rápida difusión de la educación y del conocimiento de idiomas y países extranjeros, se entregaron a las formas y maneras de la moda actual, en un intento por superar sus dificultades. Por ejemplo, así fue cómo comenzó una nueva poesía. Nueva tanto en el contenido como en la forma, a un nivel sin precedentes en los anales de la poesía árabe.

Actualmente, es un hecho bien conocido que las influencias extranjeras que dejaron su impronta en la literatura árabe anterior a 1950 eran francesas en gran medida y, como dije, no eran precisamente modernas, sino que procedían sobre todo del romanticismo de mediados del siglo XIX. Fue a comienzos de los años cincuenta cuando los escritores anglosajones comenzaron a influir en el árabe. El más destacado de todos ellos fue T. S. Eliot, cuya influencia fue explosiva y prolongada. Al principio, esta influencia procedía de sus primeras poesías y fue responsable en parte del gran cambio que las formas poéticas árabes han experimentado desde entonces.


Esto fue así porque resultó que quienes más lo leyeron, lo tradujeron y comentaron sus trabajos fueron los propios escritores y poetas más importantes de la nueva generación. Una breve lista con los nombres de sus traductores y comentaristas bastaría para aclararlo: Badr Shakir al-Sayyab, Yusuf al-Khal, ‘Ali Ahmad Sa’id (Adonis) [8] , Tawfiq Sayigh, Mustafa Badawi, Buland al-Haidari, Ibrahim Shukrallah, Lewis ‘Awad, Salah ‘Abd al-Sabur y muchos otros, incluyendo a quien esto escribe.


Mientras que la mayor parte de nuestros poetas se identificaron con los primeros poemas de Eliot, especialmente con The Wasteland (“La tierra baldía”), Ibrahim Shukrallah hizo un excelente comentario de Murder in the Cathedral (“Asesinato en la catedral”) e incluso escribió poemas que recordaban a los de Eliot –del mismo modo que los de éste recordaban a los de Jules Laforgue– y Tawfiq Sayigh emprendió la formidable tarea de traducir la obra maestra de Eliot, Four Quartets (“Cuatro cuartetos”). A mediados de los cincuenta, algunos de sus ensayos, entre los que destaca Tradition and the Individual Talent (“La tradición y el talento individual”), fueron traducidos por Munah al-Khuri. Sus traducciones aparecieron en varias revistas y obtuvieron una gran respuesta. Muchos eruditos y críticos egipcios escribieron sobre él y lo tradujeron. Más recientemente, el Dr. Muhammad Shukri Ayyad tradujo una de las últimas y más importantes obras en prosa de Eliot, Notes towards the Definition of Culture (“Notas hacia una definición de cultura”).

Es significativo que con el advenimiento de esta gran influencia en el mundo árabe a comienzos de los años cincuenta, nuestro propio enfrentamiento literario entre la tradición y el talento individual alcanzara su punto culminante: una batalla despiadada entre la “vieja guardia” y los “rebeldes”. De hecho, la batalla verbal que había comenzado en Londres hacía más de cincuenta años con los imaginistas[9] –entre los que se incluía a T. E. Hulme, Ezra Pound y T. S. Eliot– rugió de nuevo en las tres capitales de las letras árabes: Beirut, El Cairo y Bagdad. Por analogía, era difícil ver a los “rebeldes” destruidos. El panorama literario que ahora se mostraba no difería en muchos aspectos de lo ocurrido en tiempos de Eliot en Inglaterra y América.


Si los árabes, que son básicamente tradicionalistas, reaccionaron violentamente contra formas e ideas inesperadas, la reacción británica y americana frente a los imaginistas –con su versificación libre y sus teorías anti-románticas– no había sido menos violenta antes. En unos pocos años, sin embargo, su poesía y su nuevo estilo habían dominado la escena literaria .

T. S. Eliot fascinó a muchos de los nuevos autores árabes, principalmente porque parecía defender de un modo elocuente y conciso las opiniones incipientes de estos autores. En primer lugar, su punto de vista sobre la tradición. Para los poetas árabes que, aunque rebeldes, nunca olvidaron la tradición, el concepto de tradición de Eliot era realmente dinámico. Para él, ésta se mantuvo viva gracias a la interacción entre lo antiguo y lo nuevo, mediante el talento individual, el cual actuaba como un catalizador: no sólo permitía que lo antiguo influyera en lo nuevo, sino que lo nuevo reajustara las relaciones y las dimensiones de lo antiguo.


Exigía que el poeta poseyera un sentido de la historia, es decir, una conciencia del cambio, “un sentido tanto de lo eterno como de lo temporal”, que era exactamente lo que nuestros poetas decían tener. Entonces existía una idea de Eliot conocida como “objetivo correlativo”, la cual fue aprovechada por los mejores entre los nuevos poetas para crear novedosos efectos en sus poemas: se desprendieron de muchas de las abstracciones habituales en favor de una serie de imágenes relacionadas de un modo armónico[10] . Pero la influencia más importante de todas fue la de The Wasteland que, al margen de cómo fuera entendido, pareció proporcionar la clave del nuevo movimiento en la poesía árabe.

