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jueves, 28 de septiembre de 2017

Y se llamaba María - Crónica de la huracana

Las ovejas decidieron aguantar. Cerraron círculo y, cabeza contra cabeza, esperaron que María descargara toda su furia como mejor podía. Desde la ventana del segundo piso, les monté un monitoreo más cercano a un biólogo que a un aterrado ser humano que ya estaba viendo la descomunal fuerza del huracán más portentoso que se ensañó con Puerto Rico esta temporada de huracanes que, debo decirlo, aún no termina.
Intentaba fotografiarlas o grabarlas con mi Smart phone, pero las ventanas estaban anegadas con un filtro impresionista que hasta Monet hubiera envidiado. Debía alejarme un poco para ver las siluetas de la pequeña tropa ovina o salir y arriesgarme a volar como los panapens y flamboyanes de Vega Baja. En casa todos lanzábamos imprecaciones contra la indiferencia de un dueño que, sabiendo lo que venía, no había puesto a resguardo a los que, hasta ese momento, creíamos indefensos animales, más cercanos a la contabilidad del insomnio que a una comunidad entrenada para resistir todo. Resistir. Sí. Porque eso hicieron.

A cuatro días del huracán logramos ver el cielo estrellado; tan nítido que hasta la Vía Láctea se mostraba en todo su esplendor. Las Siete Cabritas seguían inamovibles como lo habían hecho -algunos grados de más, algunos grados de menos- los últimos cinco mil millones de años. Que los griegos les llamaran la Osa Menor no es algo que competa a la tradición del nuevo mundo, el asunto es que las siete cabritas estelares tenían su contraparte en tierra, y éstas, eran tan impertérritas en español boricua como en griego de la Hélade. Eran las ocho de la mañana del miércoles 20 de septiembre y María, intentaba tumbar siete ovejas de carne y hueso. Los meaítos, las palmeras, las bambúas, los techos de zinc, las segundas plantas de las casas hechas de madera, los postes del alumbrado público, algunos carros, muchas aves, los chinchorros más conocidos, las ceibas más respetables, todo se había unido al carrusel gigantesco, todos como derviches extasiados entregados a la destrucción.

A dos semanas de que el huracán Irma pasara a 60 km al noroeste de la isla, la población puertorriqueña recibió como un colmo la aparición de María. Si las redes sociales tapizaron de memes socarrones el ánimo de todos, esta vez se percibió mayor cautela y hasta cierto nerviosismo en el intento de pasársela chilling que los boricuas despliegan de tan buena forma en su carácter cuando las cosas se complican. El año 2017 ha sido todo un revolú para la isla. La quiebra del Estado Asociado, la imposición consecuente que los bonistas exigieron bajo el nombre de Junta de Control Fiscal (la isla debe pagar sí o sí 75 mil millones de dólares bajo las reglas de un inmisericorde ajuste), el despertar fragoroso en la indignación estudiantil con todo y su huelga combativa que luego se hizo popular el primero de mayo; el cierre masivo de escuelas por falta de presupuesto, la sangría en la recaudación de impuestos por el éxodo emprendido por la población hacia Estados Unidos (más de 700 millones de dólares que no ingresaron en el 2016), la acelerada pauperización de la isla y… la llegada de Trump que ya avisaba. Ningún año, resumamos, en las últimas siete décadas, fue peor para Puerto Rico y sus aspiraciones de bienestar y comodidad bajo la tutela federal que brinda el estatus de american citizen.

Cuando Irma apareció en el horizonte y machacó las Antillas Menores (San Martín y la isla melliza de Antigua, Barbuda), el gobierno levantó una campaña de previsión que demostró ser eficaz y llenó de seguridad a la población. El gobernador Ricardo Roselló incluso alcanzó a dominar su característica inseguridad retórica y hasta fue adquiriendo personalidad de estadista -favor no confundir con su ya reconocida opción ideológica-, apareciendo de manera constante en los medios. Quizá el hecho de que el huracán no entrara de lleno logró un efecto de sobrevaloración de los propios recursos y de la bendición manifiesta de los poderes celestiales que, una vez más, bendecían a Puerto Rico desviando a último segundo la amenaza. La algarabía fue general y se celebró con buen humor aún y cuando el fenómeno atmosférico, apenas con su cola, desbarató la conexión de energía eléctrica en un 40% de la población. Pero eso se aceptó ¿acaso no sucedía eso cuando el paraíso de Borinquen aún estaba en todo su detalle, sin tormentas de por medio o descargas solares extraviadas o polvos del Sahara excesivos en su densidad? Hubo tiempo de party a la vez que CNN y WAPA TV mostraban, con efecto de binoculares vistos al revés, que Irma, allá, muy lejos, inundaba Miami y Cuba. Los refugiados de las islas podían ser recibidos en los hoteles de Isla Verde con cierta holgura y Viequez y Loiza podían esperar con paciencia a que las autoridades lograran convencer a FEMA (Federal Emergency Management Agency)que Puerto Rico también había sido sufrido graves daños, a lo cual los de FEMA respondían que se debía recabar más información fidedigna. Quizá los de FEMA leyeron y reflexionaron a fondo ese pasaje de El Informe Pelícano de Jonh Grisham -Best Seller de suspenso ambientado en los noventas- donde uno de los personajes pregunta dónde está el presidente.

-En Puerto Rico -responde- atendiendo el desastre por el huracán.
-¿Y cómo estuvo eso? -insiste el alto funcionario de la Casa Blanca.
-Impresionante -dice con honestidad red neck el tipo, seguramente aflojándose la corbata-, se llevó un millón de chozas de cartón y ahora nos urge conseguir un par de billones para construir nuevas casas y plantas de electricidad. Ellos necesitan de un huracán así cada cinco años - sentencia con el escarnio que mejor caracteriza el pensamiento colonial estadounidense respecto a Puerto Rico y sus avatares.

