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viernes, 27 de septiembre de 2019

Paola Valverde, Bartender, presentación


La noche de la presentación de Bartender, de la poeta costarricense Paola Valverde, leí estas palabras en el Lobo Estepario, allá, en la bella San José:

Un bartender es funcionario de la aduana más movida en el tránsito humano. No pide pasaportes de ningún tipo, cartas de recomendación, invitaciones oficiales, al contrario, siempre da y escucha la polifonía del silencio, porque todos hacen como que hablan pero en realidad, el bartender sabe que vienen a él para llenar su silencio de un solo trago.
Has aprendido las conductas:                                                                                                  si esperan una chica
buscarán la última mesa junto a la ventana
si esperan a su sombra
buscarán la barra                                                                                                                    
Un francotirador aviva la llama del bartender, y Paola lo sabe ahora, porque en su momento supo disparar hacia las sombras cuando las tuvo a su alcance, implacable, calcó la paciencia y precisión del dolor, la nostalgia, el suicidio, la conspiración de los tristes, el contrato de la carne y de lo efímero, el gran carnaval que Dionisio trajo en su despedida.

¿Quién recoge las cenizas del  bonzo silencioso que se inmola en un rincón del bar? El bartender. ¿Quién encuentra las madrugadas que se fueron rodando bajo la mesa con  retinteo metálico y devaluado? El bartender. ¿Quién recibe las hurañas propinas que deja la soledad? El bartender, por supuesto.  En todo el poemario vamos siendo testigos de una paciencia infinita decidida a detallar la celebración íntima que cada uno de los clientes trae para compartir en esta tierra de nadie, esta zona franca de la locura. Como Panero lo dijo, Paola reivindica el derecho a la locura, el hecho de que hay poetas con suerte y poetas que no la han tenido nunca, porque hacer un poemario sobre la fauna y flora que llegó a Rayuela en los tiempos que Paola y Dennis estuvieron detrás de la barra, es negar – y sublimar a la vez- las duras jornadas del desamparo económico en que el azar y  la frustración impusieron su dinámica. Así es que la fortuna fue contar con el temple que la poesía auténtica sabe dar a sus elegidas junto al arqueo de caja que solo la locura puede asumir como riesgo y fe.

Leer Bartender, de Paola Valverde, es entrar a un mundo dentro del cual todos y todas estamos en deuda y a la vez perdonados, porque al entrar en él ya pagamos el precio de habernos convertido en personajes de una poesía delirante que elevará a consigna la épica de los solos.

Fabricio Estrada

Alfredo Trejos, Crooner, contraportada



Estas son las plabras de presentación que le escribiera al poeta costarricense Alfredo Trejos, para su poemario editado en el 2016, Crooner.


Cuando se hizo el contrato para el reality más atractivo de la temporada, Trejos puso una condición: denme un escenario, el más solitario de San José, y déjenme cantar lo que no canto en la ducha y mucho menos mientras cocino mi soledad. Al recibir respuesta positiva, el crooner firmó; con mucha elegancia sacó su pluma y comenzó a escribir -como pie de página a su nombre- una serie de historias que los productores supieron interpretar como se debía: eran historias, cada una de ellas, hechas poemas y guiones a la vez, postales para el más clásico cine negro, el testimonio de un desencantado que tiene la poco común capacidad de hacer ficción su vida real.

Desde ese momento, el show ha roto todas las marcas, y no hay solitario que no haya asistido con su periscopio de u-boat a punto de ser cazado por un Trejos que se sienta junto a  Heminway con su escopeta lista. Mientras tanto, pasan los amores, los juramentos sensatos de no amar más allá del vodka con limón que insinúa el chino de la esquina. Trejos canta, y vuelve a llenar a la poesía centroamericana de esa frescura vital que trae el reírse de uno mismo, pone los discos olvidados y los poemas van dando vueltas y vueltas. Nadie podrá estar a salvo –nos advierte- pero todos seremos salvos si tenemos la capacidad de agarrarle aprecio a la rata que viene a vernos en la madrugada, casi compadecida o quizá ella también hastiada de tanta lluvia y grave poesía.

Afredo Trejos es irrenunciable, “una ciudad de varias cosas al mismo tiempo”, una soledad que es un caleidoscopio inquietante, un caballeroso unabomber que viene y dispara al monitor sentenciando “esto no es un kareoke, carajillo, esto es un Crooner. El reality show puede comenzar.”

Fabricio Estrada.

martes, 16 de julio de 2019

¿Y qué tiene que ver la obra Tengamos el sexo en paz con los choferes de buses de Tegucigalpa? - Fabricio Estrada

Sobre la cultura del automóvil se podrán decir muchas cosas a partir del fetiche sublimado por el consumo. He querido abordar esta realidad casi totalizadora en Puerto Rico desde que llegué a la isla, entender los mecanismos de la satisfacción por esa propiedad móvil y veloz que tan bien le ha funcionado a la colonia en su afán de fragmentación social y en el acrecentamiento de una individualidad donde el automóvil es la verdadera patria, acondicionada a placer y con las fronteras de fibra de vidrio muy bien acolchadas. Más allá del parabrisas, el mundo puede dar vuelta en U. Pero en Honduras, el automóvil no es posesión generalizada y aún subsiste el transporte público masivo: no propietarios conduciendo a decenas de miles de no propietarios.

En Honduras funciona de otro modo la psicología detrás del volante, y creo que tiene mucho que ver con el deseo de propiedad donde actúa el narcisismo más negativo. Al ser testigos en velocidad propia -lo de carne propia dejémoslo para cuando nos regrese el alma al cuerpo una vez que nos bajemos del taxi o bus- de la forma en que los conductores afrontan la calle y su oficio en Tegucigalpa, casi se puede decir que el conductor roza el límite entre el asesinato y la violencia sexual. Un enorme pene de hojalata con llantas incorporadas y la lascivia de manosear al otro bus o al otro taxi que se viene encima con las mismas intenciones. Son innumerables las ocasiones en que he visto como los buseros aceleran cuando la gente aún no ha terminado de bajar o subir, cuando el pequeño grupo intenta cruzar la calle y se da la oportunidad de lanzarse encima de ella; cuando en un duelo medieval de penes con carrocería y vidrio se retan a quién se aparta, en el último segundo, de un choque frontal.

