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miércoles, 13 de junio de 2018

El olfato de Argos exige un monumento



Abordo por primera vez La Odisea, de Homero, desde el punto de vista de lo paródico y lo autorreferencial y me ha dado una nueva forma de entender el alma griega, la matriz de sus comedias o tragicomedias. No en vano Aristófanes llegó a darle frescura a un ámbito teatral dominado por la tragedia, la cual le dio al pensamiento creador una profundidad tal que necesitó, en un momento dado, de superficie, pero no de superficialidad. La profundidad de la épica y de la tragedia pudo ser hacia los abismos del cielo o de la tierra, pero faltaba lo que sucedía a ras de suelo, es decir, en la historia cotidiana de los hombres y mujeres testigos del combate de los dioses.

Es aquí donde me concentro para afirmar que Homero anticipó esa necesidad y, luego de crear la gran épica de La Ilíada, advirtió (o adelantó ya en la misma Ilíada) lo que los griegos necesitaban escuchar de sus aedos. ¿Dónde estamos nosotros en medio de este conflicto de eternidades? -se habrán peguntado los testigos de los cantos ¿Dónde regresan los héroes para curar sus heridas y ocultar sus fracasos? Homero nos da la respuesta encarnando en Odiseo todas estas preguntas, pero, sobre todo, haciendo de Odiseo un auténtico Nadie, el anónimo sublime que será puesto en sospecha, despreciado, expulsado, perseguido. Ya en una escena de La Ilíada, en medio de un combate, Odiseo comienza a bajar de estatura interpelando a uno de sus hoplitas rasos cuando éste le ruega que se retiren, que están perdidos ante la acometida de los teucros. Odiseo lo insulta y le zahiere por su baja condición moral y cobardía que él identifica como condición de clase, sin intuir que los dioses le harán pasar todo un purgatorio a su regreso a Ítaca, moralmente deformado y asiéndose a la supervivencia como cualquiera, haciendo uso de la mentira constante y de frases patéticas en los momentos donde la perdición ya era casi su destino.

Por ello, desde que La Odisea inicia, el mismo Telémaco se encuentra en una situación patética, rodeado de vulgaridad y sentimientos de asco ante la grosera promiscuidad que los pretendientes de Penélope, su madre, han impuesto en la casa de su padre, presumiblemente muerto en Troya. La insolencia de unos pretendientes casi en estado de celo permanente se ríe de la aún frágil figura del hijo del héroe, algo que hasta los mismos dioses escandaliza: “Digo yo que, a la mesa sentados, en tu propia casa, estos hombres el límite pasan de toda insolencia; ante tanta vergüenza airaríase un hombre sensato” (Atenea a Telémaco). Los pretendientes no entienden de razones ni de ética alguna en un escenario donde la heroicidad desapareció y ante los señalamientos coléricos del joven Telémaco responden con cinismo: “Nos afrentas hablando. Pretendes manchar nuestros nombres. De tus males no culpes a los pretendientes, inculpa solamente a tu madre, pues nadie en astucia la iguala… esperanzas da a todos” (canto II). Esta dureza va haciendo madurar a Telémaco, en una orfandad lastimera: “No alcancé todavía la edad de luchar. ¿Es que acaso seré siempre un ser débil, un hombre carente de arrojo?”  (Canto II), y por supuesto que ya tendrá ocasión de demostrar lo contrario.

Por otra parte, Menelao mismo aparece rebajado de su estatura en las exigencias de sus siete años de supervivencia para regresar a Lacedemonia. ¡Ha debido engañar al Anciano del Mar disfrazándose de foca! ¡Imagino las carcajadas que este pasaje debió causar entre el vulgo griego presente en el canto de La Odisea! (Canto III) Y aquí comienza otra pregunta más inquietante: ¿Por qué a Menelao solo le costó siete años regresar a Lacedemonia y en cambio a Odiseo le llevó veinte años? ¿Quizá porque el sacrilegio de Odiseo fue de mayores consecuencias? El caso es que Menelao regresa a morir como vivió, en medio de un triángulo erótico perverso, muy diferente al impulso vital de Odiseo a quien la vida, como un ardid, signa. Y del ardid no se sustraen los personajes que va encontrando en su retorno a Ítaca. Odiseo sufre la respuesta de los dioses y mortales que le van poniendo pruebas cada vez más difíciles y en las cuales solo el recurso de la sagacidad y el engaño sabrá sacarlo adelante. Este es el caso del intento manifiesto de Nausica por hacer de Odiseo su marido soñado, poniendo en boca de otros lo que ella desea: “¿Quién es el forastero tan alto y tan apuesto que sigue a Nausica? ¿De dónde lo obtuvo? ¿Será su marido?... ¿o es el dios que suspirando por ella vino a sus ruegos, descendiendo del cielo, dispuesto a vivir a su lado?” (Canto IV, Los Feacios). No está de más decir que Odiseo se ha escurrido de los compromisos ofrecidos por diosas y humanas, de lecho en lecho, como un temprano Casanova de la literatura. Las aventuras sexuales han sido su pasaporte para ir avanzando en la historia, algo que debió poner picante entre los diversos públicos que escuchaban los cantos.