Mucho de esto flotaba en la prudencia con que el representante de FEMA respondió ante la insistencia de los periodistas boricuas que preguntaban las acciones que tomaría el gobierno fedeal respecto a Irma. Y es que el sistema colonial impuesto a la isla ha sometido a la población a un beneficio de doble filo. Por un lado, brinda la tranquilidad de que cualquier desastre está bajo la sombra  de la Metrópoli y su reacción constitucional y, por otro, el desamparo está bajo la lupa de del benemérito Saint Thomas, quien siempre intentará comprobar las heridas del costado y de los clavos metiéndo la mano hasta la muñeca.

II

A las cuatro de la mañana del miércoles 20 de septiembre a María poco le importaba lo que Irma dio como lección. Con vientos de 340 km por hora embestía a Borinquen. Ada Monzón había acertado en todo en cada uno de sus pronósticos. Ella, que debido al desempleo por cierre de  su canal de tranmisión-con seguridad reflejo de los recortes generalizados por la Ley PROMESA- se vio en la necesidad de reinventarse montado vía live streaming y desde su casa, una serie de boletines del clima que las redes sociales absorvieron como el desierto que recibe la única lluvia del año. Seis boletines al día fueron el pan ázimo y necesario de la ciudadanía. Seis boletines de Ada Monzón fueron la orientación más confiable y aterradora. En ellos -en más de una ocasión-, Monzón no pudo contenerse y  dijo abiertamente que nunca se imaginó estar informando algo tan terrible: María atravesará la isla y su destrucción será nivel catástrofe. Fue en ese momento en que el silencio se impuso; el momento en que el reloj comenzó a engarzarse pieza por pieza y las medidas empezaron a sonar, sí, sonar, a hacer ruido, a hacer martilleo, a clavetear ventana por ventana y a aserrar ramas semi partidas por Irma e ignoradas de lejos por José. Los turistas desaparecieron y los refugiados de las Antillas Menores volvieron a rezar, con pleno conocimiento de causa, en los hoteles que ahora estarían de frente a María.

III

El rugido era como  la escena de La Guerra de los Mundos en que Tom Cruise y sus hijos, dentro del sótano, escuchaban las turbinas del Boieng 747 que se estrelló en el patio. Las ráfagas, tan afiladas como una podadora eléctrica, iban segando la copa de los árboles. Los sonidos secos de enormes troncos que se abatían sobre los techos derrumban por segundos el ánimo de cualquiera. Me asomé a ver las ovejas. Llevaban ocho horas aguantando y cuando una de ellas tenía hambre, las demás le permitían salir por unos dos minutos a mascar hierba y luego se movían en grupo hacia ella y la rodeaban. Todas con sus cabezas hacia el centro, formando un solo ojo que parecía buscar una salida hacia el centro de la tierra. Esa era la hora en que el otro ojo estaba llegando a Vega Baja, a 52 km de San Juan. Nada de radio y nada de Monzón. Esto no era Bangladesh en 1971 ni Honduras durante el Mitch en 1998, dichosamente, pero era un C- 5 en toda su irresoluta voluntad de quedar en la memoria del planeta tomando como trofeo a Puerto Rico. 

Las casas aguantaban. Al menos las casas que respetaban las claúsulas de los aseguradoras. En la década de los sesentas, Puerto Rico entró al sistema estandarizado de las aseguradoras estadounidenses que exigían casas de cemento para ofrecer su cobertura. A partir de entonces, los puertorriqueños empezaron a cimentar un diseño que se generalizó basado en una unidad habitacional de arquitectura absolutamente funcional y previsora de huracanes. Techo en terraza (adiós al dos aguas de zinc o palma, lo que hace que lo escrito por Grisham en El Informe Pelícano sea más que un escarnio) y paredes bajas. Plano general  sólido, entonces, musculoso y sin ornamento de más. Le corbusier tropical y simplicado. Funcionalismo puro. Pasados los años, la disciplina arquitectónica comenzó a aflojar y esa base de cemento acogió segundas plantas de madera, sobretodo en el área rural, lo cual, bajo su propia decision, sacó de la posibilidad de seguro a miles de habitantes, los mismos que hoy, a siete días del paso del huracán María, cruzan dedos por ser beneficiados por FEMA debido a que su hogar, simplemente, voló.

Sólo en el pueblo de Aguada, ocho mil casas fueron barridas. Las inundaciones en Levittown y Loiza alcanzaron niveles históricos. Pueblos de montaña como Orocovis, Ciales y Morovis quedaron incomunicados por días; la represa de Guajataca mantiene sus fisuras como una amenaza y casi el 98% de la isla está sin energía eléctrica. A una semana de María, la emisora radial WAPA 680 -la única que se mantuvo en lo peor del huracán- ha comenzado a dar esperanzas con la noticia, un tanto dudosa, de que el 40% de la población ya recibe servicio de agua potable a pesar que el gobierno de la Estadidad, se está revelando como una desorganización oficial en toda regla: la policía está sirviendo de guardia de seguridad en las pocas gasolineras que distribuyen combustible y que ya son focos de tensión violenta, violencia concreta que ya rompe el toque de queda en regla con gangas (pandillas) dispuestas a todo en las calles tenebrosas de San Juan, o al menos, sedientas del cobre de las líneas de fibra óptica que, derribadas por el viento o saqueadas, evitan la conexión del sistema en cajeros automáticos y el trasiego bursatil en general. 
Lo análogo vuelve a su reino. Las radios de transistores discursan -sobretodo desde la WKAQ 580 y Radio Isla- nacionalismo alentador o mensajes de autoayuda Og Mandino hasta que la cadencia del vacío llena las ondas del desespero. El circulante de dólares sirve de poco porque también es poco lo que el corralito no oficial permite sacar de los bancos (de 250 a 500 dóolares), así que la espera y las excursiones fallidas a gasolineras -filas inmensas que se adentran en la madrugada-  y aglomeramiento al pie de antenas de telefonía celular, es lo que mejor hace mucha gente en la necesidad de conectarse a las carreteras o al mundo.

III

El 60% de la población de Puerto Rico recibe el PAN, bono federal de ayuda económica a familias o personas de bajos ingresos. El huracán impactó en las residenciales de bajísimo ingreso y en los barrios populosos de todas la ciudades.