Ese narcisismo pervertido del cual hablo y que atraviesa a diario a Tegucigalpa,  puede tener su sustento en el siguiente comentario del psicoanalista Jeremy Holmes, quien al abordar el narcicismo desde la óptica de Freud dice:

"A partir de la concepción de la líbido, Freud veía en el narcisismo una estación intermedia entre el autoerotismo y las relaciones de objeto. Las fantasías sexuales y masturbatorias inconscientes de los pacientes narcisistas (no sus fantaseos concientes) constituyen claves importantes para conocer su patología. En los hombres puede darse una enorme inquietud por el pene propio o ajeno. A veces, el narcisista ha abandonado toda esperanza de entablar relaciones de reciprocidad y confía, en cambio, en el poder y la coacción para tener acceso a sus objetos, un acceso capaz de brindarle sentimientos de seguridad y de satisfacción. De ahí que sean corrientes las fantasías sadomasoquistas".

Lo de sadomasoquistas se traslada hacia los pasajeros y sus obligada relación diaria con los insatisfechos choferes del transporte público capitalino, aclaro, como también aclaro ahora que esta es una reseña o nota motivacional para abordar la obra que el Teatro Memorias que dirige Tito Ochoa  tiene en cartelera, por estos días, en Tegucigalpa. Hablo de Tengamos el sexo en paz, la adaptación hondureña a la otra adaptación que hicieran Darío Fo, Jacopo Fo y Franca Rame en 1996 en la Italia de Juan Orlando Berlusconi. Mis disculpas, hablo de Silvio Berlusconi, el mismo que, mientras dictaba una normativa puritana para los descendientes de Bocaccio y Agripina, se desataba en las más opíparas orgías a puerta cerrada en el Palazzo Chigi. Quizá no ha sido una equivocación, sí, quizá estamos hablando de Silvio Hernández, el asunto es que la puesta en escena de Imma López ha dado de nuevo al teatro nacional una lección magistral no solo sobre los recursos actorales del monólogo, sino que también sobre cómo se vive -esta vez sí- en carne propia la insatisfacción o el desconocimiento sexual hasta desarrollar toda la velocidad del placer y la satisfacción a despecho de los que hacen el amor, cogen, chichan con la luz apagada y aguantándose los gemidos, así como los pasajeros dentro de un bus a 80 km/h bajando la cuesta Lempira en un busito, bus o taxi destartalado en Tegucigalpa.

Tengamos el sexo en paz puede ser un repaso a los prejuicios actuales y pasados de nuestra sociedad, pero también un definitivo manual de liberación del cuerpo visto desde el cuerpo y ser que más ha recibido la locura de la normativa patriarcal: la mujer. Ya Juana Pavón afirmó que Honduras tenía nombre de mujer, entonces es hora de imaginar la impotencia sexual de todo el machismo hondureño en la violenta arremetida de los choferes de buses y automóviles en general en Tegucigalpa. Total, se trata de saber cómo conducirnos, a qué velocidad ir, en qué buses, taxis o bólidos particulares jamás debemos subirnos.

F.E.






lunes, 4 de marzo de 2019

Iris Alejandra Maldonado: prólogo de Alexandra Pagán para El abismo silba una canción de vaqueros, Ediciones Aguadulce, 2019


UNOS CUANTOS PIQUETITOS: PRÓLOGO

a nadie se le ocurrió ser poeta
y escribir la constitución propia
-Iris Alejandra Maldonado
 «Unos cuantos piquetitos» (1935) es un óleo sobre metal ejecutado por la reconocida pintora Frida Kahlo, se exhibe en Museo Dolores Olmedo de la Ciudad de México. En el cuadro figura de modo macabro la escena del asesinato por violencia de género que sufre una mujer, desconocida ya. «Unos cuantos piquetitos» fue la explicación que dio su marido (el asesino) en los tribunales. Los «piquetitos» fueron 20 puñaladas violentas, brutales. En la pintura el hombre sonríe, parece estar satisfecho, guarda su pañuelo en el bolsillo mientras mira el cadáver con una tranquilidad malévola. Kahlo inmortaliza la violencia de género, la denuncia. Kahlo sufrió también violencia de género, su labor pictórica se une al reclamo histórico por los derechos de las mujeres. A este reclamo se le une Iris Alejandra Maldonado, cuya voz poética presenta la violencia de ser mutilada, apuñalada y sobrevivir.
Maneja este poemario con cuidado; no importa qué, saldrás cortade. Dolor, miedo, encierro, angustia… las sensaciones que se evocan en este poemario son incómodas y no permiten sino solidarizarnos, hermanarnos, revestirnos y a(r)marnos. Iris Alejandra Maldonado es una alquimista. Su poemario El abismo silba una canción de vaqueros tiene el poder de transmutar la violencia en canciones poderosas de reivindicación, ajuste de cuentas y liberación. Mas esto no lo digo desde un dejo new age espiritualista de cable tv, sino que me refiero a que su alquimia se vale de las palabras para que, mediante metáforas y referentes literarios, bíblicos y populares, se construya un universo poético que sirve también de manifiesto feminista. Y no digo esto como quien dice «en las siguientes páginas leerá un panfleto de lucha feminista», no porque considere que eso hace del poemario uno menos valioso, sino porque este libro es una búsqueda, una remembranza; es poesía. Su lectura provoca unas miradas y reacciones que yo cualifico de este modo porque el contenido conjuga el amor y el horror, la belleza y el espanto. El poema «Después del tajo», por ejemplo, despliega un catálogo de violencias que resultan grotescas y repulsivas, pero que al tiempo son denuncias poderosas que conmueven.
El poemario registra la caída que lleva a un punto originario: todo y nada; el lenguaje como espacio de transmutación. Nos anuncia la voz poética: «dejé de ser el vómito de dios». Contundentemente los textos metapoéticos marcan el ejercicio estético como parte del secreto de esta alquimia que me empeño en plantear. Sin embargo, es una experiencia enmarcada por el horror, insisto. Una constante del poemario será conjugar el espacio conyugal con fosas; las sábanas nupciales se tiñen de sangre y la voz poética ajusticia, devuelve el derecho de ser, de vivir, de estar entera, segura, incólume, feliz y libre. Los espacios domésticos son cárceles, sepulcros; están cargados de toxicidad. Allí precisamente la poeta se enfrenta a la amenaza de su anulación con los poderes alquímicos de la poesía. De la determinación de la sobrevivencia y el amor propio surge un discurso estético, una obra de arte que sirve a su vez de homenaje a la resistencia femenina, al poder de las mujeres. Declama en «Abanico de mano»:
cuatro paredes
barrotes de piel
una fosa king size
es mi cama

yo no juego con la muerte

no quise morir
Y se vive, se sobrevive, con heridas y cicatrices, declamará:
una mujer y cicatrices
que se ofrecen a un dios
con los ojos abiertos (destaque mío)

pero también acciona con metáforas, conjuros y relatos unos más fantásticos que otros, unos bellos, otros horribles. Así el poemario recoge y conjuga extremos y centros, los prepara como elixir, los vuelve artificio liberador. Camino y búsqueda. Encuentro con el lenguaje, reproche:
«El nombre no hace la cosa» titula un poema/advertencia/reproche; las cosas preexisten, como el ser espejo. Mas subrayo, es un poemario que corta, que duele. Nos violenta al hacernos testigos del más cruel de los terrores, el que sufren las mujeres como resultado de la violencia de género en manos de sus parejas. Iris Alejandra Maldonado toma el mito bíblico de la mujer de Lot[1] para enmarcar la violencia a su cuerpo de mujer, víctima de la violencia patriarcal:
no mires hacia atrás
ordenó otra voz
y no pude evitar voltearme

allí estaba yo
en el espejo 
en el hielo y su imagen
                                               piedra

