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viernes, 3 de marzo de 2017

Pólvora serás, cuento - Fabricio Estrada, Honduras

 

 Este es el relato que la revista Maga, de Panamá, me publicó el pasado diciembre 2016. Agradezco a su director, Enrique Jaramillo Levi.

 

Pólvora serás

Por Fabricio Estrada
(hondureño)
I

Algo irreprimible le hacía leer cada pedacito de noticia que restaba de los petardos.
Siempre fue así, desde que aprendió sus primeras palabras en la escuela, sentía una especie de humo denso en la cabeza cuando las barrenderas iban con sus escobas por las calles después de cada veinticuatro de diciembre. Se preguntaba ¿y si la noticia más importante se está yendo a la basura? Entonces se interponía entre las escobas y agarraba puñados de esas florecitas reventadas en que se convierten los diarios hechos petardos y leía, leía ávidamente en voz alta …ganancias para la compañía, algo… a caballo entre la reinvención y la gloria… como ahora ¿pero sentimos el sentimiento del que sufre?... la conciencia popular con su ejemplo… el traje típico que modelará durante… las barrenderas le daban escobazos en las piernas mientras él iba metiendo el papel en una bolsa plástica y corría con ella hacia el patio de su casa.
Con las manos grises por los residuos de pólvora, desdoblaba los papeles y los desplegaba en un orden inexacto pero con mucho sentido para su ansiedad. El asunto era serio. Una compañía debió de crear algo importante, a caballo entre la reinvención y la gloria, algo que podrá darle a la humanidad la capacidad de sentir el sentimiento del que sufre y que entrará a la conciencia popular como un traje típico bien modelado representa a cada país. El sabor ferroso de la pólvora inundaba su desayuno. Tan deprisa como podía, tragaba como gigante y saltaba hacia la calle sintiéndose un cohete silbador de los que seguían escuchándose por todos los barrios de la ciudad.
Supo dónde reunían los bultos de papelillo más grandes por la lógica de dónde habían tronado con mayor fuerza los morteros y las cebollas. Y ahí estaban, sí, casi cordilleras hechas picadillo, los miles y miles de fragmentos y la posible gran noticia que sólo él podría descodificar. Se lanzó a reunir lo que pudo. Encontró muchos petardos sin reventar y sacando una cajita de fósforos, reventó cada uno de ellos con la ansiedad más desconcertante. Las señoras se reían desde las puertas de sus casas; escobas en mano también, apenas alcanzaban a decirle que no regara nada y que tuviera cuidado en reventarse él mismo los dedos. Él se molestó y les gritó que agradecieran lo que hacía, que les iba a dar una noticia un día de estos que las dejaría con las jetas abiertas. Ante esta respuesta una de ellas dijo, como si la intuición le susurrara algo: este niño sí que es chispa pero demasiado explosivo.
Y lo que dijo tenía mucho de razón, porque él sentía que sus venas eran como mechas y que la rabia fulguraba y encendía blanquísima en ellas si no comprendían lo que hacía. Ya su papá le había dejado ir varias tundas ante sus rabietas. ¡No lo ves! ¡No lo ves! ¡No me puedo concentrar si me están preguntando a cada rato!
Este bulto era prometedor. Los pedazos eran de morteros de a veinte y de a cincuenta. Muchas esquinas de publicidad, mucha sonrisa de misses y grandes extensiones de noticias de todo el mundo…la situación más complicada, ya que al mismo tiempo el origen de desplazados… la escalada de violencia por parte de… los congresos de ambos países se espera… el cual ya comenzó a pagarse… la agencia ACAN-EFE en horas de la noche… Hoy su madre y su hermana sentirán cómo su hogar se hace gigante… ¡Ahhhh, vaya! ¡Aquí está! Saltó por todos los cuartos y gritó desaforado a todos los que pasaban, tanto que tuvieron que calmarlo con profunda preocupación. Su mamá lo metió a la cama, dijo que tenía fiebre y no dejó de abrazarlo hasta no sentirlo absolutamente calmado. ¿Qué pasa, mi amor? Le preguntó. Con sus ojos en otra parte, él comenzó a decirle lo que ahora sabía. He leído casi todos los petardos. En los petardos se escondía una noticia que nos cambiará la vida. La mamá lo miró con ternura. ¿Para eso ibas a recoger todos esos papeles? Mi amor, sos tan bello. Pero al mirar que ella se enternecía con clara intención de considerarlo un juego inocente él se incorporó y se apoyó con tensión contra la pared; apretando sus labios le dijo: una súper compañía de investigación ha descubierto algo único, algo que tiene que ver con la forma en que sentimos el sufrimiento de los demás, no te riás… todos en este país cambiarán, los que se van del país regresarán todos al mismo tiempo y habrá mucha violencia, tanta que ni los congresos de los demás países podrán detenerla, lo pagarán, así lo informarán las noticias, por la noche, y vos y mi hermana, cuando lo sepan, sentirán que la casa se hace gigante gigantegigante. Abrió los brazos con gesto exagerado y su respiración se volvió agitada. Al comprender que era mala idea contradecirlo, su mamá lo dejó, fue hacia el patio y barrió con cuidado todos los restos que estaban regados. El olor a pólvora era penetrante así que roció desinfectante y lavó a profundidad el resto de la tarde. Nunca más pudo quitarse esa extraña sensación que le quedó de las palabras de su hijo. Ni el olor a pólvora de sus manos.
II
Reventaba a cualquiera por dos mil bolas o menos, según la necesidad. Luego los envolvía en papel periódico y los sellaba con masquintei. Así los encontraban al día siguiente y nadie imaginaba lo que ocurría cuando la última vuelta de la cinta apretaba bien el cuerpo: el sicario leía cuidadosamente las noticias que cubrían su encargo y anotaba en una libretita lo que leía …sin embargo comenzaría el juego de ida y vuelta… en un video publicado en las redes sociales… debido a la tardanza en la ratificación del protocolo… súper mega rematón… en busca de un candidato único… Luego de darle vuelta y revisar una y otra vez la noticiosa mortaja, se largaba de ahí pensando siempre que, viéndolo bien, el despachado parecía de largo un enorme petardo. Llegaba a su casa y se acostaba de inmediato. Soñaba que le ponía una larga mecha a uno de los tantos que había matado y que luego soplaba -con paciencia cercana al amor- la pequeña chispa que se iba agrandando y aligerando hasta detonar al muerto. PUM y los papeles flotaban y él corría casi como bajo el agua, despacioso, casi una escena melancólica que le angustiaba mucho porque trataba de leer lo que estaba escrito en los pedazos y no podía.
Por eso amanecía de muy mal humor. Repasaba lo anotado en la libretita, pero lo que resultaba de la descodificación no le daba continuidad a aquello que creyó revelador de niño. ¿Qué diablos podría significar que el juego de ida y vuelta comenzaría y que se vería en un video en Facebook? ¿Quién se estaba tardando en el protocolo por causa de las ventas extraordinarias? ¿Quién era ese candidato único? Apartaba las hojas de los periódicos que inundaban el taller de cohetería. Despacio, como lo hacía cuando pensaba profundamente. Ese era su ritmo desde que decidió meterse al negocio de la pólvora. Tomaba las tijeras con firme lentitud, y recortaba patrones justo a la medida del petardo que multiplicaría por miles, y no dejaba de observar las noticias y anuncios hechos trizas, aunque poco a poco sintiera que iban importándole menos. Debía hacer lo suficiente para vender toda la pólvora que acumulaba en la bodega, hacer que su madre y su hermana se fueran lo más pronto al puesto del mercado antes que llegara la competencia y la policía municipal a decomisarles el esfuerzo. Desde que murió su padre  tuvo que redoblar su capacidad de apretujar la pólvora. Su padre nunca estuvo de acuerdo en que pusiera un negocio que apenas duraba un mes y eso se lo pasaba repitiendo día tras día. Así fue como se encendió esa chispa que buscaba camino en la noche hasta estallar en la nuca del cliente de turno. Un mes sosegado y once meses desatado, se decía para adentro, no hay de otra, hay que buscar un cuerpo donde meter tanta pólvora encapsulada dentro de uno. Su padre nunca estuvo de acuerdo, ni cuando le contó del primero, ni cuando le contó del séptimo, ni cuando llegó a contarle del treceavo. Lo miraba con rabia y asco en medio del almuerzo, cuando raspaban el plato con una tortilla quemada y al fondo, la radio decía que habían encontrado otro cuerpo envuelto en papel periódico. Murió con ese azufre en las últimas palabras que le dirigió: te van a buscar, sufrirás lo que sufrieron ellos, vos serás la noticia, cabrón.
Vio cuando los ojos de su padre se fueron secando y salió rápido del cuartucho a avisar que ya se había muerto el viejo. Cumplió con cargarlo junto a otros vecinos, cumplió con enterrarlo y recibir condolencias, luego regresó a la bodeguita para seguir liando petardos hasta muy tarde, tan ensimismado estaba que dieron las seis de la mañana del siguiente día y apenas escuchó que algo había golpeado contra la puerta que da a la calle. Fue a abrir y se encontró con el cuerpo de su padre medio envuelto en periódicos llenos de tierra. Tierra fresquita. Negra. Se paró despacio a mitad de la calle para ver quién pudo ir a desenterrarlo. Su madre y hermana salieron a prisa a gritar el espanto y él no se inmutó. De pronto le vino todo el sueño que debió tener la noche anterior pero aun así tuvo las fuerzas para levantar el cadáver y ponerlo sobre una banca en espera de que los vecinos llegaran a ayudarlo. Fingió no escuchar nada cuando las doñitas empezaron a decir algo sobre el cuerpo envuelto en periódico, aunque le entró una gran curiosidad por ver qué noticias traía el cuerpo del más allá. Leyó despacio con un genial juego de luces… quería apartarse de los dramones familiares… si en persona ella resultase radicalmente distinta… los choferes tienen que descontar los gastos de gasolina… el diaconato femenino revelará… Nada nuevo para él que ya estaba poniéndose harto de esa manía descifradora. Volvieron a enterrarlo y de nuevo le regresaron el cuerpo a la puerta de la bodega, esta vez con el empapelado finamente hecho con cientos de recortes de pistolas salidas en las noticias. El rostro de su padre al descubierto, con su verdosidad porosa, daba una impresión que él no había sentido hasta ahora. Era lástima, era mutuo acuerdo en los ojos. Por fin se comprendían y ya era la hora que vinieran por él.
Fue en busca de su libreta y anotó las oraciones que leyó. Se desligó del segundo funeral y de los desgarradores gritos de su hermana que le decía que no podía dejarlas solas con ese dolor, que dejara de estar enrollando eso, que ya nadie le compraría. En ese momento cerró los ojos y se imaginó que sería mejor que en lugar de tierra cubrieran el cadáver de su padre con toda la pólvora que tenían allí para luego prenderle fuego, el fuego más breve e intenso que evitara un nuevo desentierro. Pasó la mañana y comenzó un calor infernal. Su madre y hermana se había encerrado en el cuarto detrás de la bodega y murmuraban lo que ya murmuraban en el barrio, que los iban a matar a todos por todos los que había matado él, que se habían dejado venir unos mareros desde el norte con el único fin de reventarlo y que con él se irían ellas también.
Cuando se escuchó el motor de la moto él había tomado una biblia y la hojeaba por el puro placer de sentir ese papel que no aguantaría ni para hacer unas chispitas del diablo. En la moto venían a toda velocidad dos sicarios que se cubrían el rostro con primeras planas, apuntaron sus akas y la lentitud fue tal que las chispas de las balas pudieron servir para ponerlas de estrellas sobre un árbol de navidad, tan lentas que las tomabas en el aire y sentías sus puyitas, tan precisas en buscar el grueso del polvorín que cuando todo estalló y él giró su rostro hacia atrás pudo ver a su hermana y su madre corriendo hacia el baño haciéndose gigantes junto a la onda expansiva de la casa mientras él se convertía en estatua de pólvora.
Eso fue lo que encontraron y lo que un bombero convirtió en viral en las redes sociales, una estatua perfecta de negra fragilidad a la que el primer viento hizo desaparecer. 