IV

El primer país en anunciar su abierta solidaridad hacia Puerto Rico fue España. El segundo, luego de un silencio extraño, fue Estados Unidos. En ese orden. Entre un anuncio y otro medió un silencio extraño de siglos. Por lo demás, los países que han anunciado su solidaridad se han topado con el John Act, la ley base que encadenó a Puerto Rico a una obligatoriedad en todo lo referente al comercio internacional: la Ley de Cabotaje que impide la entrada de cualquier producto a no sea que vaya a ser transportado por la marina mercante estadounidense. El bloqueo colonial es real. El trámite burocrático en tiempo de solidaridad también. Ni República Dominicana, país vecino, puede mandar nada de ayuda directamente.

V

Dos señoras que viven desde hace mucho tiempo en el mismo condominio donde vivimos en Santurce, nos anuncian que no les importa pagar 1500 dólares para irse ya para Estados Unidos. Que ya lo decidieron. Las aerolíneas has roto todos los records en sus costos por boleto. A la misma hora en que ellas nos comunican su decisión, unos cuantos miles de boricuas se anuncian entre sí lo mismo. Trump habrá hablado de inmediato con sus amigos de las aerolíneas -deduzco-, un plan de contención se ha activado.

VI

El paisaje, de manera inquietante, se parece al de los bosques de Montana o de Minessota en pleno invierno. La foresta desnuda deja ver la polación de pájaros que no encuentra cómo cubrir sus vergüenzas. Los pájaros van de árbol en árbol, de zona forestal desaparecida a otra zona de reserva forestal desaparecida. Luego llegan al mar. Nunca hubo árboles caídos en el mar. Tal vez gigantescos mástiles. Tal vez los barcos petroleros no llegan por el enredo de mástiles caídos desde hace siglos en el Canal de La Mona. Los pájaros se quedan en la orilla del mar, por miles. Imaginan otros bosques. En este bosque siniestro que es el nuevo paisaje de la isla, los copos de sol caen, ardiendo cada uno a 93 F.

VII

Tres días después, en el colmado del Barrio Pugnado Adentro, en Vega Baja, mientras tomábamos unas Busch enfriadas por la planta eléctrica que Adrián, dueño del lugar, ha mantenido encendido casi como asunto de honor. La gente del barrio mantiene una parroquia chicharachera pero llena de trasiego laboral. Ahí llegan los que perdieron sus casas y los que siguen cortando ramas y limpiando escombros. Beben el asopao que la esposa de Adrián ha cocinado en los primeros días de apoyo al esfuerzo de reconstrucción y ánimo mutuo. No hay muchos muertos, dice la gente, apenas van 16 y eso que fueron por accidentes después del miércoles 20. Aprovecho para contextualizar a algunos sobre las pérdidas que tuvimos en Honduras cuando el huracán Mitch. Cerca de ocho mil personas.  Aquí ya tenemos 50 mil millones de dólares en pérdidas. Este es mi tercer huracán Categoría 5, les digo riendo. Estamos en un match de ida y vuelta que ni Mónica Puig podría sostener por mucho tiempo. 

Una de las señoras que están en la barra me escucha el acento y me pregunta de dónde soy. Al escuchar que soy hondureño abre los ojos y, en una mezcla de emoción y tristeza, me dice que estuvo en Honduras ayudando cuando sucedió lo del Mitch. “Pertenecía al movimiento Juan XXII, fui misionera, conocí la Basílica de Suyapa, la grande… vi muchos muertos, mucha gente necesitada; quise ayudar a sacar una niña que la mamá me dijo que me la regalaba porque no podía sostenerla en medio de aquella tragedia… al principio no pude, pero después moví cielo y tierra y logré sacarla. Mire cómo son las cosas… un hondureño aquí cuando ahora nos sucede esto… ¡Bendito! ¡Qué desgracia la que se nos vino encima! Yo perdí mi casa, yo mandaba las fotos de mi casa bonita a mis amigas afuera. Era muy bonita mi casa, era de madera, parecía como de muñeca”.

Cuando me dice eso recuerdo que, en lo más fuerte del huracán, aparte de las ovejas tuve como referencia una casa de muñecas de madera que los vecinos construyeron para su pequeña hija a unos 200 metros de la casa. Esa casita resistió todas las peores ráfagas. Su techo de caricatura se mantuvo incólume. Al día siguiente, jueves 21, los vecinos bajaron a verla y se rieron de que hubiera sobrevivido. La amiga misionera no ríe. Ha comenzado a llorar pero se repone de inmediato. “Para esto y más estamos”, dice, “Es la que hay y volveremos a empezar y reconstruiremos nuestra islita”. Su expresión es jíbara, telúrica, viene de lo más profundo de los siglos caribeños. Cuando Iris, al salir del colmado, me pregunta cómo se llamaba, le respondo de inmediato, así como la señora misma me respondió al preguntarle su nombre.

“María. Se llamaba María.”

Fabricio Estrada

27 de septiembre del año 2017

lunes, 11 de septiembre de 2017

La espuma de Irma

El miércoles 4 de septiembre pasado era el día en que el huracán Irma traía su impacto a Puerto Rico (7 pm según FEMA la Agencia Federal de Manejo de Emergencias), pero los pájaros, desde el día anterior, ya lo sabían. No percatamos de los muchos pájaros que estaban en el cableado y nos detenimos, a nuestra llegada a Vega Baja, para escucharlos en su inquieto coro. Los vientos estimados de Irma andaban por las180 mph lo que lo convertía en un verdadero monstruo. Recordando lo que viví durante el huracán Mitch en 1998 (las imágenes de Tegucigalpa agarrada desprevenida eran alarmas profundas en mí) decidí mantener bajo vigilancia la quebrada que pasa atrás de la casa de mis suegros. Las lecciones del Mitch (Categoría 5, por igual) habían demostrado que cualquier riachuelo o quebrada era mortal una vez que la lluvia caía en las montañas.