La voz poética tornará su mirada hacia sí misma en ese espejo que es la poesía. La reflexión tendrá propiedades caleidoscópicas que transmutarán en versos violentos y firmes, hermosos. Continúa el poema:
me diluía
entre el aceite y el humo
me diluía
en aquel hombre
[…]
en él fui agua
Esa mirada de ojos abiertos se detiene en su genealogía: madre, abuelo, padre. Cada poema escudriña orígenes y desvelos, discursos (de)formativos, microviolencias que comienzan en el núcleo familiar (como esclavizarse por amor al padre) y establecen precedentes a las violencias que les suceden. Leeremos versos como:
comienzo a vivir para la muerte
como antes

y unos muy transgresivos que acusan:
mi madre me parió a los 25 años
lo recuerdo bien
y desde que me parió traquetea en la cocina
despescueza gallos        gallinas conejos hijas

Los reclamos son también íntimos: «Te pedí fuego» se titula el poema cuyo primer verso declama: «y tú implantaste fiebre». El fuego, elemento de la alquimia será también presentado en otro poema: «Es de fuego este país», en el cual el país es fuego, agua, aire, tierra; un puente que: «nunca será mío, es solo fosa». La denuncia individual se colectiviza y nos incluye a todes. Resuena la pregunta: «¿cicatrizarán las heridas/ aun estando varios metros bajo tierra?»
En «El mismo poema», usa la metáfora del espejo para destacar el poder de la experiencia poética:
te nombro espejo
y te eriges frente a mí
observas a tu mujer cortada
                              deseas mis cicatrices

                         detienes el tiempo
                                tu
beso
                                       p
                                            a
                                                r
                    a
       
                                             cada una
ellas dejan de ser papel
serpentean rojo púrpura
se colocan el sombrero de la noche […]

Las mujeres violentadas dejan de ser papel, estadística, noticia del periódico sensacionalista, pero están muertas. La mirada a la experiencia nos da un mismo poema; ¿acaso no todes queremos el mismo poema? ¿Uno en el que no exista dicha violencia? Y es la mirada, que se vuelve nuestra en el poemario, que es el elixir de la alquimia de la voz poética la que finalmente nos transmuta.
me nombró ojos
y fui feliz

leemos y repetimos «fui feliz»…
Este poemario resulta de la cuidadosa labor editorial del equipo de Ediciones Aguadulce, es el primer poemario de la autora. El libro está dividido en 5 secciones: «In medias res», «Un retrato familiar», «Estudio legal de mariposas», «Vita brevis» y «Archivos». A elles y a Iris Alejandra Maldonado le extiendo mi agradecimiento por la valentía y el amor. Me queda repetirles la advertencia a les lectores: «Maneja este poemario con cuidado; no importa qué, saldrás cortade.»

Alexandra Pagán Vélez
Santurce, Puerto Rico




[1] Me refiero en específico a los poemas «Estatua» y «Peregrina de la sal». En estas coordenadas coincide con la poeta Carmen R. Marín y su poemario Cosmogonía y otras sales. La coincidencia temática entre estas poetas (Carmen R. Marín también trabaja el tema de la violencia en Salvahuidas) las vuelven poetas que deben leerse juntas.

miércoles, 27 de febrero de 2019

El Lazarillo de Tormes, su mayor deseo


Foto: Fabricio Estrada


No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con el viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le turaba toda la semana, y por ocultar su gran mezquindad decíame:

“Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por
esto yo no me desmando como otros.”

Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que
rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía mas que un saludador. Y porque
dije de mortuorios, Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza
humana sino entonces, y esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba
y aun rogaba a Dios que cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento
a los enfermos, especialmente la extrema unción, como manda el clérigo rezar a
los que están allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y
buena voluntad rogaba al Señor, no que la echase a la parte que más servido
fuese, como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo. Y cuando
alguno de estos escapaba, !Dios me lo perdone!, que mil veces le daba al diablo, y
el que se moría otras tantas bendiciones llevaba de mi dichas. Porque en todo el
tiempo que allí estuve, que sería cuasi seis meses, solas veinte personas
fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo o, por mejor decir, murieron a mi
recuesta; porque viendo el Señor mi rabiosa y continua muerte, pienso que
holgaba de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía,
remedio no hallaba, que si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había
muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana hambre,
más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que
yo también para mí como para los otros deseaba algunas veces; mas no la vía,
aunque estaba siempre en mí.

Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo, mas por dos cosas lo dejaba:
la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura
hambre me venía; y la otra, consideraba y decía:

“Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, tope
con estotro, que me tiene ya con ella en la sepultura. Pues si deste desisto y doy
en otro mas bajo, ¿que será sino fenecer?”

martes, 19 de febrero de 2019

Cuerpo Plural: el cuerpo único de mi decepción




Cuando vemos que hacemos siempre lo mismo desde siempre no podemos ya pensar en el pasado sin rencor.  Esta revulsiva cita extraída del diario de Césare Pavese es una de las utilizadas por Ricardo Piglia en su relato Un pez en el hielo, metaficción que se construye de la última anotación que Pavese escribiera antes de suicidarse. Y sucede que no puedo más que aferrarme a esta cáustica revelación como me aferro a la acusación que hago hacia mí mismo en cuanto a poesía se trata. Porque de poesía se ha tratado siempre la certeza de que otros ligaran mi nombre a este delicado oficio de escribir poesía y de que yo, alevosamente, subestimara muchas veces la seriedad de mi nombre unido al de la poesía. No me lo había creído del todo, nunca. Antes del 2008 nunca había podido asumir que había logrado poiesis alguna más allá de aquella que fue perturbación y confusión lastimera -y pasajera- una vez me vi reflejado en su espejo roto. Llegaron a editarse los poemarios, sí, llegaron a salir sus tirajes, sí, pero llegó el momento, hace once años, en el 2008, que se me exigió estar a la altura de la expectativa y no pude advertir lo crucial por falta de seriedad.