Otro Lunes me publica un cuento



Desde hace varios años, y paralelo a la escritura de poesía, he venido escribiendo relatos. Los he guardado como una lectura de mi propio diario, como un guión personalísimo donde esbozo historias que me rondan en sueños y que expanden ciertos narrativas que desbordaban mis poemas. A partir del año pasado decidí publicarlos más allá de los tres relatos que haya publicado discretamente en este blog. La revista Imaginación, que dirige Julio Escoto en San Pedro Sula, Honduras, me publicó en el 2015 El movimiento de los chasis, Maga -dirigida por Enrique Jaramillo- me publicó el pasado diciembre el relato Pólvora serás, en Panamá, y ahora, gracias a la puntual recomendación del poeta y ensayista méxico-salvadoreño, Antonio Cienfuegos, la revista Otro Lunes, de España, me publica el relato La cabeza.

Les invito a pasar:

http://otrolunes.com/45/en-la-misma-orilla/la-cabeza/

martes, 19 de abril de 2016

Un cuento que sale a luz, El movimiento de los chasis


Comencé a escribir cuentos hace mucho. Voy agrupándolos poco a poco y con mucho respeto, a tal punto que guardo la mayoría de lo que voy haciendo. Julio Escoto me preguntó hace un año si contaba con algo que narrara en sus atributos cierta desolación y obsesión amorosa. No lo dudé y le mandé este cuento, El movimiento de los chasis, especie de narrativa fetiche, feto armado de piezas mecánicas que hoy recorre la Revista Imaginación. Sonrío y me comprometo. Sí, es tiempo.

domingo, 17 de enero de 2016

Ctesifonte - Cuento de Fabricio Estrada



En ninguna de las traducciones sobre la tentación se ubica el lugar donde hemos sido tentados alguna vez. Sin embargo se coincide que el sitio debe tener una altura suficiente para abarcar de una sola mirada a las naciones, que debe soplar el viento y escucharlo en muchas lenguas, incluidas las muertas. Yo he hablado en lenguas muertas mientras duermo y también he sido tentado por el vacío. Muchas veces el lugar más alto fue a ras de suelo y ninguna nación se me presentaba adelante, sólo mi sombra como la sombra en picada de una torre insignificante que se iba abajo, socavada por las aguas.