Pero ¿quién cantaba realmente toda esta historia? ¿Habrá sido toda una trama autorreferencial donde Homero creó a Odiseo y a la vez creó al poeta de la cotidianeidad y no al sacro poeta inspirado directamente por la diosa? Al trasladar la narrativa de la diosa al aedo comienza a la vez el canto autorreferencial, es lo que opino. La poesía deja de ser sacra en La Odisea y ya no es propiedad de la diosa que dicta las palabras, sino que son los actos del hombre los que empujan a las palabras. Aquí ya no es el Canta, oh diosa, de La Iliada. Demódoco, el aedo de la corte de los feacios puede ser una encarnación de Odiseo y también Fenio, el aedo de los pretendientes en el palacio de Ítaca. De cualquier forma, es Odiseo quien termina tomando la voz del aedo que apenas alcanza a saber sobre las verdaderas dimensiones de la aventura humana. Así, en el Canto IX, al revelar su nombre, Odiseo comienza directamente a tomar posesión se su verdad, incapaz de contener su dolor por lo que escucha en boca de Demódoco, algo que Ancinoo, el rey feacio, no pasa por alto: “Tu embelleces las cosas que cuentas y piensas lo noble y con la habilidad de un aedo contaste el relato de los grandes trabajos que tú y los argivos pasasteis” (Canto IX). Ese dolor inocultable es la raíz de la nueva poesía, entonces, el desamparo, la orfandad, la humillación, y es así como nace Nadie. Como Nadie vencerá al cíclope Polifemo, como Nadie ha llegado a Feacia, como Nadie escuchará a las sirenas (“Nadie, amigos, me mata engañándome y no con la fuerza…” grita Polifemo a los demás cíclopes. Canto IX) y como Nadie, por fin, se presentará ante Eumeo, ya de vuelta en Ítaca. Ha tenido que mentirles a todos y a todas y en el ínterin, ha alcanzado una dimensión humanísima que sus propios compañeros advierten, al punto de codiciarle los presentes que Eolo le ha entregado, incluso el saco donde se encierran “Las rutas de todos los vientos” (¿el destino?) ¿No habrán sospechado que algo se traía entre manos Odiseo al pedirles que todos taparan sus oídos con cera excepto él? ¿Qué escucharía? Bien sabemos que a los antiguos griegos les fascinaba el juego de los enigmas que entregaban los oráculos: “No te pares -le dijo Circe- más tapa el oído a tus hombres con cera previamente ablandada, de modo que nadie las oiga” (Canto XII). El amotinamiento ya había comenzado cuando fue evidente que Odiseo sale adelante en todas las pruebas a expensas de la muerte de toda la tripulación, hombres comunes que no tienen nada que ofrecer a la posteridad más que un remo sobre un túmulo fúnebre (Élpenor y su petición en el Hades, Canto X).