Once años después tengo en mis manos la Antología de Poesía Hispanoamericana Cuerpo Plural, auspiciada por el Instituto Cervantes de Madrid y antologada por Gustavo Guerrero. La profesora de Introducción a la Literatura Española de la UPR Recinto Río Piedras, Carmen Pérez Marín, me ha dicho la semana pasada que la casualidad la llevó a encontrar mi nombre en esta famosa antología y que se ha sorprendido al encontrarme en ella. Prometió llevármela hoy y lo cumplió. Tengo en mis manos entonces el libro que debí ir a traer al correo postal una vez que se me envío y, sobre todo, tengo en mis manos la antología en que debí participar con toda la seriedad requerida. No es fácil sentir el peso de este libro, quizá el libro del que más he aprendido en mi vida de escritor. El peso de los poemas que la conforman es consistente durante todas las páginas hasta que se llega a los dos poemas que envié para “participar”. Hay un nombre ahí que no encaja, que desentona estrepitosamente, el mío. Donde se lee Fabricio Estrada inicia y termina la magia que se trae desde las primeras páginas de Cuerpo Plural. Más que merecida la lacónica caracterización que describe la Revista Literaria Letras Libres de México, en su reseña de la antología: hay lo mismo decepciones (el hondureño Fabricio Estrada) que hallazgos importantes… (https://www.letraslibres.com/mexico/libros/cuerpo-plural-antologia-la-poesia-hispanoamericana-contemporanea-gustavo-guerrero

¿Por qué no fui a traer la antología cuando se me envío? Podría aducir que no tenía dinero para el taxi, que me acababan de despedir del trabajo, que llovía un diluvio ininterrumpido sobre Tegucigalpa todo ese mes, pero la verdad fue que tuve vergüenza. Unas semanas antes había salido la nota de Letras Libres y la mayor vergüenza del mundo gravitaba sobre mi ánimo. No celebraría aparecer en Cuerpo Plural hasta que me redimiera, me dije, pero ¿cómo se redime de semejante decepción?
En 1993, el Taller de Poesía Casa Tomada completo, recibía la charla sobre poesía hondureña que el poeta José Adán Castelar nos daba con su eterna gentileza y cariño. Estábamos en el Paradiso que se ubicaba en el lugar que ahora ocupa la Librería Navarro, en el barrio La Plazuela. Terminada la charla, un poeta reconocido que se había bebido una buena tanda de vino, explotó en burlas hacia aquellos jovencitxs que éramos. No repetiré los insultos, pero entre ofendido y dolido prometí no regresar a Paradiso hasta no tener mi primer libro publicado. Eso sucedió hasta 1998, año en que el poeta Rigoberto Paredes y la Historiadora y Poeta Anarella Velez me presentaron Sextos de Lluvia. El pundonor y la inevitable naturaleza que me impulsaba a escribir lograron esa momentánea redención. 
Cosa paradójica, fue de Sextos de lluvia que seleccioné los poemas que envié para Cuerpo Plural.

La diferencia entre un hombre inteligente y uno tonto es que el primero se repone fácilmente de sus fracasos y el segundo nunca logra reponerse de sus éxitos”, dijo Sacha Guitry, y sin duda, hasta el 2008 estuve ciego en el oficio de escribir mirando ¿mirando qué? Pues mirando alrededor y no solo a mi ombligo talentoso. El libro que no fui a recoger llega hoy a mis manos que no querían ni tocarlo a pesar de que todos estos años lo he leído en mi imaginación, jugando siempre con todos los posibles poemas que debí haber enviado y a la vez escribiéndolos, sí, porque mi fracaso personal en Cuerpo Plural  significó para mí empezar a escribir con sentido total del oficio y de los pasos que daba, entender que la construcción de la belleza en mí, para compartirla con los demás, necesitaba algo más que la espontánea ebullición de la palabra sino que también urgía elegir la palabra que daba sobre el papel, esa nación intemporal donde estar presente significa hundirse o flotar sobre un abismo blanco.

Existe otra paradoja en esto: a la par de Cuerpo Plural ese mismo año fui antologado en La Herida en el sol, Poesía Centroamericana Contemporánea, de Sergio Ramírez (Editorial de la UNAM) y en ésta última, los poemas que envié están llenos de un contenido y forma que supera en creces la muestra anacrónica que mandé para Cuerpo Plural ¿Cómo se explica este dislate personal? Quizá la respuesta venga de otro dislate: las fechas en que recibí ambas invitaciones difieren en la condición anímica temporal en que me encontraba. En una estaba pleno y estable y en la otra era un monigote de la sobre explotación laboral en la agencia de publicidad en la que trabajaba. Si la poesía es intemporal -pienso ahora- el carácter y responsabilidad para con la poesía debe ser imperturbable siempre una vez que se asumió el oficio. “El tiempo y la época siempre tienen razón cuando existen y no la tienen cuando desaparecen” replicaría Sartre ante esta conveniente mirada desde once años después, pero no tengo otra forma de explicar que Cuerpo Plural es en realidad mi parte aguas respecto a dimensionar quién soy y en cómo la banalidad llega a mí, muchas veces, en oleadas tentadoras que luego solo me ofrecen costillares de naufragios.

El caso es que ahora, libro en mano, veo con claridad cuántas veces he estado al borde del suicidio literario y cuántas otras he decidido aprender a vivir de nuevo desde el comienzo, advirtiendo nuevas formas y ampliando el contenido humano de lo que escribo. Mi nombre no merecía estar en Cuerpo Plural, pero el hombre que soy sí ha merecido entender todas las implicaciones de aquella decepción.

F.E.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Poesía hondureña: Breve reseña de Karen Valladares al poemario “Las palabras del aire “ de la autora Rebeca Becerra Lanza