Quizás sólo la guerra podría causar tal sentimiento de catástrofe cósmica en un joven de la edad de Eliot por aquel entonces, pero aquí trasciende desde lo personal hacia lo universal, pues el poema necesitaba de un mito para alcanzar su objetivo. Eliot encontró su mito en uno de los más antiguos rituales de la humanidad y que más ha perdurado en todas las civilizaciones: la devolución de la fertilidad a la tierra muerta mediante la sangre de un dios. El mundo era un páramo que debía ser reanimado.

CELEBRACIÓN DEL DÍA Y DE LA NOCHE Adonis (Ali Ahmad Said)
El día cierra la verja de su jardín,
se lava los pies y se pone el manto
para recibir a su amiga la noche.

El crepúsculo avanza lentamente.
En sus hombros hay manchas de sangre,
en sus manos una rosa
a punto de marchitarse.

La aurora avanza ruidosa.
Sus manos abren el libro del tiempo
y el sol pasa las páginas.

En el umbral del ocaso
el día rompe sus espejos
para conciliar el sueño.

Los momentos son olas del tiempo.
Cada cuerpo es una playa.

El tiempo es viento
que sopla del lado de la muerte.

La noche abotona la camisa de la tierra.
El día la desnuda.

Es el alba:
en el balcón las flores se frotan los ojos,
en la ventana
ondean las trenzas del sol.

El día ve con las manos,
la noche ve con todo el cuerpo.

Si el día hablara,
anunciaría la noche.

Suave es la mano de la noche
en las trenzas de la melancolía.

El día no sabe dormir
más que en el regazo de la noche.

Se le concedió a mi tristeza
ser una continua noche.

El pasado,
lago para un solo nadador:
el recuerdo.

La luz: vestido
que a veces teje la noche.

El crepúsculo: única almohada
en la que se abrazan el día y la noche.

La luz sólo actúa despierta.
La oscuridad sólo actúa dormida.

Los sueños de la noche son hilos con los que tejemos
los trajes del día.

MAHMUD DARWISH
TENEMOS DERECHO A AMAR EL OTOÑO

Tenemos derecho a amar el final de este otoño y a preguntarle:
¿Hay espacio en el campo para un otoño nuevo,

mientras tendemos sobre él nuestros cuerpos carbonizados?

Un otoño que abate sus hojas de oro. ¡Ah, si fuéramos hojas de higuera,

hierba abandonada para revelar la diferencia entre las estaciones!

¡Ah, si no nos hubiéramos despedido del sur de los ojos para preguntar
lo que preguntaron nuestros padres

cuando se lanzaron sobre las puntas de las lanzas!

Tal vez la poesía y la plegaria se apiadaran de nosotros.

Tenemos derecho a enjugar la noche de las mujeres hermosas,

a hablar de lo que acorta la noche de dos extraños

esperando la llegada del norte a la brújula.

Otoño. Tenemos derecho a aspirar el perfume de este otoño

y pedirle a la noche un sueño.
¿Puede enfermar un sueño como los soñadores?

Otoño, otoño. ¿Puede nacer un pueblo sobre una guillotina?

Tenemos derecho a morir como queramos,

para que la tierra pueda ocultarse en una espiga.


CON FÁTIMA EN EL TREN DE LA LOCURA -Nizar Qabbani

Búscate a otro hombre
si quieres paz.
Todo amor apasionado
es, amiga mía, contrario a la paz,
toda poesía ingeniosa
es, en su formación, contraria a la paz.
Búscate a otro hombre
si escuchas las voces del arrepentimiento.
Búscate a otro hombre
que tenga la facultad y la paciencia de educar a una paloma;
yo jamás he intentado educar a una paloma...
Mi amor por ti, amiga mía,
es como el día del Juicio.
¿Quién podrá librarse del día del Juicio?
Acepta lo que el destino te ha deparado
con profunda fe y una sonrisa,
y sígueme
cuando monto por la noche en los trenes de la locura.
Mientras estés conmigo
no me importa lo que fue
ni lo que será....

¡Espiga que brota entre las lágrimas!
La espada ha penetrado en el corazón, ya no podemos retroceder.
Ahora estamos en la puerta del peligroso amor,
y yo te quiero hasta la inmolación,
hasta la muerte,
hasta el estremecimiento.
Somos muy famosos
y muy arrogantes con la Historia.
Los rumores cunden:
eso ocurre siempre en las grandes relaciones.
¡Ay, mi Fátima!
Con quien he vivido millones de pequeñas locuras.
Ya sé lo que significa estar enamorado,
tras las murallas del tiempo árabe,
ya sé lo que significa declararse,
susurrar,
hablar,
en este tiempo árabe;
sé lo que significa que seas mi mujer,
a pesar del terror del tiempo árabe,
que me llame la policía a declarar sobre el color de tus ojos,
lo que tengo bajo la ropa
y en la mente,
mis viajes, mis pensamientos y mis últimos poemas.
Si me hubieran atrapado
robando el kohol que se desprendía de tus ojos,
las afiladas espadas de la tribu me habrían cazado.
Suéltate el pelo.
Estoy perseguido como un profeta
y solo como una isla.
Suéltate el pelo,
quítate las horquillas: ésta es la última ocasión de tu vida.