Las diosas están con Odiseo, sin duda alguna, y la concupiscencia lo protege, algo que no agrada a los dioses varones. Las diosas lo quieren para ellas y se exasperan, como amantes irremediables, ante el evasivo y voluntarioso Odiseo. Dos veces es regañado Odiseo, por Circe y por Atenea (“… sólo piensas en luchas y riesgos de guerra” le espeta Circe cuando le explica cómo librarse de Escila y Caribdis, Canto XII. “Ya perdiste, Odiseo, la fuerza y vigor con que antaño al luchar por la noble de brazos nevados, Helena, demostraste a los teucros…”’ le azuza Atenea cuando ve flaquear a Odiseo en su combate contra los pretendientes, Canto XXII) Quizá sea esta concupiscencia la que ha retardado, de lecho en lecho, el retorno de Odiseo y quizá todas las aventuras que ha narrado tienen su origen en un sacrilegio supremo: la idea de construir el caballo de Troya. Su castigo será mentir siempre, lo cual reduce su integridad a ante la paciente y prudente Penélope… o su heroicidad. Quizá su única redención posible ha sido dignificar en él mismo a los Nadies, comer el banquete de los Nadies (el porquerizo Eumeo ofreciéndole un sencillo plato en las mismas porquerizas, Canto XIV) y escuchar la verdad en el genuino canto de los Nadies: “A los dioses dichosos no agradan las obras perversas, premian lo que es más justo y los actos sensatos de los hombres, aún aquellos que invaden ajeno país, enemigos y varones malvados, y Zeus el botín les permite y, repletan las naves, embarcan y a casa regresan, también sienten temor de que en ellos se venguen los dioses” (Canto XIV) ¡Eumeo, en su propia cara y sin saberlo, le canta las verdades de su suprema inmoralidad a Odiseo! “Temerario y artero, incansable en ardides -le dice Atenea cuando lo escucha mentir- ¿No puedes siquiera en tu patria dar fin a tamañas mentiras ni a los falsos relatos que siempre han sido tu gozo?” Probablemente, Homero, ha decidido revelar a través de la boca de Atenea lo que ya se sospecha: la Odisea de Odiseo jamás existió, lo que hemos leído es solo el invento de un aedo llamado Odiseo, incontinente en fantasía, un aedo que hila y deshila mentira tras mentira, como la trama que la misma Penélope hace y deshace en sus noches de espera. 

El gran burlador ha triunfado, aunque hayan pasado veinte años y es irónico e hilarante a la vez, que solo un perro, Argos, lo haya olfateado. Si hacemos caso a esta lógica, entonces debemos asumir que en verdad Odiseo regresó anciano y que el combate con los pretendientes fue imposible, así como Eumeo lo sentencia: “Y tú, anciano, que tanto sufriste, si un dios te ha traído, no desees congraciarte halagándome con falsedades, pues ni amor ni respeto de mí alcanzarás de este modo, sino por el temor a Zeus y la piedad que me causas” (Canto XVII).



Fabricio Estrada

miércoles, 31 de mayo de 2017

O. Henry en Honduras, un vaudeville tropical en la tierra del loto - Jorge Federico Travieso




Este ensayo resultó ganador en el concurso de Ensayos convocado por la Universidad Pedagógica Nacional, en el año 2016.















viernes, 18 de septiembre de 2015

Hanna Arendt: sobre el perdón y la irreversibilidad

Foto: Fabricio Estrada. Filo.

"La posible redención del predicamento de irreversibilidad - de ser incapaz de deshacer lo hecho aunque no se supiera, ni pudiera saberse, lo que se estaba haciendo- es la facultad de perdonar. El remedio de la posibilidad de predecir, de la caótica inseguridad del futuro, se halla en la facultad de hacer y mantener las promesas.

Las dos facultades van juntas en cuanto una de ellas, el perdonar, sirve para deshacer los actos del pasado, cuyos "pecados" cuelgan como espada de Damocles sobre cada nueva generación; y la otra, al obligar mediante promesas, sirve para establecer en el océano de inseguridad, que es el futuro por definición, islas de seguridad sin las que ni siquiera la continuidad, menos aún la duración de cualquier clase, sería posible en las relaciones entre los hombres.

Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad para actuar quedaría, por decirlo así, confinada a un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos; seríamos para siempre las víctimas de sus consecuencias, semejantes al aprendiz de brujo que carecía de la fórmula mágica para romper el hechizo.

Sin estar obligados a cumplir las promesas, no podríamos mantener nuestras identidades, estaríamos condenados a vagar desesperados, sin dirección fija, en la oscuridad de nuestro solitario corazón, atrapados en sus contradicciones y equívocos, oscuridad que sólo desaparece con la luz de la esfera pública mediante la presencia de los demás, quienes confirman la identidad entre el que promete y el que cumple. Por lo tanto, ambas facultades dependen de la pluralidad, de la presencia y actuación de los otros, ya que nadie puede perdonarse ni sentirse ligado por una promesa hecha únicamente a sí mismo; el perdón y la promesa realizados en soledad o aislamiento carecen de realidad y no tienen otro significado que el de un papel desempeñado ante el yo de uno mismo."