****
Nos vuelve el sueño.
Rebeca Becerra Lanza, siempre ha sido de las mayores influencias literarias en nuestro país. Es una de las voces femeninas que sigue incursionando en el campo literario en diferentes áreas, tanto narrativa como en poesía. En este libro Las palabras del aire, volvemos a descubrir a una poeta que se re descubre o nos habla desde su interior, desde su yo poético, pero hay otro instinto entre encontrarse y huir de ella misma y de buscar otros mundos. Veo el deseo intenso de ser, de estar en ese sitio que se vuelve su casa, su hogar, su refugio ese lugar imaginario lo vemos reflejado en su primer poeta “ soñé que estaba en un sitio, el punto exacto de una existencia que se debilitaba “ Aquí, repito, observamos la búsqueda del sitio, del lugar quizás al que si pertenecemos .
Vemos la inmovilidad, la permanencia de ser o no ser. Dos temas logrados en el primer párrafo de del poema antes mencionado. Y esto me recuerdo a lo que dice Hanni Ossotti: la casa, lo materializa cuando hace imágenes tangibles al respecto.
Sin duda la poeta Becerra Lanza, maneja todos los códigos sobre la construcción del lenguaje y la des construcción del mismo ( olvidando, claro está el discurso sobre la decontrucción del lenguaje de Derridá)” afuera el mundo” , la autora en este segundo poema, aclara su estado anímico, atípico a cualquier interioridad que la somete , la desolación, lo abrupto.
El uso de metáforas, acá, la poeta no la desliga en ninguno de sus textos, bien podemos percibirlos en los siguientes versos que tomaremos como ejemplos: “Yo era una roca que cantaba bajo la sombra de unos sauces”
• Fue duro ir al cementerio como una solitaria hoja “ pg 24
• Y me dolió la piel como si no fuera mi piel Pg 25 , “
• Soñá la sed de una risa marina” pg 28 .
Continuo diciendo que en este libro los poemas se vuelven un solo himno, la sencillez, la humildad la fluidez con la que la autora maneja el lenguaje poético y sigue sin error alguno . En su mayoría podríamos decir que el lenguaje cotidiano no es seguidamente usado en este conjunto de poemas ; aunque en algunos se desliga del tema inicial que es el deseo , y la búsqueda . La autora desde un monologo interior va dando las propias respuestas “ vamos a ver corazón por qué te hiciste demasiado solitario y dejaste de lado los fusiles “ pg 24, ella, la autora, exige al deseado, a lo perdido al intento que se vuelve así como una especie de batalla entre irse o quedase , una incertidumbre, quizá hasta una amenaza.
“ Háblame ahora que el se ha ido y tu te has quedado latiendo en mi pecho” pg 29. Seguimos viendo con claridad los temas que toca , el amor, el desamor, la búsqueda de lo que pertenecemos, , la noche, pero esta ultima no como simbología oscura , no como la muerte.
La muerte es un tema propio en este poemario.
Podría extenderme más y seguir hablando del sueño que tuvo la autora “ soñé que estaba en un sitio, soñé que atravesaba la oscuridad, soñé que era un río caudaloso, soñé los torbellinos…..
Este libro es un sueño, que todavía no termina de descifrarse . Pero ya lo dice Helen Umaña, la poesía nunca cesa de sorprendernos. Rebeca Becerra, reta a la propia soledad a la vida misma, a la muerte con sus propios discursos del yo interno.
Concluyo diciendo que es aquí donde encontramos lo sonoro, la plegaria, el antifaz , lo viceversa a todo al salto de la palabra, a las palabras del aire.
Honduras, 2018
Karen Valladares
Escritora gestora cultural, abogada.
Algunos de sus poemas de este libro a continuación:
Fue duro ir al cementerio
como una solitaria hoja
deshojada de la vida.
Escoger el hueco, el silencio;
el lugar para que te acomodaras.
Tu nombre era un pino en mi boca
que rezaba a la noche.
Lo dije:
-aroma en el aire-
luego fue un número
debajo de un árbol encendido.
***
Soñé los torbellinos de una pequeña cabeza
una mujer que entre mis brazos se convertía en gacela.
Yo tocaba su boca color del fuego.
Y ella quemaba mis dientes con sus labios
todo sin juntar nuestras bocas.
Inmediatamente apareció esta sombra que me hierve
en las venas
y me dolió la piel como si no fuera mi piel.

K.V.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Ivelisse Álvarez Santiago, Puerto Rico - La tomadora de soda


Presentación en Librería Mágica, Río Piedras.


Ya va siendo largo rato desde el Y2K, aquel interfase posgregorianojuliano donde el soporte fallido de la realidad informática amenazó devolvernos a las cavernas de la información. Todo pareció solucionarse. Visto desde la actualidad, el Y2K pareciera una vieja leyenda urbana de la virtualidad. Desde el año 2000, que ahora parece una fecha distópica y aún en espera, la realidad de los soportes de donde se nutre la sapiencia y reflexión humana ha cambiado radicalmente.

Una generación completa -disiento aquí por lo afirmado por Ivelisse Álvarez sobre la no generación - se ha sumergido en la interpretación del ser poético desde una realidad intelectual donde el branding no ha sido impuesto por la escalonada lectura de los autores fundacionales que intentaron transmitirnos la idea de su vida sensorial, aún y cuando Ginsberg, aún y cuando Marinetti, Bretón, Huidobro, Dante. La creación de los multidimensionales mundos de la web y de los video juegos también crearon multidimensionales  sentidos que se escapan a todo el arsenal melancólico de Kierkegard. Y es en eso que indaga Ivelisse a sus 23 años y en su segundo poemario (el primero fue Princesa Posguerra), lo que la hace una testigo directa de la palabra poética en esta generación que suele ser tan mal abordada en su fascinante complejidad.

Gaddiel Ruiz, poeta miembro de Ediciones Aguadulce junto a su directora Cindy Jiménez-Vera, ya escribieron sendas y puntuales presentaciones a este poemario, solo agregaría lo que Benjamín Noys adelanta -aceleradamente- en su ensayo Velocidades Malignas, a tono con lo que la misma Ivelisse dijera sobre el capitalismo, lo que viene a sugerir su lucidez respecto a la época en que escribe: "La pulsión acumuladora del capitalismo y su reducción del trabajo, así como su penetración en la existencia mediante la abstracción, modelan las condiciones de nuestra experiencia, dando lugar a una vívida impresión de dinamismo. El aceleramiento realza y celebra esto, pero lo que no supo captar fue un futuro de quiebra y de crisis: el frenazo en seco de la máquina de velocidad del capitalismo".

Maneras

En la forma en que se parten
la rama de los arboles
voy a encontrar
la manera
de que lo muerto resucite.

En ella
mi corazón se sabe
lo suficiente nihilista
como para decir que la belleza
son estos momentos.

Nada tienen que ver las flores
con los videojuegos.

En la forma en que me miras
voy a encontrar
la manera
denos desesperante
de morirme.



Junior Size

No quiero un mundo
de combos agrandados,
sino esta vida promedio
junior size, a la medida
de las experiencias humanas.

Una vida de estudiante,
siempre ready
para la procrastinación.

Quiero pasar muchas vergüenzas
y que nadie me pregunte
si todavía vivo aquí.

Quiero mudar el rostro
atavío
de mi propia calavera.

Quiero seguir viviendo quebrantada,
cavar una tumba
del tamaño de la muerte;
en unos cuantos años
me servirá.



No hay fotografías

de nosotros encorvados frente al televisor
jugando Red Dead Redemption,
de nosotros encorvados en una sala de espera
leyendo Pedro Páramo,
de nosotros encorvados
buscando cosas qué hacer.