¡Hermoso icono de la vida
que todos los días me lleva de la mano
a las plazas de la infancia
y me muestra bajo sus pestañas imposibles soles
e imposibles países!
¡Fabuloso tesoro que viajaba conmigo
en los trenes del norte!
La tinta china de tus ojos, amiga mía,
sobrepasa mi aguante.
Tú, que te disparas de mis venas
cual perfume de naranja.

Tú, que me partes en dos por la noche
y al alba me hallas sobre tus rodillas en media luna,
tú, que me has ocupado por el este y por el oeste,
por la derecha y por la izquierda,
sigue conquistándome.
Añoro la época de Windermere,
añoro caminar contigo sobre el agua,
caminar sobre las nubes
y caminar sobre el tiempo.
Añoro llorar en tu pecho hasta el final de mi vida,
hasta el final de la poesía.
Añoro las tabernas de los suburbios
y nuestros asientos junto al fuego.
Añoro el tamo blanco,
donde se mezcla el kohol del Hiyaz con la nieve,
y añoro un trago de coñac
en las noches frías.

¡Pajarito de agua que se sienta a mi lado
en los trenes del norte!
Agárrame fuerte del brazo.
Los decretos del sultán no me preocupan,
mis expedientes de las comisarías no me preocupan,
sólo tu amor, amiga mía, me preocupa.
Nos hemos arriesgado mucho,
nos hemos excedido
y hemos transgredido las señales de tráfico.
Agárrame fuerte del brazo
para que la tierra gire:
la tierra, sin un gran amor, no gira.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Escribir/Actuar, Adolfo García Ortega

© Babelia

En literatura, uno de los más duros aprendizajes que lleva a la madurez es el del día en que uno cae en la cuenta de que es una actividad sin padre, sin origen. En literatura uno mismo es su propio padre. Aprende de su propio modelo, de la reflexión sobre su propia experiencia. Y sin embargo, el escritor es incapaz de escribir sobre lo que le pasa "realmente". Como mucho, lo mixtifica en la fábrica de la literatura. La ficción pasa a ser, así, liberación o venganza de la propia vida, salpicada por aquí y por allá en sus novelas y poemas.

La vida del escritor es, pues, un emerger tortuoso hacia la acción. Es la conquista de algo aún no logrado del todo, pero que se encuentra in progress. Una de las obras obsesivas de mi vida ha sido el difícil Tractatus Logico-Philosophicu s, de Ludwig Wittgenstein, y tardé mucho tiempo (veinticinco años) en comprender que la lectura de esa obra inaugural puede ser, por su intensidad, una gran revelación en el campo literario. Enseña ideas, provoca revelaciones, intuiciones, asume planteamientos, forma moldes de conocimiento aplicables a la vida y a la literatura, aparte del objetivo intencional de su autor: la lógica, el pensamiento. Lo primero y básico que revela es una determinación activa.

Enseña la acción, que es una obsesión del escritor: hacer acción, no estar en la pasividad; quizás porque ser escritor es algo en esencia pasivo: mirar, escrutar, describir las acciones de los otros, de lo otro, ser, por tanto, otro. Todo el arranque del Tractatus es fundamental para entender la vida como actividad. Y la literatura, para casi todos los escritores, es el hecho y el lugar de ese tránsito a la acción, a la actividad. Pero, ¿quién transita? Lo anónimo, es decir, nadie. O quizá Dios, el No-Existente por excelencia, que es un imitador del escritor, que a su vez es un imitador de Dios.

Roland Barthes lo expresa en S/Z cuando escribe acerca de la base de la literatura como una no-respuesta a la pregunta de "¿quién habla?". Dice Barthes: "Flaubert opera un malestar saludable en la escritura: no se sabe nunca si es responsable de lo que escribe (si hay un sujeto detrás de su lenguaje); pues el ser de la escritura (el sentido del trabajo que la constituye) es impedir que se responda a esta pregunta: ¿quién habla?". Esto recuerda a lo que decía Forster acerca de lo anónimo como base de lo literario.