La condición humana. Hanna Arendt. Paidos Surcos 15.


jueves, 12 de abril de 2012

La tentación

"La tentación más fuerte de todas las que comporta esta vida: la de no pensar como único medio de no sufrir" (Simone Weil)

"Creo que nos matamos unos a otros, o amenazamos con matarnos unos a otros, en parte porque tenemos miedo de no llegar a saber la verdad, de que alguien diferente pueda aproximarse más a ella. Nuestra historia es en parte una batalla a muerte entre mitos enfrentados. Si no puedo convencerte, te mato. Esto te hará cambiar de idea. Eres una amenaza para mi versión de la verdad, especialmente sobre quién soy yo y cuál es mi naturaleza. La idea de que pueda haber dedicado mi vida a una mentira, de que pueda haber aceptado una idea convencional que ya no se corresponde, si es que alguna vez lo hizo, a la realidad externa, es una constatación muy dolorosa. Mi tendencia será resistirme a ella hasta el final. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para no llegar a descubrir que la visión del mundo a la que he dedicado mi vida no es la correcta." 
                                                                                                                                             Carl Sagan

miércoles, 11 de enero de 2012

Carta de Cortázar sobre muerte del Ché


París, 29 de octubre de 1967
Roberto, Adelaida, mis muy queridos:

Anoche volví a París desde Argel. Solo ahora, en mi casa, soy capaz de escribirles coherentemente; allá, metido en un mundo donde sólo contaba el trabajo, dejé irse los días como en una pesadilla, comprando periódico tras periódico, sin querer convencerme, mirando esas fotos que todos hemos mirado, leyendo los mismos cables y entrando hora a hora en la más dura de las aceptaciones. Entonces me llegó telefónicamente tu mensaje, Roberto, y entregué ese texto que debiste recibir y que vuelvo a enviarte aquí por si hay tiempo de que lo veas otra vez antes de que se imprima, pues sé lo que son los mecanismos del télex y lo que pasa con las palabras y las frases. 


Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como sin uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. 


Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me averguenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos.http://www.literatura.org/che/sanche.gif
Che
Yo tuve un hermano.
No nos virnos nunca
pero no importaba.

Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.

No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.

   Ya nos escribiremos. Abraza mucho a Adelaida. Hasta siempre,
Julio

martes, 18 de octubre de 2011

Pamuk y el cigarrillo



"... En situaciones así lo importante no son las palabras, sino las actitudes, la autenticidad de nuestro dolor,  ni siquiera su intensidad, y la capacidad de adaptarse al ambiente imperante. A veces pienso que si el tabaco gusta tanto no es por la fuerza de la nicotina, sino porque en este mundo vacío y sin sentido te da con facilidad la impresión de estar haciendo algo que tiene un significado. Mi padre, mi hermano y yo aceptamos cada uno un cigarrillo del paquete de Maltepe que nos ofrecía el mayor de los hijos del difunto, lo encendimos con la llama de la cerilla que sostenía con habilidad y, como si estuviéramos haciendo lo más importante del mundo, empezamos a fumar cruzando las piernas curiosamente los tres a la vez..."

(El museo de la inocencia - La mano de Rhami Efendi)

domingo, 8 de mayo de 2011

Ernesto Sábato - Capítulo XXXVI, El túnel

Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubíeramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos. sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que yo estaba allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

¡La hora del encuentro había llegado! pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estupida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un sólo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, las vidas agitadas que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y aveces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba  a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado.

jueves, 9 de septiembre de 2010


"...Miren, la razón, señores, es una buena cosa, esto es indiscutible, pero la razón no es más que la razón y satisface tan solo las capacidades humanas de raciocinio; en cambio los deseos son la manifestación de toda la vida, es decir, de toda la vida humana, incluídas la razón y todas las comezones.
No importa que en todas estas manifestaciones nuestra vida a menudo aparezca como una pequeña porquería; pese a todo, es vida y no tan solo una extracción de la raíz cuadrada.

Yo por ejemplo, quiero vivir, como es muy natural, para satisfacer toda mi capacidad de vida y no sólo para satisfacer mi capacidad de razonar, es decir, una veinteava parte de toda mi capacidad vital.

¿Qué sabe la razón? La razón sabe tan solo aquello que ha tenido tiempo de conocer ( tal vez jamás conozca otra cosa; esto, aunque no sea un consuelo, debe decirse); en cambio la naturaleza humana actúa por entero, con todo cuanto hay en ella, de un modo conciente e inconciente, y aunque mienta, vive."


F. Dostoievski - Apuntes del subsuelo

"Pues el miedo es el sentimiento innato y primordial en el hombre: por el miedo se explican todas las cosas, el pecado original y la virtud original. Y tambié nació del miedo la virtud mía: la ciencia.