Autofoto

Yo quise ser como los hipsters quisieron que yo fuese:
una bloguera subversiva;
una chica rota vestida con collar de Peter Pan.
Pero todas mis plantas suculentas se marchitaron
y mi cámara de fotos instantáneas
dejó de capturar buenas memorias,
y cactus y cafés;
no retrató sino mi rostro fraudulento,
mi expresión de niña narcisista
cansada para siempre de mí.

Yo quise ser como mi abuela
en su época de guerra o de liberación.

Vi las primeras temporadas de New Girl
y nunca terminé de leer
los poemas reunidos de Julia.

Y fui
la chica hipster, la chica millenial...

Yo quise ser como los hipster quisieron que yo fuese:
una bloguera fotogénica,
una chica cool de internet.
Pero ya estoy hecha de nostalgia
y la niña que yo era
en el álbum familiar de los 90
se quedó mirándome crecer.



Gingsberg, how do I look? (Fragmento)

I

Las niñas de mi generación
vimos la película de Pocahontas
y procuramos un espejo
donde el mundo
pudiera reconocernos.

Las mejores mentes de mi generación
usaban espejuelos
y sufrieron bullying en la escuela
para conocer el mundo.

Sino fuera porque tiene
demasiadas excepciones,
mi generación
llevaría puesta una camisa
cosida con el hilo de salvar el planeta.

Mi generación habla del siglo 21
en pretérito imperfecto.

Nos suscribimos
a un canal de YouTube
donde Trump es parodiado
y el número de views
es el número de años
que debemos retroceder
para mirar dinosaurios,
el número de views
es lo más importante.

II

Estoy contigo en el cine,
donde estar a tu lado
es un ojo de huracán
sin nombre
y alguien predice
el amor subtitulado
en otra parte de la sala.

Estoy contigo en el cine,
donde el piso
tiene palomas lejanas
de la plaza de Ponce
que ha dejado de ser
un gran escenario en distopía.

En donde han pronosticado el silencio
como una especie de aguacero
que se interrumpe
y ordena callarse a sí mismo
porque creyó ser un trailer
de la ultima sequía.

Estoy contigo en el cine
y la pantalla dice Caribbean
porque esto también es el mar
y estamos a punto
del naufragio
en algún vaso de refresco.



Pronóstico de un no lugar


La verdadera lluvia sigue cayendo.



Milagro fallido
uno es de donde llora
Elvira Sastre

Transformar
el agua en vino
en corn syrup
en petróleo
en cáncer
en efecto secundario.



Forastero

Intuirás el camino
sin rastro de viajero solitario
y descubrirás que los extraños
no tienen nombre propio.

Aprenderás a estar.

Serás de donde llueva
de donde se consuman
los sabores de la angustia
lo que bebieron sin saberlo en otro tiempo
ancianos peregrinos
para no morirse de nostalgia.

Irás al paso de la vida
y convencido
de nada serviría volver
porque uno es de donde el dolor
se queda para siempre.





domingo, 23 de septiembre de 2018

Almost Famous



Cada vez que entro al Facebook y miro la inagotable presencia de muchxs escritorxs en eventos, presentaciones, en selfies junto a otros escritorxs del mismo medio o, por buena cacería, junto a un escritor de talla mundial, me pregunto ¿cómo se puede ser tan importante y famoso todos los días? ¿De dónde surge esa necesidad? ¿Cómo se sostiene la trascendencia de un grupo de amigxs escritorxs que más parece una tropa scout o un grupo de adolescentes en excursión? De no haber leído ya algo de esos escritores -quizá por pura casualidad o porque los escuché de primera mano- ¿me serían dignos de confianza con todo y sus poses, su "constante alegría" o sus llamados de Miss Universe: amemos a los niños del mundo? ¿Qué cosa es esa fama donde las lecturas no pasaron de 10 personas, 8 de ellas amistades de farra? ¿Todo es una gran terapia grupal ambulante?


Virgilio, en La Eneida, describe la Fama en los términos más negativos, así como el pensamiento greco-latino supo advertir al observar la intensa farandulización de los nuevos ricos en el imperio:

"Fue aquel día el primer origen de la muerte de Dido y el principio de sus desventuras, pues desde entonces nada le importa de su decoro ni de su fama; ya no oculta su amor, antes le da nombre de conyugal enlace y con este pretexto disfraza su culpa. Vuela al punto la Fama por las grandes ciudades de la Libia; la Fama, la más veloz de todas las plagas, que vive con la movilidad y corriendo se fortalece; pequeña y medrosa al principio, pronto se remonta por los aires, y con los pies en el suelo, esconde su cabeza entre las nubes. Cuéntase que irritada de la ira de los dioses, su madre la Tierra la concibió, última hermana de Ceo y Encélado, rápida por sus pies y sus infatigables alas; monstruo horrendo, enorme, cubierto el cuerpo de plumas, y que debajo de ella tiene otros tantos ojos, siempre vigilante ¡oh maravilla!, y otras tantas lenguas y otras tantas parleras bocas, y aguza otras tantas orejas. De noche tiende su estridente vuelo por la sombra entre el cielo y la tierra, sin que cierre nunca sus ojos el dulce sueño; de día se instala cual centinela en la cima de un tejado o en una alta torre, y llena de espanto las grandes ciudades, mensajera tan tenaz de lo falso y de lo malo como de lo verdadero".

Virgilio- La Eneida, Cuarto Libro.

Un imperio, sí, la fama y el like, pero ¿quién leerá cosas tan importantes? ¿o será la imagen prueba suficiente de la valía una vez que nadie irá más allá de ese tropel de lobeznos felices que aparecen en perpetua fiesta y mutua felicitación, complaciente felicitación en el giro más profundo que ha dado la existencia del intelecto actual donde la felicidad creativa es una felicitación?

F.E.

jueves, 20 de septiembre de 2018

Cada poema tiene sus propios muertos: breve reseña sobre Obituario Puertorriqueño contrastado con Spoon River - Fabricio Estrada


Cuando se lee Obituario Puertorriqueño de Pedro Pietri contrastado con La Colina (poema inicial de Spoon River), de Edgar Lee Master, pareciera evidente que se hace una lectura de espejos, donde los paralelismos se nos presentan obvios como temática elegida: los muertos volviendo a la vida a través de la evocación poética. Pero al leer detenidamente, nos damos cuenta de que los muertos llamados a resucitar en el texto no son los mismos y que el lector de ambos poemas no es, tampoco, el mismo. Quizá el viejo cementerio de Spoon River tenga la misma función de depositario de luchas anónimas como sucede con el cementerio de Long Island (Es un largo viaje que no da ganancia/ desde el Harlem español/ hasta el cementerio de Long Island, escribe Pietri) pero las luchas finalizadas para los muertos dormidos en La Colina de Lee Master, se leen desde otro paradigma de la moral que poco tiene que ver con la forma en que el lector boricua lee y se reconoce en el Obituario Puertorriqueño. Porque el largo viaje para llegar a morir a Long Island no tiene nada que ver con un regreso a la patria -como se describe en La Colina- luego de haberse ido a vivir a Londres o a París, no; irse a morir a Long Island es morir en patria incierta luego de un frustrado camino de superación, desterrados, desclasados, enfrentados.