Al escritor de verdad sólo le interesa la revelación. Lo que de pronto aflora de la realidad y siempre ha estado en ella, esperando el momento de revelarse. La literatura, entonces, sirve para dar respuestas, como aspiraba Wittgenstein encontrar en la filosofía. La lectura, por obvia derivación, es una búsqueda de respuestas, que se agudiza con la edad.
Quizá proceda todo esto de la lección de Leibniz acerca de la analogía entre el orden del mundo, la realidad en suma, y el orden gramatical de los símbolos en el lenguaje, algo que está muy presente en el Tractatus y en toda la obra de Wittgenstein. Leibniz/Wittgenstei n: una muy interesante mezcla para la reflexión del escritor sobre su propia práctica de escritura. Baudelaire la aprobaría. –

Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) es autor de novelas como El comprador de aniversarios (Seix Barral) y Autómata (Bruguera).

En la tierra de Cormac McCarthy


No es país para viejos, película que le valió un Oscar a Javier Bardem, triunfa en todo el mundo. El autor del libro que la inspiró, Cormac McCarthy, es un ermitaño de la literatura. Un escritor a quien la crítica osa llamar el nuevo Faulkner.

Por EDUARDO LAGO © El País

De Cormac McCarthy, autor de No es país para viejos, novela llevada a la pantalla por los hermanos Coen en la que Javier Bardem interpreta un papel que le ha valido el Oscar como mejor actor de reparto en la última edición de los premios de la Academia de Hollywood, se ha dicho que es el mejor novelista que ha dado su país desde William Faulkner.

Reservado, solitario, celoso de su intimidad hasta el paroxismo, Cormac McCarthy forma parte del círculo de reclusos legendarios sobre los que, a fuerza de desdeñarlo, llueve cuanto codician la inmensa mayoría de sus compañeros de oficio: dinero, fama, atención, la veneración del público y los medios. Al igual que J. D. Salinger o Thomas Pynchon, Cormac McCarthy escribe de espaldas a los lectores, ignorando modas y exigencias comerciales, fiel exclusivamente a su vocación.


Hasta poco antes de cumplir los 60 años fue pobre de solemnidad. Viajaba en una camioneta destartalada, escribía en habitaciones de motel y ninguno de sus títulos vendió mucho más de un par de miles de ejemplares, pese a haber entre ellos varias obras maestras. En Cómo leer y por qué, Harold Bloom afirma que Meridiano de sangre (1985) es la mejor novela americana de la segunda mitad del siglo XX. Publicada unos años antes, en 1979, Suttree, obra que contiene elementos autobiográficos y que su autor tardó 20 años en completar, no le va a la zaga.

Nacido en 1933, en Rhode Island, en el seno de una familia de origen irlandés, Cormac McCarthy vivió varias décadas en Tennessee antes de trasladarse a El Paso, Tejas. La belleza desoladora de los bosques de su primera residencia y la desnudez de los parajes desérticos situados en la frontera entre México y Estados Unidos constituyen el escenario de sus novelas. Pocos escritores han sabido describir con mayor hondura y delicadeza la grandeza del paisaje americano. Desafecto a su familia, inadaptado en la escuela, solitario y profundamente desarraigado, pasó por la universidad y desempeñó varios oficios antes de cumplir el servicio militar en una base aérea de Alaska. El aburrimiento atroz que padeció allí le llevó a buscar refugio en la lectura.


No tardó mucho en comprender que dedicaría el resto de su vida al más solitario de los oficios: la escritura. Cambió entonces su nombre originario, Charles, por su equivalente gaélico, Cormac, acogiéndose así a la advocación de las fuerzas tutelares de la creación verbal. En el siglo XIV, Cormac McCarthy, señor de Blarney, ordenó erigir un castillo en el condado de Cork, a fin de preservar una piedra de origen mítico. Situada en las almenas del castillo, quienes besaban la piedra de Blarney obtenían el don de la elocuencia.

Cuando terminó su primer libro, El guardián del vergel (1961), McCarthy envió el manuscrito a Random House, donde rodó de despacho en despacho hasta caer en manos de Albert Erskine, editor de Faulkner y descubridor de Malcolm Lowry. Erskine se dio cuenta inmediatamente del calibre del autor. Las señas de identidad del territorio McCarthy estuvieron claras desde el comienzo. Novelas como La oscuridad exterior (1968) o Hijo de Dios (1973) inician una de las más implacables disecciones de la violencia jamás llevada a cabo por ningún escritor. Escenas de necrofilia, relaciones incestuosas o infanticidios descritos con escalofriante minuciosidad llenan las páginas, pero no se trata de satisfacer ninguna inclinación morbosa, sino de dar cabida a elementos tomados directamente de la realidad.


Uno de los criminales más atroces del universo narrativo de Cormac McCarthy, un asesino en serie que vive en una cueva rodeado de los cadáveres de sus víctimas, con los cuales mantiene relaciones sexuales, no es producto de la imaginación del escritor. McCarthy encontró la relación de sus atrocidades en las páginas de sucesos de un periódico de Tennessee.