Pues el miedo a los animales salvajes -(ese miedo que conoció durante más tiempo el hombre, y también el animal que el hombre oculta y teme dentro de sí mismo)- es lo que Zarathustra llama la bestia interior. Ese largo y viejo miedo finalmente refinado, espiritualizado, intelectualizado, creo que es lo que hoy se llama ciencia."


F. Nietzsche - Así habló Zarathustra

"¡Qué sordo y torpe he sido! -meditó a paso ligero- si alguien lee un escrito para buscarle sentido, no desprecia los signos ni las letras, ni los llama engaño, casualidad o cáscara inútil; al contrario, los lee, los estudia, los ama letra por letra. Sin embargo, yo quería leer el libro del mundo y el de mi propia naturaleza despreciando los signos y las letras en favor de un sentido imaginado de antemano, preconcebido; llamaba al mundo visible un engaño, consideraba mi ojo y mi lengua como apariencias casuales y sin valor.

No, esto ya ha terminado: ahora me he despertado realmente y hoy, por fin, he nacido."


Herman Hesse - Sidharta

lunes, 6 de septiembre de 2010

Marcial a la cart


- Asper ama a una mujer hermosa, pero ciego. Por tanto de esta situación, ama más de lo que ve.

- Aunque concedas tantos dones y estés dispuestos a concederlos mayores, vencedor de emperadores y vencedor también de tí mismo, serás amado por el pueblo no por las recompensas, César; el pueblo, César, ama las recompensas por tí.

- No hay dinero en mi casa, sólo me queda, Régulo, vender tus regalos: ¿me los compras?

- Mientras una hormiga vaga a la sombra de un árbol de Faetón, una gota de ámbar aprisionó al pequeño animal. Así la que antes, mientras tenía vida, había sido despreciada, ahora, gracias a su muerte, se ha convertido en un objeto precioso.

- ¿Te sorprendes, Teodoro, porque no te regalo mis libritos después de habérmelos pedido y reclamado tantas veces? El motivo es importante: para que tú no me regales tus libritos.

- Filón jura que él nunca ha cenado en su casa, y es así: todas las veces que no le invita nadie, no cena.

- Tienes unos amigos, Paulo, igual que tus cuadros y tus copas, todos originales.

- Estás viendo unos peces, extraordinario trabajo de cincel del arte de Fidias: añade agua, nadarán.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El secreto


El secreto comunica una exposición excepcional a la personalidad, ejerce una atracción social determinada, independiente en principio del contenido del secreto, aunque, como es natural, creciente a medida que el secreto sea más importante o amplio... Del misterio o secreto que rodea a todo lo profundo e importate, surge el típico error de creer que todo lo secreto es al propio tiempo algo profundo e importante.

El instinto natural de idealización y el temor natural del hombre actúan conjuntos frente a lo desconocido, para aumentar su importancia por la fantasía y consagrarle una atención que no hubiéramos prestado a la realidad clara.


Georg Simmel

jueves, 2 de septiembre de 2010

Y se van los hombres


Y se van los hombres a admirar la altura de los montes, las gigantescas olas del mar, los anchos caudales de los ríos , la inmensidad del océano, el curso de los astros y a sí mismos se dejan a un lado. Y no se maravillan de que, al hablar de todas estas cosas, yo no las veía con los ojos, y, sin embargo, no hablaría de ellas, si las olas, los montes, los ríos y los astros que yo he visto, y el océano, en el que he creído, no los viese anteriormente en mi memoria, con tan vastas dimensiones, como si los viera en el exterior.
Y, no obstante, cuando las vi con los ojos, no las absorví al verlas; ni son ellas las que están dentro de mí, sino sus imágenes; y sé qué es lo que se ha impreso en mí y por qué sentido de mi cuerpo.



San Agustín - Confesiones

domingo, 29 de agosto de 2010

Según el sentir de El País, en 1984: los 10 escritores más importantes de Europa de todos los tiempos


(las caricaturas son de COLÍN).
El pie de foto dice: "Los escritores más votados en el referéndum europeo. De izquierda a derecha, de pie, Shakespeare, Goethe, Cervantes, Dante, Kafka y Mann (con iguales votos); en el mismo sentido, en cuclillas, Proust, Moliére, Joyce, Dickens y Federico García Lorca, que fue el undécimo clasificado".

(Tomado del blog Isla Kokotero)


lunes, 23 de agosto de 2010

Crónica familia



A Nicolás Escobar se le murió la tía más querida. Ella murió mientras dormía, muy tranquilamente, en su casa de Asunción del Paraguay. Cuando supo que había perdido a su tía, Nicolás tenía seis años de edad y miles de horas de televisión. Y preguntó:
- ¿Quién la mató?