De elegir un lugar para la mayor de las tentaciones -las tentaciones pueden ser inmisericordemente pequeñas- elegiría ese arco del antiquísimo palacio real de Ctesifonte. Desde ahí vería las ruinas de las naciones y el viento y la lluvia silbarían su tonada antigua. Quiero quedarme con esa imagen de Ctsesifonte antes de vaciarme en el espanto, sí, pero sobre todo, quisiera creer que la persona que está ahí, tendida en el patio, absorta y mal oliente ante la eternidad y su altura, puedo ser yo, en cualquier lugar, en cualquier hora insulsa.

El invierno ha sido tan denso en los últimos meses y ha hecho que de la sensación melancólica de las primeras ráfagas pase de inmediato a una sórdida repulsión por todo lo que las gotas pudren. En medio de una sensación ausente, cada gota de lluvia que escucho me va aplastando cada vez más y cada noche, cada tarde es el día en que Ctesifonte eleva ruinas y tentaciones para luego derribarlas lentamente, en una masa húmeda. He considerado necesario repetirme en voz alta lo que germina dentro de mí como hiedra mala y asfixiante. Escribirlo en las más altas horas de la noche mientras afuera se va sumando el sonido de los mangos que caen, podridos, llenos de agua, ya abiertos por sus gusanos transparentes. Caen con un golpe sordo, una tras otro, durante días y días. Caen y cubren el patio como bubones de una peste incurable venida del cielo.

Noche tras noche ese sonido seco de los frutos que esperábamos en casa desde el verano. La primera floración completa de un árbol que sembramos hace muchos años y que jamás tuvo la fuerza necesaria para hundirse en la plataforma arcillosa donde fue construida esta urbanización inhumana, yerma. 

Cuando lo vimos crecer nos alegramos de saberlo el único que pudo hacerlo en toda la colonia, aunque sabíamos que su copa era desmedida para sus raíces y que su sombra era enferma, pálida, incapaz de dar frescura. Eso era lo que más nos intrigaba. Estar bajo él era como permanecer de pie ante un horno de brazas espectrales. Ni siquiera los pájaros se detenían en sus ramajes –al menos nunca los habíamos visto- ahuyentados por cierta vibración que comenzaba en sus hojas más bajas y que terminaba en la punta más quebradiza de su achatada silueta. Aún así lo integramos a la conciencia de la casa, como se le da espacio a una mascota informe, a una torva criatura que se asume a pesar de su  evasiva certidumbre. Muchas veces quise cortarlo y muchas veces desistí de ello pensando en darle más tiempo para que acumulara savia buena –eso pensaba en ese entonces-, aún y cuando hasta sus hojas recientes muy pronto iban adquiriendo manchas blancas primero y luego un creciente rubor café que las iba estrujando rápidamente hasta hacerlas polvo. Quedaba seco durante mucho tiempo hasta que de improviso regresaba su intento, como la profunda inhalación y exhalación de un viejo animal en agonía. Esta vez sí echará frutos, nos decíamos, pero la marea café regresaba desde su interior, las pústulas afloraban en su corteza, su lepra lo abrasaba en su viscosa fiebre. Y así, volvíamos a pensar en arrancarlo de cuajo. Hasta este fin de verano en que las pequeñas florecillas amarillas brotaron fuera de estación. Y luego las diminutas frutillas, como una colección de verdes corazones de aves que alguien fue colgando con suma delicadeza. Nos alegramos mucho ante el súbito portento pero, inmediatamente, al acercarnos a su tronco, tuvimos un sobresalto al encontrar alrededor de él restos de plumas ya convertidas en humus. Eran cientos de plumas de todos los tamaños.

2

Esa misma noche comenzó a llover. La lluvia caída sobre cada ruina del mundo desprendía los mangos que, en su oscuro percutir, nos iba sumiendo en una profunda tristeza. Apenas cerrábamos los ojos sentíamos la caída y la acuosa explosión de la valva, en mil gotas, esparciendo su sabor de asco. Los frutos se fueron acumulando, volviendo inútil el intento de recogerlos. Apenas llegaba la noche llegaba la lluvia y con ella la tumoración sobre las baldosas del patio. Cada día calculábamos cuánto mangos más quedaban por caer de las ramas pero siempre las cuentas nos salían mal y éramos testigos de la incontenible aparición de nuevos racimos.

Una tarde, comprobé que ya quedaban muy pocos, apenas una media docena, quizá, pero la sorpresa fue que al mirarlos de cerca todos ellos estaban en perfectas condiciones, no tocados aún por la enfermedad, brillantes  como el sol que anunciaba el fin del copioso invierno. Los mosquitos desaparecieron de improviso durante el final del día y, como si se tratara de una despedida, la última lluvia llegó sedosa, casi imperceptible, casi sombra liquida. Nos apresuramos al aseo del patio con todas nuestras energías, limpiamos las manchas que se fueron tatuando por semanas e incluso, cenamos ahí mismo, sacando conclusiones para decidir, de una vez por todas, cortar al día siguiente el árbol entero. Nada de podas, nos dijimos, cortarlo, sí, hundir la barra hasta la cofia y luego plantar una plancha de cemento sobre el lugar. Sintiéndonos muy cansados pero satisfechos por la decisión, nos dormimos temprano. Yo soñé que en un camino polvoriento y seco encontraba un cascote desprendido de un templo antiguo. Lo tomaba con curiosidad y llamado por una fuerza poderosa, levantaba la vista para encontrarme a los pies de una enorme construcción semi-destruida en la cual aún se sostenía la línea cóncava de una cúpula, partida de manera transversal. Justo en el punto donde las dovelas se unían con precario equilibrio, notaba que el hueco que ahí se formaba tenía la misma forma del cascote que había levantado del suelo. Al mirarlo de nuevo sentí que su peso aumentaba tanto que ya no podía sostenerlo y que a la vez, iba adquiriendo la silueta de una tosca figurilla humana, similar a una ofrenda votiva de incalculables años. Mi corazón comenzaba a latir con violencia y un enorme golpe se dejó escuchar en los muros, retumbando en el recinto entero.

Desperté a las sacudidas de mi esposa, quien asustada me preguntaba si había escuchado lo que cayó en el patio. Eran las cinco de la mañana. Le pregunté sobre lo que había escuchado y me aseguró que algo pesado, nada pequeño, había caído secamente. Dominando mi desconcierto ante el súbito despertar, me levanté y fui hacia la puerta trasera, abriéndola con mucha cautela. La luz del amanecer era plomiza y sucia, como un paño usado para refrescar a un moribundo. Había un completo silencio y en el centro del patio, un cuerpo humano. Un hombre desnudo y en posición fetal. Un hombre cuya palidez era agitada por violentos espasmos respiratorios.