El huracán llegó y lo hizo con ráfagas dosificadas primero. La lluvia ya era muy fuerte pero en Vega Baja, las hondonadas naturales hacían que se amortiguara. En San Juan era otra cosa: cientos de árboles ya se habían partido en dos pero las edificaciones resistían.

Hay una imagen que me tenía hipnotizado: la danza convulsa de las plantas y los árboles. Quise ver en ello un incontrolable éxtasis religioso del verdadero pueblo que esperaba la llegada de Juracán para adorarlo, para pedirle que los liberara de sus raíces. Ululaba ese blanco viento cargado de espuma y las palmeras giraban, se doblaban, invertían sus copas clamando la liberación. Es lo que yo miraba hasta que la oscuridad y la riesgosa estadía fuera del porch me obligaron a entrar. Momentos antes, vi cómo, impacientes, varios árboles se arrancaban de cuajo desde las raíces y no lograban ser aceptados por los vientos. Dormí con esa imagen y aquí la tengo, así como aún guardo aquella del Río Choluteca agigantado, mar de barro furioso saltando sobre los puentes más antiguos de Honduras. 

Dos huracanes categoría 5 en mi haber. No está mal. Al final, en Puerto Rico no sucedió lo de Honduras, pero sí que avisó lo que sucedería de venir otro de frente: una tragedia como la de San Martín y Barbuda. Cierta indolencia que he percibido en la población lo augura. El confort ha horadado con su individualidad las posibles respuestas. Se responde solo ante el consumismo y eso hizo que, ante el anuncio de corte de electricidad, la población saliera en masa a comprar plantas eléctricas, encenderlas y encerrarse en las casas para seguir viendo la serie truncada por la emergencia. Si bien es cierto que ese acceso económico no da para todos, hace que se oculte las crecientes masas empobrecidas por la Junta de Control Fiscal, las mismas que pueblan la oscuridad de Santurce y Barrio Obrero. De ahí no llega el ronroneo tranquilizador de las plantas eléctricas. De ahí, solo llega un sonido de espuma y de olas ciegas.

F.E.



martes, 18 de julio de 2017

Los niños cardinales de Medellín - FIPM 2017



Los niños de la Escuela San Isidro de I.E. Gilberto Alzate Avendaño de Medellín son una rosa náutica. Abren y cierran portales en los cuatro puntos cardinales de Colombia. Pertenecen al Proyecto Gulliver sumado al esfuerzo del Festival Internacional de Medellín. Estoy junto a Hugo Rivella, poeta argentino, y Catalina Gutiérrez, artista del hip-hop de medallo. Hacen una declaración de paz como un ritual antes de que iniciemos las lecturas. Todos a la vez, giran y toman posición hacia el oriente.

Oriente: Saludamos el nacimiento del sol de nuestros derechos fundamentales, como:
Derecho a la vida digna y en paz
Derecho al buen trato
Derecho a la alimentación
Derecho a la educación digna
Derecho a ser respetado y reconocido
Derecho a la verdad de nuestra historia y a la libre expresión
Derecho a la dignidad de nuestros maestros”

Y yo, entonces, aparezco en el oriente llanero colombiano, en Arauquita. Voy con el poeta cubano Eduard Encina, sobrevolamos los llanos inundados por el Arauca vibrador, el mismo que le toma una hora en atravesar Colombia hasta llegar a Venezuela y luego retorna en el tiempo como un reto a Cronos -como así me lo dice Pavel Rodríguez entre guitarra y arpa- los inmensos territorios, los infinitos territorios que cruzaron los gitanos de Cien Años de Soledad luego de arrebatarle los misterios a los magos de Babilonia. Serpentea el río y, desbordado, se mete a nuestros ojos, a una velocidad asombrosa vamos y nos preguntamos qué tan lejos estamos de Medellín. No sé -me dice Eduard-, yo solo salí del hotel y ya estábamos aquí. Decido no decirle que todo es causa y efecto de los niños cardinales, no quiero decirle tampoco que vamos ya a pasos gigantescos, como Gulliver mismo, entrando a una de las zonas más dolorosas de la guerra colombiana. En nuestros ojos entran los 250 mil km cuadrados de la región. Esa guerra que ya tiene horizonte. Esa guerra que ya se acaba. Una hembra chigüiro -capibara- se asoma con sus crías al lado de la carretera que bordea la inundación del día, nos husmea desde el cuaternario; una boa se desenrosca como lo hacen los pozos petroleros que van anunciando que lo que se gana con la paz se oscurece con el petróleo. Avisan las torres petroleras, como faros siniestros que succionan luz negra para esparcirla al aire de la nueva historia que comienza. Es la frontera con Venezuela y somos recibidos por el Colectivo Medio Pan y Un Libro, los esforzadísimos gestores culturales que, en medio de la nueva realidad que traen los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el Estado, se han propuesto darle a Arauquita no migajas, sino pan recién horneado y el saber de la poesía. Hay arpa llanera, concierto de bandolones, danza colorida y relato cantado a la antigua forma. Al finalizar la lectura hablamos con el colectivo completo. Intercambiamos experiencias y yo pregunto por el danto, me pregunto -es mejor decirlo-, si los dantos no se comieron los sueños completos con su hambre onírica insaciable.

Nos piden que los acompañemos a un recorrido por los murales que nos han dedicado y es así que, Eduard y yo, nos vemos pintados en cuatro paredes de Arauquita, junto a palabras bellas escritas por el joven poeta Diego Aldana Perez, nuestros rostros en el extremo oriente del llano. Estamos mudos. No sabemos qué decir. Los almendros cubren la noche y solo alcanzo a ver, desde la ventanilla del carro, la silueta de cuatro indígenas tinigua, quizá fantasmas del viejo genocidio. Apenas logro distinguir sus colores. Se quedan. Se quedan en Arauquita.
De pronto, los niños de la San Isidro han girado hacia el occidente.