Con la publicación de Todos los caballos hermosos (1992), primer volumen de una trilogía sobre la frontera, la vida del novelista experimentó un giro inesperado. Le empezaron a llover premios, sus libros se vendían por millones y Hollywood empezó a cortejarlo. Instigado por su agente, concedió la primera entrevista de su vida. Incómodos con su celebridad, muchos de sus seguidores se sintieron traicionados, y es cierto que aunque el mérito literario de la trilogía es innegable, al entrar en una zona más luminosa la obra de McCarthy perdió algo de fuerza.
Las ciudades de la llanura, último volumen de la trilogía, se editó en 1998.

Posteriormente, McCarthy ha publicado otras dos obras: No es país para viejos (2005) y
La carretera (2006). La primera fue trasladada a la pantalla por los hermanos Coen, quienes mantienen en todo momento una extraordinaria fidelidad a la novela. Con La carretera, narración situada en un futuro posapocalítico en el que los Estados Unidos aparecen como un país habitado por supervivientes entregados a prácticas nefandas como el canibalismo, Cormac McCarthy obtuvo el Premio Pulitzer y una invitación a aparecer en el programa de televisión de Oprah Winfrey. McCarthy aceptó de buen grado la invitación. Algo parece haber cambiado en la actitud del hasta ahora huidizo escritor, de 75 años de edad. La noche de la gala de los Oscar acudió acompañado de su hijo de ocho años. Se le veía feliz compartiendo el éxito de los hermanos Coen y Javier Bardem.


A fin de cuentas, la película que más éxitos había cosechado en la 80ª edición de los premios estaba basada en una obra suya. Y no es más que el principio. Dentro de unos días, John Hillcoat iniciará el rodaje de La carretera, que será protagonizada por Viggo Mortensen, Charlize Theron y Robert Duvall. Esto no es todo: hace tiempo que en círculos de Hollywood se comenta que Ridley Scott está interesado en hacer una adaptación de Meridiano de sangre en 2009.

El creador como sospechoso, Alan Mills - Guatemala


Venir aquí a decir que el creador (sobre todo el literario) pasa estos días algo parecido a lo vivido por K, el personaje de El Proceso, suena a delicioso lugar común. Me atrevo y corro el riesgo pues resulta efectiva la imagen al revelar ese acoso venido de quién sabe dónde, el miedo a algo que no asoma su rostro, la culpa sentida por quién sabe qué.

Y es que, para ponerse claro, pocas cosas generan tanta suspicacia en los días que corren como la creación literaria. Y si se da el caso de que el creador es menor de 40 años, la sospecha aumenta exponencialmente.

Nadie está dispuesto ya a creer que alguien se encierre en sus paredes a intentar producir un objeto que contenga algo que podría ser nombrado como bello, algo capaz de comunicar una verdad (o una mentira) más allá del trámite cotidiano.

Se duda que existan esos seres dominados por un impulso que oscila entre la sinrazón y el método. Hay un total descrédito de la vocación y de la necesidad de componer estrategias estéticas o intelectuales.

Un mundo que ha perdido toda inocencia parece negarse a que exista una lógica distinta a la de la voracidad mercantil y la competencia. Como dice Josipovici: “¿Qué sucedió con los elevados sueños de que el arte fuera la actividad humana más significativa?”.

Así, si se es menor de 40 años y se vive en Guatemala lo más seguro es que piensen que se escribe (o se hace arte) por escandalizar, con afán de ser un saltimbanqui sediento de atención: un mentiroso. Se desea “expresarse” para ganar notoriedad, para conseguir novias.

Que los hay, los hay, pero es a todas luces injusto pensar que el solo hecho ser menor de 40 te convierta en embustero, trepador o agiotista.

Y la culpa, obviamente, no la tienen aquellos que han ejecutado castos performances o happenings en los últimos años. Ellos creen en el poder de lo efímero y, que yo sepa, no se han presentado a sí mismos como los grandes formuladores de la nueva belleza. Los culpables son los que han querido ver estos hechos esporádicos como los únicos actos representativos de nuestro variopinto grupo de coetáneos, relegando productos más contundentes o acaso con mayor vocación de permanencia.

El conservadurismo innato de esta sociedad también quiere frenar una manera de ver las cosas que a todas luces nace (¿o renace?): la posibilidad lúdica de crear y no tomarse tan en serio. Es decir: podemos darnos la oportunidad de divertirnos. O mejor: nuestra vida es más completa con ambos lados de la luna: lo sesudo y trabajado puede convivir con la improvisación y el descreimiento. No hay que alarmarse: lo que ha de quedar, queda.

El asunto de la desconfianza es para mí más sensible en la literatura, donde, al parecer, algunos escritores de cierta edad dudan tanto de sí mismos que no creen que otros puedan hacer algo decente.