Eduardo Galeano - Patas arriba (la escuela del mundo al revés)
La multitud de cuerpos mutilados fueron apresuradamente cargados por los muchachos ayudantes de los sacerdotes hasta el cercano canal, el que fluía hacia la avenida Tepeyaca. Fueron puestos dentro de grandes canoas de carga, y cuando todos estuvieron cargados, éstas fueron enviadas a diversos puntos de la tierra firme, hacia los viveros de flores de Xochimilco, para los huertos o las hortalizas que se encontraban alrededor de los lagos, en donde los restos de los cuerpos serían enterrados y utilizados como fertilizantes.
Un pequeño
acalí acompañaba aparte a toda la flota de chalanas. Éste cargaba fragmentos o pedacitos de jade, pedacitos tan pequeños que no tenían ningún valor y cada uno de ellos sería puesto en la boca o en el puño de cada hombre antes de ser enterrado.
Nosotros nunca negábamos a nuestros enemigos vencidos ese talismán de piedra verde, el cual era necesario para su admisión en el más allá.



Gary Jennings - Azteca

Ahora no voy por los naicluses

Ahora no voy por los naicluses, como decía La Estrella, porque quitaron la censura y me pasaron de la página de espectáculos a la de actualidad política y me paso la vida retratando detenidos y bombas y petardos y muertos que dejan por ahí para escarmiento, como si los muertos pudieran detener otro tiempo que no sea el suyo, y hago guardia de nuevo pero es una guardia triste.



G. Cabrera Infante - Tres tristes tigres

sábado, 17 de julio de 2010

Fin de Ajab


"Un halcón marino, dio la casualidad, interpuso en ese momento su ala agitada entre el martillo y el palo; el salvaje, sumergido, mantuvo el brazo así al expirar; y el ave celestial, dando chillidos sobrenaturales, con el pico imperial en alto y el cuerpo entero preso en el banderín de Ajab, se hundió con el barco que, como satanás, no quería hundirse en los infiernos sin llevarse consigo un pedazo de cielo.


Sobre el bostezante golfo revolotearon algunas avecillas; una resaca blanca ascendió por las paredes del remolino abierto, para hundirse más tarde todo, y el gran sudario del mar siguió ondeando como lo hace desde el principio de la creación..."


(Herman Melville - Moby Dick)

viernes, 16 de julio de 2010

Tres estocadas

"La prisa de un tonto no es velocidad."
Lenin


"Ningún hombre es bueno tan solo porque crea en la bondad, sino porque ha sido educado conforme a un estilo de vida bueno."
Reed


"Es la ausencia de imaginación la que transforma al hombre en un inválido de la realidad."
Juan Bañuelos

jueves, 8 de julio de 2010

Hemingway en La Habana


Tomado del blog Buena suerte viviendo



Por: Lázaro Sarmiento
Por la puerta del Bar Floridita de La Habana debió entrar muchas veces Ernest Hemingway acompañado de Leopoldina Rodríguez, una interesante y bella mulata cubana que fue uno de los grandes amores de su vida.

El dato de esta relación sentimental no es inédito pero Helio Orovio (1938-2008) lo recordaba entre varias historias en un delicioso artículo que escribió poco antes de morir y que tituló La ciudad musical de Hemingway. El texto se publicó en la revista Extramuros, del Centro Provincial de la Literatura y el Libro en Ciudad de La Habana.




Orovio apuntaba que Leopoldina, además del gran amor de Ernest, fue su amiga y confidente a quien protegió económicamente y acompañó solitario en su entierro a fines de los años cincuenta.

Leopoldina fue la única mujer por la que el novelista sintió verdadero amor. Esa mulata cubanísima fue su pasión y su compañera de parrandas y de peñas musicales, según destacaba Helio Orovio.

“Con ella iba al stadium de La Habana a los juegos de béisbol de Almendares, Marianao, Cienfuegos y Habana, a los matches de boxeo, al jai-lai y desde luego compartía sus estancias en el Floridita”.


Varias décadas después de su muerte, (Ketchum, Idaho, 2 de julio, 1961), a Ernest Hemingway continúan buscándolo los turistas que llegan a La Habana. Casi todos quieren llevarse en sus diminutas cámaras una imagen con el Hemingway de metal colocado en un rincón de la barra del Floridita, uno de los siete bares más famosos del mundo.