“Occidente: Es donde nos preparamos para un nuevo amanecer. Occidente será el símbolo del reposo de las tareas del día, para renovarse y continuar en la construcción de memoria, vida y comunidad”

 Aparezco sentado al lado de Gary Geddes, poeta canadiense y junto a María Tabares y Martín Cruz, poetas colombianos. Catalina Gutiérrez y sus compañeros del hip-hop cantan la dureza y las tornamesas giran en el lenguaje más cercano a la pulsación de una generación que se vio envuelta en la locura. Estamos en el Asentamiento de desplazados la Cruz y La Honda. Abajo está Medellín con toda su pujanza y sus innumerables edificios de ladrillo. Aquí, en la Comuna 3, casi a 2400 metros sobre el nivel del mar, el aire escasea para mis pulmones. Compartimos el sancocho más alegre, los grandes calderos hierven y nos vamos pasando los platos entre bromas y la mirada que más va sintiendo el paisaje: es la mirada del poeta fariano Martín Cruz. Él es uno de los más de 6 mil combatientes de las FARC-EP que firmaron la paz y que entregaron sus armas. Pertenece al Mecanismo de Monitoreo y Verificación de los acuerdos alcanzados hasta el momento. Su mirada recorre la precariedad y la abigarrada acumulación de marginamiento en las laderas, ese laberinto hirviente que sube y sube hasta donde estamos. “Qué pena iniciar con estas palabras -dice cuando le toca su turno de leer- pero, nací en el monte y he luchado por una Colombia justa toda mi vida, y aquí, al mirar la situación de estas comunas, me doy cuenta de que volvimos al mismo punto de partida, y ahora, desde la paz y las ideas, debemos cambiar esto”. Ya en la conferencia de prensa que inauguró el 27 FIPM había sido enfático: “Hemos hecho nuestra parte y el Estado de Colombia está haciendo la suya. Ahora que entregamos las armas solo nos quedamos con el arma de la palabra, con el diálogo”. Nos acompañan dos miembros de la seguridad proveída por el estado colombiano. Dos jóvenes silenciosos como las márgenes de un río contenido que sabe bien lo que pasa cuando se desborda. Están ahí, al lado de sus recientes enemigos a muerte y ahora los conducen hacia este acto de poesía. Inescrutables, asisten y les comparto la sal para la sopa, una sal con la que podríamos hacer una estatua para la Sodoma y Gomorra del pasado.

Baja a toda velocidad la buseta y deja atrás la madeja del Proyecto Tejiendo los hilos de la memoria, quienes han organizado la lectura y actividades. Caemos, no bajamos, caemos como un bólido María Tabares, Juan -el amigo coordinador- y yo. Los grupos de muchachos que bailan reagguetton no se apartan, la gente que come en las aceras tampoco. Todo es tan estrecho como un tobogán de arcilla y cables. Aparezco en las afueras del Teatro Pablo Tobón Uribe. Es de noche ya y el conversatorio Construyendo el país soñado inicia. A mi lado está la asombrosa Gunnara Jamioy de la nación Iku-Kamentsa-Colombia y el tremendo cantautor de rock alternativo chileno, Chinoy. Otra mano teje, y este hilo ahora es de algodón, nieve, Andes-Pensamiento y del río Gualcarque. Hablo sobre Berta Cáceres. ¿Qué otro país desearía soñar y construir sino el soñado por Bertita? ¿Si he sentido como míos los ritmos musicales de Colombia por qué no me ha de pertenecer el Río Magdalena? ¿Por qué no debería pertenecerles a los colombianos el Río Gualcarque y los ritmos lencas y garífunas de Honduras? ¡Alerta, alerta! ¡Ya no hay tiempo! Repito la advertencia que sembró con su asesinato Berta Cáceres en la hondureñidad y el mundo, la misma advertencia que puede resonar al fondo de toda firma bien intencionada.
Los niños han girado su rostro hacia el norte.

“El Norte: es nuestra misión que consiste en lograr un país más justo para todos. Que construyamos el país soñado. Mirando hacia nuestro norte, hacemos homenaje a los niños del presente, porque construirán un futuro en paz, perdón y justicia. Hacia ese norte avanzamos con el amor, para la reconciliación.”

La Universidad de Medellín nos espera a Tom Schulz (Alemania), Abhay K. (India), Lucía Parias (Colombia)y a mí. La serena distribución de los espacios universitarios, su verdor, le abren paso a una gran escultura de una pareja prometeica. Llevo mi bandera azul turquesa, la misma que junto a un grupo de compañeros en Honduras hemos decido impulsar para desnudar la apropiación de colores que el partido de la actual dictadura cívico-militar hondureña ha impuesto sobre la bandera nacional. El azul turquesa original en lugar de la azul profundo de la dictadura de décadas y de la bandera del partido de gobierno. Colores libertarios aplastando símbolos de enajenación, la misma que dirige el militarista juan orlando Hernández, causante de tanto dolor y latrocinio. Dedico mi lectura, por igual, al Puerto Rico Libre y pienso en Iris Alejandra -quien me hizo la bandera con sus propias manos- como por igual en las tantas hermanas y tantos hermanos boricuas que deberían estar en el festival representando a Borinquen, la misma Borinquen que siempre le ha pertenecido a Latinoamérica.

Para finalizar, los niños han girado hacia el sur.

“El sur: Es el símbolo de la esperanza de América Latina. El Sur de América floreciendo para una nueva vida.”