Lo siguiente puede ayudar a ilustrar lo que digo: hace unos meses, compartíamos autobús Javier Payeras, Francisco Morales Santos y yo provenientes de un Festival de poetas en El Salvador. Hablábamos de las cosas que hablan algunos escritores después de una semana de encuentros y desencuentros: de borracheras, resacas y del futuro de la poesía. Mientras hacíamos las filas migratorias nos encontramos con otro escritor guatemalteco (que supera los 40) y una mujer guapa que era su hija. Nos comentó que nos había visto en los periódicos salvadoreños y que le complacía mucho encontrarnos. Conversamos amablemente unos minutos y nos invitó a abandonar el bus y continuar el viaje en su auto. No vimos por qué no acceder. Las 2 ó 3 horas de camino, el escritor en cuestión, monologó sobre sus astucias para escribir, sobre sus trucos, sobre sus lecturas. Hablaba de cómo corregía y corregía y de cómo tiraba a la basura montañas de originales. Se dirigía a Javier (que iba dormido) y a mí. No nos hizo ni una pregunta. Lo inquietante es que lo comentaba todo con aire de que nos estaba revelando un universo desconocido, un paraíso perdido por nosotros: el del rigor y la técnica.

Debo aceptar que me molestó un poco. Eso hablaba mal de la imagen que se tiene de nosotros. Pensé que nos consideraba unos ingenuos confiados a los bemoles de la inspiración por el hecho (otra vez) de ser menores de cuarenta. Quizás él creía que nosotros no leíamos nada para evitar ser influenciados y ese tipo de charadas que gustan poner en boca del que no ha hablado.

Escenas como ésta las he visto repetirse con diferente personaje y escenario. Pareciera que se ha fabricado una jerga, casi un sistema de prejuicios que evita a algunos mayores (en edad unos y en espíritu otros) comunicarse (en el sentido amplio del término) con los creadores que apenas pintan barba en el rostro. La desconfianza está ahí, palpita a reventar.

Y en un sentido más global, se podría decir que vivimos la era de la sospecha. Piénsese que los escritores (y los poetas en un grado mayor) pierden cada vez más el aura de respetabilidad ganada al compás de siglos de trabajo y tinta. Yo, por ejemplo escamoteo el dato en mi CV, minimizo al máximo mi condición para evitar dar la idea de que no soy un tipo serio. Éste es el mundo, aceptémoslo.

Por si fuera poco, existe la otra sospecha, la que recuerda aquella sentencia de Adorno en cuanto a que después de Auschwitz es imposible escribir poesía lírica. Es la sospecha que nos quiere imponer el no escribir si no es para relatar la crudeza del pasado de sangre. Un Marco Antonio Flores furibundo exclamó en alguna oportunidad de que en los “escritores jóvenes guatemaltecos” no existe “desgarramiento” (aunque no recuerdo si era ésta la palabra) pues no vivieron la pesadilla de los 36 años y, en consecuencia, todo lo que salga de nuestra pluma es inocuo.

Está claro que sí nos gusta la parranda y que los temas de nuestros novelistas difieren en algo de los de la mayoría de sus antecesores nacionales. Pero, así como se sabe que la poesía sobrevivió al holocausto, está la certeza que la literatura no tiene límites temáticos. Y ahí estamos, con los desgarramientos propios.

La verdad es que pretender cambiar el mundo desde nuestra humilde trinchera de símbolos comunicantes es como viajar a Irak con una pistola de agua. Mas, al mismo tiempo, pensar inútil el empeño en crear una obra es una manera más de ser reaccionario.

Sobre todo si se quiere negar esa posibilidad basándose en el dato de que no se rebasa la cuarentena de años ni se ha encajado un solo tiro.

La edad como accidente
Quiero ser tajante al afirmar que la edad en literatura es un hecho nada más que accidental, un asunto de circunstancias. Rilke publicó sus Elegías de Duino a los 21 años. Queda claro que era un poeta inmaduro (la ironía es evidente). Los 18 poems de Dylan Thomas salieron de imprenta cuando el “Rimbaud de Cwndonkin Drive” apenas rebasaba su primer veintena. Ni que decir de Neruda, Vargas Llosa o John Keats.

En la esquina contraria están los que aprovechan sus arrugas para debutar maquinando maravillas. Uno es Saramago que publicó su primera novela a los 58 y por eso se ha constituido en arquetipo de la paciencia. Escritores de madurez, que les dicen. O la variante de Augusto Monterroso: publicar libros cada diez años o más, confiado al dictamen del reposo.

El peligro está en tomar superficialmente el tema de la paciencia y pensar que la cosa se reduce a dejarse envejecer para escribir los libros o publicar cada vez que nos examinamos la próstata o cada dos periodos presidenciales.
El rollo, creo, es más complicado. La paciencia, la lectura y relectura, la técnica, son imperativos para crear algo digno, es cierto. Pero todo esto no se mide en años-hombre sino en tiempo concentrado de trabajo más diablo.

Me explico: de nada le servirá a un escritor sin colmillo envejecer. Publicará su primera novela igual que Saramago a los 58 o quizás se anime y espere a los 80. Si es malo, lo será (al decir de los mareros) forever.