Haciendo acopio de toda la serenidad y controlando todas las suposiciones que mi raciocinio exigía, me fui acercando a él sintiendo que la cabeza me pesaba el doble, pero fue ella quien, con prisa nerviosa, se acercó al cuerpo y lo observó detalle a detalle.
Está agonizando –me dijo casi susurrando-, tiene una enorme herida entre abierta en su costado.
¿Pero cómo? ¿De dónde ha salido? –fue mi estúpida respuesta.
El hombre continuaba ahí, absoluto en su forma, abrazado a su ignoto tiempo y dimensión, tan pálido que parecía estar cubierto por una fina película de agua de la cual emergía ya una necrosis avanzada, tumefacta en cada uno de sus miembros. Despedía un olor dulce y nada repulsivo que contrastaba con los lamparones café en las plantas de sus pies y con… la licuefacción orgánica que se alcanzaba a ver en la herida amarilla de su costado, una herida que iba desde la axila de su brazo derecho hasta la altura de la cadera. Y sin embargo, el hombre agonizaba cuando ya debería estar muerto. Emitía una débil queja que poco a poco se fue confundiendo con el zumbido de las abejas y mosquitos que iban llegando. Nos apartamos con asco, casi al límite del vómito y en ese mismo instante, el hombre se apretó más a sí mismo mientras sus quejidos se ahogaban, borboteantes.
La transparencia en que se había convertido su piel fue mostrando sus venas como una intrincada y vasta raíz que partía del pequeño tallo que comenzó a surgir de la herida. Iba creciendo con las últimas exhalaciones y, para horror nuestro, desplegó un par de hojas que se marchitaron de inmediato antes de que un fruto delicioso y maduro apareciera, inflándose de pronto como una burbuja roja y amarilla que por su propio peso y delicia cayó, desprendiéndose de la vida en el mismo segundo que el hombre dejaba de respirar.

3

En ninguna de las traducciones sobre la tentación –lo he investigado con mucha obsesión-  se ubica el lugar donde hemos sido tentados a la disolución alguna vez. Sin embargo, en algunas consideraciones  a pie de página de oscuros y vilipendiados sabios, se coincide que el sitio donde nace y muere ese segundo en que toda razón desaparece para dar reinado a la locura, debe tener una altura suficiente para abarcar de una sola mirada a las naciones, que debe soplar el viento como un desesperado que da respiración boca a boca a un cielo agonizante y que la lluvia, la lluvia entera, debe hablar alto, muy alto para escucharla en sus muchas lenguas, incluidas las muertas.

Aquella vieja imagen de Ctesifonte se encuentra en toda enciclopedia que se precie de sí misma. En ella, el hombrecito sobre la enorme bóveda se detiene en una contemplación infinita que hace dudar su caída. He arrancado esa página. Ya no existe más. He arrancado por igual el árbol.


Ya no hay tentación.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Espejo De La Ciudad

El siguiente es un cuento inédito de Rigoberto Andrés Paredes Vélez. Advierto, nada más, que la realidad siempre es más compleja que la imaginación, que apenas se puede, con la imaginación, dar un esbozo de lo que somos como seres. Lo publico en este blog como un reflejo de ese espejo que somos, roto para algunos y con el rostro disperso.


Espejo De La Ciudad.
Rigo Paredes Vélez
“A nadie le está dado recorrer más que una parte infinitesimal del Palacio”
BORGES, El Oro de los tigres


Tiene dos nombres. Uno se lo han dado su madre y padre. El otro es plural,  y se lo ha ganado,  cambia según la estancia donde se encuentre, mientras recorre el Palacio: bifurcado incontables veces, incorpóreo, infinito.

La niña apenas alcanza a extender la mano lo suficiente para que la señora la sujete de la manga. Avanza con pasitos firmes por las calles chorreadas de hollín y aceite, nudosas y serpenteantes de nuestra Tegucigalpa, calles que le han enseñado mucho; el nombre y rostro de cada penuria, si bien  aún no los del desamparo. Se detienen; la calle adelante está inundada por la lluvia de la noche. Los vecinos evalúan los estragos, la madre considera cómo seguir. La niña se distrae observando el extenso basural en las aceras del Guanacaste, adivinando qué aliento se esconderá ahí, bajo el refugio del cartón y el periódico desechado. Entonces su mirada se cruza, por casualidad, por primera vez, con la de debajo. Perpleja, se detiene a ver el suelo de nuevo. En el charco, le devuelve la mirada, un rostro: en apariencia, idéntico al suyo, pero sombrío, los ojos apagados, inquietante de una manera invisible pero sensible. Luego consideraría que el reflejo que ve en ese momento no es su propia cara, sino la de la ciudad: Tegucigalpa, y su extraña sed de olvido, y oculta mucho más de lo que muestra. Pero la señora ya la hala de nuevo del brazo, y sigue con su pasito firme y alegrón, caminando entre los humores que se alzan de la calzada, el sofocante olor cruzado de los sueños a fuego lento y de la plegaria perenne.

Esa noche, en sueños,  vuelve a vivir el encuentro con su réplica oscura del subsuelo; la visión se seguiría repitiendo recurrentemente, su significado imaginado cada vez un poco mejor. Ser perseguida por este espectro enigmático que se oculta en su propia efigie no le molesta;  las manifestaciones que podrían perturbar y aterrar a un adulto no son más que una diversión para un infante, y ella acoge cualquier diversión que la distraiga de una vida marcada por los rigores de la iniquidad.

El Reflejo no muestra sino el propio rostro, enturbecido, pero poseído de una intensidad insondable. Uno se ve figurado no como un cuerpo, sino como un abismo, un hoyo en el espacio que tiene la propia forma. En cierta forma, el Reflejo encierra nuestra naturaleza hondureña: estirpe en perpetua fuga, en perpetuo exilio autoimpuesto. Sin la capacidad o la voluntad de redimir la deudas que nuestro duro pasado nos ha dejado hacia nuestra tierra, huimos de nuestra historia: por no poder borrarla, preferimos consignarnos nosotros mismos al olvido, aniquilar ese puente que nos une con el ayer. Escapamos, físicamente si es posible, de nuestro origen; cuando no nos atrevemos a dejar la tierra, la cancelamos, fingimos que ese origen no nos pertenece, imitamos culturas distantes para despojarnos de ese legado insoportable.

Pero el Reflejo no es más que una máscara; lo que está detrás la niña solo puede intuirlo, de una manera gutural: con la práctica, el secreto se vuelve cada vez más inteligible. Lo que se esconde  detrás de la máscara es más o menos comprendido por muchos, incluso trivial para otros. Para una niña de entendimiento inocente, en cambio, sus consecuencias no son fáciles de asimilar en base a las pocas experiencias que ha tenido en la vida, y lo mucho que se le oculta, por no juzgarla preparada. La máscara resguarda una criatura de nuestra conciencia colectiva; en otro tiempo podría haber sido adorada como un dios, su figura erigida en estelas de piedra junto al sol, los mares y el maíz, en el nuestro, no ha corrido mucha suerte. Hoy, que la niña lo escruta, lo concibe vagamente como que sería el espíritu de Tegucigalpa. Su imaginación no le es piadosa; se le figura como un animal funesto, lastimero, sometido y explotado. No por ello deja de exigir sacrificio;  cada pecado y perversión de la Gestalt de nuestra nación se paga duramente en su altar. Tiene mandíbulas que consumen constantemente el vicio, tragándose enteros los corazones plagados de los hombres que se entregan al olvido en su órbita; tiene un devenir preparado para cada suerte de hombre que en ella mora. La niña no llega nunca a descubrir el suyo en la visión, pero no es difícil de estimar. Una estrechez perpetua de oportunidades, un acomplejamiento continuo bajo la presión de satisfacer miopes convenciones sociales, un embarazo temprano, una pareja ausente, fracaso en titularse, dócil servilidad dispensable.