Hugo está conmovido por semejante ritual. Me cuenta, con ojos a punto de las lágrimas, que fue maestro durante años y que todo aquello le recuerda la esperanza que siempre guardó a la hora de enseñar en su natal Salta, Argentina. Una vez que finalizan sus palabras, a los niños se les entrega una banderita blanca y una semilla de maíz que deben ir a sembrar al huerto escolar y, al sembrarla, abren el último portal. Aparezco en un bus que se dirige a la cordillera, bordeando abismos y gargantas alucinantes. Llegamos a Santa Bárbara, balcón de los bellos paisajes, Camila Charry (Colombia), Marcia Mogro (Bolivia), Peter Laugesen (Dinamarca) y yo. La panorámica es sobrecogedora desde el agreste y primoroso pueblo, una altura que en los días claros ofrece la vista diáfana del Nevado del Ruiz -el ancestral Cumanday- y muchas de las ciudades del valle. Luego, todo se fragmenta: voy en avión y casi toco la cordillera nevada, voy hacia el dolor más profundo en el Museo de la Memoria, voy en la madrugada y atravieso Bogotá, voy a 120 km por hora y atravesando ciénagas fronterizas de nuevo, voy hacia la Plaza El Periodista y giro en el salón de salsa como si estuviera en Puerto Rico… Y sí, aquí estoy de nuevo, y también en Honduras, y también en Colombia. La rosa náutica da vueltas y no hay polo ni polarización humana que la dañe, porque desde la poesía que todos los invitados hicimos en el 27 Festival Internacional de Poesía de Medellín aprendimos a saber que la única dirección posible es aquella que se escribe y orienta con la brújula del corazón.


Y sí, Fernando, Luis, Gabriel, Gloria: La muerte -orientándonos así- no tendrá dominio… y tampoco los dantos vendrán a comernos el sueño.

viernes, 13 de enero de 2017

El surfer no lleva nombre

Foto: Fabricio Estrada


No les pondré nombre. Por más que se acerquen. No lo haré. Al nombrar pretendemos domesticar. Que no tengan nombres, entonces, suficiente con el genérico de su especie, suficiente con el denominativo de aves de presa. 

He visto lo que prefieren y no me engañan más. Quieren viento como surfers una buena ola. Las palomas les vienen sobrando, por más que huyan cuando aparecen por el lado norte. Las he visto esperar más de lo que uno creería para un gavilán. Aprendimos a decir gavilán y creemos de inmediato que la sola mención de la palabreja hará que el depredador vaya tras la presa y la destroce. No es así. Reconteo de daños: ahora digo gavilán y veo un surfer pendiente del chopy, dispuesto a deslizarse hasta la misma aurora boreal.

Pasan dando su silbido de batalla y allá van, en pareja, por lo general; parecieran preferir las azoteas para probarse contra todas las corrientes. Flotan sobre ellas y las palomas creen que van por ellas, se desbandan ante la arremetida del nose que ya las toca. Pero no es por ellas que se hace la cabriola más llena de ojos ámbar. Pueden irse a joder a otra parte -traduccción libre del silbido gavilán que avanza deslizándose hacia la ola de viento-, jódanse, en serio. Enero en San Juan no vuelve.

Olas para cazar y remontar.

Viento para remontar y cazar.

Alguna vez miré a tipos que surfeaban en Tegucigalpa. Su sola presencia atraía las olas del miedo. La gente, con discreción, se apartaba a su paso, cruzaban hacia las aceras más rotas, le dejaban a él las recién reparadas y él, asumía el obsequio sin mirar a los lados. A puro reojo avanzaba y dejaba que el foam emitiera el silbido que llegaba hasta los huesos. Grandes surfistas estos tipos. ¿Nombres? No tenían. Nadie los domesticó, ni siquiera hicieron el intento. Demasiadas alas para tanta gallina anhelante de nombre.

Vuelven a pasar. Se elevan. Buscan el break point y las palomas inician el suspenso, se estrellan aterradas contra los edificios.

Plaf.

Espuma de blancas plumas estrelladas.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Plena Calle Loiza

Darse una vuelta por la Calle Loiza es como dar una vuelta por alguna ciudad capital centroamericana. Cuando vamos por ahí, siento muy similar todo: el cableado del tendido eléctrico formando telarañas, los negocios, el tráfico pesado, la disposición residencial, una permanente vibración en el ir y venir de la gente, en fin, casas y calles con mucha despreocupación y cierta ruinosa felicidad. La oferta de comida es deliciosa (como en toda la zona de Santurce) y los negocios se mantienen abiertos los domingos. Uno de ellos es La Junta, y ahí es donde nos encontramos que se prepara un toque de Plena, esa intensa expresión musical boricua que no necesita de mucho para generar un ambientazo de locura. Aquí su historia: https://es.wikipedia.org/wiki/Plena_(Puerto_Rico)

Estas son las fotos que logré tomar.



















miércoles, 21 de septiembre de 2016

El hombre que oscila

Foto: El hombre que cae, Richard Drew.


Un ser humano puede caer desde cualquier altura. El impacto es igual. La fotografía de Richard Drew es solo la metáfora de tantas caídas. Cae un hombre en vertical desde una altura de más de ochenta pisos y cae un hombre desde sus propias rodillas débiles. Desde un vértigo que lleva muy adentro y que lo hace oscilar en la fila de caja de un híper supermercado.

Lo vi que caía, iba en el aire. Nadie parecía percibirlo, ni la señora que esperaba tras él con la carretilla llena de bebidas carbonatadas y repletas de azúcar. Oscilaba de una manera que parecía estar sostenido por las axilas, doblaba sus rodillas y se recuperaba en el instante mismo que todo anunciaba el estrépito. Las fotografías de los jumpers del 9-11 fueron censuradas y apenas sobreviven unas cuantas en las páginas más morbosas. Es cosa de formas. Un día la gravedad triplicará su fuerza y caer desde nuestras rodillas será algo comparado a un suicidio.

Algo he notado en Puerto Rico que dice mucho del respeto o de la incertidumbre. En más de una ocasión he hecho fila junto a indigentes que han logrado recolectar el suficiente dinero para ir por una sopa instantánea u otras vituallas. Ningún guardia los ha sacado, las cajeras los han atendido de manera normal, un tanto impacientes, quizá. Esto en Honduras sería imposible. Ni siquiera dejarían que un indigente pusiera un pie en el umbral de los supermercados y, no digamos, encontrarnos a una muchacha de la calle revisando góndola por góndola en busca de un alimento de lo más barato. Jamás. He sido testigo de esas expulsiones y me he imaginado a los guardias con alas oscuras, dando empellones a los adanes y evas más humillados. Pero aquí hacen fila, compran y se van despaciosos en busca de sombra o alguien que les preste un microondas, piedad que casi siempre encuentran.
Foto: Momentum, serie. Fabricio Estrada.