Del otro lado, un creador serio, imbuido de lo que hace, explorador de la técnica, domador del talento, artesano obsesivo (quiero decir “con oficio”), cómplice de la tradición y el diablo, puede crear obras importantes a cualquier edad y en cualquier momento. Creadores imberbes fueron “el joven Marx” allá lejos o “el joven Paz” más recientemente. Sin contar que nada les impidió envejecer genialmente y manufacturar trabajos pesados hasta que les llegó el freno de la tumba.

Se puede decir, pues, que es recomendable someterse al arbitrio del tiempo de una manera eficaz y controlada, dado que, como ya lo han dicho, él es el mejor crítico. Encontrar el ritmo necesario, sopesar nuestros insomnios y las pastosas horas contra las comas y adjetivos. Tampoco se trata de mandar a prensas cualquier ocurrencia garrapateada en nuestra laptop: todo dependerá de la calidad del que escribe y de su capacidad crítica para reconocer qué cosas merecen el escrutinio de los lectores. Los buenos editores ayudan a solucionar.

Ni se crea que me pongo a defender la prisa. La mayoría de trabajos mediocres son producto de ella. Lo que pienso es que ya es hora de dejarse de sermonear con la paciencia y mejor ponerse a escribir (publicar no estaría mal) cosas que valgan la pena. Esto va para mayores y menores de 40 (me incluyo). Ya va siendo hora.

Paréntesis, por si las moscas

(Aclaro aquí que cuando digo “escritores jóvenes” o “generación de posguerra” lo hago sólo como mecanismo nominal y como recurso taxonómico para designar a los que compartimos edad y espacio. Lo seguro es que somos muy diferentes en intereses, estilos, recursos e ideas).

Los interlocutores y el asunto generacional

Hagamos un alto. No se puede decir que no existen creadores de otras generaciones interesados en una comunicación franca con los, así llamados, “escritores de posguerra” en Guatemala. Por el contrario, muchos de nosotros les debemos tanto en términos de aprendizaje y oportunidades, que negarlo sería una puñalada trapera. Los nombres me vienen a la mente y no resisto pensar en que quizás este texto sea injusto con ellos.

En estos últimos años ha existido un tráfico intergeneracional que ha dado frutos en proyectos editoriales, amistades, lecturas públicas y, sobre todo, en riqueza intelectual. Las revistas Magna Terra, La Ermita, La Revista de la USAC y Algarero Cultural se proponen como cauces para escritores de varia edad. En sus páginas confluyen octogenarios con púberes. Los criterios difieren pero se preocupan por publicar autores de calidad (con las infaltables excepciones).

Son muchos los que no se encorsetan en códigos de edad, género o nacionalidad. En eso está la clave, según se ve, para generar una movida literaria heterogénea y dúctil. Un calidoscopio libresco.

A más, hay mucha literatura a la que los menores y mayores (hablo de edad) debemos ponerle atención y sacarle el jugo. No leer El tiempo principia en Xibalbá es imperdonable, un horror. Y así muchas otras, que nos recuerdan que no debemos ser diletantes las 24 horas del día, que se debe buscar.

Yo, por ejemplo, no siempre me identifico con lo que escriben mis contemporáneos nacionales. Mucho menos puedo decir que lo que más me interesa sea leer los libros editados en Guatemala. Creo que lo que diferencia a la gente inteligente es esa posibilidad de estar abiertos a todo (o casi todo) y saber exprimir lo necesario de las distintas experiencias, estén (los libros) escritos en el idioma que estén escritos y hayan sido publicados en el año que hayan sido publicados. La cosa tiene que ver también con los cánones estéticos y técnicos con que nos hayamos formado (o en los que nos estemos formando) y en los que fundemos nuestra manera de pensar y hacer literatura. Con lo que nos gusta, pues.

Es de optar un poco por la obsesión de adelgazar, de desvanecerse, que agobiaba a Kafka. O como lo reformuló Borges: la necesidad de que desaparezca el autor y pasemos directamente a leer los libros. Hay que leer obras, no hombres (ni mujeres, obvio). O como dijera Jackson Pollock respecto de un crítico atroz: “debería (el crítico) dejar sus prejuicios en casa y pararse con el corazón desnudo frente a la pintura”.

Y lo de las generaciones, ahora que alguien me ayudó a recordar, es artilugio de Ortega y Gasset y, repito, un mero asunto de facilidad taxonómica. Sirve para ubicar autores en su tiempo o lugar. Es sabido que la gente de ideas afines muchas veces no comparte edad ni nacionalidad. Me es indiferente cuántos años cumplirá Coetzee o si Cabrera Infante nació en Gibara, New Hampshire o Mataquescuintla.

Acepto que las obras que disfruto podrían estar escritas por personas que, de conocerlas, podrían caerme como patada en el bajo occipucio. Sólo espero nunca tener que confirmarlo.

Paréntesis obligado

(Ojo: no defiendo la mediocridad de muchos libros publicados por menores de 40 en Guatemala. Sugiero que el tema de la mala pluma es lo suficientemente democrático para no respetar edad, sexo, color, preferencia política o nacionalidad).