Pasa el tiempo. Los sueños con el rostro se convierten en un recuerdo. Otras cosas suceden. Ahora un amor por los libros surge en la pequeña. Le gusta el olor dulzón y mustio de sus páginas viejas y amarillentas. La tienta, pero se contiene, probar su sabor. Es suficiente con que aquellos objetos tengan ya la virtud de  estimular sus otros cuatro sentidos: aparte de su aroma, el placer de leerlos y admirarlos, de oírse recitarlos si le place, de sentir su materia texturada y relajante bajo el tacto. Crece; de disfrutar de las clásicas historias de los hermanos Grimm y Las Mil y una noches, pasa a entenderse con Conan Doyle, Poe, Shakespeare y Borges. Se abstiene de Rowling, pero lee dos novelas de Coelho y abjura del resto. Así encuentra un refugio, de los crecientes humos de Tegucigalpa, de su agitación neurótica, de su parálisis mortecina, de sus mantícoras y el triste espejismo de la corrientona polis latina hundida como un iceberg en un mar de miseria, con su pequeña punta de abonanzados sin fuero emergiendo sobre el agua.

Reensaya su primer encuentro con el Palacio. Abre un libro a la mitad; partido en forma de V, e la entrada y la primera bifurcación. Elegir un punto en una página marca la siguiente: un antes y un después. Cada camino tomado, cada opción, cada idea, cada palabra es un nuevo nodo, nuevas posibilidades que se multiplican en un fractal perpetuo.


Y sonríe, porque sabe que ahora se adentra en ese camino de crecimiento, imaginación y ambición, tutelada por las voces de la Historia, sabe que ya no caerá en ningún destino truncado como el vaticinado por un reflejo negro y vacío, años atrás, en el agua podrida de un charco en el Guanacaste; destino al cual todas las circunstancias de su vida en este duro país se conjuraban para conducirla, y sobre las cuales ella, que se cree aún tan débil, prevalecerá cuando tantos han sucumbido.




Rigo Paredes Vélez
Tegucigalpa, 1987, diseñador gráfico. Ha participado en exposiciones colectivas en su país y en exposiciones virtuales. Participó en la cuarta pared del CCET y he enviado sus obras a varios certámenes nacionales e internacionales. Su obra aparece en su blog 
www.eleos-arte.tumblr.com

lunes, 25 de mayo de 2015

Ayer soñé que La Gloria venía hacia mí en un sueño - Jonatán Lepiz, Costa Rica


Ayer soñé que La Gloria venía hacia mí en un sueño y yo no iba a ningún lado. De un sitio a otro contando palillos de dientes para construir un armazón, pero se me desploma antes de tiempo, así marco las horas, así marco y me quedan las puntas de los palillos incrustadas en la yema de los dedos o ¿en la llema de los dedos? No lo sé, no identifico ahora nada más que los sonidos.
Parece que hoy tengo 6 años y me devolví en el tiempo, en la habitación de mi cabeza repito, en random, el set list de una conversación donde los adultos hablan sobre la grandeza. Yo no sé lo que es la grandeza y esa palabra me parece, no solo extraña, también perversa. En la escuela un compañero dijo "vean la grandeza" y me pareció pequeña y asquerosa. Yo me quedo hecho un ovillo con la luz de mi cuarto apagada y raspo el piso de madera con la uña, hasta que se me desgasta, me duele y agarro, entonces, una moneda, sigo raspando hasta que hago un canalete por el que, minutos más tarde, intento deslizar un carrito de solo tres ruedas. En la sala mis tías, las palabras y lo que los adultos entienden por grandeza. Parece ser que la grandeza también tiene 3 ruedas y va trastabillando, golpeando su cuerpo contra las paredes en las cuales mis tías han colgado las fotografías de hombres sellados por el tiempo y el silencio.
Hoy escribo en inversa, hacia atrás, doblando algo parecido a un palillo de dientes para buscar la inocencia, pero la inocencia es, a su vez, un cuento de una tarde que se esfumó como si uno soplase un globo para inflarlo y se te escurriera entre las manos y cayera al suelo y justo cuando lo iba a juntar alguien llega y se le para encima. Algo así, más o menos. Escribo y me pongo como un ovillo en el suelo, igual que esa noche a los 6 años.
Bob no es un nombre, no hay nombres aquí, es el sonido de las gotas de lluvia de una noche en la que no paró de llover, bob, bob, bob, bob y luego el sonido cambió, plap, plap, plap, plap y luego tac, tac, tac, tac, y plum, plum, plum, a los 6 años intenté reproducir el sonido de las gotas, golpeando su ya cadáver contra el zinc, con letras y no pude, creo que ningún sonido puede ser reproducido por palabras, las palabras son otra cosa, las palabras crean sonidos, pero no viceversa. Bob, bob, bob, bob, bob.
La tarde es un enorme árbol, vertical, donde muchos se ahorcan. Creo descifrar en el reloj las 4 p.m, pero bien podrían ser las 2, las 5, o las 10 de la mañana, también las 7 de la mañana. Varias sogas he visto colgadas de las ramas de la tarde. Yo no salgo porque hace frío y hoy soy un niño de 6 años más cerca de los 40 o de los 30. En realidad no soy un niño, soy un tipo que escribe, ¿en realidad soy un tipo que escribe y no un calamar al borde de la extinción que desperdicia su tinta sobre superficies blancas y desconocidas? En realidad soy un tipo que habla sobre el miedo, sobre las tres o cuatro vértebras que tiene el cuerpo del amor: un palillo de dientes que se dobla y se multiplica pinchando los dedos de quien intenta agarrarlo.
Pero todo es una presunción, parece que ha dejado de llover, pero me asomo a la ventana y puedo ver a la distancia una nebulosa gris que cae sobre lo que antes tenía color, sonido y movimiento. Cuando uno intenta descifrar la ecuación de la traición todo tiende a la nostalgia y el resultado es borroso y uno sabe que empieza en dos pasos que se sienten profundo y que luego te llevan a sitios donde el verano más parece un discurso que un artificio del sol. No sé por qué hablé aquí de la traición, supongo que quise decir enigma o no quise decir nada.
Las palabras son como borregos uno las nombra y las jala, las jala contra su voluntad hasta que se hacen realidad, a veces pueden rodearnos, llevarnos sin guía hacia un barranco, hacia un pozo, una celda o a la mismísima primavera. Supongo que lo que quise decir aquella noche de lluvia era que odiaba el mundo, que arrastraba su olor a tierra mojada a asfalto mojado y me producía arcadas. Supongo que había varias azoteas en ese vecindario de mi infancia, pero yo era un niño y no sabía saltar, aún. Supongo muchas cosas hoy que escribo diferente, más bien hablo distinto, con el tono del ovillo, de la melancolía.
Lo que quiero decir es que estoy fijo en un lugar, clavado sobre el piso y muevo mis brazos como un espantapájaros y no voy a ningún sitio.

J.L.

jueves, 14 de mayo de 2015

Las costuras se rompieron aquel 28 de junio.

Toque de queda en Paradiso, noche de julio del 2009. Foto: Fabricio Estrada.

La ciudad era perfecta para un golpe de Estado. Las callejuelas traicioneras, los edificios chatos perfectos para los francotiradores, las calles sin salida. La lluvia. Porque la lluvia era un velo verde olivo y servía para sacar a medio mundo de las calles, para intentar el borrado de los grafitis, para que nadie dijera que no tenía lágrimas.