Hay niveles de mendicidad. En los últimos años, se han filtrado hechos pavorosos en las tiendas de servicio de telefonía celular en Honduras. Guardias golpeando a mujeres mayores o amenazando pistola en mano a jóvenes que reclaman una factura exorbitante. Por lo general, un comunicado de disculpas bien escrito por el copy de turno resuelve el problema, claro, con una inversión mínima de un comercial institucional donde aparecen guardias tele tubies con el rostro iluminado por el amanecer tropical, sonrientes, avanzando hacia la cámara junto a una secretaria, una ejecutiva y un niño en silla de ruedas. Logo y nuevo eslogan: estamos con vos y cambiamos cada día. fade in pantalla blanca.

Los gobiernos en boga durante los últimos años lo resuelven de manera pragmática. Factura de energía eléctrica descomunal y batallones militares inundando las calles. Causa y efecto primordial. Las filas de reclamos son fugaces y ahí sí, todos somos indigentes correctos, la fila puede admitir a ocho millones de sonámbulos y tristes, clínicamente deprimidos y con la ropa de segunda bien planchada. No hay nada qué hacer, es la respuesta en ventanilla, es el ajuste. El ajuste en todo: en las filas para matricular a los hijos o hijas, en las filas del taxi colectivo, en las filas del día Church's Chicken, en las taquillas de los estadios, en las filas de la bolsa solidaria, ocho millones oscilando con la falta de buena nutrición delatando en el rostro, con el aura de aquel que tuvo empleo digno y ahora se fue a pique, enfermos sin acceso a seguro social, diabéticos desterrados de la insulina institucionalizada, enfermos renales que ya no pueden ocultar el color papiro en su piel... todos oscilando en la fila para la cita en los hospitales públicos que les dará una receta altísima a ser comprada en la cadena de farmacias mafiosas.

El hombre oscilaba y yo me le acerqué a preguntarle qué necesitaba, que no estaba bien. Con la boca reseca y las pupilas dilatadas me dijo que necesitaba un Ice Tea, que para eso había entrado y hacía fila, que se le había bajado la presión. La señora que estaba adelante se unió a la ayuda y le compró la bebida. Su recuperación fue paulatina y efectiva, al salir me dijo adiós con su mano, todavía triste. También logré ver a los ojos de la señora que ayudó. Nos sonreímos pero en el fondo sabíamos que no era suficiente, que cada día más son miles los que no entran a los planes médicos y deambulan en los umbrales del desahucio social.

Richard Drew debería tomar fotos al pie de las cajas en los súper o las estaciones del tren. Corregir objetivo. Setear con mayor precisión la velocidad del obturador.

O quizá ir a Honduras, a ver la caída masiva desde los rascacielos invisibles.
Foto: Fabricio Estrada.


F.E.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Miami visto por Erick Aldana

Erick Aldana vive en Miami. Lo conocí hace unos años en medio de una lectura de poesía en Paradiso, en Tegucigalpa. En ese anonimato posterior donde la poesía queda atrás y comienza la pausa, fui leyendo sus pasos que, a la vez, eran los míos. Conocía mis libros publicados y me los recordaba al detalle. Él tuvo que emigrar y yo también sin pensar que nos veríamos un domingo en el Viejo San Juan y que hablaríamos como familia reencontrada. Creo que ha sido Erick el que me ha enseñado a ver lo que de consecuencia tiene lo que escribo, ese crecer de hierba entre las grietas que jamás se intuye hasta que ya la selva se lo ha tragado todo. Me trajo de regalo Dietario voluble, de Vilas-Mata, en un agradecimiento que debía dar yo de antemano. Le pedí que me escribiera una pequeña crónica sobre el cómo fue su llegada a esa ciudad donde tantos hondureños y centroamericanos han ido a recalar. Quería saber, desde una sensibilidad como la suya, lo que había sido para él lo que ahora, en cierta forma vivo por igual.


Foto: Fabricio Estrada, Isla Verde, PR


Crónica de una vida en Miami rompiendo el círculo vicioso y el circuito cerrado. Mi primer trabajo fue en Miami Beach. Carros de lujos, grandes edificios, culto al cuerpo, olor a bronceador, la esencia de la vida del Jet-set; se despertó en mí la voluntad para ascender hacia la cumbre Inmaculada ”Sueño americano" ,tratando de atar los hilos de mi nuevo destino, de qué fortaleza se precisa para soportar la nueva convivencia, fui en busca de un cigarro al 7-eleven.

En Collins Avenue en el camino me encontré un hombre de aproximadamente de unos sesenta años, y me dijo Brother tienes algo para comer, le dije que no, la realidad mía eran siete dólares para el pasaje del bus al tren. Caminaba grandes avenidas para encontrar la estación que me conducía a mi destino, ya en la estación se me acercó una señora con una niño de aproximadamente dos años, pidiendo para comer. Segundo encuentro con otra realidad de la capital del sol, poco a poco caían los conceptos, los espejismos y las luces de neón. Para no derrumbarme por la pendiente que nos ofrece la cima y la desesperanza, caminaba un viejo libro de Bolaños, Estrella distante.

Así pasaron los días habitando entre seres trasparentes, escuchando las heridas de anticastristas que anhelan la vida americana en cárceles geométricas de asombro y hambre, en busca de vida, MIAMI, ahora mi casa, me ofrece una vida pausada entre letras y nostalgias pero no me calienta la luz emergente, la moda, las luces de las luciérnagas digitales, claro estoy que vivo en la esquizofrenia del capitalismo... fui descubriendo lugares alternos de cine independiente, bares de fin de siglo y librerías... y así florece el cosmos de inauditas vivencias, mi patria es de revelación y rebeldía de explosión y nostalgia, cada día pongo a prueba el muro donde ayer el tiempo me enseñó a rescatar la magia eterna de un instante, nacer de nuevo y descubrir que para siempre somos extranjeros, Vagabundos que cargamos de una u otra manera nuestras nostalgias en los hombros, nuestras tumbas y nuestros jardines, y como bien lo decía Benedetti la patria está allá, diseminada en pedacitos yo aquí tratando de conservarla en cada centímetro que somos.