Los muertos de La Colina, según describe Lee Master, mueren de una vida casi pendenciera, casi de sordidez doméstica (en un burdel, en una cárcel, frustradas por el amor, con el orgullo roto) en la que los recuerdos de las guerras -ya sea la Guerra de Secesión o la Guerra contra España- son la mayor tensión utilizada como dilema moral, contrario a las personas que menciona Pietri, aparentemente muertos aunque vivos por obra y gracia de la multitud de sustitutos continuos dispuestos a sufrir el destino de los tantos Juanes, Olgas, Milagros, Manueles que siguen llegando desde Puerto Rico a Estados Unidos: todos murieron ayer hoy/ y volverán a morir mañana. Hago hincapié en esta posición del cómo se leen ambos poemas porque sin duda es en el imaginario del lector donde se contrasta y se corrige el fácil señalamiento de influencia desmedida o, en el peor de los casos, de plagio. Un lector estadounidense diría de inmediato que Obituario Puertorriqueño no es más que una versión de Spoon River (1915), así como un lector puertorriqueño diría que Poema de Amor (1974), de Roque Dalton, es una versión de Obituario Puertorriqueño (1969), siendo del todo equívoca esta apreciación ya que es el paradigma moral del lector el que recrea lo leído desde una muy distinta territorialidad cultural. Es así, que en Obituario Puertorriqueño podría afirmarse como muestra de una apropiación cultural del canon literario Spoon River para deconstruirlo y elevarlo a categoría de resistencia a esa misma cultura que cosifica y reduce al puertorriqueño asimilado o en busca de la supervivencia. Todos ellos murieron/ como muere un héroe con ropa del distrito/ en un sándwich/ a las doce en punto de la tarde/ las cenizas del número de seguridad social/ se unieron para quitar el polvo de las deudas. La heroicidad de los viejos combatientes dormidos en La Colina, nada tienen que ver entonces con los héroes de la supervivencia en la marginalidad colonizada descrita por Pedro Pietri. Y eso es algo que un lector con mucho sentido de la moralidad lo sabe. Cada poema tiene sus propios muertos.

F.E.

miércoles, 13 de junio de 2018

El olfato de Argos exige un monumento



Abordo por primera vez La Odisea, de Homero, desde el punto de vista de lo paródico y lo autorreferencial y me ha dado una nueva forma de entender el alma griega, la matriz de sus comedias o tragicomedias. No en vano Aristófanes llegó a darle frescura a un ámbito teatral dominado por la tragedia, la cual le dio al pensamiento creador una profundidad tal que necesitó, en un momento dado, de superficie, pero no de superficialidad. La profundidad de la épica y de la tragedia pudo ser hacia los abismos del cielo o de la tierra, pero faltaba lo que sucedía a ras de suelo, es decir, en la historia cotidiana de los hombres y mujeres testigos del combate de los dioses.

Es aquí donde me concentro para afirmar que Homero anticipó esa necesidad y, luego de crear la gran épica de La Ilíada, advirtió (o adelantó ya en la misma Ilíada) lo que los griegos necesitaban escuchar de sus aedos. ¿Dónde estamos nosotros en medio de este conflicto de eternidades? -se habrán peguntado los testigos de los cantos ¿Dónde regresan los héroes para curar sus heridas y ocultar sus fracasos? Homero nos da la respuesta encarnando en Odiseo todas estas preguntas, pero, sobre todo, haciendo de Odiseo un auténtico Nadie, el anónimo sublime que será puesto en sospecha, despreciado, expulsado, perseguido. Ya en una escena de La Ilíada, en medio de un combate, Odiseo comienza a bajar de estatura interpelando a uno de sus hoplitas rasos cuando éste le ruega que se retiren, que están perdidos ante la acometida de los teucros. Odiseo lo insulta y le zahiere por su baja condición moral y cobardía que él identifica como condición de clase, sin intuir que los dioses le harán pasar todo un purgatorio a su regreso a Ítaca, moralmente deformado y asiéndose a la supervivencia como cualquiera, haciendo uso de la mentira constante y de frases patéticas en los momentos donde la perdición ya era casi su destino.

Por ello, desde que La Odisea inicia, el mismo Telémaco se encuentra en una situación patética, rodeado de vulgaridad y sentimientos de asco ante la grosera promiscuidad que los pretendientes de Penélope, su madre, han impuesto en la casa de su padre, presumiblemente muerto en Troya. La insolencia de unos pretendientes casi en estado de celo permanente se ríe de la aún frágil figura del hijo del héroe, algo que hasta los mismos dioses escandaliza: “Digo yo que, a la mesa sentados, en tu propia casa, estos hombres el límite pasan de toda insolencia; ante tanta vergüenza airaríase un hombre sensato” (Atenea a Telémaco). Los pretendientes no entienden de razones ni de ética alguna en un escenario donde la heroicidad desapareció y ante los señalamientos coléricos del joven Telémaco responden con cinismo: “Nos afrentas hablando. Pretendes manchar nuestros nombres. De tus males no culpes a los pretendientes, inculpa solamente a tu madre, pues nadie en astucia la iguala… esperanzas da a todos” (canto II). Esta dureza va haciendo madurar a Telémaco, en una orfandad lastimera: “No alcancé todavía la edad de luchar. ¿Es que acaso seré siempre un ser débil, un hombre carente de arrojo?”  (Canto II), y por supuesto que ya tendrá ocasión de demostrar lo contrario.

