sábado, 24 de marzo de 2012

Cuestión de oficio - Juan Carlos Zelaya




Al fin la misericordia se acordó de él. Se levantó temprano, por la alegría del nuevo contrato de trabajo, no le inmutó siquiera con el primer pailazo de agua heladísima, de la pila que otras veces lo hacía renegar de su infortunio, no se lamentó por la pobreza en que vivía y la desgracia que en su colonia el agua solo llegara a su tubería  exactamente treinta y siete minutos al día. Si a esto le agregamos otra desgracia más: La de alquilar en una cuartería de mierda, ya días no le echaba la bendición a sus hijos minutos antes de ir a la escuela. 

Ya tendría mañana, “por la promesa remuneratoria” para darles unas fichitas para que disfrutaran de unos caramelos de mantequilla y unos popcicles que ellos tanto deseaban -“pobrecitos”- pensó,  cada vez es más difícil conseguir trabajo en estos días y peor ahora que ya todos los oficios están desapareciendo, ya había llegado a la edad en que todos los huesos truenan. Tomó con cuidado su herramienta de trabajo y empezó a caminar; orgulloso y bien catrín,  quedaba algo cerca el lugar del contrato. Por un momento se acordó de su niñez, de lo triste que le tocó pasar con su madre, recordaba con rabia e impotencia cuando el casero, ( a quien ojalá Dios tenga a fuego lento) la había amenazado que si no pagaba a tiempo; los separaría, cuando él solo era un recién nacido; arrebatándolo de los brazos maternos en el acto; una lágrima quiso salir de su ojo todavía bueno, esas cosas había prometido olvidarlas para siempre pero no había podido, en ese preciso instante se le vinieron a la cabeza. 

Caminó y caminó con paso seguro al llegar al lugar convenido una cortina azul bajito se le cruzó en su camino, con la mano que está en el lado izquierdo la hizo a un lado y vió; como en aquellos sueños primeros,  a unos niños que jugaban con una pelota rallada de caucho y les preguntó con voz emocionada: “¿ Y tu papá?”…los niños en coro como en la escuela de antes le dijeron ahí está en la “maca” , un gran alivio y una paz “larga y duradera” inundó su corazón al momento que sacaba su instrumento que le proveía alimento…ya no escuchó los sonidos siguientes…esta vez  -sin saber  porque- duró menos la sensación que a quien mataba no era al del encargo sino que al casero que alguna vez le arrebató su cuerpecito recién nacido, de los brazos de su madre.  

JCZ