En la desesperación recurrí a la alquimia, a la magia tratar de extraer de la vida el elixir que trasmute nuestra mortal materia, la eterna sustancia el amor, los libros la música y un buen vino te salvan la vida.

E. A.

martes, 26 de julio de 2016

Mayagüez, en julio



Me gustó mucho Mayagüez. Si bien es cierto que el tipo de casa criolla se encuentra por todo Puerto Rico, en Mayagüez es casi un grito de moda, aunque hayan sido construidas hace 50 o 60 años. Muy calma, la ciudad, a pesar de que lleva en sus espaldas un par de terremotos. Sus partes altas son un intrincado laberinto verde donde se acomoda a sus anchas la neblina y aísla, a la vez, las señoriales mansiones de algunas de las dinastías más rancias de la zona. La carretera y el paisaje hacia ella: magnífico, poderoso.
 En el 2010, la ciudad acogió los XXI Juegos Centroamericanos y del Caribe y acondicionó aún más los bellos espacios que dispone. Fui en busca de mi bandera y ahí la vi, con dilatada inquietud ante el asomo de mi sentido de terruño. Vi su azul, y su evocación, me fue lejana. Al menos, me dije, tiene el azul auténtico que la dictadura de juan orlando hernández ha trocado en el azul de su bandera partidaria.
Esta es la ciudad en que nació la escritora y amiga Zayra Taranto y, por igual, Iris Alejandra, también escritora y compañera de este cronista.










martes, 24 de mayo de 2016

Comic con Puerto Rico 2016, la subversión del Avatar


Mi primer voto fuera de Honduras lo vine a depositar a Puerto Rico, dos semanas antes de las elecciones primarias del 7 de junio. Y lo hice por la fantasía.

Voté por Lady Thor y por Lady Loki, números de inscripción 255 y 256, respectivamente. Lugar: Centro de Convenciones. El mediodía no tenía nada que ver con el Walhalla eternamente nórdico pero sí con su aspecto resplandeciente. Los héroes y heroínas iban bajando sumisos al orden que les imponían los de seguridad, esperaban con paciencia en las enormes filas y se dejaban registrar por detectores que buscaban kriptonita o rayos de amperaje excesivo. De alguna forma me las arreglé para guiar la cuadriga invisible con la cámara en una mano, yo, el que iba disfrazado de cíclope. Estaba entrando al Comic con Puerto Rico 2016 y lo que miraba era de niveles gigantes y de una vibración fuera de este mundo, quizá no como debe ser el gran Comic con San Diego pero sí con la misma voluntariosa decisión de subvertir la realidad.
Centro de Convenciones.








Me sentía indefenso pero tenía a decenas de super héroes a mano una vez que ya no pudiera más. Un zombie me dio paso cerca de taquilla, de manera muy educada, debo admitir. Lord Sith me permitió una broma y un demonio de Silent Hill tuvo paciencia para que yo regulara la luz de mi cámara y disparara. Con su cabeza triangular me dijo adiós antes de poner su enorme espada al hombro y seguir su camino hacia el reino del tormento. La estridencia de los monitores y los concursos de baile en video juegos llenaban el lugar. Las inmensas pantallas obligaban a tenerles reverencia hasta que un animé cualquiera llegaba con su tropa demente y poderosa a llamar la atención. ¿No había realidad o yo no era parte de esa realidad? Al menos me puse la camiseta de Flash, me dije, de lo contrario hubiera parecido un inspector de salud mental enviado por no sé qué instituto maligno del Estado. Todo lo que los cines distribuyen cada mes y cada temporada de secuelas, pre secuelas y estrenos estaba ahí tan normal como un día de campo.







El diseño va funcionando, me repetía en cada stand que observaba, the big vacuum cleaner* está haciendo su trabajo de vaciamiento y absorción muy pero muy bien. La alteración del tiempo real en su mejor expresión virtual, sin codificación moral para ciudadanías retros, sin ningún control ético para el cuidado de memorias dolorosas. Todo aquello que ha logrado dar consuelo a la vieja humanidad de plegarias ahora ofrece plegarias mutantes para atorrantes,  pero cool, semi dioses. Ninguna posición política aparente, pero todo, absolutamente todo políticamente sistémico… aunque divertido. Tan divertido que el US Army tenía su propio stand donde -of course- la emoción se volvía una auténtica multitud que deseaba tocar los juguetitos que siempre acompañan a toda película de Marvel o DC. Porque no hay película de acción sin que el equipo del US Army se muestre incapaz de contener a los mutantes o monstruos, pero en un juego de manos de la vida y según una óptica infalible, resulta ser que sí son efectivos para contener y destripar a los monstruos más cercanos y probables: los seres humanos de otros lejanos países. Esos humanos con los cuales se practica tiro al blanco desde drones o Apaches, pero que en las miras y en los filtros del radar y los monitores de comando se convierten en simples puntajes, en zombies y mutaciones anormales de la política internacional, precisamente.


Me sorprendí cuando sentí hambre. No pensé que en un mundo así pegara el hambre más desesperada. En el food court ya nos esperaba un Spiderman que, solícito, nos señaló la pizza en promoción. Frente a nosotros, un espacio asignado para combates de paint ball tenía en refriega a dos grupos de muchachos. Un Pikachoo ametrallaba a un Guasón que pedía refuerzos y municiones a un Samurai X. Pregunté cuándo darían los resultados de las votaciones y me dijeron que en algún momento de esa tarde. En realidad, no importaba mucho. El asunto pasaba más por la diversión y el despliegue de los avatares múltiples que cada quien pudiera tener. No daba estatus ni perdonaba deudas, pero ayudaba a olvidar a la generación más joven y fresca que he visto hasta ahora. Si algo se decide, entonces los semidioses, los villanos, los héroes y anti héroes lo decidirán.





*La Gran Aspiradora