La ciudad era lejana, un risco, un cráter. Ni vértigo ni lava, pero la ciudad levantó, aquel 28 de junio del 2009, la escenografía guardada entre bastidores, con todo y sus telones raídos y los mismos actores de los golpes de Estado de siempre. Hasta el mismo soldado de la foto del 63 apareció apuntando en las esquinas, con otro casco pero el mismo rostro sombreado, con otro uniforme pero con los músculos en tensión para caerle a todo civil que se moviera. Era lluvioso junio, muy lluvioso, y no se repartieron volantes para explicarnos las instrucciones. ¿Cómo se instruye a una nueva generación para actuar dentro de un golpe cívico-militar? Ni idea, pero ahora que lo recuerdo, las cosas fueron como seguir un guión: levantarse a las 5:40 de la mañana tras la llamada del poeta Samuel Trigueros –“poné la radio, han dado el golpe”-, prender la radio entonces, escuchar la entrevista radial de un testigo, eran muchos soldados con capucha, dispararon contra la casa del presidente, me dijeron que me metiera, que aquello no ocupaba testigos, y de pronto la desconexión total, el corte de la energía eléctrica y de la internet, salir a ver junto a los vecinos los F-5E que cruzaban sobre un cielo arrugado como moscas súper sónicas y luego la banda sonora que se acompasaba con el rabioso ritmo de nuestros corazones: los helicópteros.


¡Ah! ¡Los helicópteros angelicales!, Los helicópteros de las películas burbujeando el nuevo discurso, el peso extraño de ese sonido que se metía por todos lados. Nunca hubo un terremoto en Tegucigalpa pero ese sonido era el nuestro, el aeromoto militar sin cabalgata de valquirias pero tan cadencioso que desorientaba, fascinaba, enardecía. Las vecinas salieron con sus camisones y ollas a gritarles a los pilotos, pero los pilotos iban escuchando su otra música y no las escucharon. La ciudad era lejana, un lejano risco, un cráter. La gente comenzaba a moverse hacia Casa Presidencial, como polillas atraídas por una luz que se iba extinguiendo, tomaban el bus, el taxi, caminaban en pequeños grupos y llegaban frente a los soldados a votar en su cara en las urnas ya inútiles de la Cuarta Urna. Era el símbolo que empezaba a moverse, el otro teatro doloroso, y las mujeres abofeteaban a los refuerzos que mandaba el Estado Mayor y éstos aún no respondían como lo fueron haciendo cada vez con mayor sadismo una vez que la doctrina de los batallones iba recordándoles para que estaban en las calles.


Porque a la par de las movilizaciones ciudadanas también se movilizaron las tribus que hacían vida en los cuarteles. Jamás la ciudad vio tanto militar, tanta gente extraña. Ahí caminaban los veteranos sargentos que se entrenaron con los kaibiles y los del Atlacatl, los que permanecen guardados en los batallones contrainsurgentes y que ya probaron sangre y fuego vivo en los ochentas cuando las incursiones a la Segovia y al Sumpul. Se les notaba en el rostro: soldados que no probaban sol civil desde hace mucho y que les dieron órdenes de pasearse por las avenidas con todo y su arsenal y pintura de camuflaje en las mejillas. Los tesones no tenían piedad y machacaron a conciencia.


La ciudad traía correntadas oscuras que sobrepasaron los tragantes. Bullía un barro líquido y a la par florecía la Tegucigalpa de junio. El verdor era magnífico, la humedad y la neblina se turnaban. Sin descanso, Micheletti hablaba todo el día a través de las cadenas de radio y televisión y la tonadita miskita de su banda sonora enloqueció a más de alguno, lo hizo cantar sin querer, aprenderse la lengua de Brus Laguna y odiarla a la vez. Los toques de queda llegaron por igual y la dinámica social cambió por completo. Cientos de negocios quebraron y otros se la jugaron para sobrevivir. Por motivos de toque de queda abriremos a las 4 de la tarde y cerraremos a las siete. Baile privado en descuento. Entrada a mitad de precio. Escrito en folder amarillo, el anuncio del Night Club Illusion era el mismo que colgaba hasta en los negocios más respetables. Nadie se salvó de la quiebra. Las iglesias perdieron a la mitad de sus fieles, las canchas de futbolito se convirtieron en parqueos, los travestis eran asesinados sin piedad y las polleras encendían su lúgubre foco amarillo sólo para espantar las sombras o para recordar las urnas vacías de aquel día en que se presagiaba el cambio de rumbo en las decisiones populares.

La lluvia no dejó de caer, muy parecida a la tormenta de Nieve con que Pamuk aisló a Kars para que ocurriera el golpe de Estado más silencioso y oculto en la historia de la literatura. Pero la ciudad tuvo que ensancharse ante las multitudes que se fueron abriendo paso por ella. Las estrecheces desaparecieron. Cientos de miles había iniciado la Resistencia. Jamás llegaron tantos desde tanto país.

Las costuras del viejo vestido se habían roto. Tegucigalpa vivía y salía a pasear con vestidos rojinegros, blancos y manchas de lodo.


 F.E.

martes, 12 de mayo de 2015

Alejandría la nuestra.

Alejandría la nuestra.



Era un laberinto de aromas aquel mercado. De mano de mi abuela reconocía el tilo, la canela, la manzanilla, la valeriana, el romero, el clavo, pero el olor que mejor reconocía y que se sobreponía con intensidad, era el de los libros. Los libros usados del Mercado Colón, su multitud de Archies, de novelas de vaqueros intercambiables… las letras tenían un olor especial, casi sagrado como aprendí a oler en los jazmines que mi abuela llevaba para el Santísimo del pueblo. Mi Santísimo se convirtió, de manera rápida e inapelable, en las portadas que iba viendo mientras recorría el laberinto: el indio con su lanza emplumada de fondo y una dama del oeste aterrorizada en primer plano, con sus bucles colgando y sus ojos desmesurados en el azul del escape; la nave espacial descendiendo sobre un cráter en cuyo fondo se erigían ruinas siderales de una civilización perdida… las letras olían a lejanía y a aventura, toda la aventura posible que mi tío Filadelfo guardaba en la casa del Barrio Morazán y que yo iba leyendo a paso de hormiga marabunta.


Era el mercado una biblioteca, “el mercado es una biblioteca” –me repetía cuando salíamos de ahí-  y sus libros fueron aumentando el espacio y quizá hubieran seguido en su expansión hasta ocupar todos los puestos y desbordar a la ciudad, en la misma forma que el cementerio de Saramago en Todos los nombres, si no hubiera llegado el incendio.
Ya sin mi abuela María y sus jazmines, aprendí a recorrer solo las diferentes ventas y fue en ellas donde encontré los libros de historia que eran vendidas por señoras que siempre estaban comiendo algo o regañando, avezadas en precios al ojo  y con su delantal pulcro rebosante de billetes de diferente denominación. 