Por otra parte, Menelao mismo aparece rebajado de su estatura en las exigencias de sus siete años de supervivencia para regresar a Lacedemonia. ¡Ha debido engañar al Anciano del Mar disfrazándose de foca! ¡Imagino las carcajadas que este pasaje debió causar entre el vulgo griego presente en el canto de La Odisea! (Canto III) Y aquí comienza otra pregunta más inquietante: ¿Por qué a Menelao solo le costó siete años regresar a Lacedemonia y en cambio a Odiseo le llevó veinte años? ¿Quizá porque el sacrilegio de Odiseo fue de mayores consecuencias? El caso es que Menelao regresa a morir como vivió, en medio de un triángulo erótico perverso, muy diferente al impulso vital de Odiseo a quien la vida, como un ardid, signa. Y del ardid no se sustraen los personajes que va encontrando en su retorno a Ítaca. Odiseo sufre la respuesta de los dioses y mortales que le van poniendo pruebas cada vez más difíciles y en las cuales solo el recurso de la sagacidad y el engaño sabrá sacarlo adelante. Este es el caso del intento manifiesto de Nausica por hacer de Odiseo su marido soñado, poniendo en boca de otros lo que ella desea: “¿Quién es el forastero tan alto y tan apuesto que sigue a Nausica? ¿De dónde lo obtuvo? ¿Será su marido?... ¿o es el dios que suspirando por ella vino a sus ruegos, descendiendo del cielo, dispuesto a vivir a su lado?” (Canto IV, Los Feacios). No está de más decir que Odiseo se ha escurrido de los compromisos ofrecidos por diosas y humanas, de lecho en lecho, como un temprano Casanova de la literatura. Las aventuras sexuales han sido su pasaporte para ir avanzando en la historia, algo que debió poner picante entre los diversos públicos que escuchaban los cantos.

Pero ¿quién cantaba realmente toda esta historia? ¿Habrá sido toda una trama autorreferencial donde Homero creó a Odiseo y a la vez creó al poeta de la cotidianeidad y no al sacro poeta inspirado directamente por la diosa? Al trasladar la narrativa de la diosa al aedo comienza a la vez el canto autorreferencial, es lo que opino. La poesía deja de ser sacra en La Odisea y ya no es propiedad de la diosa que dicta las palabras, sino que son los actos del hombre los que empujan a las palabras. Aquí ya no es el Canta, oh diosa, de La Iliada. Demódoco, el aedo de la corte de los feacios puede ser una encarnación de Odiseo y también Fenio, el aedo de los pretendientes en el palacio de Ítaca. De cualquier forma, es Odiseo quien termina tomando la voz del aedo que apenas alcanza a saber sobre las verdaderas dimensiones de la aventura humana. Así, en el Canto IX, al revelar su nombre, Odiseo comienza directamente a tomar posesión se su verdad, incapaz de contener su dolor por lo que escucha en boca de Demódoco, algo que Ancinoo, el rey feacio, no pasa por alto: “Tu embelleces las cosas que cuentas y piensas lo noble y con la habilidad de un aedo contaste el relato de los grandes trabajos que tú y los argivos pasasteis” (Canto IX). Ese dolor inocultable es la raíz de la nueva poesía, entonces, el desamparo, la orfandad, la humillación, y es así como nace Nadie. Como Nadie vencerá al cíclope Polifemo, como Nadie ha llegado a Feacia, como Nadie escuchará a las sirenas (“Nadie, amigos, me mata engañándome y no con la fuerza…” grita Polifemo a los demás cíclopes. Canto IX) y como Nadie, por fin, se presentará ante Eumeo, ya de vuelta en Ítaca. Ha tenido que mentirles a todos y a todas y en el ínterin, ha alcanzado una dimensión humanísima que sus propios compañeros advierten, al punto de codiciarle los presentes que Eolo le ha entregado, incluso el saco donde se encierran “Las rutas de todos los vientos” (¿el destino?) ¿No habrán sospechado que algo se traía entre manos Odiseo al pedirles que todos taparan sus oídos con cera excepto él? ¿Qué escucharía? Bien sabemos que a los antiguos griegos les fascinaba el juego de los enigmas que entregaban los oráculos: “No te pares -le dijo Circe- más tapa el oído a tus hombres con cera previamente ablandada, de modo que nadie las oiga” (Canto XII). El amotinamiento ya había comenzado cuando fue evidente que Odiseo sale adelante en todas las pruebas a expensas de la muerte de toda la tripulación, hombres comunes que no tienen nada que ofrecer a la posteridad más que un remo sobre un túmulo fúnebre (Élpenor y su petición en el Hades, Canto X).

Las diosas están con Odiseo, sin duda alguna, y la concupiscencia lo protege, algo que no agrada a los dioses varones. Las diosas lo quieren para ellas y se exasperan, como amantes irremediables, ante el evasivo y voluntarioso Odiseo. Dos veces es regañado Odiseo, por Circe y por Atenea (“… sólo piensas en luchas y riesgos de guerra” le espeta Circe cuando le explica cómo librarse de Escila y Caribdis, Canto XII. “Ya perdiste, Odiseo, la fuerza y vigor con que antaño al luchar por la noble de brazos nevados, Helena, demostraste a los teucros…”’ le azuza Atenea cuando ve flaquear a Odiseo en su combate contra los pretendientes, Canto XXII) Quizá sea esta concupiscencia la que ha retardado, de lecho en lecho, el retorno de Odiseo y quizá todas las aventuras que ha narrado tienen su origen en un sacrilegio supremo: la idea de construir el caballo de Troya. Su castigo será mentir siempre, lo cual reduce su integridad a ante la paciente y prudente Penélope… o su heroicidad. Quizá su única redención posible ha sido dignificar en él mismo a los Nadies, comer el banquete de los Nadies (el porquerizo Eumeo ofreciéndole un sencillo plato en las mismas porquerizas, Canto XIV) y escuchar la verdad en el genuino canto de los Nadies: “A los dioses dichosos no agradan las obras perversas, premian lo que es más justo y los actos sensatos de los hombres, aún aquellos que invaden ajeno país, enemigos y varones malvados, y Zeus el botín les permite y, repletan las naves, embarcan y a casa regresan, también sienten temor de que en ellos se venguen los dioses” (Canto XIV) ¡Eumeo, en su propia cara y sin saberlo, le canta las verdades de su suprema inmoralidad a Odiseo! “Temerario y artero, incansable en ardides -le dice Atenea cuando lo escucha mentir- ¿No puedes siquiera en tu patria dar fin a tamañas mentiras ni a los falsos relatos que siempre han sido tu gozo?” Probablemente, Homero, ha decidido revelar a través de la boca de Atenea lo que ya se sospecha: la Odisea de Odiseo jamás existió, lo que hemos leído es solo el invento de un aedo llamado Odiseo, incontinente en fantasía, un aedo que hila y deshila mentira tras mentira, como la trama que la misma Penélope hace y deshace en sus noches de espera. 

El gran burlador ha triunfado, aunque hayan pasado veinte años y es irónico e hilarante a la vez, que solo un perro, Argos, lo haya olfateado. Si hacemos caso a esta lógica, entonces debemos asumir que en verdad Odiseo regresó anciano y que el combate con los pretendientes fue imposible, así como Eumeo lo sentencia: “Y tú, anciano, que tanto sufriste, si un dios te ha traído, no desees congraciarte halagándome con falsedades, pues ni amor ni respeto de mí alcanzarás de este modo, sino por el temor a Zeus y la piedad que me causas” (Canto XVII).



Fabricio Estrada