Los heraldos del prejuicio

Deseo terminar dedicando unas líneas a una especie de gente (si bien no numerosa, sí bulliciosa) que demuestra una resistencia implacable a trabajos del cúmulo de escritores formateado como de posguerra, amparada en un amasijo de prejuicios débil pero contagioso. Esos que, de plano, se cierran. Los adalides del canibalismo y el juicio fácil. En suma, aquellos que se ufanan de su incapacidad o intolerancia a admitir registros simplemente extraños o nuevos (nuevos en un sentido temporal, pues la novedad ya sabemos).

Los alérgicos a la juventud: esos imposibilitados de entablar comunicación con una parte del mundo que está viva y que, además, sustituirá gran parte de lo que ellos conocen. Los que se privan de apreciar sabores que probablemente sanarían su colon irritable, por mero prejuicio.

Les es imposible entender, entonces, que un aficionado a la novela negra y los requiebros lingüísticos sea, a su vez, escucha fiel de chill out, de cadencias electrónicas, grindcore o death metal. O sea, no es posible leer a Góngora e inmediatamente revisar los experimentos polirrítmicos de The Mars Volta o la pirotecnia vocal de Mike Patton, por decir algo. Jamás concebirían que luego del temblor que da leer a César Vallejo uno puede pasar inmediatamente a sintonizar el canal Fox o bien a escuchar algún disco de los Beatles que nuestra madre nos ha enseñado a amar. Es un tránsito complejo, es cierto, pero así de real. (Les asusta este ritmo. No se dan cuenta que cada época fabrica sus manías).

En el carril contiguo, están los que simplemente nos aceptan en tanto masa informe, sin poner atención a la valía de los trabajos individualmente considerados. Están los que sólo quieren vernos como niños que escuchan música estridente y que abarrotan su organismo con barbitúricos (¿desde cuando son las drogas territorio privado de los jóvenes?), lo cual les provoca cándidas reacciones de comprensión y apoyo: “hay que darles un espacio a estos chicos irreverentes”, reza la promoción cultural. Lo que hacen, entonces, es mezclar en antologías, artículos y ensayos a escritores recios con meros advenedizos, persiguiendo masificar para anular. “Estos jóvenes”, dicen, siempre en plural.

Existen más variantes, todas espurias. Pensar que no existen creadores accidentalmente jóvenes, igualmente valiosos que los accidentalmente viejos, es una expresión de ingenuidad pero también de mala leche.

Con todo, lo mejor es no mosquearse tanto y seguir la vida en lo que va. Aunque, a veces, dan ganas de ponerse tremendo. Como para terminar esto parafraseando aquel momento arrebatador con que Brecht remataba cierto drama, y decir: “al carajo con ellos”.

martes, 21 de octubre de 2008

Temporada de huracanes, Alejandro Cordero - Costa Rica


Que no suene a ocasión, pero este poema fue escrito durante esta "normalidad de emergencia" que se vive siempre en Centroamérica. Corderito lo leyó en el V Encuentro de Escritores de C.A. y el Caribe, allá por mayo de este año.
I

Tienen nombres sencillos
María por ejemplo
No entienden de ritos o lenguajes
Lo revuelcan todo
Primero son tormentas tropicales
en las que se prueba su cabellera seductora
Siempre salvajes
siempre pasajeras
con la despedida dispuesta en los labios
capaz de desintegrarse sin meditarlo
Cómo predecir su trayectoria
Al margen del desastre avanzan contoneándose
y desplazan a otro terreno su ojo silencioso
Los huracanes
siempre han hallado la forma
de damnificarme.

II

Los tornados
luego de su orgásmico tránsito
se van a morir a otro golfo.

III

Desde el Trópico de Cáncer hasta el de Capricornio
saben de memoria la ruta de la miseria
Tienen su itinerario
Profanan todas las iglesias
levantan polvo de los ancestros
disparan al corazón del hambre
Se desplazan constantemente blindados
especulan mercadean firman
Los ciclones que visitan
cada cierto tiempo estas tierras
no dan aviso para prevenciones
Inundan pulperíaspuentes semillas
Dejan a su marcha albergues deudas
Y un conteo de daños
Voto por voto.

IV

De década en década
cambian violentamente de ruta
en busca de democracia entubada en oleoductos
En ráfagas
llegan con tanques metrallas
y demás cobardía inteligente
Instalan sus canales de televisión
para que a todo color vía satélite
muestren como los vendavales
dan al suelo las estatuas y mezquitas
Los cadáveres sobrevivientes a las estadísticas
refugiados entre escombrosy sótanos de misil
son la única calma posible
luego de la tormentaen el desierto.

V

En época seca
cuando las promesas quedan en el lente de la cámara
y las mazorcas se marchitan
y el pozo es una costra de piedra
esas manos
que desenterraron con furia
para solemnes volver a cubrir con tierra a sus muertos
construyen
una vez más
las arcas de los diluvios.