El precio al ojo en la que eran expertas consistía en ver el tamaño del libro y el interés del comprador, de manera tal que fui aprendiendo a pasar indiferente ante las joyas que saltaban hacia mí pidiendo rescate, buscar bien dónde podían estar las mismas joyas pero en edición modesta y tamaño discreto. Hacer parecer de imitación la misma joya, entonces, y pedir rebaja. El mercado en su más esencial oficio de especulación, así como el pensamiento que no se escribe, así como lo escrito que no se publica, el juego del polvo en las manos, el mosaico de papel viejo que despertaba tanta vida interior a aquellos que no tenían a su alcance el dinero para ir a las librerías del centro de Tegucigalpa. Comayagüela era el centro del saber para los de bajísimo salario pero también para los avezados conocedores del tiempo y sus vericuetos, los profanadores de tumbas gramaticales, los arqueólogos de libros robados, revendidos, olvidados en pupitres de aulas, en banquetas de parques o jamás devueltos a sus dueños originales.


La noche del incendio me encontraba en casa del doctor Osly Vásquez, la misma casa desde la cual me tocaría ver la portentosa inundación que el huracán Mitch provocara en la ciudad. El mismo año y el mismo ángulo de visión. 1998 y un resplandor se movía en el piso del patio como agua amarilla que bulle de peces al rojo vivo. Fui a ver y al levantar la vista hacia el mercado el infierno ya estaba desatado. Enormes llamas subían hasta la altura de la virgen María Auxiliadora quien no daba su auxilio y estaba fascinada, aunque sin arpa, ante las llamas que lamían sus vestidos de bronce. El rugido era el de un horno gigantesco y el humo ya era otra noche, más profunda quizá, más inolvidable. En los techos de los negocios chinos que rodean el mercado se distinguían las siluetas de hombres que lanzaban cubetazos de agua casi como una ofrenda diminuta a un violento dios desencadenado. No había nada qué hacer: ni los santos cristianos ni los semidioses orientales llegaron a tiempo.


Yo olía la tinta de los miles de libros que se esfumaban, podía darle forma a las llamas y al humo, rogaba que los bomberos hubieran salvado los libros del sector sur del mercado. Toda Alejandría se arremolinaba en mis ojos porque lejos de los grandes textos laudatorios nuestra humilde Alejandría estaba siendo barrida de la historia y nadie lo contaría en epístolas urgentes ni en poemas fabulosos. Miles de volúmenes desaparecidos y la forma de las llamas eran los rostros de Solyenitzin, Arthur C. Clark, Aristóteles, Ramón Amaya Amador, John Dos Passos, Nietzsche, Hesse, Mariategui, pero los que más se distinguían eran los vaqueros e indios del viejo oeste, tratando de salir de las llamas, apretándose, abrazándose junto a los jazmines y el tilo, junto a las verduras calcinadas y las dedicatorias marchitas que se agitaban en pavesas por toda la ciudad.


No sé cuántas veces más se habrán quemado los mercados. Las palabras que tenía para recordarlo se hicieron carbones, y ya no dejan rastro.

Fabricio Estrada.

jueves, 16 de abril de 2015

Un bolero, varios helicópteros y el Mitch.

Foto: Diario La Nación, Costa Rica.

Cuando el helicóptero llegó sobrevolando el techo del Ministerio de Educación el hombre llevaba ya toda una noche y parte de la mañana desnudo, agitando los brazos en señal de auxilio. Lo habíamos notado una vez que se nos pasó el primer asombro ante la descomunal laguna que se formó a causa del dique de la Soto. 

La colonia Soto desapareció la noche anterior a su rescate. El estruendo nos hizo saltar en medio de la oscuridad sin saber muy bien qué cosa era ese nuevo delirio. Ese 31 de octubre, junto a un grupo de amigos de Sabanagrande, nos quedamos en la casa del doctor Osly Vásquez ubicada en el Callejón Moncada, seguros que la inundación no pasaría de ser una más de las tantas que ocurrieran en inviernos iguales, pero pasadas las horas y la evacuación a la medianoche, supimos que esta vez todo iba a ser diferente. Teníamos los nervios de punta tras haber pasado lo peor del paso del huracán Mitch por Tegucigalpa, el Gordito Castellanos, alcalde de la capital, ya había fallecido esa mañana del 1 de noviembre  junto a sus acompañantes del mini-helicóptero burbuja y las noticias de la radio intentaban describir, uniendo testimonios de corresponsales a través del territorio nacional, la absoluta desgracia que había caído sobre el país en forma de masivas inundaciones, miles de muertes y un millón de damnificados.
El estruendo resultó ser –lo supimos al día siguiente- el deslizamiento total de la colonia Soto que se asentaba sobre la falla sísmica en las faldas del cerro El Berrinche. Cerca de 200 casas y miles de toneladas de tierra y piedra terminaron formando el famoso dique que se mantuvo por más de un mes para delicia del nuevo turismo pos-catástrofe. Hubo un medio televisivo que llegó a decir que en las noches de luna vecinos habían avistado una sirena, quizá la misma que evocara Juan Ramón Molina en su celebrado poema “Pesca de sirenas”.

El puente Juan Ramón Molina estaba destruido en ese momento y aún no llegaba Bill Clinton a recitar el poema de re-inauguración en su visita de condolencias a la ciudad; el puente Mallol resistía con sus arcos de piedra decimonónica no así su mampostería reciente; el puente Soberanía tenía incrustada una enorme ceiba en su costado y el puente Carías emergía de su zambullida momentánea ocurrida alrededor de las 2 de la madrugada del 1 de noviembre cuando las aguas del Río Choluteca alcanzaron su paroxismo debido a la descarga de emergencia realizada en la represa Los Laureles o a la ruptura imprevista de la Laguna del Pescado. Decenas de autos habían pasado flotando, arrastrados, y muchos de los autobuses de la Empresa El Rey estacionados en la zona del puente Guacerique, habían fracasado ya en su corta prueba de submarinos (recuerdo muy bien a uno de ellos estrellándose  de frente en el Soberanía y girando en al aire para luego hundirse limpiamente en las profundidades del campo Motagua).

Todo esto había visto pasar el hombre desnudo. ¿Quién podía ser ese afortunado sobreviviente? Sin ningún tipo de vergüenza caminaba de un extremo a otro del largo techo del Ministerio de Educación, como un náufrago del Poseidón que hubiera logrado llegar en camino inverso hacia la quilla; agitaba los brazos, saltaba queriendo afianzar con sus manos la escalerilla que le era extendida desde el viejo UH-1N de la Fuerza Aérea Hondureña. Tiempo después, gracias a una entrevista que él mismo dio a un diario de Tegucigalpa, supimos que el hombre era el compositor Rubén Salazar, quien durante muchos años ha ostentado la dirección de la Asociación de Autores y Compositores de Honduras. Amigo cercano de José Alfredo Jiménez durante su estadía en México y de otras estrellas de la farándula en el D.F., don Rubén vivía en un apartamento de Comayagüela que fue inundado por la crecida de ese 31 de octubre de 1998. Absorbido por la fuerza de las aguas, flotó milagrosamente cuadra tras cuadra hasta llegar a los portones abiertos del Ministerio de Educación, dentro del cual pudo reponerse a pesar que el río le había arrancado las ropas al igual que su enorme colección de LPs y otros tesoros personales, tal como le sucedió ese mismo día a José de la Paz Herrera, Chelato, ex técnico mundialista de Honduras en España 82, quien perdiera en la inundación toda su videoteca futbolística. Bolero y fútbol, entonces, resultaron anegados y jamás devueltos. Otra música sonaba al ritmo de los rotores de los helicópteros y de las sirenas de las ambulancias.

Antes de alcanzar la escalerilla, don Rubén corrió hacia el asta de la bandera nacional que aún estaba sujeta, aunque en jirones, sobre el fondo pizarra de esa lluviosa mañana. Con mucha paciencia y haciendo equilibrio la arrancó de su lugar y se envolvió en ella, resguardando su pudor revelado a último segundo. La imagen más nítida que tengo de esa mañana de tragedia –aparte de los ahogados enredados en el Parque La Concordia y los borrachos que arrancaban del lodo las cervezas intactas de la Cervecería Hondureña-, es la de don Rubén siendo elevado por los aires con esa bandera de Honduras envolviéndolo. Quizá no sea la estatua de Lenin llevada por el helicóptero en Good Bye Lenin, pero sin duda, esa visión adelantaba con todo y sus presagios- el cambio de época que traería a nuestras tierras el huracán más enconado y amnésico de nuestra historia.


Apago la tele. Un bolero suena. Ya no recuerdo nada.

F.E.

jueves, 29 de enero de 2015

Chat entre Herman Melville y Joseph Conrad



Hace ya algunos años que escribí otro chat: el que ocurre en mi imaginación entre Ray Bradbury y Arthur C. Clark http://fabricioestrada.blogspot.com/2008/03/messenger-entre-ray-bradbury-arthur-c.html. Una forma de homenaje surgió esa vez a dos de mis autores de ciencia ficción preferidos (que por cierto terminé publicando como anexo en Blancas pirahnas-2011) y, por muchísimo tiempo, intenté recrearlo con Herman Melville y Joseph Conrad quienes con su Moby Dick y El corazón de las tinieblas me regresan una y otra vez a las primeras sensaciones avasalladoras que tuve cuando empecé a leer. Vuelvo a hacerlo, entonces, y de nuevo esa diversión tan snob y propia como la pueden tener aquellxs que aprenden on line el lenguaje élfico de Tolkien. Aquí tienen entonces, ya veré con quiénes continúo.

Conrad: Oye Herman, ¿estás despierto?

Melville: No podía dormir, qué bueno que escribes, no quería acostarme y encontrarme en ese puerto inseguro que siempre me da el sueño.

Conrad: Sí, ya somos dos. Desde hace mucho que sólo veo el mar al cerrar los ojos.

Melville: La vez pasada me dijiste que mirabas una jungla y un río tenebroso.

Conrad: Sí, también. Y tambores lejanos. Oye ¿cómo es que decides embarcarte? ¿Te dan las ganas y ya?

Melville: mmm, interesante. Ahora que lo preguntas sucede que cuando me encuentro con el ceño fruncido y empiezo a detenerme ante los escaparates de las funerarias

Melville: cuando la hipocondría me inspira un irresistible deseo de aplastar el sombrero

Conrad: y también a alguien, me imagino

Melville: pues ¡también! El sombrero y a quien lo use, el asunto es que en ese momento siento que ha llegado la hora de lanzarme al mar… me embarco sin ruido ni alboroto.

Conrad: Mira, no sé si lo tuyo es cansancio o ansiedad, la mente del hombre es capaz de todo, pero hay una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo.

Conrad: Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… hay algo más profundo en el mar, el mar que es una multitud demoníaca.

Melville: Tienes razón, tras conocer al Capitán Ahab no puedo seguir explicando el mar así. Parecía un hombre a quien se hubiera retirado del suplicio de la hoguera, cuando ya las llamas hubieran prendido en sus miembros sin consumirlos ni quitarles su firmeza.

Conrad: Mucho mejor

Melville: Sí, de entre sus cabellos grises se veía salir una cicatriz de un blanco lívido

Conrad: Su ballena blanca era una cicatriz en el mar como en Kurtz “sus planes inmensos” lo condujeron al horror.

Melville: Terrible, Joseph. No me contaste cómo te llama a ti el mar ¿por algo en especial me lo has preguntado?

Conrad: El mar es un mapa extendido para mí, lleno de espacios en blanco. En ellos están las tinieblas y siento que debo explorarlos. Entonces empiezo a buscar un barco, pero el último que abordé me llevó a un río, una inmensa serpiente enroscada con la cabeza en el mar.

Melville: ahhh, entonces es el río el que te ha intrigado.

Conrad: El río que terminó siendo Kurtz. En mi caso el mar me condujo a un río, de ahí me viene preguntarte. Como el universo el mar también tiene sus paradojas.

Melville: Sí, mira el caso de Ahab con Moby Dick. Una venganza superior termina destruyendo a quien la levanta como palo mayor en un barco de débiles cuadernas. El perseguir y arponear a un fantasma no debe ser considerada faena humana. Persigues a la ballena y resulta que es tu pavor.

Conrad: Nadie es humano una vez que sobrepasa los límites de cierta jungla que todos llevamos dentro, Herman. Kurtz, por ejemplo, lo sabía y eso sedujo a su alma forajida hasta más allá de los límites de las aspiraciones lícitas.

Herman: ¿Pudiste verlo a los ojos?

Conrad: Cuando lo vi por última vez (la última vez que miras a alguien es más significativo que la primera) intenté romper el hechizo, el denso y mudo hechizo de la selva que, en sus ojos, parecía atraerme hacia su seno despiadado y que despertaban en mí olvidados y brutales instintos, recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas.

Melville: ¿El horror?

Conrad: Siii, ¡el horror! ¡el horror! ¡el horror!

Melville: ¿Te puedo hacer una pregunta, Joseph? ¿Prometes no dejarme esperando al día siguiente como la vez pasada que te pregunté sobre el Nostromo?

Conrad: Adelante, lo prometo. Pero eso sí, que quede claro: ni Costaguana ni Sulaco quedan en Honduras. Parodié a Panamá.

Melville: Bueno… Joseph ¿Aún tienes fe en la humanidad, tú cuya alma no ha conocido represiones, ni fe, ni miedo?

Conrad:

Conrad:

Conrad: Lo humano siempre levanta cabeza, Herman, el mar puede estar cubierto por una densa faja de nubes negras, puede ir directamente conducido hacia el mismo corazón de las tinieblas y siempre querrá encontrar motivación por la justicia, que al final de cuentas, es su vocación por lo siniestro. Sí, tengo esa fe extraña. ¿y tú?

Melville: En algo coincidimos, Joseph: el barco de la humanidad se podrá hundir pero como Satanás, no querrá hundirse en los infiernos sin llevarse consigo un pedazo de cielo. Toda gaviota que pase querrá posarse en su mástil y terminará enredada en el hundimiento.

Conrad: ¡Vaya! ¡Eres más pesimista que yo!

Melville: Naaa, el gran sudario del mar seguirá ondeando, como lo hace desde el principio de la creación. Si se salva el mar se salvará algo de la insondable belleza que la humanidad ha deseado para sí siempre.

Conrad: ¡Cierto! Era del mar de lo que hablábamos.

Melville: Sí, el mar es la pregunta.

Conrad: Bueno, Herman, se ha hecho tarde. El próximo barco debería embarcarnos a ambos.

Melville: ¿el del sueño, dices?

Conrad: ¡El mismo! Pero sin ballenas rencorosas de por medio ni oscuros tambores.

Melville: Buenas noches, Joseph.


Conrad: Feliz pesca, Herman.